Flashback Memorias de la CT, seguido de La promiscuidad editorial en la Transición
La LTI se centra por completo en despojar al individuo de su esencia individual, en narcotizar su personalidad, en convertirlo en pieza sin ideas ni voluntad de una manada dirigida y azuzada en una dirección determinada, en mero átomo de un bloque de piedra en movimiento.
VK, LTI
«Nada, dos o tres folios sobre cualquier cosa,
lo que tú quieras, lo que se te ocurra…»
RSF, «LCEIDG»
1
¿Se acuerdan o quieren que les cuente?
Yo sí me acuerdo, lo recuerdo. Fue hace más de diez años. Fue cuando se fundó cierto partido español de izquierdas, que no quería ser llamado ni partido ni de izquierdas. Mucho menos español.
¿Se acuerdan de cuándo —¡uy, por poco!— casi superamos la dicotomía saducea entre izquierda y derecha? ¿De cuándo un poco más y trascendemos la obsesión pajillera por la propia patria y —¡lástima, otra vez será!— la reducción jibarizante de la política al ping-pong parlamentario?
Entonces se hablaba a menudo de la CT en España. El artista anteriormente conocido en acústico y en solitario como «izquierda española» se había metamorfoseado, había formado banda nueva y eléctrica, renunciando a sus distintivos y autotributos tradicionales. Entonces se hablaba crípticamente de la CT, el 27S y el R78. No, no son ni futbolistas ni servicios de inteligencia británicos. Formaban parte de un código algo más que privado, inquietantemente análogo a la neolengua diseccionada más arriba (véase supra) por Viktor Klemperer en Lingua Tertii Imperii.
Al igual que en la Alemania klempereriana, en el no-partido de «los de abajo contra los de arriba» —la metáfora geométrica más a mano como reemplazo para la erosionada horizontalidad entre izquierda y derecha— se discurseaba con una mezcla de hipérboles militares («asaltar los cielos», «romper el candado de la Constitución», «rodear el Congreso», «ocupar el Congreso»), eufemismos denigrantes («Régimen del 78», «Estado español», «la casta»), pedanterías académicas («núcleo irradiador», «significantes flotantes y vacíos», «procesos destituyentes y constituyentes») y siglas que, al vocalizarse, causaban confusión supina. Como tantos otros, la primera vez que me hablaron de la DRY y de la PAH, creí que se manifestaban a favor de los martinis de James Bond o en contra de alguna guerra sureña en marcha. No estaba tan errado como creía.
Entre esas siglas estaban, no podían faltar las fechas abreviadas de las manifestaciones, a modo de amigable recordatorio, para que lo apuntases en tu calendario: 15M, 25S, 22M, 9N, 27S, 1O (o 1-O, que parece una quiniela). Octubre siempre ha sido un mes pésimo para organizar nada. Entre esas siglas destacaba la que hoy nos ocupa: la CT, ¿se acuerdan? ¿O quieren que les cuente cómo pasó, qué pasó con la Cultura de la Transición?
En 2014 acababa de publicarse un libro colectivo sobre la CT. Libro en el que se citaba, todos citaban, como nosotros más arriba (véase supra), ese artículo antológico de Rafael Sánchez Ferlosio: «La cultura, ese invento del Gobierno». Artículo formidable, fabulosamente crítico con la cooptación institucional de los intelectuales en su época. Que se lo digan a Ferlosio, ¿no?, que le persuadieron para que firmase un manifiesto a favor de la OTAN.
Formidable y fabuloso, ese artículo, pero también anacrónico e inoperante. Tras la crisis de 2008 no hubo ya gobierno que quisiese cooptar o inventar la cultura, ni cultura que pudiese ser inventada o cooptada. La crisis de 2008 arrojó paladas de sal sobre todo aquel maravilloso chanchullo. Ferlosio narra, con mucho salero, cómo el gobierno socialista, a mediados de los ochenta, pretendía comprar a las «fuerzas de la cultura», y a ratos lo lograba, gracias a unos dividendos impositivos que, para bien o para mal, escasean desde la quiebra social del mercado inmobiliario. Quiebra que, de un modo u otro, prosigue hoy.
