Santificar la materia La espiritualidad política contra el nihilismo capitalista

Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) es investigador independiente, activista, editor y 'filósofo pirata'. Ha codirigido la editorial Acuarela Libros, la revista Archipiélago y participado activamente en diferentes movimientos sociales (estudiantil, antiglobalización, copyleft, "no a la guerra", V de Vivienda, 15M). Ha colaborado en medios como Público, eldiario y, actualmente, CTXT. Ahora coordina talleres de pensamiento, participa en escuelas y escribe. Ha publicado Habitar y gobernar (2020), La fuerza de los débiles (2021), El eclipse de la atención (2023) Y Capitalismo libidinal (2024). Su última publicación es La batalla del pensamiento (abril, 2026).    

Foto: Mina Malo

Hemos perdido el cosmos” (D. H. Lawrence)

 

Allí donde los mapas de los ingenieros y los políticos no indicaban más que un espacio abstracto y vacío, había quienes percibían un territorio densamente poblado de presencias y fuerzas vitales. En el mismo lugar donde algunos veían una ocasión y una oportunidad de negocio, otros reconocían un territorio para celebrar, para cuidar, no tocar

A lo largo del año 2016, una mezcla improbable de pueblos indígenas y activistas ecologistas levantaron un campamento que frenó en seco la construcción del oleoducto Dakota Access Pipeline en EEUU. Ese campamento constituyó un poderoso símbolo de las luchas contemporáneas en defensa del territorio: contra las infraestructuras capitalistas que organizan el espacio exclusivamente desde la óptica de la rentabilidad, la creación de lugares donde lucha y vida se entremezclan, donde se experimentan nuevas alianzas y complicidades.

El origen de este conflicto es un violento choque de percepciones. La percepción de lo que es y de lo que vale. ¿Qué vamos a ver y valorar? ¿Qué vamos a hacer al respecto? 

Los constructores del oleoducto no veían nada. O veían la nada. Un terreno muerto en el cual edificar. Los acampados de Standing Rock percibían (con todos los sentidos) un espacio habitado, en continuidad vital con otros espacios habitados. La tierra donde están enterrados los antepasados, la tierra por donde pasa el río que abastece de agua a las comunidades. Presencias y fuerzas vitales de las que se forma parte.  

¿Qué cuenta y qué no? ¿A partir de qué se cuenta? ¿Contamos cifras y números, o historias y recuerdos? No se percibe lo mismo, no se valora igual, se actúa distinto. El choque de percepciones abre una batalla política. Por lo común, por la definición de la vida en común, de la vida buena. 

Fetichismo de la mercancía

Marx nos enseñó a pensar el capital como hegemonía de una ley, la ley del valor, según la cual algo tiene valor si tiene un precio, un valor de cambio. Si en otras sociedades el mercado está limitado o contenido en la trama social de los vínculos, “empotrado” dice Karl Polanyi, en las sociedades capitalistas el valor de cambio se libera, se coloca en el centro, arruina todos los demás valores.

Cualquier objeto puede entrar y circular en el sistema si adopta la forma-mercancía. El dinero se convierte en mediador absoluto y destruye todos los demás: los viejos códigos pre-capitalistas que regían antaño la producción y circulación de bienes. Si algo, sea persona o cosa, vínculo o proceso, no puede formatearse como mercancía, queda amenazado de inexistencia social

Nada es sagrado, no hay nada “intocable”, todo se puede profanar: vender, comprar, comercializar. En el fondo, para el capital, no hay cosas, no hay personas, no hay actividades, no hay saberes ni creencias: sólo existen y circulan distintas máscaras del valor de cambio. Lo material no cuenta: es mero soporte de la abstracción.

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Pero el valor no es sólo una ley abstracta que rige los fenómenos desde fuera, sino que se encarna en una percepción, se reproduce a través de nuestros sentidos, se vuelve boca y ojos y oídos y lengua y piel. 

En Marx encontramos ya argumentos en este sentido. De “oscurecimiento de los sentidos” habla en sus Manuscritos del 44, refiriéndose a que la riqueza sensitiva queda reducida bajo la ley del valor a un solo sentido, el sentido de posesión. El “fetichismo de la mercancía” aparece en las primeras páginas de El capital, refiriéndose a ese proceso por el cual las relaciones entre personas se convierten en relaciones objetivas entre cosas. 

