Urbanismo Antes todo esto era ciudad

Lleva años investigando y reflexionando sobre temas sociales, medioambientales y culturales. Lo hace tanto en medios de comunicación, en los que colabora habitualmente, como en sus libros. Ha publicado dos obras de referencia sobre asuntos urbanos como movilidad —Biciosos (Debate, 2014)— y turismo —Exceso de equipaje (Debate, 2018)—, además de una novela —La opción B (Temas de Hoy, 2012)—, un libro de relatos —Cabo Norte (Menguantes, 2020)— y el ensayo breve ¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa (Endebate, 2024). Desde hace más de una década trabaja como asesor para ciudades, empresas, instituciones y organismos internacionales.

Foto: Patricia Sotomayor

En 1991, la socióloga Saskia Sassen acuñó el concepto de ciudad global. Retrató con él la transformación de grandes urbes provocada por los procesos de financiarización y globalización de la economía iniciados en los años ochenta a partir de políticas impulsadas por Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido. Sassen señaló en un principio a Nueva York, Londres y Tokio como principales merecedoras de tal calificativo; ciudades que, además de su tamaño, atractivo y esencia cosmopolita, se estaban convirtiendo en centros de control de la economía global. Capitales mundiales que concentraban corporaciones multinacionales, instituciones financieras, organizaciones internacionales y empresas de servicios relacionadas con esta evolución del modelo.

Las dinámicas propias del sistema, la acelerada expansión de las tecnologías de la información y, al mismo tiempo, su posicionamiento como sector clave y canal de transmisión de ideología, y el mero afán imitador, hicieron que el espíritu de la ciudad global se extendiera por todo el mundo: París, Frankfurt, Ámsterdam, Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Hong Kong, Singapur y muchas otras se convirtieron en nuevos nodos del poder económico transnacional e impulsaron así una carrera por el crecimiento y la competición cuya esencia mueve hoy las ambiciones de buena parte de los gobernantes urbanos de todo el mundo.

Sassen ya advertía de los peligros de esta tendencia a la concentración de poder en determinadas urbes. El primero, esa misma concentración. Además, con muy buena vista, prevenía contra la desigualdad generada tanto dentro de las ciudades globales como entre estas y las perdedoras de la carrera, el desplazamiento y la precarización de las comunidades vulnerables, la fragmentación y la segregación social, la privatización del espacio y de los servicios públicos, la crisis de vivienda, convertida en otro activo financiero más, y los impactos medioambientales de la urbanización dedicada a satisfacer los deseos de los poderes globales.

Hoy cualquier ciudad quiere convertirse en global, no necesariamente como centro de la economía financiera, pero sí como lugar atractivo para visitantes, profesionales viajeros e inversores. El turismo, los cambios sociales, internet y la posibilidad de conexión permanente y otros factores han hecho que el proceso se haya ramificado y multiplicado. Lo mismo ha sucedido con los impactos narrados en el párrafo anterior, todos ellos presentes en todo tipo de ciudades y en muchos casos potenciados por políticas públicas que no han sabido ver —y, en cualquier caso, quizá tampoco hubieran podido evitar— el tsunami que estaban provocando.

Incluso en estos tiempos en que se habla del fin de la globalización y la vuelta al proteccionismo, la carrera sigue porque no depende de la compraventa de materias primas y bienes, sino de los servicios, principalmente financieros, tecnológicos y turísticos, y de la vivienda, a cuyo mercado los conversos adalides del proteccionismo no están poniendo límites, todo lo contrario.

Casi al mismo tiempo que Saskia Sassen daba nombre a este proceso, el antropólogo Marc Augé desarrolló el concepto de no lugar: «Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar».

El autor francés explicaba así el proceso por el cual la «sobre- modernidad» estaba produciendo espacios de tránsito permanente ajenos al relato común, promoviendo un mundo «prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero». Según Augé, los no lugares son aquellos en los que no somos personas, sino consumidores de espacio: pasajeros, conductores, espectadores, turistas, clientes… Son las autopistas, los automóviles, los aviones, los aeropuertos, las estaciones, los hoteles, los supermercados, los centros comerciales, los parques temáticos o incluso los campos de refugiados.

En estos no lugares, según el autor, estamos inmersos en una cosmología universal conformada por las imágenes que los unifican y que ayudan a que, en nuestro viaje constante, nos reconozcamos en el anonimato, individuos empoderados hasta el narcisismo, con- vencidos de que todo está hecho para nosotros. En cualquier caso, Augé ya apuntaba que no son espacios puros, que el lugar y el no lugar conviven, «el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación».

