Tecnocesarismo El proyecto que conviene nombrar

Corresponsal en Madrid desde 1999 para medios francófonos: los diarios Liberation (Paris) y Le Temps (Lausanne), la radio RFI y el semanario Le Point (Paris). En paralelo con su trabajo periodístico, fundó en 2017 y codirige Diario Vivo, único medio en España de Periodismo Vivo, que lleva 35 espectáculos y docenas de Talleres de storytelling. Ha creado un café filosófico en 2010 que sigue teniendo lugar un domingo al mes en el café Libertad 8 de Madrid. Anima un Club de lectura, «Jueves de Libros ». Ha escrito y protagonizado obras de teatro sobre Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Jean de La Fontaine y Friedrich Nietzsche. 

Hace unos meses, la revista «Grand Continent» publicó un libro titulado: «El Imperio de las sombras: Guerra y tierra en la era de la IA». La expresión estaba bien elegida: detrás del smartphone, que se ha convertido en una prolongación de nuestro cuerpo y en un apéndice de nuestra forma de estar en el mundo; detrás de una galería de aplicaciones que nos simplifican la vida a la vez que la complican; detrás de nuestro dedo que se desliza por la pantalla en el andén del metro y en cualquier otro lugar, hay un Imperio oculto. Y cuando pulsamos frenéticamente las teclas de este dispositivo (y de sus corolarios, ordenadores, iPads, tabletas y demás) que se ha convertido en nuestra ventana al mundo, no pensamos realmente en ello. Sabemos bien, sentimos bien, que esta gratuidad nos saldrá muy cara algún día, que este contenido alimenta a un monstruo al que le ofrecemos no solo nuestros datos, sino también nuestros gustos, nuestras opiniones, nuestras ideas. Da igual, pensamos, no es tan grave. 

Nos decimos que, al fin y al cabo, esos miles de millones de datos se almacenan mágicamente en una «nube digital» de dimensiones infinitas, y no en gigantescos centros de datos que agotan los acuíferos y consumen una parte cada vez mayor de la producción de electricidad. Sí, ¿y qué?, se descarta de un manotazo, como si se hiciera a un lado una pregunta incómoda. Sabemos bien que estos instrumentos tecnológicos y sus algoritmos, que esta IA superpoderosa —que para algunos constituyen la quinta gran revolución, tras la agricultura, la imprenta, la máquina de vapor e Internet— nos sumergen en un abismo cognitivo capaz de provocar vértigo. Sin embargo, por pereza, no nos fijamos en quienes ostentan ese poder sin igual. 

Los nombres de quienes dirigen estos gigantes son, por supuesto, conocidos por la mayoría: Elon Musk, Sam Altman, Mark Zuckerberg… La importancia de estas «grandes tecnológicas» es ya tal en nuestras vidas —y, concretamente, su capacidad para condicionarlas— que conviene ahora calificar este poder cada vez más real y más influyente. La expresión «tecno-cesarismo» es la elegida por muchos de los que se ocupan de esta cuestión: una alianza entre el antiguo concepto de emperador y la propia herramienta tecnológica. En una estimulante obra sobre estos nuevos amos, el exministro de Economía griego Yannis Varoufakis habla de «tecno-feudalismo»: insiste en que este nuevo capitalismo se interesa menos por el beneficio que por la propiedad de un territorio —ya no físico, sino digital— del que ellos serían los señores indiscutibles, junto a los cuales no somos más que vasallos a los que no nos queda más remedio que someternos, a ser posible inclinando la cabeza. 

«El proyecto tecno-cesarista produce una máquina de caos a base de redes y otras herramientas digitales que socavan desde dentro los cimientos mismos de las democracias liberales (…) Esto implica la eliminación de las antiguas élites moderadas, socialdemócratas y liberales, y su sustitución por líderes extremistas que ampliarían aún más la reconstrucción de las instituciones democráticas».

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