Un viaje a Post-Europa Impresiones de China

Hilario J. Rodríguez es profesor, viajero y escritor. Ha vivido en España, Portugal, Reino Unido, Irlanda y Estados Unidos, donde ha ejercido la docencia. Ha escrito los libros Nostalgia del futuro. Contra la historia del cine (Micromegas, 2016), Las desapariciones (Newcastle Ediciones, 2022), Construyendo Babel (Contraseña, 2023), El año pasado en Marienbad. Recuerdos del futuro (Providence Ediciones, 2024) y Después de Auschwitz (Sílex Ediciones, 2026). Actualmente colabora con Zenda, República de las Letras, Cualia, Librújula y CTXT, y trabaja en un libro de viajes y en una novela.

Viajamos al futuro en sueños, pero al despertarnos nunca quedan restos. Ni en el futuro ni en el presente. No lo digo yo, lo dicen los chinos. Para ellos, un sueño puede predecir el futuro, porque al soñar los dioses a veces hablan con nosotros y nos traen mensajes sobre lo que va a sucedernos. Jamás nos hablan de manera directa, siempre lo hacen a través de símbolos. Un tigre, por ejemplo, es un buen augurio; una serpiente, sin embargo, es todo lo contrario. Pero que nosotros veamos unas cosas u otras en nuestros sueños no es una cuestión caprichosa. Hay, sin nosotros saberlo, un equilibrio misterioso entre el pasado, el presente y el futuro. Cuando nos pasa algo en el presente, es porque el pasado y el futuro se vacían un poco y le hacen sitio. Y lo mismo sucede si es en el futuro cuando nos va a pasar algo: sucederá porque el pasado y el presente así lo quieren, lo reservaron para más adelante por algún motivo lejos de nuestra comprensión. Ese equilibrio entre los diferentes tiempos de nuestra vida, también existe entre los sueños y la realidad, entre nuestro cuerpo y nuestros pensamientos. Si soñamos en algún lugar caluroso, seguramente se debe a que nuestra temperatura corporal le está enviando un mensaje a nuestro sueño, ajustando su termostato al hacerlo.

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Creo que en el siglo VIII antes de Cristo, los chinos ya tenían a su Sigmund Freud particular; se llamaba Zhou Gong y fue un político de renombre en su tiempo, además de filósofo. Escribió una interpretación de los sueños por la cual todavía se le recuerda. Me interesé en él durante mi segundo viaje a China, cuando una noche tuve un sueño extraño y tempestuoso. Me había hospedado en un pequeño hotelito de Shanghai, en uno de esos callejones que allí se conocen como siheyuans y que en Pekín se conocen como hutongs. Al meterme en mi saco de dormir y estirar las piernas en los dos metros cuadrados donde estaba, era consciente de ser un privilegiado pese al reducido espacio; al fin y al cabo, estaba en una ciudad de casi treinta millones de habitantes, una de las más grandes del mundo, con más de doscientos mil visitantes diarios. Pero incluso en un lugar tan pequeño, mis sueños fueron tan desproporcionados como de costumbre. Soñé que estaba en Shanghai, caminando por sus calles, sin nadie más a la vista. Las calles, la ciudad entera, todo a mi alrededor parecía parte de un enorme plató cinematográfico donde a aquellas horas los técnicos y los actores debían de estar en un descanso de rodaje. O bien estaban escondidos, observando con discreción y sigilo mis movimientos. Pensar esto último me resultó perturbador. ¿Con qué fin querrían vigilarme los habitantes de aquella ciudad o los técnicos y actores de aquella película? Un pensamiento así me resultaba incomprensible. También amenazador. Daba igual que fuese un sueño, donde normalmente aceptamos casi cualquier cosa. Acababa de caminar por el Bund, el paseo que sigue el curso del río Huangpu, flanqueado por rascacielos, luces y una multitud tan grande que no podía creer que tanta gente pudiese haber desaparecido de repente y mucho menos que se hubiera escondido para espiarme.  