Podríamos hablar de una des-intensificación de la percepción. Un empobrecimiento, un debilitamiento, una estandarización. Percibir siempre lo mismo, siempre abstracto, entrar en relación sólo con cosas. Una sola forma para todo, con un único objetivo, el intercambio por dinero. Atrofia de la capacidad de atención a lo cualitativo y heterogéneo, de la facultad de vérnoslas con el misterio y la opacidad. 

Nada es en sí mismo, nada vale por sí mismo, nada encuentra en sí mismo su recompensa ni su finalidad, sólo es medio, ocasión, trampolín hacia otra cosa. El valor de cambio, abstracto, infinito, extra-terrestre. La lógica del capital, su radical indiferencia a contenidos, se hace percepción. Este nihilismo perceptivo se traga todo y amenaza hoy ya la misma vida sobre el planeta. ¿Cómo frenarlo, detenerlo, imponerle un límite? 

Lo sagrado como resistencia

Las categorías políticas clásicas (derecho, ley, poder político, Estado) fracasan al respecto. Contienen, reaccionan, aplazan, pero son incapaces de interrumpir la dinámica expansiva del capital. Pretenden regular exclusivamente desde fuera una batalla que se juega también dentro: en la percepción de lo que es y de lo que vale. 

Pero allí donde la ley del valor sólo ve equivalencias, otras sensibilidades trazan diferencias. Donde el capital percibe recursos explotables, otras miradas reconocen presencias vitales. Donde todo parece intercambiable, algo aparece como absolutamente insustituible. A la lógica depredadora del capital, el campamento de Standing Rock le opone una percepción de la tierra como algo no disponible, no instrumentalizable, no apropiable. Puesto aparte, separado, sagrado.  

"Espiritualidades políticas y materialistas: maneras de reencantar y reanimar el mundo, de devolver existencia concreta a lo que el nihilismo capitalista reduce a mero soporte, a máscara de valor. Esa intuición recorre hoy, bajo formas diversas, una serie de pensamientos contemporáneos, vinculados a movimientos colectivos".

Los participantes del campamento se denominan a sí mismos “guardianes” y no “manifestantes”. No reivindican ni demandan, sino que afirman algo y lo defienden. Muchos de estos “protectores” explicaban que su acción derivaba de un “deber ancestral”: cuidar la tierra y el agua para las siete generaciones siguientes. No piden algo “más” dentro de lo que hay, más salario o derechos, sino que preservan la existencia de lo inconmensurable amenazado. 

Hoy, desde muy diferentes lugares, movimientos y luchas contemporáneas ponen límites (cualitativos) al capital haciéndose fuertes en distintas formas de espiritualidad. Estas espiritualidades, no necesariamente religiosas o institucionalizadas, ¿de qué tipo son? ¿Es lo sagrado, como fuente de otra percepción, otro valor y otra legitimidad, una potencia de resistencia al nihilismo capitalista? 

Espiritualidades políticas y materialistas: maneras de reencantar y reanimar el mundo, de devolver existencia concreta a lo que el nihilismo capitalista reduce a mero soporte, a máscara de valor. Esa intuición recorre hoy, bajo formas diversas, una serie de pensamientos contemporáneos, vinculados a movimientos colectivos.

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Silvia Federici: reencantar el mundo 

La pensadora Silvia Federici propone, en un libro publicado en 2020, conectado a la última oleada feminista a partir de 2017, el “reencantamiento del mundo” como tarea política. ¿A qué se refiere? 

Max Weber habló de “desencantamiento del mundo” para describir la racionalización moderna que acompaña el surgimiento del capitalismo. Silvia Federici radicaliza la idea: ese desencantamiento no fue sólo una cuestión cultural, sino un proceso violento de desposesión de los saberes que permitían a las mujeres una reproducción autónoma de la vida. Así lee Silvia Federici el fenómeno histórico de la caza de brujas. 

"Reencantar el mundo consiste en activar un devenir-bruja masivo, una reapropiación y un reaprendizaje de los saberes del cuerpo perdidos, robados y depositados en las tecnologías del mercado'". 

