El esfuerzo creativo Mirar no siempre es ver
Mireia Sentís ha ejercido el periodismo en prensa, radio y televisión. Es autora de los libros Al límite del juego (1994), dedicado a la vanguardia neoyorquina de los años 1970, y En el pico del águila: Una introducción a la cultura afroamericana (1998). Dirige la colección BAAM (Biblioteca Afro Americana Madrid), que consta de una colección de libros y una biblioteca de consulta. Ha co-traducido, junto a José Luis Gallero, a J. V. Foix y Vicenç Altaió. Como artista, ha sido objeto de retrospectivas de su obra fotográfica en el Círculo de Bellas Artes (Madrid, 2008) y Arts Santa Mònica (Barcelona, 2009).
Imagen: Borja Casani
Ser radical es ir a la raíz de las cosas
Angela Davis
Los ojos para mirar,
Los ojos para llorar,
¿Valdrán también para ver?
Eduardo Chillida
Un amigo mío viste una camiseta de esas que llevan inscripciones. Cuando llega de frente, se lee “Las personas que leen viven menos…” y cuando se va, descubres que en la espalda pone “…menos engañadas, menos explotadas, menos conformadas”. Encontré que era una forma graciosa, atinada y sucinta de expresar un asunto tan importante y amplio como el de por qué se debe adquirir cultura, y por qué cuanta más se adquiera mejor. Si entendemos por cultura el conjunto de conocimientos que nos permite desarrollar el juicio crítico, enseguida vislumbramos el vasto alcance del propósito: ¿cómo emitir un juicio fundado sobre las infinitas cuestiones que se nos plantean en el curso de toda una vida? El camino más seguro es la exploración. Todo tipo de exploración; a través de las vivencias, los viajes, las lecturas, los trabajos, el arte. Cualquier camino que lleve al dépaysement y al cuestionamiento es bienvenido.
Primero sería conveniente recordar que al “poder” nunca le ha interesado que aquellos sobre quienes se ejerce, piensen. En la época de la esclavitud estaba terminantemente prohibido enseñar a los esclavizados a leer y escribir, no fuera que alcanzaran un preciso entendimiento de cómo funcionaba el gobierno —sus leyes, sus atajos— y por lo tanto se convirtieran en una amenaza a un sistema que obviamente se basaba en hacerlos dependientes. Saber, conocer, entender, es poder defenderse por uno mismo. Así que no solo era un delito grave y muy castigado intentar aprender a leer y escribir, sino que también lo era difundir esas herramientas que pudieran incrementar la capacidad exploratoria y expositiva. Profesor y alumno, ambos eran represaliados. Pero la imaginación —en este caso para sortear una ley concreta— es prácticamente lo único que no se puede detener... Y quien sabe leer y escribir expresará ideas claras que acabará compartiendo.
Empecé a escribir con el propósito de hablar del sentido del arte. Pero no tiene sentido hablar de él como algo aislado de la cultura y por lo tanto del conocimiento en general. Así que no sé si acabaré mezclando arte y cultura de tal manera que no habrá distinción entre ambos, ya que la cultura lo abarca todo. Se suele llamar arte a las expresiones visuales del pensamiento, pero no puedo pensar en el arte si no meto en el saco la escritura —prosa, poesía—, la música, la arquitectura, el diseño, la investigación de cualquier tipo —científica, ecológica, histórica—, la enseñanza... Toda expresión surgida de un impulso creativo conduce a imaginar otras formas de vivir; no se puede aislar ninguna de ellas de cualquier otra actividad humana; incluso un movimiento político necesita formulaciones plásticas, musicales, poéticas. Arte y cultura, un solo significado. Iré pues utilizando un término u otro según convenga.
Ya que hemos empezado mencionando la esclavitud, viene muy a cuento hacer referencia a Frederick Douglass (1817-1895), un hombre esclavizado que, según contó, gracias a su tesón por lograr ser alfabetizado, alcanzó no solamente la libertad sino que se convirtió en uno de los estadistas más importantes de su época (abolicionista sobresaliente, orador destacado, consejero del presidente Lincoln, Embajador de Haití, defensor del derecho a voto de las mujeres…). Y en un escritor de gran éxito (la primera de sus tres autobiografías, publicada en 1845, vendió cinco mil ejemplares en cuatro meses y para cuando empezó la Guerra Civil en 1861 ya había alcanzado los treinta mil).
