Tenis El hombre que casi jugó contra Federer en Wimbledon
Escritor, periodista y productor de audio. Sus últimos libros son Nadie nos llamará antepasados, Equilátera, Toma de tierra, Remake y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca. Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (donde fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March). Es fundador y coordinador de Lo Imposible.
129 ATP y 247.686 dólares. Los tenistas son recordados póstumamente por estas dos categorías: mejor ranking y dinero total ganado en premios. ¿Es justo?
Es una instantánea de una carrera, pero esas cifras son un resumen muy pobre de una vida en el tenis. Un ranking te dice hasta dónde llegaste en un momento concreto y el dinero en premios te dice cuánto te pagó el sistema. Pero ninguna de las dos cosas explica lo que hizo falta para llegar allí.
Tu libro está impregnado por la relación con tu padre. ¿Qué ocurre con los padres en el tenis? (Pienso en muchas historias —algunas controvertidas— sobre la relación jugadores-padres, desde Steffi a McEnroe, Murray o Tsitsipas).
Los padres son probablemente la relación más complicada en el tenis. A menudo son la razón por la que un jugador llega siquiera a intentarlo. Son quienes los llevan de un sitio a otro, pagan las clases, los animan, hacen sacrificios y creen en ellos.
De niño entrenabas contra una pared (como si fueras Edberg); años después, ¿cómo fue jugar contra el auténtico Edberg? Otro ejemplo, misma pregunta: jugar con Sampras, tu héroe de la infancia. ¿Cómo es jugar con tus ídolos?
Es una de las cosas surrealistas del deporte. Cuando eres niño, esos jugadores son casi personajes de ficción. Son pósteres en tu pared. Imitas su saque, su forma de moverse, sus celebraciones...
7-5, 6-2: ¿qué significan para ti estos cuatro números juntos?
Jajaja... bueno, es el resultado de un partido júnior de hace mucho tiempo.
En el que ganaste a Federer; ambos erais niños. ¿Es Roger el tema de este libro, en cierto modo?
De una forma extraña... sí. Su figura proyecta una larga sombra sobre todo el libro, no porque el libro trate sobre él, sino porque Federer representa el mundo que yo, y todos los que estábamos por debajo de la élite, perseguíamos. Pero el libro trata realmente sobre los miles de jugadores que existen por debajo de ese mundo: los Challenger, los Futures, los jugadores que intentan sobrevivir. Federer es una especie de Everest. El libro trata sobre la ascensión.
A finales del verano de 2006 estabas “intentando dejar atrás a los jugadores por debajo del puesto 1000 mientras Roger iba camino de su quinto Grand Slam”. ¿Cómo te sentías respecto a eso después de haberle ganado cuando tenías 12 años? ¿Cuánto recordabas vuestro cara a cara durante tu carrera?
Lo recordaba, pero nunca le di demasiada importancia. Si le hubiera ganado con 17 o 18 años, quizá habría significado algo más.
Nunca jugaste partidos oficiales contra Roddick, Sharapova, Serena, Murray o Agassi, pero entrenaste con todos ellos. De algunas de estas estrella —Richard Gasquet, por ejemplo— cuentas que ni siquiera miraban a la cara de su rival durante esos entrenamientos.
Fue increíble, pero también revelador. Lo que más impresionaba era la condición física, quizá incluso más que los golpes. Y también el profesionalismo y los equipos que los rodeaban.
En cierto momento (creo que en la Copa Davis), algunos jugadores británicos se ríen de una derrota tuya. ¿Existe una relación política delicada entre Irlanda e Inglaterra también en el tenis?
El tenis es un entorno muy internacional. Los jugadores son juzgados más por sus resultados que por su nacionalidad.
Conociste la disciplina del gran entrenador de la época, Nick Bollettieri; ahora estamos en la era de Patrick Mouratoglou. ¿Cómo ha evolucionado el entrenamiento en los últimos años o décadas?
Los jugadores quizá hacen incluso más trabajo físico fuera de la pista que antes, y ya entonces era mucho. El juego de los jugadores ahora es más potente; parece que todo el mundo saca por encima de los 210 kilómetros por hora, tenga la estatura que tenga. Antes eso era raro. Ahora todo se mide: la nutrición, la preparación física, la recuperación, los datos y análisis.
Un famoso apostador español me contó hace diez o 15 años que se había pasado al tenis, pero no metía dinero en los torneos grandes sino en los Futures y los Challengers. En el libro cuentas que recibiste desde ofertas para dejarte perder hasta amenazas en redes sociales. También hablas de cuando eres un tenista de la parte baja y no puedes permitirte pagar un té o tienes que hacer cola para conseguir un sándwich gratis. ¿Puedes entender y/o perdonar a los jugadores que aceptan amañar partidos?
Las categorías inferiores son muy duras. Los jugadores pueden estar viajando solos, perdiendo dinero, durmiendo en malas condiciones y preguntándose si deberían seguir adelante. Eso crea vulnerabilidad. Pero no lo justifico. El amaño de partidos perjudica a todo el mundo. Quien amaña un partido no está tomando una decisión solo para sí mismo; está afectando a los rivales, a los torneos y a la confianza en el deporte.
El doblista croata Ivan Dodig tuvo que dormir una vez debajo de un puente porque no se podía pagar el hotel. ¿Cuál fue la peor o más dura experiencia que viviste tú?