Una brevísima relación entre la política cultural del gobierno de los ochenta y el de ahora, ambos bajo el mismo partido socialista, obliga a matizar las tesis de los teóricos/críticos de la CT. No sin razón, ellos trazaban un continuum cultural de treinta y pico años, que ya son cincuenta, en el cual el gobierno remacharía su consenso social mediante formas frívolas y festivas de participación artística. Algo de eso hay, qué duda cabe. Pero si así fue, ya no lo es tanto. El gobierno actual da por caducada a la cultura y compra directamente a las —más costosas, pero también más contundentes— «fuerzas del espectáculo»: todos esos humoristas que ni hacen ni puta gracia tienen, pero al menos saben presentar programas de TV y no sacan nunca los dientes, ni que sea para reírse con la mano que, magnánima, les alimenta.
Las festividades y frivolidades siguen su marcha, show must go on, pero el consenso social —ni qué decir de la cultura— ni está ni se le espera. Más bien a la contra: se gobierna sobre un desierto social atravesado por disensos polarizantes cortoplacistas en los que las artes no tienen tiempo ni maldita gana de intervenir. Compárese el poso artístico y cultural que dejó el «OTAN de entrada NO» —calificado por Guy Debord como «el crimen más perfecto, sin arma ni cadáver a la vista, perpetrado jamás por la sociedad del espectáculo integrado»— con el poso negativo que ha dejado, seis años después, el Covid. ¿Son los artistas, que son unos vagos? ¿O es solo culpa de la modernidad líquida? El nulo interés del gobierno por el arte y la cultura, ¿no habrá aportado también su granito?
Una de dos, pues. O bien la CT no fue nunca el continuum que se creía hace una década, con aquel adanismo tan indignado y perrofláutico («Entre Franco y el 15M, nada nuevo bajo la Puerta del Sol»), o bien hemos ingresado en una era pos-CT, en la cual no sabría decir qué está peor: si la (pos)cultura o la (pos)transición. Ambas hipótesis son plausibles. Ojalá me hubiese dado la mollera para plantearlas en 2014, en los primeros encuentros de aquel no-partido no-español ni-de-izquierdas, que semanas después se presentaría a sus primeras elecciones (europeas). El tema de aquellos encuentros, con gran altura de miras cosmopolita, fue la CT. Nuestras parroquianas y ombliguistas críticas a la CT. ¿Qué mejor tema para plantear una política supraestatal, continental: europea? Porque, claro, en Bruselas no se discute de nada sino de nuestra CT. Lo primero que aprende un polaco, un sueco o un holandés de España es que tenemos esta maldita CT. «¿Sigue habiendo toros y CT en España?», me preguntan cuando viajo al extranjero. Ante la prensa y los políticos europeos, uno puede hablar horas y horas, sin aburrir, sobre la CT. ¿Qué sería de Europa, de Occidente sin nuestra CT?
En aquellos encuentros europeístas, internacionalistas, me tocó hablar en la mesa redonda dedicada a «Literatura, Edición y CT». ¿Se acuerdan? Yo no. De nada me acuerdo, salvo de que las aulas del instituto en el que se celebraban los encuentros tenían tan pésima acústica, estaban tan mal insonorizadas, que tras los aplausos a rabiar veías a oyentes dándose codazos entre sí:
—¿Qué demonios ha dicho? ¿Tú has entendido algo? —se decían por lo bajini.
Me tomé demasiado en serio, demasiado al pie de la letra el título de nuestra mesa y, para no hablar a la buena de Dios, procuré proveerme de algún libro editado durante la Transición. Algún libro de ensayo, por supuesto. El ensayo era entonces el único género literario que parecía llamarnos la atención. No solo a mí y a mi deformación profesional —soy un académico, lo confieso— sino a la sociedad en su conjunto. Tras la crisis de 2008, se precipitó en España una afición por la no-ficción, solo parangonable con la precipitada, precisamente, durante la Transición. Queríamos saber cómo y por qué, en un abrir y cerrar de ojos, el país había pasado de ser la octava o séptima potencia económica mundial, de la que tanto se sacaba pecho en los telediarios, a ser un sucio PIIG más entre otros del sur de Europa, cada día más norte de África, con un pasado de excesos y un futuro de austeridad y brotes verdes, crudos y amargos a la vista. Entre el «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades» y «Hay que apretarse el cinturón» transitaba nuestro furor por el ensayo de época.