Setenta años antes que Walter Benjamin, dedicó tiempo a reflexionar, filosofar y escribir sobre fotografía, porque vio en esa nueva técnica —que él ya trató como arte— una poderosa herramienta democratizadora. Hasta entonces la gente racializada solo era representada si algún pintor la incluía en sus lienzos, siempre como parte de la propiedad de la élite que retrataba. En cambio, la fotografía, un medio asequible económicamente, dio la oportunidad a muchos integrantes de la población dominada a retratarse tal y como eran, con sus parejas, sus familias y vistiendo a su manera.
Para Douglass, el hecho de que toda persona pudiera poseer su propio retrato, ser agente de su propia imagen, constituía una revolución social y llegó a decir que la fotografía era un componente de los derechos humanos. Como su figura aparecía tanto en los periódicos, vio claramente que era posible cambiar la idea dominante acerca de su colectivo, y desde entonces controló obsesivamente su imagen. Posó para quien él escogía y como él disponía. Cuidaba su apariencia hasta el último detalle y estudiaba la disposición de la cámara para que su persona adquiriera dignidad. Procurar elevar su imagen por encima de los estereotipos que de los esclavizados se construía, se convirtió para él en un deber que beneficiaría a toda su comunidad. También indagó en los aspectos técnicos. Se percató de que los retratados de piel oscura perdían los matices que corresponden a cualquier rostro, y teorizó sobre la luz, los diafragmas, las lentes. Pionero de la fotografía, fue a lo largo de su vida el estadounidense más fotografiado del siglo XIX; más que Lincoln, Mark Twain o el general Custer. Incluyendo el póstumo, se conocen de él ciento sesenta retratos diferentes.
En la década de 1890, Ida B. Wells (1862–1931) no dudó en utilizar la fotografía para combatir lo que llamaba “nuestro crimen nacional”, los linchamientos que ocurrían a un pasmoso ritmo en el sur de Estados Unidos y a los cuales el Congreso, cuya sede está en el norte, hacía oídos prácticamente sordos. Las imágenes que de esos salvajes actos iba presentado regularmente, obligaron a encarar la cuestión. ¿Se produce el verdadero arte cuando existe una necesidad?
La educadora Mary McLeod Bethune (1875-1955), nacida en la pobreza total, instigaba a sus alumnas: “Dejad de ser personas sumisas, sed artistas”. Serlo, decía, les ayudaría a utilizar sus capacidades analíticas, estimular la memoria, ensanchar la imaginación. Aunque surge de diferentes lugares, la necesidad está siempre presente en el alumbramiento de la creatividad. Puede tratarse de una necesidad personal o colectiva, política o poética, pero no hay búsqueda artística sin un motivo que la mueva. El arte es una de las prácticas más transversales que existen. Una estructura naturalmente inclusiva, una cualidad fundamental de expresión que transmite emociones, mensajes, hace reflexionar sobre nuestra existencia, ir más allá de lo que miramos; ver.
Sin embargo, todo esfuerzo creativo es incompleto e imperfecto. El resultado nunca provee una respuesta evidente y ahí reside parte de su interés. A la postre, el que mira, el que lee, el que escucha, es quien interpretará una obra que en sí misma encierra innumerables lecturas. Y como somos seres cambiantes, para una misma persona puede contener, en diferentes momentos, diferentes lecturas, producir diferentes sensaciones, llevar a diferentes lugares de la mente. Esa es la razón por la cual podemos mirar, escuchar, leer una y otra vez las mismas piezas. Lo más interesante del proceso creativo es que constituye un laboratorio de posibilidades, una empresa cuyo incierto resultado nos hace, sin embargo, más conscientes de lo que nos rodea, se trate de elementos tangibles o intangibles (y no por eso menos reales).
En todo caso, el reto es intentar encontrar una solución a un problema nada definido, a una intuición, porque si realmente pudiéramos comprenderlo todo, el arte, tal como lo conocemos, dejaría de existir, de ser necesario. Cuando mi sobrino tenía cinco años, me preguntó de sopetón: “¿Qué es el arte?”. Desprevenida, contesté también rápidamente: “Soñar despierto”. Parece que quedó satisfecho, pues hizo una pequeña inclinación de cabeza y pasó a otra cosa. Yo, en cambio, no dejé de darle vueltas. ¿Qué le hubiese respondido a una persona adulta? ¿Que es “una sacudida de la percepción”, “algo que no muestra, sino sugiere” o “instiga a pensar”? El acto de crear persigue sin duda el encuentro entre el lenguaje interior y el mundo exterior, es una forma de entablar contacto con lo desconocido, de renovar el asombro de la existencia.