El capital, para constituirse como tal, no sólo privatizó las condiciones independientes de subsistencia, obligando a partir de ahí a la mayoría de la población a trabajar por cuenta ajena, sino también los saberes de las mujeres: conocimientos sobre el cuerpo, sobre los ciclos, sobre las plantas, sobre el sostenimiento de la vida, desplazados y sustituidos en gran medida por dispositivos técnicos e instituciones que expropian esos saberes y producen dependencia

Si el capitalismo implica y requiere ese desencantamiento del mundo —la destrucción y privatización de saberes vitales, de vínculos sensibles con el mundo, desde el cuerpo—, una política subversiva y emancipadora ha de ser necesariamente un proceso de “reencantamiento del mundo”. Pero ese reencantamiento del mundo no tiene nada de etéreo o trascendente, no es un simple “cambio de conciencia”, consiste en prácticas de recuperación de los saberes del cuerpo, prácticas estrictamente materialistas, históricas y conflictivas. 

Una nueva relación con la tierra, la autonomía reproductiva, la medicina comunitaria, el saber ecológico, el reciclaje del agua, la desmercantilización del cuerpo. Reconstruir los bienes comunes, no sólo las tierras, sino también las redes de cuidado, los conocimientos colectivos, las economías cooperativas y las infraestructuras cotidianas. Politizar la dimensión reproductiva que atraviesa la ciudad, la crianza, la salud o la alimentación. Todo ello, en conflicto directo con nuevos procesos de cercamiento y privatización de la vida.  

Las brujas fueron mujeres peligrosas para el capital en formación porque manejaban los saberes que hacen posible día tras día la reproducción de la vida. Por ello fueron perseguidas y sacrificadas, sus saberes expropiados y monopolizados. Reencantar el mundo consiste en activar un devenir-bruja masivo, una reapropiación y un reaprendizaje de los saberes del cuerpo perdidos, robados y depositados en las tecnologías del mercado.

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Achille Mbembe: la brutalización de la materia

El diagnóstico del pensador camerunés Achille Mbembe sobre el presente es sombrío: el neoliberalismo está dejando paso a una fase del capital directamente depredadora que él llama “brutalista”. El término remite al conocido estilo arquitectónico: masas de hormigón, verticalidad, estructuras pesadas, contaminantes. Pero aquí no se trata sólo de una estética, sino de una forma de organizar el mundo.

¿Qué edifica el brutalismo político? Una constelación de infraestructuras que organizan la materia para su control y extracción: data centers, sistemas fronterizos, megaciudades logísticas, zonas militares, puertos especiales. Arquitecturas no del habitar, sino de la gestión de flujos: materia convertida en energía, en información, en recurso. Se talla, se moldea, se forja, se erige: para desecar, mutilar, machacar, saquear.

"abstraer. Convertirlo todo en dato, en señal, en información legible para la máquina. El brutalismo artificializa lo vivo en un autómata global: redes digitales, inteligencia artificial, sistemas de vigilancia y algoritmos. Todo aquello que resiste —opacidad, misterio, deseo, inconsciente— debe ser eliminado o 'blanqueado'”. 

Podemos distinguir al menos tres estrategias brutalistas. La primera: fisurar. Romper, excavar, fracturar. Dinamitar suelos y rocas para extraer energía. Perforar y sangrar los cuerpos. Penetrar las mentes. El mundo aparece como una piel que hay que rajar para acceder a lo que contiene y apropiárselo. 

La segunda: controlar. Mbembe analiza la gestión de migrantes, refugiados y extranjeros en general. Una red de zonas de espera, centros de detención y campos de internamiento filtra, clasifica, expulsa o elimina estos “cuerpos-frontera”. La guerra es la herramienta de regulación por excelencia de estas poblaciones sobrantes

La tercera: abstraer. Convertirlo todo en dato, en señal, en información legible para la máquina. El brutalismo artificializa lo vivo en un autómata global: redes digitales, inteligencia artificial, sistemas de vigilancia y algoritmos. Todo aquello que resiste —opacidad, misterio, deseo, inconsciente— debe ser eliminado o “blanqueado”. 

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De este modo, el pensador camerunés no desarrolla sólo una crítica del capitalismo, del extractivismo o de la tecnopolítica, sino la descripción de una guerra ontológica contra la materia. Materia que rajar, materia que controlar, materia que abstraer. A esta ontología de la materia devastada, Mbembe le opone otra posible: la de una materia viviente, heredada de los imaginarios africanos precoloniales. 

Interviniendo en el debate abierto en los museos europeos sobre la devolución de los objetos robados durante el proceso de colonización, Mbembe afirma: no se trata de devolver una serie de objetos, porque los “objetos negros” nunca fueron simplemente objetos, sino agentes activos de otro mundo. Un ecosistema participativo, un mundo poblado de una multitud de seres, de divinidades, de antepasados, de intercesores. 