La soledad. La gente ve a los tenistas por televisión y se imagina una vida glamurosa. La realidad, más abajo en el circuito, son aeropuertos, hoteles baratos, comer solo, cargar con tus bolsas, perder un partido y tener que pagar nuevos vuelos y hoteles. La dificultad emocional es que puedes estar trabajando más duro que casi cualquier otra persona y aun así no saber si alguna vez dará resultado.
“Si sigo intentándolo, llegaré”: hablas del tenis y del autoengaño de una forma que recuerda mucho al trabajo normal del trabajador autónomo medio en 2026.
Absolutamente. ¡El autoengaño en el deporte probablemente está infravalorado! La confianza en uno mismo es un requisito mínimo. Todo deportista profesional tiene que creer en algo que, estadísticamente, puede que nunca ocurra.
La última finalista femenina de Roland Garros, Maja Chwalinska, no tenía patrocinador de ropa. ¿Qué ocurrió ahí y con qué frecuencia pasa eso en el circuito?
Es muy habitual fuera de los niveles más altos. Todo tiene que ver con la visibilidad. Chwalinska era claramente una jugadora magnífica, pero antes de Roland Garros no era muy visible. Los patrocinadores buscan, de forma natural, una gran exposición mediática. Si estás en el puesto 150 del ranking, puedes ser una excelente jugadora y aún así no resultar atractiva comercialmente. Unas pocas victorias y eso cambia.
Volvamos a Roger. ¿Cómo habría cambiado tu vida si hubieras jugado aquella segunda ronda en la pista central de Wimbledon?
Creo que habría conseguido que mucha gente en Irlanda viera tenis, al menos durante ese partido. Así que pienso que eso habría cambiado un poco las cosas para mí, al menos durante un tiempo. El tenis siempre te ofrece momentos en los que piensas: «Esta es la oportunidad que lo cambia todo». A veces lo hace; otras veces simplemente sigues adelante. Pero jugar en la Pista Central de Wimbledon, especialmente contra alguien como Federer, habría sido un sueño de infancia que me habría acompañado siempre. ¡Aunque probablemente no habría escrito el libro si hubiera ocurrido!
Jugar contra Djokovic en la Arthur Ashe también fue uno de los momentos culminantes de tu vida deportiva. ¿Qué sentimientos te provoca Nole, aquel partido, aquella pista...?
Debería haber sido una de las grandes experiencias de mi carrera. Jugar contra el número uno del mundo en un estadio así. Pero fue una experiencia complicada porque estaba enfermo, así que tuvo un sabor agridulce.
Djokovic, por cierto, luchó por que los jugadores fuera del Top 100 ATP estuvieran mejor remunerados.
Djokovic es extraordinario por su mentalidad competitiva, pero aparte de eso, siempre ha estado dispuesto a cuestionar sistemas y a hablar de las condiciones de los jugadores. Esté uno o no de acuerdo con todas sus posturas, su compromiso con el bienestar de los tenistas es algo que respeto.
¿Cómo abordaste la idea de escribir este libro? ¿Tenías referencias? ¿Leíste los textos de David Foster Wallace sobre tenis?
El artículo de Foster Wallace sobre Michael Joyce, un jugador que rondaba el puesto 100 del mundo, era una pieza excepcional. No sé si influyó directamente en mi enfoque del libro, pero desde luego hablaba de temas muy parecidos: la realidad de los jugadores profesionales que se quedan justo por debajo de la élite.
Estudiaste literatura inglesa; en el libro mencionas a Shakespeare, a Austen... ¿Cuáles son tus escritores o épocas favoritas?
Me gusta mucho Brian Phillips, un periodista estadounidense que ocasionalmente escribe sobre tenis. Una vez escribió un gran artículo sobre su experiencia como periodista en Wimbledon. Por alguna razón —seguramente por el ritmo de su voz— suelo inclinarme por escritores claramente estadounidenses: William Finnegan, Cormac McCarthy, Barbara Kingsolver, Percival Everett o Annie Proulx.
Dopaje: ¿qué opinas del caso Sinner de hace un par de años?
Los casos de dopaje son extremadamente complejos. Lo importante es la coherencia: las reglas deben aplicarse de la misma manera a todo el mundo.
¿Qué mejores amigos conservas de tu época como tenista?
Tendía a hacer amistad con jugadores de dobles o con amigos irlandeses con los que crecí jugando. Sentía que muchos jugadores iban a la defensiva en el circuito, especialmente en las categorías inferiores, incluido yo mismo. Todos competíamos por las mismas cosas.
“Ser irlandés me hizo esforzarme más”.
Venir de un país pequeño en términos tenísticos significa que no puedes dar nada por sentado. Tienes que crear tus propias oportunidades. Sabía que habría recompensas si conseguía ser el primer irlandés en jugar Wimbledon en mucho tiempo. Eso te da una cierta hambre.
¿Verás Wimbledon por televisión este año?
Siempre. Wimbledon tiene una atmósfera especial. Incluso después de dejar el tenis profesional lo ves de otra manera, con mucha comprensión de lo que hay detrás. Siempre me emociono cuando llega la bola de partido de las finales masculina y femenina de Wimbledon; conozco parte del camino que los ha llevado hasta ese momento y es difícil no sentir el peso de todo ello.
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