No deja de ser sorprendente que todas estas descripciones puedan también definir el acto de mirar (o leer, o escuchar). Y ese es un tema tan amplio y complejo como el de crear. Quien mira lo hace a través de su particular cultura. Aporta su particular formación e información, vivencias, costumbres, ideología… Puede mirar sin comprender a fondo lo que ve, sin descifrar las referencias a cuestiones cuyos símbolos e idiosincrasia desconoce. Y aun así lo puede disfrutar. ¿Por qué? Porque las buenas obras son a la vez actuales e inactuales, locales y universales; dúctiles, a fin de cuentas. Ver algo que nos gusta es un hecho relevante difícil de explicar. José Bergamín escribió que el arte hace de un momento creativo un instante eterno, un momento que no pasa. Ese acontecimiento revelador se convierte en espiritual, añade el ensayista. En el acto de mirar, escuchar, o leer se ponen a prueba los conceptos innatos, descubrimos sensaciones que no esperábamos y, en definitiva, nos conocemos mejor a nosotros mismos.
Para adentrarnos un poco más en arenas movedizas, formularemos la pregunta que lógicamente sigue a lo expuesto anteriormente: ¿cómo se reconoce una verdadera obra de arte? Cito a Santayana: “No existe un solo agente en la naturaleza, ningún órgano específico en la sensibilidad, ni ninguna tarea definitiva en el espíritu, a los que pueda atribuirse la cualidad estética. La experiencia estética es tan amplia y fortuita, tan tenuemente diseminada por la totalidad de la vida…” Sí, la atracción hacia el arte, la literatura, la música, es independiente de la voluntad y no hay regla alguna que indique lo que es mejor o peor. Pero sabemos, intuimos, que además de una percepción sensorial agradable (o ni siquiera), el buen arte debe encerrar algo más. Si estamos de acuerdo en que la cultura es un valor, entonces no puede ser un simple asunto de gusto. Sabemos que el gusto es conservador; solo toma en cuenta lo que ya conoce, y si no existe un esfuerzo, se conserva lo ya digerido.
Pero el arte es el reflejo de la vida, y la vida no es estática —aunque a menudo se muestre repetitiva—. Surgen nuevas expresiones, que abarcan muchos campos y que inducen a revisar los patrones existentes, nuevos planteamientos teóricos, morales y políticos, nuevos estudios históricos que nos enseñarán a leer de modo muy diferente el pasado y, por tanto, el presente y el futuro... Todo eso se reflejará inevitablemente en los procesos creativos, que nunca surgen de la nada, sino que están íntimamente ligados a su tiempo y a su contexto. El propio consenso de lo que es arte va cambiando de generación en generación, ya que todo artista utilizará las coordenadas y los medios contemporáneos. Las generaciones no se dividen en etapas bien delimitadas, sino que se van superponiendo. Así, a menudo resulta difícil acceder a lo más vanguardista, y tampoco resulta fácil, en ningún terreno, aprender a interpretarlo. Y cuando se habla de interpretar, se habla de entender, y por tanto de valorar y disfrutar. Cuanto más se entiende más se disfruta y cuanto más se disfruta más inclinación se tiene a abrir puertas a nuevos conocimientos. Aprender un lenguaje visual, literario, o musical es como aprender una nueva lengua; puede resultar arduo, quizá, pero también apasionante. Y eso requiere un esfuerzo sostenido a lo largo de toda la vida, de toda la historia de la cultura.
Actualmente la creación artística por medios de inteligencia artificial, cada vez más lejanos de las prácticas conocidas hasta ahora (como simplemente dar órdenes verbales para escribir novelas o pintar cuadros) desencadena toda una serie de nuevas cuestiones para las cuales aún no tenemos contestación. El cambio de los procesos creativos no tiene fin; tampoco nuestro intento de entenderlos, y la única vía que podremos seguir para dar respuesta a nuestra continua perplejidad será la de mirar de forma informada. E intentar descubrir dónde se esconde el alma, el duende, eso de lo cual García Lorca dijo: no está en las formas, sino en el tuétano de las formas.
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