"El mundo se ha africanizado. La suerte ayer reservada a los esclavos negros, la reducción más extrema de lo humano a mercancía y cosa, es hoy una amenaza global. ¿Por qué no inspirarse entonces en las resistencias que opusieron a su colonización las culturas africanas?" 

Los objetos negros funcionan como mediadores en este entramado, median y tejen entre pasado, presente y futuro, lo común y lo singular, el ser humano y otras potencias vitales. No son entidades estáticas, sino seres flexibles y vivientes, dotados de propiedades mágicas, depositarios de toda clase de energías, utilidades y virtualidades, ellos mismos invitan a la transmutación y la transfiguración, a una vida en cambio y movimiento. La materia no es “identidad”, sino tejido y devenir. El brutalismo deshace el tejido y controla el devenir. 

El mundo se ha africanizado. La suerte ayer reservada a los esclavos negros, la reducción más extrema de lo humano a mercancía y cosa, es hoy una amenaza global. ¿Por qué no inspirarse entonces en las resistencias que opusieron a su colonización las culturas africanas? El culto animista a la materia como estímulo para una nueva imaginación política. 

El papa Francisco: un aliado inesperado

En Laudato si’ (2015), el papa Francisco propone una relectura audaz de la tradición cristiana desde dentro de la propia institución. Apoyándose en una tradición heterodoxa —de San Francisco a San Juan de la Cruz—, Francisco interviene en una disputa teológico-política de primer orden. En juego está la oposición clásica entre materia y espíritu, así como el mandato bíblico de “dominar la tierra”. Frente a ello, Francisco propone una re-alianza con el mundo material. 

La idea fundamental: es necesaria una “conversión ecológica integral”. El cuidado del planeta pasa por una transformación radical de valores, encarnados en hábitos y formas de vida. No hay propuesta ecológica que valga sin mutación antropológica, sin la producción de otra forma de humanidad. 

Francisco apoya esta propuesta en lo que llama el “evangelio de la creación”: estamos llamados a ser instrumentos para que el mundo realice sus potenciales de paz, belleza y plenitud. Eso exige un cambio. Lo contrario sería directamente “pecado”. Es una sanción muy fuerte desde la máxima autoridad de la Iglesia: contaminar, deforestar, esquilmar, es pecado. Tomarnos por dioses, olvidar que nosotros mismos somos tierra (el aire que nos da aliento, el agua que nos sostiene). 

Dominar la tierra”, reinterpretado por Francisco, es labrarla y cuidarla. Labrarla significa desplegar sus potenciales. La creación no está acabada: podemos y debemos prolongarla. Dios alojó en el mundo “virtualidades” (medicinas, alimentos) que deben ser actualizadas y realizadas. Cuidarla, por su lado, es custodiar la tierra, protegerla y defenderla de los males estructurales que la amenazan hoy: contaminación, residuos, calentamiento global, pérdida de biodiversidad, guerra del agua. 

"La idea fundamental: es necesaria una “conversión ecológica integral”. El cuidado del planeta pasa por una transformación radical de valores, encarnados en hábitos y formas de vida. No hay propuesta ecológica que valga sin mutación antropológica, sin la producción de otra forma de humanidad". 

Todas las criaturas están conectadas, cada una de ellas debe ser valorada con afecto y admiración, pero todos los seres se necesitan mutuamente. La concepción de la materia de Francisco es una sutil combinación de singularidades engarzadas, un tejido de fenómenos únicos e irrepetibles, donde ninguno puede existir sin el resto. ¿El ser humano es “superior” a todas las demás criaturas? Sí, este es un punto polémico que el texto de Francisco no evita, pero se traduce en una mayor responsabilidad de cuidado: ser jardineros del mundo entero, amantes de todas las formas de vida, cuidadoras de la trama entera que las sostiene. 

¿Cómo suscitar esa conversión ecológica integral? No puede ser una obligación, un deber moral, sino una transformación del corazón, a través del amor y la belleza. La confianza de Francisco reposa en lo siguiente: si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la relación de cuidado con el mundo brotará espontáneamente. 

Laudato si’ no es un sermón moralizador, sino que busca activar lo que ya puede haber en nosotros de conexión sensible con el mundo. El recuerdo de los lugares que hemos amado. La contemplación de la belleza de la creación en las cosas más pequeñas (“en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro de un pobre”). La importancia de esa dimensión local de la vida donde el cuidado y la creatividad, la responsabilidad y la comunidad, pueden darse efectivamente. 