"El extrañamiento se produce al comprobar que somos parte de la foto que se esfuma al tiempo que la estamos sujetando y que nos vemos hacerlo, como si estuviéramos mirando una película sobre nuestra propia desintegración. Si el argumento parece un lío es porque lo es"

Es difícil leer a Marc Augé y no pensar en lo que está sucediendo con y en las ciudades. No solo es que, por efecto de esa economía globalizada, hayan proliferado en ella los no lugares, es que las propias urbes se están convirtiendo en no ciudades. Como en las fotos de familia de Marty McFly en Regreso al futuro, vemos cómo la historia, las costumbres y las relaciones e interacciones sociales que han conformado nuestra vida en la ciudad se van desvaneciendo, empujadas por las exigencias de un modelo económico para el que todo eso no son más que valores y atributos para dar brillo al producto al que hay que extraer rentabilidad: la propia ciudad.

El extrañamiento se produce al comprobar que somos parte de la foto que se esfuma al tiempo que la estamos sujetando y que nos vemos hacerlo, como si estuviéramos mirando una película sobre nuestra propia desintegración. Si el argumento parece un lío es porque lo es. Como dice Augé, la ciudad y la no ciudad conviven. Aún podemos encontrarnos de forma espontánea a un vecino por la calle y echar un rato hablando con él, aunque sea de cómo otros se tuvieron que ir o por qué de repente en el barrio solo se puede beber café de especialidad o fumar CBD.

Por supuesto, aunque el proceso es generalizado y transversal, no afecta de la misma forma a toda la ciudad. La no ciudad, normalmente, se extiende desde el centro, como una piedra que se tira sobre el agua y provoca unas ondas que van fluyendo y transformando todo hacia fuera. Puede que no haya una notable turistificación en los barrios de la periferia, pero seguro que hay gentrificación, porque los expulsados del casco histórico tienen que vivir en algún sitio y por eso expulsan —el modelo expulsa— a los que estaban más lejos de los museos, que a su vez se moverán moviendo. Es posible que los negocios no sean iguales en todas partes, pero quizá sí la uniformización, porque el impacto de las cadenas y franquicias en la identidad, el paisaje y, sobre todo, la diversidad económica no depende de si venden souvenirs o pro- ductos de limpieza. Tal vez a veinte paradas de autobús del distrito financiero no sea fácil ver que hay un señor en el despacho de una multinacional preparando una reunión con el alcalde del municipio para hablar de cómo bajando impuestos corporativos se consiguen más inversiones, pero eso no quiere decir que no esté ocurriendo.

"El siglo XXI es el siglo de las ciudades. Ahora mismo, más del 50 por ciento de la población es urbana y en 2050 lo será el 70 por ciento. La urbanización se acelera especialmente en los países en desarrollo y la tendencia es al crecimiento, sobre todo de las metrópolis. A pesar de los retos crecientes, el futuro de la humanidad es indudablemente urbano".

Tampoco es igual en todas las ciudades. No pasa de la misma manera en las que responden a la definición de Saskia Sassen que en las localidades monumentales o de costa. Puede ser muy distinto en una metrópolis consolidada de un país rico que en una megalópolis de una nación en desarrollo. Y quizá se vean uno, varios, o multitud de lugares en los que aún no se vean síntomas claros, pero seguro que todos están en peligro de empezar a ser no ciudades. Porque el modelo que las transforma solo sabe crecer. El siglo XXI es el siglo de las ciudades. Ahora mismo, más del 50 por ciento de la población es urbana y en 2050 lo será el 70 por ciento. La urbanización se acelera especialmente en los países en desarrollo y la tendencia es al crecimiento, sobre todo de las metrópolis. A pesar de los retos crecientes, el futuro de la humanidad es indudablemente urbano.

Las líneas anteriores son un calco de cientos de textos y discursos que se leen y oyen por todas partes celebrando la urbanización. La repetición de arquetipos logra fijar ideas y por eso cuesta no festejar estos datos como una forma de progreso, pero lo cierto es que no está nada claro que sea una buena noticia, ni siquiera que sea noticia.

En Europa, por ejemplo, el proceso de urbanización toma impulso con la Revolución Industrial y en los cien años del siglo XIX se pasa de un 10 a un 40 por ciento de habitantes en ciudades. En el XX, el crecimiento sigue, pero en el que estamos la cosa no se mueve tanto y, en muchos casos y debido precisa- mente a los asuntos que trata este libro, se frena o reduce. En Norteamérica ocurre lo mismo, pero con más o menos un siglo de retraso. En la parte del mundo que inició y extendió el capitalismo, el siglo de las ciudades ya pasó. Casi todo el crecimiento que se data en y para el siglo XXI corresponde a países en desarrollo o pobres en los que las llegadas al ámbito urbano están motivadas por unas necesidades que, en muchos casos, ni las infraestructuras ni las organizaciones administrativas están preparadas para solucionar.

"Presumimos de ciudades grandes y en permanente crecimiento, metrópolis a la última en las que pasan muchas cosas muy rápido, urbes que cambian de aspecto y de costumbres de forma acelerada para resultar sexis, lugares tan hiperconectados como desconectados. La verdad, es muy difícil establecer vínculos con ciudades que son o quieren ser así".