Guiado por el mercado de las reimpresiones —hay días en que uno se olvida de la gozosa e improbable supervivencia de las bibliotecas—, di con dos libros que daban el pego, cumplían ambas condiciones: eran de ensayo y se editaron entre 1975 y 1982. Durante la Transición oficial, durante la Transición comme il faut, no durante la imaginada y teorizada por aquella izquierda posklempereriana, para la cual la Transición de Verdad aún no ha acontecido. A la manera de Marx, si se quiere: la prehistoria de la humanidad aún no ha terminado.
Esos dos libros, reimpresos al calor de la crisis, eran Lo que queda de España, de Federico Jiménez Losantos, y Gárgoris y Habidis, de Fernando Sánchez Dragó. Por raro que suene en este siglo del seguimiento audiovisual personalizado, no guardo memoria de haber visto la cara ni oído la voz de ninguno de esos dos autores antes de leerme sendos libros. Después sí, cómo no. Hacía años, décadas que ambos eran más conocidos por sus intervenciones radiofónicas y televisivas que por sus escritos. Otrora situados en los suburbios de la ciudad letrada, estos dos opinadores y tertulianos pueden colgarse la herrumbrosa, la dudosa medalla de haber sido pioneros en el reemplazo de la lectura por el visionado y la escucha. El podcast como formato principal de formación cultural. Ahí estamos.
Antes de la derechización de la juventud, que al parecer es el scoop del periodismo más proféticamente autocumplido de los últimos años, las obras de Losantos y Dragó tenían difícil encaje en un mercado libresco marcado por lo política y gramaticalmente correcto. Como dos islotes azotados por el ascenso de los mares, en medio de un tsunami de tratados de economía rudamente vertidos al castellano, LQQDE y G&H sorprendían, por lo pronto, por su prosa. De la lengua plana de las traducciones, ese puñado de términos en circulación constante, combinados de la manera sintácticamente más periodística y previsible posible, uno se las veía y se las deseaba con un estilo castizo, complejo, cargado de arcaísmos y neologismos. Donde el qué importa tanto como el cómo. Claro que los oropeles barrocos de Dragó se desgastan, se vuelven cansinos casi tan rápido como las ofensas gratuitas de Losantos. Por más refrescante que me resultase su fraseo a primera lectura, la vacuidad que descubrí de fondo, bajo la brillantina superficial, invitaba a no releerlos. Y así he hecho y así haré.
En aquella mesa redonda, «Literatura, Edición y CT», saqué a relucir ambos libros. Hasta los llevé subrayados y anotados en físico. Nadie levantó una ceja porque yo estuviese a puntito de recomendar a dos exmarxistas pasados sin pudor a las filas del neoliberalismo. Se impuso una ley de letras que he visto aplicada y cumplida en los más variados contextos sociales. Ante una cultura de oídas y vistazos, de ojeadas y segundas y terceras manos, donde son nuestras opiniones, no nuestras economías, lo que administramos manirrotamente, muy por encima de nuestros fondos y posibles, basta con que alguien hable apasionadamente de un tema y muestre haberse remontado hasta la fuente bibliográfica última, haya bebido o no a morro de los libros, para que los demás callen y asientan.
El hombre de letras —la mujer de letras— posee más autoridad, si cabe, en este milenio de iletrados.
Me dejaron hablar cuanto quise, sin parar barras sobre LQQDE y G&H. Total, ¿qué más da? ¿Qué más dio? Si la acústica de la sala vedó cualquier oído, cualquier escucha. ¡A saber lo que dije! Siendo yo el único que al parecer me oí y me escuché, esa charla ya ingresó en el no-ser del olvido, pues. Imagino, reconstruyo una charla sobre el tema de España a lo largo de la Transición. En mi incultura, en mi falta de lecturas, creía que ese tema —España como problema: con o sin problemas, España— solo emergía bibliográficamente en periodos de cambio social. Puede ser, pero ¿en qué periodo no cambia la sociedad, ni que sea una pizquita?
Pero el tema y el problema de España parecía haber sido algo. Volvería a serlo poco después. La resaca de aquel proceso destituyente, de aquel septenio izquierdista, visto y no visto entre 2011 y 2018, arrastró a la orilla del mar, a manos de los piratas que regentan nuestra industria editorial, los pecios de muchos naufragios imperiales. ¿Se acuerdan de todos aquellos ilegibles panfletos contra la Leyenda Negra? Pero en 2014 España no era ni tema ni —¿felizmente?— problema. Y, sin embargo, ahí estaban esas dos reimpresiones. Según su contratapa, G&H es una historia de la España negra, mágica e inventada por Dragó, igual que LQQDE se vende como una defensa de nuestra intermitente tradición liberal, de Fray Luis a Sor Losantos, pasando por Manuel Azaña, ¡vaya viaje!