Finalmente dice Francisco, atreviéndose a reescribir también en este punto un imaginario de siglos, no resucitaremos sólo nosotros, ángeles incorpóreos en un cielo desmaterializado, sino que en el paraíso estaremos acompañados de cada una de las criaturas que en la vida del mundo han sido.

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JORGE RIECHMANN: ejercicios espirituales ecologistas 

Guerra contra uno mismo, contra los demás, contra la naturaleza: la forma de vida dominante empuja hacia un verdadero “fin de mundo” por deflagración. ¿Cómo transitarlo? Ecoespiritualidad para laicos de Jorge Riechmann es un cuaderno de apuntes y fragmentos para habitar, sin resignación ni falsas esperanzas, ese “final”. 

Seguir pensando, seguir luchando, seguir tratando de vivir de otro modo. ¿Por qué ecoespiritualidad? El término se refiere a experiencias de conexión sensible con otros seres, con la red de la vida. Ejercicios de descentramiento del ego que nos permitan (en palabras de Riechmann) sentirnos como uno más entre los Diez Mil seres de la tradición china. 

Hay muchos fragmentos críticos sobre el mecanicismo, esa concepción de la materia que preparó el terreno al capitalismo. No se trata, según Riechmann, de rechazar toda racionalidad, sino de dotarse de una racionalidad menos reductora, menos patriarcal, menos hostil, menos escindida del cuerpo, más conectada, práctica y terrestre. ¿Qué podría ser más sencillo de convertir en mercancía que un universo previamente desvitalizado, un universo-reloj, una gran máquina, plagado de objetos muertos? 

Pero, ¿se trata simplemente de cambiar un discurso por otro, el discurso mecanicista por un discurso ecologista? No, ahí está la gran dificultad. Podemos despotricar contra el capitalismo salvaje, pero cambiar de vida es otro tema. No se trata sólo de “tener razón”, porque el ser humano es un bicho complicado que no atiende a razones, sino de desplegar prácticas de transformación que nos incorporen nuevas verdades.

El ecologismo no puede ser solo una nueva moral de sanción y castigo, sino que tiene que activar y movilizar el deseo, las ganas de vivir distinto. Riechmann encuentra inspiración en los estudios clásicos del filósofo Pierre Hadot sobre los ejercicios espirituales de la filosofía antigua: la verdad no sólo se alcanza mediante el discurso y el saber, sino mediante un trabajo sobre uno mismo, el vínculo con los demás, la relación con el cosmos. 

"Embeberse en una actividad, practicar esas actividades que llevan en sí mismas la recompensa, resignificar el envejecimiento y la muerte. Sólo “aterrizando” el ecologismo en prácticas de vida se puede disputar al capitalismo el sentido de la vida y de las cosas. Una “reforestación interior”. Amazonizarse". 

El libro propone algunos ejercicios espirituales cotidianos, a modo de sugerencia y sin mayor pretensión, modos de encarnar el discurso ecologista, de salir de la crítica y el lamento, de reconectar sensiblemente con el mundo y sus seres. El saludo cotidiano a los animales con que convivimos, la contemplación y meditación sobre nuestro lugar en el cosmos, la apreciación y disfrute de la belleza del mundo, la purificación del deseo.

Por ejemplo, otra vivencia del tiempo. Hemos incorporado subjetivamente la lógica de acumulación del capital. ¿Cómo hacer cesar esa voracidad de quien no tiene nunca suficiente, de quien encuentra todo en falta y en déficit? Embeberse en una actividad, practicar esas actividades que llevan en sí mismas la recompensa, resignificar el envejecimiento y la muerte. Sólo “aterrizando” el ecologismo en prácticas de vida se puede disputar al capitalismo el sentido de la vida y de las cosas. Una “reforestación interior”. Amazonizarse. 

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Llevamos el nihilismo pegado al cuerpo, esa indiferencia radical hacia lo que nos rodea y atraviesa, compensada por todo tipo de distracciones y evasiones. La palabra poética es la palabra que puede tocar el deseo y operar transformaciones.

Lo espiritual —nos atrevemos a decir— no es otra cosa que una determinada “temperatura” del cuerpo: un grado de intensidad en el intercambio con el mundo. La resensibilización es un desafío político mayor. Frente a la equivalencia general del valor, la restitución de las diferencias. Declarar algo sagrado. Organizarnos para defenderlo. 

 

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