Proyecto Los mohos heterónimos
Jorge Carrión es escritor, crítico cultural, curador de exposiciones y guionista. Sus últimos libros publicados son reediciones: la novela Las huellas (Galaxia Gutenberg, 2024) y el ensayo Librerías (Galaxia Gutenberg, 2025). Escribe regularmente en La Vanguardia, es el responsable del programa Pantallas + Cultura Expandida de Contemporánea Condeduque y codirige el Máster en Creación Literaria UPF-BSM.
Artista. Trabaja tanto en la dimensión analógica como en la digital del mundo, a menudo a partir de libros. Máster en Arte Contemporáneo Creación e Investigación (Universidad de Vigo) ha realizado exposiciones individuales en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid y en la Fundacion Laxeiro de Vigo. Sus proyectos "Bibliotecas" y "Mohos" fueron acogidos por la Fundacion Antonio Pérez de la Diputación de Cuenca, en el marco de la publicación de la tercera edición de Domógrafas, que incluyó el cuento de Carrión.
I
II
No tardaron en tomar aquellos metros cuadrados de libros, estanterías y demasiado polvo, que hicieron suyos blanda, sistemáticamente, con una voracidad sin testigos.
Tenía muchos nombres aquel moho, además del científico. Nombres como moho mucilaginoso, moho del fango o del limo, moho deslizante, mucoso y acuático. Era un moho heterónimo. Pero en verdad ninguna palabra podría nombrarlo en singular, aunque fuera todo él una única célula, porque su condición era plural y promiscua, por su naturaleza en red, distributiva y sin sistema nervioso central ni cerebros, sus más de setecientos sexos.
Con sus innumerables extremos, regiones exploratorias en forma de tentáculos de hasta un metro de altura, que alcanzaban los anaqueles más altos, como brazos de estudiantes en busca de información o incluso conocimiento, pero que también se deslizaban por debajo de la moqueta y hasta del subsuelo de madera, ocupó entera en pocos días la librería abandonada, la biblioteca abandonada, porque el espacio ya había perdido su identidad cuando llegó, cuando llegaron, aquel ser o aquellos seres, aquello ni animal ni vegetal ni exactamente fúngico, el moho o los mohos mucilaginoso o mixomicetos, criatura, criaturas sin duda inteligentes en un contexto de papel mojado, parcialmente descompuesto, cada vez menos celulosa y más olvido.
Entró, entraron por la ventana rota, la misma que había permitido la irrupción oblicua de las lluvias huracanadas, uno de los agentes responsables de todo aquel derribo, de tanta ruina, junto con los saqueos tempranos, el primer terremoto de la historia de la región, los ratones, aquel pajarraco con un ala herida, ensangrentada, que encontró refugio y lo ensució todo mientras recobraba fuerzas. Toda la porquería de los roedores y del ave, también aquella pluma con sangre, el polvo entero, todo fue engullido blanda, metódicamente por el escaneo, por la lectura, por el plasma de los hongos heterónimos, que con su recubrimiento o taxidermia o máscara tan viva fueron creando un mapa biológico a escala real, una gigante maqueta.
En su avance simultáneo en varias direcciones, su piel celular y única, con su rugosidad tridimensional, de tono amarillo y brillante como las sobras radioactivas, empezó a confundirse con cada uno de los muebles y libros, con todos y cada uno de los volúmenes de la librería o la biblioteca, que había existido durante tanto tiempo en aquella misma superficie. Y se hizo evidente (se hubiera hecho evidente, si hubiera habido testigos) que un archivo genético y atávico, de más de dos mil años de antigüedad, estaba ocupando naturalmente el lugar de otro, muchísimo más reciente. Y que allí no había usurpación ni guerra.
III
IV
Primero fueron los dos grabados, que plantean la imagen de unas bibliotecas destruidas como un escenario distópico, sin explicar las causas, invitando a preguntarse qué ha ocurrido para que esas catedrales del saber hayan llegado a ese estado y qué le ha pasado a la sociedad que creía en esos archivos. Todas esas ruinas. Después fue el texto, ese cuento que ensaya sobre otras formas de almacenar la información, de viralidad, de memoria. Finalmente llegaron esos libros con hongos, esa simbiosis entre dos formas de conocimiento. Tres fases, en tres lenguajes, de una misma exploración de escenarios posthumanos.
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