Ambos libros son, en realidad, fichitas de lecturas mal digeridas: uno (Dragó) saqueando a Marcelino Menéndez Pelayo y a Julio Caro Baroja a manos llenas, y el otro (Losantos) reseñando furiosamente novedades editoriales. Recuerdo haber cerrado G&H, haber pensado: «Demasiada ciencia ficción por hoy», al leer sus teorías a propósito del tráfico fluvial entre Europa y América en el Neolítico y a propósito de la construcción de una presa prehistórica en el estrecho de Gibraltar. Así se explica Dragó lo extendido por la cuenca mediterránea del mito del diluvio universal: la presa se rompió, el Atlántico se inundó, ¡y dos huevos duros!
Con LQQDE no tuve queja, me lo leí de cabo a rabo. Disfruté de cada invectiva contra el nacionalismo catalán excluyente. Venía uno de vivir en una Barcelona en vías de fanatización independentista, con el presidente de la Generalitat abriendo crísticamente sus brazos a la voluntat d’un poble. Estaba uno receptivo ante las faltadas de respeto de Losantos y su mejor amigo de entonces, Alberto Cardín, a quien tomé poco menos que como daimon protector, pokemon predilecto, alma gemela perversa y avatar en otra vida. Desarrollé tremenda paja mental sobre esos autores disidentes de la izquierda oficial —Cardín, Losantos, Dragó, Escohotado: todos desengañados de Marx durante la Transición— como intelectuales a la contra de la CT. Me engañaba con esas abstracciones, no menos que los intelectuales orgánicos —¿o no-orgánicos?, ¿o reciclables?, ¿o de plástico?— de aquel no-partido no-español ni-de-izquierdas.
Nadie se puso contra la CT porque jamás hubo algo así como la CT.
Al salir de mi mesa redonda, medio mareado por las bobadas que había dicho y oído, me crucé con algunos de aquellos intelectuales no-orgánicos, entonces en su peak de popularidad y ahora, por desgracia, ya sea por causas sexuales varias o por llevar década y media con la misma matraca, en franco declive y retirada. Uno de ellos —famoso y atrevido en su defensa del hecho consuetudinario de tener familia e hijos como algo revolucionario, propuesta problemática donde las haya en una no-izquierda ni-española cada día más integrada por solteras con el pelo teñido y dos gatos— había acudido a aquellos europeístas encuentros, coherentemente acompañado por sus hijos. Dos criaturas criadas en la tradición libertina y libertaria de hacer lo que quieran, id est: gritar, correr, saltar, tirar basura al suelo, romper cosas porque sí, no limpiarse manchas marrones —¿de chocolate?— de la comisura de los labios, etc.
La madre de esos críos, también ensayista, también intelectuala no-orgánica del no-partido, había abogado por escrito a favor de esa rompedora —para empezar, del mobiliario—, esa novísima crianza «no-adultocéntrica». ¡Y dale con las negaciones! En positivo, ya sabemos de qué va la cosa: de atender a todas las llamadas de atención de los nenes, de que puedan dormir para siempre con papá y mamá, de cogerlos continuamente en brazos, de darles pecho a demanda hasta que prácticamente se les caigan los dientes de leche… Por desgracia, con lo monos que son, el destino ineluctable de cada niño es dejar de serlo, volverse adulto tarde o temprano. Cada día más tarde y a veces nunca. Y ahora que hablamos de la Transición, los resultados peterpanescos de esa crianza «niñocéntrica» —¿o se dice «infanticéntrica»?— ya se manifestaron en los hijos del 78, criados a pechos del 68. «Muere joven, permanece bello» es el teorema existencial que, de Aquiles al punk, han deducido todos los criados en las casas de tolerancia del progresismo. Es casi axiomático. Véase la hija heroinómana de Ferlosio, muerta antes de cumplir treinta.