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Gracias a Dios, me desperté y pude continuar con mi vida donde la había dejado el día anterior, hasta que me decidí a hojear el álbum de fotos que había hecho después de mi primer viaje a China. Las fotografías aún estaban allí, en sus páginas, pero todas estaban despobladas, vacías, sin vida. El metro, Shanghai, la Gran Muralla, los restaurantes, los mercados, Pekín, los parques, las carreteras… Nadie animaba con su presencia aquellas imágenes. ¿Adónde se había ido la gente? Supe entonces que no me había despertado por completo, me refiero a que no me había despertado a la realidad, tan solo a otro sueño dentro de mi primer sueño. Luego, cuando ya sí me desperté, pensé en las fotografías. Pensé en las fotografías en general y en las fotografías que yo mismo había tomado en mi primer viaje a China, para desembocar en una sensación irremediable: la de haber reducido aquel país a una atracción más en el parque temático que los occidentales nos solemos formar mentalmente del mundo. De algún modo, no eran fotografías, más bien eran pruebas del delito. No de nuestra ignorancia sino de nuestra osadía. Con imágenes así queríamos dejar claro que China estaba donde se suponía que debía estar y que era como debía ser, ni más grande ni más pequeña. Aunque quisiera, no podría ser de otra manera; estaba en nuestras manos, éramos sus titiriteros y ella era nuestro títere.  Los propios chinos son nuestros cómplices en ese sentido, con sus viajes de diseño, idénticos para todo viajero, da igual si es japonés, tailandés, francés o alcarreño. Con sus fotografías idénticas, posando siempre con la misma sonrisa y la misma pose, estén donde estén. Ellos mismos convierten su propio país en el parque temático perfecto, cortado a la medida de cualquiera, con la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida, los guerreros de terracota, el Palacio de Verano… Nunca van a sitios diferentes, tampoco viajan solos. El concepto de mochilero no existe para ellos. Más que viajeros prefieren ser turistas, saber que «si hoy es martes, esto es Bélgica».

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 Hay un parque temático en Pekín cuyo lema es: «aquí podrás ver el mundo entero sin salir de China». No se trata de una exageración, más bien el lema se queda corto porque el parque te muestra el mundo entero sin salir de Pekín. Puedes cruzar la Torre de Londres, medirte al lado de la Torre Eifel o posar delante de las Pirámides de Giza. Un tren dando vueltas en el interior del parque recorre los cinco continentes en menos de una hora. Lo que tardes en dar la vuelta al mundo depende un poco de tu rapidez o demora ante cada cosa. Hay castillos medievales, jardines laberínticos, palacios, réplicas de las esculturas más conocidas y fuentes. Si no has visto antes alguna de las siete maravillas, allí tendrás un primer acercamiento. También hay restaurantes exóticos, con cocineros etíopes, italianos, argelinos o turcos; camareros del último rincón del mundo. Bailarines y cantantes rusos, polacos, moldavos, serbios, croatas o ucranianos, porque allí se oyen arias, lieder y canciones del folklore de muchos países. Encontrarás asimismo cines, teatros y salas de concierto. Y, por supuesto, tiendas, las verás allí hacia donde te dirijas. Es una versión reducida del mundo, pero aun así es de tamaño mastodóntico, diseñado para invitar a sus visitantes a pasar un día o dos, gastando dinero casi sin darse cuenta. Se venden sodas, helados, dulces, bebidas calientes, gorras, camisetas y millones de llaveritos con personajes de los manhua, que son la versión china del cómic manga japonés, a color y no en blanco y negro.

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Los chinos dicen que la réplica es la mejor forma de halago. Su especialidad, de hecho, es la imitación, lo sabemos bien porque en muy poco tiempo aprenden a sacar los patrones de cualquier prenda de vestir, reloj o montura de gafas, para hacer inmediatamente su clonación por un precio bastante asequible y a veces sin que puedas establecer las diferencias con el original. Les encanta ese tipo de artificio. Es más, yo diría que su forma de alcanzar la realidad es a través del artificio. Siguen el camino inverso a los occidentales. Si nosotros nos apartamos de la realidad a través del artificio, ellos hacen el camino inverso. Algo así dice mucho sobre nosotros y sobre ellos. Para ellos, por ejemplo, la realidad es un asunto múltiple, mientras que para nosotros es un asunto único. Ellos conciben más de una realidad, gracias a eso viven de una forma más imaginativa que nosotros, quizás incluso imaginaria. 

