Lo irreversible Zona sin confort

Javier García Herrero (1983, Murcia). Licenciado en Bellas Artes y máster en Diseño Gráfico. Fue miembro del colectivo Fare Ala. Ha expuesto en Círculo de Bellas Artes, Matadero Madrid, Centro Huarte, Palacio Almudí, Laboratorio Zeta, Centro Negra, Mad is Mad, Spazio Cannatella o Progreso 80. Tuvo un programa en El Estado Mental Radio. Publicó un libro en la editorial Bandaàparte. Creó el sello de fanzines Ediciones Aerostáticas. Ha vivido en Alicante, Palermo, Córdoba (Argentina), Madrid y Valencia. Ahora, en Lorquí, con sus dos gatos. 

I

Este dibujo contiene una cierta cantidad de decisiones. 
 

Escuché a Soledad Sevilla decir en la radio que, en su trabajo, cada línea es un acontecimiento.

Paré el coche en el arcén, y escribí esas cinco palabras a mi amigo Abraham Hurtado.

Estábamos preparando mi exposición Lo irreversible, que comisariaba él. 

Murió de un infarto dos meses después.

Ocho horas al día, cinco días a la semana, estoy delante de un ordenador, diseñando y preparando la preimpresión de cajas de cartón, servilletas, azucarillos, bolsas, sacos, todo tipo de cosas que puedan imprimirse con flexografía. 

A un ritmo de producción industrial. 

La semana pasada utilicé, con el bar-code-producer, un formato de código de barras que era muy parecido al que nos pasaba el cliente, pero no exactamente igual.

Tenemos la indicación de generar siempre los códigos a partir de la numeración que nos dan, porque puede ser que el cliente coja otras barras que no corresponda a ese producto y nos las mande para indicar que va un código de barras, aunque no sea ese.

En este caso sí lo era. 

El que yo le había mandado podía leerse perfectamente, en pantalla y en papel, pero sus máquinas no son de las más precisas, las líneas se engrosan al imprimir sobre el cartón, y no resultan legibles para el detector.

Se me pasó verificarlo todo a mí, y al compañero que revisa los diseños; y al cliente.

Miles de cajas impresas con este fallo.

Reclamación.

La realidad es que le puso una pegatina sobre el código y tiró para adelante, pero el grado del fallo equivale a la repetición completa de la impresión de las cajas. 

No recuerdo cuál era el contenido.

Ayer una amiga me comentó “es un poco como en la serie Severance”.

Exacto.

El tipo de trabajo con el que se puede fantasear cuando se es autónomo. 

Del que te podrías olvidar completamente cuando termina tu horario, y dedicarte libremente a tus cosas.

Supe de la muerte de Abraham en el descanso de diez minutos, y tuve que pedir otros diez porque me temblaban las piernas. 

Después, evidentemente a seguir, ese día hasta las 17:10.

El trabajo en el que durante la pausa de la comida ves a fogonazos, en cuentas y medios de izquierdas, los disparates de la derecha nacional y las tragedias de la geopolítica, intercalados con basura hecha con IA, publicidad, y algún mensaje personal.

Después, los auriculares a tope para intentar no escuchar la tertulia desenfadada que se da mientras vuelve el jefe, que se va a comer a casa. 

Racismo a punta pala, antifeminismo según la estación, algo de homofobia y, bueno, un poco el pack que no deja de desconcertarme en un entorno obrero, a diario. 

Por lo menos hay algo de debate. 

El gobierno del país todo mal, y pocas críticas o ninguna a 32 años de gobierno de derechas en la región de Murcia. 

La lógica es fácil de comprender. 

¿Para qué estar del lado de quien no va a ganar? 

Pero no deja de desconcertarme en un barrio obrero. 

Recuerdo lo ejemplar que me pareció uno de mis profesores favoritos en la universidad cuando dijo: "me gustan los lugares en los que hay personas con las que no estoy de acuerdo".

Claro.

Pero.

El trabajo asalariado, calificado oportunamente como indefinido, que buscaba después de 20 años como autónomo intermitente para no tener que estar 24 horas preocupado por conseguir dinero. 

Entonces, así, quedan, todavía, 16 horas en las que en realidad debería ocuparme de conseguir un trabajo mejor. 

La palabra alienación me hacía pensar en siglo XX, en coloquios sobre la película Tiempos modernos.

No se escucha.

Hasta que otra amiga me pasó una conferencia de Remedios Zafra sobre Simone Weil, en Oh diosas amadas, prácticamente no había oído a nadie hablar del tema. 

La verdad es que cuando la escuché, no lo comenté en el trabajo. 

Pero a veces sí que me imagino levantándome a media mañana y diciendo, oh, escuchadme, como dijo Soledad Sevilla con motivo de su exposición en el Reina Sofía, cada línea es un acontecimiento.

Ya.

Quedó bastante claro en los códigos de barras.

Abraham actuó durante años en La Fura dels Baus, creó la plataforma AADK y muchas cosas más. 

Compró una de mis obras en 2018, nos hicimos amigos, íntimos, y en gran parte gracias a él he seguido dibujando y pintando en momentos en los que racionalmente no tenía sentido hacerlo. 

En esta pieza, Zona sin confort, dibujada para la propuesta de Lo imposible, continúo con la técnica y la metodología del proyecto que expuse con Abraham.

El proceso físico y gestual del dibujo es protagonista.

El ritmo es lento.

El llamado tiempo libre.

No hay lápiz, goma ni regla, y cada trazo es, efectivamente, definitivo. 

El papel es un espacio paralelo, el margen, o, en el otro sentido, el reverso de lo personal y lo político.

 

II


Zona sin confort. Dibujo a mano alzada. Tinta sobre papel. 40 x 30 cm. 

#Detalle 1 

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#Detalle 2

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#Detalle 3

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#Detalle 4

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#Detalle 5

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#Detalle 6

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Arte dibujo

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