Allí, en aquellos europeístas encuentros, estaba aquel intelectual no-orgánico. Allí estaba, intentando organizarse la vida y la tarde con aquellas dos criaturas, que se estaban portando decididamente mal. Había llegado el duro —«más duro para mí que para vosotros»— pero hermoso y necesario momento del castigo. Y allí estaba aquel intelectual no-orgánico, siendo fiel a sus principios. Intentando consensuar el castigo con los que van a ser castigados. Intentando negociar, si «negocio» no fuese un término tabú para su espacio político no-español ni-de-izquierdas. Intentando debatir con sus hijos, en plan asambleario, si se quedaban sin la consola, sin la paguita o sin el postre. Allí estaba aquel intelectual, intentando razonar como un adulto con dos niños que ni sumando sus edades alcanzaban mayoría de edad alguna, no digamos ya intelectual, tan kantianamente ilustrada como él. Pero allí estaba él, intentando persuadirles de que fuesen buenos, en vez de imponerles la bondad por la fuerza.
Quedé admirado ante tamaña coherencia. Ello no obstó para que me entrasen unas ganas bárbaras y súbitas de marcharme de aquellos encuentros. Ya me sentía lo bastante destituyente e instituido para pasar ni un minuto más en aquel no-partido pero sí-instituto. Así que me llevé una mano al bolsillo, tomé decididamente el móvil, fingí hacer o recibir una llamada, susurré unos segundos al vacío, anduve despacio hacia la puerta, saludé de lejos a amigos y conocidos, «Ahora vuelvo», intenté decirles por señas y, según doblé la esquina, corrí para no volver jamás. Y no he vuelto, ni ganas que tengo, ni al no-partido ni al sí-instituto. Pero si tuviese que intervenir hoy en una mesa redonda con ese mismo título, «Literatura, Edición y CT», estas son las notas que llevaría:
2
Dicen que la censura franquista no fue eficaz. Pero sí lo fue, según se vea. El caso es que tras la muerte de Franco no irrumpió ningún enjambre de autores geniales con obras injusta e irreprochablemente inéditas desde hacía décadas. El star system literario nacional siguió siendo más o menos el mismo con y sin censura previa. La censura posterior del mercado de lectores no se la salta —ni entonces, ni ahora— ni Dios. Sin la previa, nuestra literatura ganó una anatomía verbal algo más explícita. Más tetas y culos y tacos por página, si eso. Es verdad, pues, que la censura franquista no fue eficaz —o sí, según se vea— para la narrativa. Para la ficción, es verdad: la censura aviva la imaginación.
Pero esa no es la verdad de la no-ficción o, por dejar de hablar en negativo: para la filosofía, como se llamaba entonces, no-eufemísticamente, al ensayo, la Transición supuso un vuelco tan radical de lo que se lee y escribe que hemos de bucear a grandísimas honduras en el archivo para enterarnos siquiera de quiénes eran los filósofos oficiales del franquismo. Leopoldo Eulogio Palacios, Rafael Gambra, Antonio Millán Puelles, Leonardo Polo o José María Cabodevilla son nombres que hoy suenan a Marte. De la dictadura ya solo recordamos a los exiliados y represaliados, a los que se opusieron al régimen o, lo que es peor, fingieron oponerse en el último momento, habiéndose puesto solo de perfil antes. De todo ello, gracias sean dadas a la Transición.
Poca broma, la Transición. Fue la época del destape ensayístico de este país. Nunca, hasta el auge de la no-ficción actual, se ha publicado y leído tanto ensayo en España. Toda la península, Portugal incluido, estaba ávida de los hechos y las reflexiones que la censura les había escamoteado durante nosecuántos años.
Véase La Gaya Ciencia. No el libro de Nietzsche, sino la editorial en la cual hicieron prácticamente sus primeras armas muchos autores ahora canónicos: Álvaro Pombo, Javier Marías, Manuel Vázquez Montalbán, Gustavo Bueno… ¿sigo? Véase la colección divulgativa que, durante la Transición, La Gaya Ciencia lanzó a la francesa. Con reminiscencias inocultables del Que sais-je?, todos los títulos de esa colección iban al grano, con un inquisitivo y factual ¿Qué es…? o ¿Qué son…?
Juan Benet, tan complejo él, prefirió el pretérito simple:
¿Qué fue la Guerra Civil? Obra maestra en su género.
Tristemente (para La Gaya Ciencia) y felizmente (para las librerías de segunda mano), la editorial sobrestimó las capacidades y facultades de este país a la hora de embaularse lanzamientos semanales de hasta 100.000 ejemplares tirados a lo loco por los quioscos. Se cayó en una saturación del mercado que ya nos suena y nos recuerda, por segundo o tercer tropiezo con la misma piedra de la sobreoferta, a esos cuasitrípticos, a esos folletitos que abarrotan los cajeros de las librerías, a esos ensayitos que se dan de codazos por su espacio junto a los llaveros, las postales, los pines, las bolsas y los bolis. Dura competencia, no quisiera verme en ella.