Cada persona, según los chinos, tiene asignado un animal, dependiendo del año en que hayas nacido. Yo soy un conejo, pero podría haber sido una rata, un buey, un tigre, un dragón, una serpiente, un caballo, una cabra, un mono, un gallo, un perro o un cerdo. Por eso no es raro ver a unos veterinarios vestidos como osos panda cuando tienen que tratar a una cría de oso panda. Un chino diría que tenemos dos biografías: la humana y la animal. A diferencia de los therians tal como los conocemos y como actúan en los países de Occidente, con comportamientos que rozan lo patológico, en China que alguien lleve una capucha de animal no quiere decir que se comunique con los demás a base de ladridos y maullidos, o que se mueva de un lado al otro a cuatro patas.

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Además de ese lado animal, los chinos creen que cada uno de nosotros tenemos una relación estrecha con un elemento, como el metal, la madera, el agua, el fuego o la tierra; creo que yo estoy relacionado con el agua. Esos cinco elementos forman parte del wu xing, una teoría sobre la interacción y el equilibrio. Ninguno de los elementos es estático, todos se mueven de forma constante, todos se rozan, se tocan, se funden y se separan, porque así hacen que la energía fluya. La madera controla la tierra, la tierra absorbe el agua, el agua apaga el fuego, el fuego funde el metal, el metal corta la madera, y vuelta a empezar. 

Los animales y los elementos son nuestro carácter y nuestro destino.

 

Para un occidental, la comprensión de China y muy especialmente de los chinos va más allá de sus capacidades. Ni la antropología ni la etnografía bastan. Tampoco la historia. Es necesario ensayar. Se necesita ensayar porque necesitamos recuperar algo que perdimos hace tiempo, que es nuestra capacidad de asombro. Pero no me refiero al asombro como algo que nos paraliza. Me refiero al asombro asociado al ensayo, como algo estimulante, propio de los viajeros, que nunca parten en pos de lo conocido sino de lo desconocido.  Así el asombro puede transformarse fácilmente en una nueva forma de actuación y reconocimiento, en una nueva manera de ver, pensar, respetar y continuar. Sin cuestionar ni devaluar. No se trata en ningún caso de una postura estática o cerrada; se trata de una postura dinámica, donde la mirada ve, pierde y recupera. Donde los pensamientos avanzan, se borran y se reescriben; donde las imágenes nunca se transforman en una amenaza porque, aun cuando nos resulten imprevisibles e incomprensibles, sabemos que solo obtendremos algo de ellas en su conjunto y no por separado. 

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A China no se debe viajar si no es abierto a lo inesperado, dispuesto a empequeñecerse ante las dimensiones de lo descubierto y valiente ante las limitaciones para comprender. Con una actitud exploratoria desde el propio lenguaje, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro conocimiento casi siempre será insignificante. De ese modo demostraremos, cuando poco, hasta qué punto las palabras son mediadoras entre el misterio y la poesía, nos desembarazaremos de nuestro yo inflexible y nos abriremos a la vulnerabilidad de lo subjetivo. Entraremos en palabras como quien entra en una novela. Por ejemplo, en chuanman, que significa ir a ver a alguien sin haberle dicho nada antes, por un motivo que muy pronto se le hará comprensible al otro pero a nadie más, porque nadie más podrá comprender el tipo de relación que permite que algo parecido suceda entre dos personas. Gongshou es otra palabra inabarcable, referida al acto de cerrar un puño para que podamos cubrirlo con nuestra mano libre y que, una vez unidas ambas, las llevemos al pecho, en señal de respeto ante una persona mayor, a quien de ese modo le damos libertad para que nos ordene cualquier cosa, aunque nunca debería excederse en sus reclamos porque el mismo gesto cambia en una fracción de segundo a una especie de declaración de guerra con la que retamos a otra persona a un combate. También ming mù resultaría difícil de traducir a no ser escribiendo una larga perífrasis, porque se refiere a una vida que se extingue sin dejar restos tras de sí, después de que toda deuda o pesar haya sido borrado y uno pueda morir en paz, sin provocar ni una lágrima ni una mueca de contrariedad o enojo.

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Un viajero no nos entrega China, a lo sumo nos sitúa en ella. Pero no lo hace de una manera sumisa o extasiada, lo hace con una hoja de ruta donde lo bello nunca está lejos de lo siniestro, donde la China sensorial y la China instrumental se tocan, con sus contradicciones. Dos conceptos, lo bello y lo siniestro, que en China no están en contraposición; dos conceptos, por tanto, que no crean una estructura binaria. Si para nosotros los opuestos marcan territorios opuestos, para los chinos quizás marquen el mismo territorio. Yo, no obstante, soy consciente de que jamás podré hablar chino como un chino, jamás podré entender ni usar la lengua como si fuera chino. Todo lo más intentaré ser capaz de convertirme en un traductor fiable, al reconocer mi incapacidad para traducir literalmente.

