¿Existe algo propio? Conjeturas contra lo auténtico

Laureano Debat (Lobería, 1981). Periodista cultural y escritor. Autor de "Barcelona inconclusa" (Candaya, 2017), "Casa de nadie" (Candaya, 2022) y —en coautoría con Marta Armingol— "Colonización. Historias de los pueblos sin historia" (La Caja Books, 2024). Sus artículos se han publicado en Clarín, Página 12, eldiario.es, La Vanguardia, Coolt, National Geographic, Público, Cuadernos Hispanoamericanos y Altaïr Magazine.  
Foto: Raúl E. Asencio

Lo auténtico nunca ha existido. Tiene un nacimiento y un eterno desarrollo paradojal. Si entendemos lo auténtico como algo inalterable, cada vez que decimos que algo es auténtico estamos negando la afirmación. Lo auténtico es una formulación que se niega a sí misma todo el tiempo. Si lo auténtico exige inmutabilidad, entonces no puede existir en lo humano, que es cambio, desgaste, contexto. Lo auténtico presupone un origen puro, pero todo origen es ya interpretación (y ni hablemos de la imposibilidad de cualquier pureza). El relato de lo auténtico siempre es una retrospectiva, aparece en un después como nostalgia o reconstrucción, en el mito del primer estado (la infancia, la naturaleza, la tradición). Pero todo origen no es más que una construcción posterior, anti originaria. Lo auténtico aparece siempre después, cuando algo ya se ha perdido. Pero ¿se puede perder lo que nunca existió? 

Lo auténtico es una marca del capitalismo. Lo dice Don Draper en Madmen: “Amor es una palabra que ha inventado gente como yo para vender medias”. Lo desarrolla Gilles Lipovetsky en un ensayo reciente. La operación es por ocultación: el capitalismo parece destruir lo auténtico pero lo que hace es producirlo como valor diferencial, como otra mercancía más que resulta tan seductora en el mercado. Vivir experiencias auténticas, comer comida auténtica, conocer lugares auténticos: un plus emocional que entra como verdad, artesanía y origen. Que nos hace tan felices como alumnos obedientes de un nicho de mercado que simula tan bien el hecho de haber sido creado para nosotros, en exclusiva. Y al que le devolvemos nuestra propia cuota de autenticidad como productores siendo “nosotros mismos”. Por eso Eudald Espluga propone en el título de su libro la negativa al imperativo productivo: no seas tú mismo. Pero ¿por qué seguimos eligiendo cada día todas esas marcas específicas de productos con las que nos sentimos tan nosotros mismos? 

Lo auténtico es una copia. El arte contemporáneo ya lo sabe, más o menos desde que existe como tal. Y seguimos en la era del DJ, de la copia y su repetición, la mezcla en el loop infinito sigue moldeando nuestra cultura. Es la tradición en el buen sentido del término, en el sentido honesto del término: lo nuevo siempre imita un modelo previo, una genealogía que necesariamente lo antecede. Lo nuevo es auténtico en esa raíz, en cualquiera de ellas, aunque muchas veces la copia no solo es más creíble que el original sino que acaba siendo su reemplazo vacío e hiperrealista. Pero hay momentos en los que las copias emergen como reversiones bastante mejores que las originales. ¿Por qué reconocerlo en público sigue siendo vergonzante? ¿Por qué continúan siendo canónicas, siempre insuperables, las primeras versiones de casi todo? 

Lo auténtico es la máscara de un disfraz. Seguimos creyendo que hay algún momento del día en el que somos auténticos, que la vida es real. Que la actuación está solo en un escenario, tenga o no tenga pantalla. Cuando compartí piso con dos prostitutas, me tocó vivir dietro le quinte, como se dice en italiano. Es decir, dentro del camerino del trabajo sexual. Y la premisa parecía ser que cuando ellas se encontraban fuera del escenario en el que actuaban de mujeres serviles y sexuales, cuando estaban en la cocina o en el living de nuestra casa, eran más naturales, dejaban de actuar. Y ese abandono de la pose las volvía más auténticas. Pero solo ejecutaban otro papel. Decir que alguien no actúa es negar que toda identidad es performativa. La autenticidad en nuestra manera de relacionarnos con los demás es solo una manera de actuar, una actuación convincente. La naturalización del gesto: lo aprendido que parece espontáneo. Por eso, a veces, recurrimos al disfraz, para que no se nos note esa performance diaria. Y para que no haya ninguna duda, cuando un montón de gente decide ponerse trajes tradicionales para alguna festividad en España no se dice que se disfrazan sino que se visten. Aquí, el verbo vestir está contaminado de autenticidad, mucha más que disfrazar. En las fiestas mayores la gente se viste, en los carnavales se disfraza. Esa vuelta perpetua al pasado, ese retorno a lo auténtico inalterable ha sido creado por los grupos de poder que simplificaron a su antojo modas de diferentes épocas y la unificaron para que vuelva, una vez al año, producida en serie y siempre igual, bajo la ilusión de lo auténtico. Da igual si son campesinos europeos medievales o gauchos pampeanos de finales del siglo XIX. ¿Cómo serán los trajes típicos de los humanos del siglo XX en los desfiles del siglo XXV?

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