Homo Houellebecq Una conversación con José Carlos Rodrigo Breto

Bruno Galindo

Escritor, periodista y productor de audio. Sus últimos libros son Nadie nos llamará antepasados, Equilátera, Toma de tierra, Remake y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca. Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (donde fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March). Es fundador y coordinador de Lo Imposible. 

Michel Houellebecq ha sido y posiblemente sigue siendo —pese a un silencio novelístico que ya dura cinco años—, el novelista europeo más apasionante de las últimas tres décadas. José Carlos Rodrigo Breto, doctor en Literatura Comparada, novelista y ensayista, es ineludible referencia literaria en redes desde su cuenta de Instagram @literatura_instantanea y su podcast El Café de Mendel junto a Jan Arimany. El francés y el madrileño coinciden aquí a cuenta del ensayo "Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano", que Rodrigo Breto ha publicado recientemente. La obra —que cierra una trilogía que incluye otros títulos dedicados a Ismail Kadaré y Mircea Cartarescu— analiza con rigor y profundidad el mundo el mundo narrativo y filosófico del autor de Las partículas elementales, Plataforma y La posibilidad de una isla. Nadie conoce como él al homo houllebecquiano.  

Tu libro presenta a Houellebecq como visionario, y su obra como distópica. ¿Cuál es la visión, cuál la distopía?

Realmente no es un visionario. Simplemente posee la capacidad de saber observar la realidad y la sociedad y las situaciones de una forma casi entomológica, es un gran observador. Eso lo podemos ver reflejado ya en su primera novela, Ampliación del campo de batalla, cuando el protagonista se sienta en un banco de la plaza del mercado de Rouen bajo la pregunta de ¿a ver, a qué se juega aquí?, para descubrir que, si se juega a algo, desde luego, ese juego no es el suyo, no va con él. No se identifica con la masa que pasea contenta por hacer compras y vivir sumergida en la vorágine del capitalismo tardío. Por lo tanto, la aparición de los chalecos amarillos en Serotonina, o los conflictos de Sumisión, o el turismo sexual y la clonación, asuntos que aparecen en sus novelas, solo son producto de un afinado sentido de la observación de lo cotidiano.

La distopía no es en Houellebecq un territorio utópico que ha nacido de forma bienintencionada y luego ha sucumbido al totalitarismo, como en Orwell, Huxley o Zamiatin; la distopía es el ser humano. Todo lo que podía ser, lo que pudo ser y no fue el ser humano, era una utopía que se perdió por el camino y quedo en distopía. Ese proceso, la corrosión de lo humano, es lo que desarrolla en su obra.

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