 

Con el tiempo, yo he aprendido que observar es más difícil que pensar, porque describir es siempre más complicado que juzgar. Pero también he aprendido que las descripciones no sirven de mucho si detrás de ellas no hay una actitud, una mirada concreta, una visión del mundo. Para recorrer el mundo se necesitan la gracia de la imaginación y la de inteligencia. Muchos escritores occidentales lo saben, eso explica que en sus borradores y manuscritos a veces se mezclen las palabras y el dibujo, que a veces se hagan indistintos. Saben que practicar el dibujo hace que uno a la larga escriba mejor. Lo que ya no tienen tan claro es por dónde debería empezar uno: ¿por la escritura o por el dibujo? ¿Debe un escritor ir a un taller de pintura antes de ir a un taller de escritura? En la pequeña ciudad de Fuli me aclararon cómo piensan y actúan los chinos en relación a todo esto. Me dijeron que cuando eres capaces de escribir bien, estás preparado para pintar bien; no se ve bien lo que no se expresa bien.

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–Dígame –le dijo el viajero al pintor–, ¿qué es más difícil de pintar: una flor o un fantasma? 

–Una flor –contestó el pintor– porque la vemos todos los días y es difícil que te salga como es. Un fantasma no tiene forma precisa y es mucho más fácil.

 

Creo que casi todos nosotros conocemos aquella misteriosa historia según la cual a Confucio, que en su tiempo fue un calígrafo de renombre, el emperador le pidió que dibujase un signo tan perfecto como un cisne. Confucio entonces le pidió al emperador un palacio, mil sirvientes y un plazo de cinco años para poder llevar a cabo la tarea. El emperador, por supuesto, accedió. Pero cuando el tiempo se agotó, Confucio pidió cinco años, sin dar explicaciones. Y los consiguió. Durante los diez años en que se suponía que Confucio estuvo preparándose para realizar la proeza de pintar un signo tan perfecto como un cisne, en realidad él no cogió un pincel una sola vez. Se dedicó, en lugar de eso, a observar tranquilamente el vuelo de los pájaros. Al agotarse la prórroga, el emperador quiso ver el resultado de su paciente espera y delante de él Confucio trazó en una lámina en blanco un signo perfecto. Nadie sabe lo perfecto que era porque de él no quedó ni rastro. El signo, en efecto, debía de ser tan perfecto como un cisne, tanto que salió volando y la lámina volvió a quedar en blanco. Desde entonces, se dice que no hay literatura más elevada que ese trazo perfecto, al menos tanto como un pájaro en pleno vuelo, y que esa lámina en blanco.  

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En Tianjin fui a ver a ver la Biblioteca Binhai porque había leído en alguna parte que era como un cerebro humano, perfecta. También había leído que en su interior uno se sentía como en una lámina escrita con caracteres perfectos que, sin embargo, nadie podía ver. De hecho, la consideraban la biblioteca perfecta porque sus libros no estaban a la vista. Es decir, la materia de su perfección no era visible, ostentosa. Más que una biblioteca, se consideraba un cerebro donde los sabios almacenan el conocimiento extraído de muchos libros pero también de mucha observación. Y si en un cerebro uno no puede ver todas las imágenes que lo componen a la vez, porque unas sobre otras se invalidarían hasta hacerse invisibles en su visibilidad, tampoco pueden verse todos los libros porque sería difícil, si no imposible, decir dónde empieza uno y comienza el siguiente. Supongo que por eso esa hipnótica biblioteca da la sensación de contener un solo libro y de mostrártelo con una sola imagen.