Cuando se habla de ciudad se tiende a la homogeneización de un significado que alude a cientos de miles de localidades en el mundo y que, solo por eso, pero también por las condiciones geográficas, sociales, políticas y económicas de cada una, es enorme- mente diverso. Yo mismo en este libro caigo en esta forma de simplificación y aprovecho este momento para pedir disculpas por ello y tratar de justificarme por estar escribiendo de tendencias que, como ya he mencionado, afectan de distintas maneras a se gún qué localidades, aunque amenazan de forma similar a muchas de ellas.

En realidad, tampoco es evidente que, al menos para la supervivencia de la especie, lo de vivir en ciudades sea lo más conveniente, pero a estas alturas nos va a resultar complicado desandar miles de años de trayectoria. Lo que podemos matizar y quizá revertir es el urbano como modelo único y los desequilibrios que produce. No es sano que todo el mundo —todas las personas del mundo— habite en ciudades. Y, desde luego, es insano este modelo urbano en expansión en el que la vida —en general, no solo la humana— es una pequeña celda de un Excel inmenso que retrata el panorama impresionista impuesto por el turbocapitalismo.

Para provocar esta transformación hay que revisar los valores que ahora mismo consideramos ejemplares. Presumimos de ciudades grandes y en permanente crecimiento, metrópolis a la última en las que pasan muchas cosas muy rápido, urbes que cambian de aspecto y de costumbres de forma acelerada para resultar sexis, lugares tan hiperconectados como desconectados. La verdad, es muy difícil establecer vínculos con ciudades que son o quieren ser así.

«La palabra “topofilia” es un neologismo, útil porque puede definirse de manera amplia para incluir todos los vínculos afectivos del ser humano con el entorno material». La definición es de Yi-Fu Tuan, un geógrafo chino, autor de un libro dedicado a este concepto. Para Tuan, los vínculos varían en intensidad, sutileza y modo de expresión, y surgen a partir de la conexión de ese entorno con nuestros sentidos, sobre todo cuando trabajan de forma conjunta. Pero las conexiones emocionales «más permanentes y menos fáciles de expresar son los sentimientos que uno tiene hacia un lugar porque es su hogar, el lugar de los recuerdos y el medio para ganarse la vida».

Tuan dedica buena parte de esta obra a hablar de ciudades y de cómo se configuran tanto espacial como relacionalmente. Al geógrafo no le cabe ninguna duda: se puede amar una ciudad o incluso un barrio. «El hombre moderno ha conquistado la distan- cia, pero no el tiempo. En el transcurso de su vida, un hombre de hoy, como en el pasado, solo puede echar raíces profundas en un pequeño rincón del mundo».

Las ciudades que ahora quiere el modelo económico huyen de ser ese pequeño rincón del mundo. En su afán competitivo, pretenden convertirse en ciudades Estado como las de antaño, pero sin sus competencias ni recursos y con problemas quizá mucho más profundos y complejos. Su afán por renovarse para cumplir las exigencias del mercado disipa tanto la memoria como precariza las formas de desarrollo económico de sus vecinos. A medida que engorda su imagen y su posicionamiento, se van desarticulando las comunidades que las hicieron posibles. Y se establece otro tipo de relación con ellas, una que tiene que ver más con el patriotismo que Tuan llama «imperial» y que «se alimenta del egoísmo y del orgullo colectivos».

¿Es el patriotismo una forma de amor? Tuan señala que los imperios y los estados no producen topofilia. Yo añado que, si acaso, es amor romántico, ese que se nutre del pensamiento, ama un ideal alejado de lo real y acaba generando monstruos. Es lo que estamos viviendo ahora con los movimientos autoritarios impulsados por la nostalgia y la sublimación de presuntas grandezas pretéritas. Una forma tóxica de querer.

Con esto, vuelvo a algo que contaba al principio: el desasosiego que produce la ruptura de un vínculo, la sensación de no encontrarte cómodo en lo que siempre has considerado tu hogar, el estado de despiste e indefensión cuando te das cuenta de que ya no comprendes los mecanismos que conformaban tu existencia. Esto es lo que estamos viviendo en este proceso por el que las ciudades se convierten en no ciudades. El cambio de escala y ambiciones promovido por el modelo económico y, en muchos casos, apoyado por políticas públicas provoca todo esto que podemos llamar extrañamiento o, por qué no, desamor.

Pero, del mismo modo que estamos haciendo un esfuerzo por reconfigurar la idea de que el amor es para siempre, quizá podamos pensar que tampoco el desamor tiene que serlo.
 

 

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Extracto del libro "Antes todo esto era ciudad. Por qué la vida urbana se ha vuelto extraño y qué podemos hacer para transformarla" (Debate/Penguin Random House).

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