No en balde, Nuevos Cuadernos Anagrama, la colección que dio el pistoletazo de salida de esta carrera hacia la irrelevancia por pequeñez, carestía y saturación, es una colección resucitada de entonces. No en balde, se dice que esta es la Segunda (o Tercera) Transición. Más nos gustaría.
Una diferencia de relieve entre nosotros y la Transición es la promiscuidad editorial de antaño. Cuando se alzan las copas de la autocomplacencia generacional, cuando se proponen brindis al sol que ni ilumina ni calienta del mundo del libro actual, se celebra la diversidad de editoriales y librerías independientes que hoy operan, obviando que muchas son deficitarias, subvencionadas por algún mecenas familiar. Que muchas son la alternativa a que regalen clases de equitación y un poni al dejar la universidad porque, con tus contactos, ¿para qué estudiar? Caprichines de niños-ricos-escritores-frustrados: eso es lo que muchas son.
En eso nos parecemos —sin duda, y mucho— a la Transición. Huelga decir que la clave de bóveda de la promiscuidad editorial en la Transición, la razón de que entonces se publicasen libros tan sistemáticos, tan sin concesiones, y hoy solo tengamos sociología barata, es el sublime nepotismo del pasado. Muchos de los pensadores más relevantes de los últimos cincuenta años dirigían hasta ayer mismo colecciones de ensayo en las que, descaradamente, se publicaban a sí mismos y a sus amigos sin tapujos ni revisión por pares ni análisis de mercado ni correctores de estilo que valgan. Como debe ser, pero claro: de aquellos polvos endogámicos, estos lodos corporativos. Por sus propios dispendios, todas aquellas editoriales semifamiliares, semimafiosas, han terminado absorbidas por los titanes trasnacionales que hoy copan el sector.
He ahí en lo que se diferencia nuestra época, en la asfixiante concentración del sector editorial en un par de conglomerados, no hace falta nombrarlos, para los cuales trabajan velis nolis las independientes como nodrizas, niñeras e institutrices de nuevos nombres y firmas en pañales. El perfil autoral idílico, modélico hoy, es una escritora joven con varios kas de seguidores en redes y sin agente, o con una agente afín a la casa, que haya publicado uno o dos libros en alguna editorial independiente, da igual si de poesía con tal de que se muestre capaz y dispuesta a venderse más allá de su familia y amigos. Una escritora lista para dar el salto a su «esperadísimo debut», no tanto en narrativa o autoficción —géneros ya casi intercambiables— cuanto en el circuito mareante de entrevistas y reseñas, ferias y festivales, premios y presentaciones y columnas.
En ensayo, con la exigencia de perecer o publicar textos sin lectores en sellos sin distribución, el panorama es ligeramente distinto, acaso más deprimente. Pero el mercado de fichajes es el mismo, análogo al fútbol en todo salvo en la presión social por «deberse al club», «sentir los colores» y «obedecer al míster». A diferencia del mundillo de la música y de las artes plásticas, donde los autores mal que bien sobreviven con sus bolos y ventas autónomas, en el mundo del libro ni siquiera se plantea el debate de si hemos de vendernos o no al sistema.
O el sistema no existe o somos todos el sistema.
A todos esos intelectuales hipercríticos con el consumo y la financiación ajenas no se les caen los anillos ni la cara de vergüenza, no tienen escrúpulos ni mala conciencia porque sus agentes les vendan al peso y al mejor postor por ferias de medio mundo. Todos saben que las editoriales son como compañías telefónicas. Pesadísimas cuando estás con la competencia, te fríen a ofertas exclusivas, a llamadas intempestivas para captarte saduceamente y, una vez captado, solo te cogen el teléfono si amenazas con darte de baja.
