Un viaje a Post-Europa Impresiones de China

Hilario J. Rodríguez es profesor, viajero y escritor. Ha vivido en España, Portugal, Reino Unido, Irlanda y Estados Unidos, donde ha ejercido la docencia. Ha escrito los libros Nostalgia del futuro. Contra la historia del cine (Micromegas, 2016), Las desapariciones (Newcastle Ediciones, 2022), Construyendo Babel (Contraseña, 2023), El año pasado en Marienbad. Recuerdos del futuro (Providence Ediciones, 2024) y Después de Auschwitz (Sílex Ediciones, 2026). Actualmente colabora con Zenda, República de las Letras, Cualia, Librújula y CTXT, y trabaja en un libro de viajes y en una novela.

Viajamos al futuro en sueños, pero al despertarnos nunca quedan restos. Ni en el futuro ni en el presente. No lo digo yo, lo dicen los chinos. Para ellos, un sueño puede predecir el futuro, porque al soñar los dioses a veces hablan con nosotros y nos traen mensajes sobre lo que va a sucedernos. Jamás nos hablan de manera directa, siempre lo hacen a través de símbolos. Un tigre, por ejemplo, es un buen augurio; una serpiente, sin embargo, es todo lo contrario. Pero que nosotros veamos unas cosas u otras en nuestros sueños no es una cuestión caprichosa. Hay, sin nosotros saberlo, un equilibrio misterioso entre el pasado, el presente y el futuro. Cuando nos pasa algo en el presente, es porque el pasado y el futuro se vacían un poco y le hacen sitio. Y lo mismo sucede si es en el futuro cuando nos va a pasar algo: sucederá porque el pasado y el presente así lo quieren, lo reservaron para más adelante por algún motivo lejos de nuestra comprensión. Ese equilibrio entre los diferentes tiempos de nuestra vida, también existe entre los sueños y la realidad, entre nuestro cuerpo y nuestros pensamientos. Si soñamos en algún lugar caluroso, seguramente se debe a que nuestra temperatura corporal le está enviando un mensaje a nuestro sueño, ajustando su termostato al hacerlo.

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Creo que en el siglo VIII antes de Cristo, los chinos ya tenían a su Sigmund Freud particular; se llamaba Zhou Gong y fue un político de renombre en su tiempo, además de filósofo. Escribió una interpretación de los sueños por la cual todavía se le recuerda. Me interesé en él durante mi segundo viaje a China, cuando una noche tuve un sueño extraño y tempestuoso. Me había hospedado en un pequeño hotelito de Shanghai, en uno de esos callejones que allí se conocen como siheyuans y que en Pekín se conocen como hutongs. Al meterme en mi saco de dormir y estirar las piernas en los dos metros cuadrados donde estaba, era consciente de ser un privilegiado pese al reducido espacio; al fin y al cabo, estaba en una ciudad de casi treinta millones de habitantes, una de las más grandes del mundo, con más de doscientos mil visitantes diarios. Pero incluso en un lugar tan pequeño, mis sueños fueron tan desproporcionados como de costumbre. Soñé que estaba en Shanghai, caminando por sus calles, sin nadie más a la vista. Las calles, la ciudad entera, todo a mi alrededor parecía parte de un enorme plató cinematográfico donde a aquellas horas los técnicos y los actores debían de estar en un descanso de rodaje. O bien estaban escondidos, observando con discreción y sigilo mis movimientos. Pensar esto último me resultó perturbador. ¿Con qué fin querrían vigilarme los habitantes de aquella ciudad o los técnicos y actores de aquella película? Un pensamiento así me resultaba incomprensible. También amenazador. Daba igual que fuese un sueño, donde normalmente aceptamos casi cualquier cosa. Acababa de caminar por el Bund, el paseo que sigue el curso del río Huangpu, flanqueado por rascacielos, luces y una multitud tan grande que no podía creer que tanta gente pudiese haber desaparecido de repente y mucho menos que se hubiera escondido para espiarme.  

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Gracias a Dios, me desperté y pude continuar con mi vida donde la había dejado el día anterior, hasta que me decidí a hojear el álbum de fotos que había hecho después de mi primer viaje a China. Las fotografías aún estaban allí, en sus páginas, pero todas estaban despobladas, vacías, sin vida. El metro, Shanghai, la Gran Muralla, los restaurantes, los mercados, Pekín, los parques, las carreteras… Nadie animaba con su presencia aquellas imágenes. ¿Adónde se había ido la gente? Supe entonces que no me había despertado por completo, me refiero a que no me había despertado a la realidad, tan solo a otro sueño dentro de mi primer sueño. Luego, cuando ya sí me desperté, pensé en las fotografías. Pensé en las fotografías en general y en las fotografías que yo mismo había tomado en mi primer viaje a China, para desembocar en una sensación irremediable: la de haber reducido aquel país a una atracción más en el parque temático que los occidentales nos solemos formar mentalmente del mundo. De algún modo, no eran fotografías, más bien eran pruebas del delito. No de nuestra ignorancia sino de nuestra osadía. Con imágenes así queríamos dejar claro que China estaba donde se suponía que debía estar y que era como debía ser, ni más grande ni más pequeña. Aunque quisiera, no podría ser de otra manera; estaba en nuestras manos, éramos sus titiriteros y ella era nuestro títere.  Los propios chinos son nuestros cómplices en ese sentido, con sus viajes de diseño, idénticos para todo viajero, da igual si es japonés, tailandés, francés o alcarreño. Con sus fotografías idénticas, posando siempre con la misma sonrisa y la misma pose, estén donde estén. Ellos mismos convierten su propio país en el parque temático perfecto, cortado a la medida de cualquiera, con la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida, los guerreros de terracota, el Palacio de Verano… Nunca van a sitios diferentes, tampoco viajan solos. El concepto de mochilero no existe para ellos. Más que viajeros prefieren ser turistas, saber que «si hoy es martes, esto es Bélgica».

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 Hay un parque temático en Pekín cuyo lema es: «aquí podrás ver el mundo entero sin salir de China». No se trata de una exageración, más bien el lema se queda corto porque el parque te muestra el mundo entero sin salir de Pekín. Puedes cruzar la Torre de Londres, medirte al lado de la Torre Eifel o posar delante de las Pirámides de Giza. Un tren dando vueltas en el interior del parque recorre los cinco continentes en menos de una hora. Lo que tardes en dar la vuelta al mundo depende un poco de tu rapidez o demora ante cada cosa. Hay castillos medievales, jardines laberínticos, palacios, réplicas de las esculturas más conocidas y fuentes. Si no has visto antes alguna de las siete maravillas, allí tendrás un primer acercamiento. También hay restaurantes exóticos, con cocineros etíopes, italianos, argelinos o turcos; camareros del último rincón del mundo. Bailarines y cantantes rusos, polacos, moldavos, serbios, croatas o ucranianos, porque allí se oyen arias, lieder y canciones del folklore de muchos países. Encontrarás asimismo cines, teatros y salas de concierto. Y, por supuesto, tiendas, las verás allí hacia donde te dirijas. Es una versión reducida del mundo, pero aun así es de tamaño mastodóntico, diseñado para invitar a sus visitantes a pasar un día o dos, gastando dinero casi sin darse cuenta. Se venden sodas, helados, dulces, bebidas calientes, gorras, camisetas y millones de llaveritos con personajes de los manhua, que son la versión china del cómic manga japonés, a color y no en blanco y negro.

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