El lector promedio, ignorante de que el grueso de lo recomendado por su «librero independiente» proviene de Penguin o Planeta, no censura ni penaliza a sus autores preferidos por traicionar a su alma mater editorial a cambio de un premio amañado o un anticipo inflado. Pelillos a la mar, pactos con el diablo a largo plazo. Para ti, para el lector, solo existen los autores, que son quienes te firman ejemplares, quienes dan la cara en cientos de saraos, con quienes te puedes tomar selfis, o quejarte de lo bordes que son si no acceden. En la industria editorial parecen solo existir los escritores, junto a algún editor legendario o chupacámaras, si eso, igual que en Hollywood parece que solo existan los actores y, a lo sumo, un par de directores con personalidad y estilo propio. Pero son los intermediarios quienes hacen y deshacen las apariencias de lo que vemos entre las tinieblas de nuestro infecto aquí y ahora.
Hablamos, por supuesto, de los agentes. Para ellos parece haberse planteado el problema principal-agente en teoría de juegos. Si no tienes agente, olvídate de que te traduzcan. Y si no escribes ficción, ni que sea no-ficción creativa, no hay traducción ni con agente. Salvo que escribas directamente en inglés, ni vendiendo decenas de miles de ejemplares en tu idioma te traducirán a una de las que pesan y cuentan internacionalmente. En esas ligas de la lengua, el castellano lleva siglos siendo ese equipo de fútbol de segunda que a mitad de temporada, gracias a algún goleador inesperado (llámese Cervantes, el Boom o el 27), parece a punto de ascender a primera, pero al final le remontan y se queda donde estaba. En la mierda, vaya.
Más allá de las lenguas, la piedra más escandalosa con la que ha de comulgar la industria editorial vigente, que a punto está de que le cierre la poca tráquea intelectual que le queda, es el escándalo de que al ensayo, a la dichosa no-ficción se la trate como una fruta estacional y regional. Cualquiera diría que los ensayos se pasan y se pudren con la mudanza de los espacios y los tiempos. En vez de traducir o reeditar clásicos, nuestros editores —los de aquí y los de todas partes— prefieren encargar ensayos sobre temas de moda global a autores locales, autores con raíces y contactos, capaces de dar entrevistas y charlas en lengua vernácula, cómodamente reseñables en los periódicos y revistas, en las radios y teles con las que colaboran. Los libros devienen, pues, puros pretextos para podcast.
Y si escribes no-ficción y no colaboras con periódicos y revistas, con radios y teles, ¿qué demonios haces con tu vida?
Como frutas de temporada, pues, por más hayan sido cultivadas con los fertilizantes de la IA y el invernadero de los encargos, los lanzamientos editoriales —no solo de no-ficción— se agolpan en el otoño de la rentrée o en la primavera de las ferias, dejando pudrirse promocionalmente a los libros que no «performen bien» en sus primeras semanas a la venta.
Lo perdido e irrepetible de la Transición es la promiscuidad con la que autores de referencia publicaban varios libros, con varios editores al año, sin que nadie les acusase de descuidada premura ni les exigiese una morganática exclusividad contractual. A modo de breve muestra, entre 1975 y 1982:
Eugenio Trías publicó 8 libros en 4 editoriales;
Fernando Savater, 17 en 14;
Manuel Vázquez Montalbán, 16 en 11;
y —fuera de toda mesura délfica— Francisco Umbral, 32 en 18.
Para que luego digan que internet ha acelerado los plazos del sector.
Más bien al contrario. No es solo que el deber social de promocionarse sin pausa en bolos y redes haga perder el tiempo y la paz mental a los autores; es que los editores, sometidos a los departamentos de marketing y conscientes de lo mucho que se ha contraído el mercado, exigen monogamia o bala. Ya publiques con un único editor o con varios, todos te impondrán un margen mínimo de medio año entre publicación y publicación. Para que no te autosabotees, te dirán. Para que no compitas contigo mismo por el poco espacio disponible en las mesas de novedades, que es lo único que hay ya en las librerías cuquis sin fondo ni criterio, pero sí ipas, matchas y lattes.
Ante esta política de cookies, una proeza absurda como la de Umbral, de publicar doce libros en un año, a libro por mes, es hoy ciencia ficción. Si eso fuera todo, si solo se hubiese impuesto una prudente contención horaciana de dejar reposar lo escrito, preferiríamos con mucho nuestra situación a la de nuestros mayores. La desventaja actual es que muchos textos de filosofía reposan para siempre en la nada de la inedición por falta de engarce con la cultura del usar y tirar imperante.
Antes se publicaba abundantemente porque se creía que todo era para siempre.
Hoy se publica a cuentagotas porque sabemos que nada pervive en exceso.
He ahí nuestra condena, nuestro privilegio de estar vivos.
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