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El primer emperador de China fue Qin Shi Huang. Antes de él, existían cientos de estados y feudos dirigidos por príncipes enfrentados entre sí, en permanente guerra. Él puso fin a esa absurda situación hacia el año 221 antes de Cristo, cuando apenas tenía 27 años, después de derribar los muros que protegían a algunos de sus enemigos. Quienes le opusieron mayor resistencia fueron las tribus Xiongnu, al norte, donde mandó levantar una muralla tan larga como el curso del río más largo y de la cadena montañosa más larga. También mandó quemar todos los libros publicados con anterioridad a su nacimiento, para destruir con ellos la memoria de cuanto le había precedido y así fundar el tiempo de nuevo. Persiguió a los intelectuales y gobernó con puño de hierro. Proyectó la imagen de alguien imperturbable, aunque es casi seguro que fue cualquier cosa menos eso. Cuando se tuvieron noticias suyas en Europa, casi todo el mundo en el Viejo Continente admitió que un emperador como él debía de ser por fuerza mucho más poderoso que un rey, en vista del territorio bajo su poder. Sin embargo, Qin no fue emperador de China porque China como tal todavía no existía, existía aquello a lo que le dio nombre él mismo: el «Estado de Qin», un nombre que, con ligeras invariantes, sobrevivió hasta el año 1912, en cuanto China pasó a llamarse China.

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Ese gran muro erigido por Qin Shi Huang precedió a la Gran Muralla y al poderoso firewall o cortafuegos que hoy en día nos mantiene a raya a los occidentales en nuestros viajes a China, donde no podemos navegar por la red si no disponemos de un VPN para sortear ese obstáculo que mantiene Facebook, X, Bluesky y Whatsapp inaccesibles. Mucha gente identifica la ingeniería y la informática, como si la estrategia de China ante sus enemigos continuase siendo construir muros, murallas, cortafuegos o firewalls. Los romanos construyeron el Muro de Adriano para separar el norte y el sur en Gran Bretaña, al darse cuenta de que no podrían doblegar a los escoceses, a no ser a costa de un esfuerzo desmedido y quizás innecesario. Al fin y al cabo, los escoceses les parecían unos bárbaros de quienes seguramente obtendrían poco o nada. ¿Pensará eso mismo China de nosotros? ¿Nos considerará unos bárbaros? Henri Michaux escribió Un bárbaro en Asia, dando por hecho que un occidental en China en particular y en Asia en general no puede hacer otra cosa que causar estropicios, con sus actos, con sus opiniones y con su tendencia a dar explicaciones para casi todo. Dice en el libro que los chinos indagan sobre cosas más allá de la inteligencia humana, de modo que no pueden explicarlas al hablar, como mucho las mencionan. Por eso y por otras cosas, mantener conversaciones largas con ellos no es una tarea fácil para nosotros. Acabo de escribir la frase anterior, eso sí, y ya me carcajeo solo, al pensar en cuántos occidentales saben hablar alguna de las variantes del chino lo bastante bien como para mantener una conversación. Muy pocos. Tampoco ellos hablan lenguas occidentales, tienen suficiente con las orientales, que son más diferentes entre sí que las europeas. Sin salir de China, los chinos tienen dificultades unos con otros, sobre todo los del norte con los del sur porque un hablante de mandarín no entiende a uno de cantonés, del mismo modo que un pekinés no entiende a un shanghainés si cada uno habla en su dialecto local.

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Con el paso de los siglos, los muros y las murallas caen, pero la Gran Muralla china sigue en pie. De hecho, no solo sigue en pie sino que además es la única obra de ingeniería humana visible desde el espacio exterior. Franz Kafka la conocía pese a no haber estado jamás en China. Le parecía un trabajo absurdo y discontinuo, diseñado para alienar a quienes trabajasen en él y más tarde a quienes creyesen protegerse gracias a él. Quizás fue su carácter absurdo y discontinuo el que le empujó a escribir un texto sobre su construcción, aunque no llegó a terminarlo, como si cualquier cosa relacionada con la Gran Muralla estuviese condenada a ser dejada inconclusa. En ese sentido, podría decirse que Kafka fue un gran traductor de la cultura china, porque supo entenderla desde la distancia. No le hizo falta montarse en un avión e ir a Shenzhen, como hice yo en mi último viaje. Elias Canetti, que estudió chino con igual pasión que la obra de Franz Kafka, decía que la obsesión de este último con el poder y su carácter abstracto e inabarcable le convertía en el más chino de los escritores europeos. 

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Kafka nunca acabó su texto, del mismo modo que ningún emperador consiguió acabar la Gran Muralla. Eso no convierte el relato en una historia fácil y manejable, tampoco hace que haya viajeros o peregrinos interesados en recorrer todo el muro, de más de 21.000 kilómetros. La historia de Kafka, sin un final, puede considerarse infinita porque cada lector puede acabarla como le dé la gana; quizás a la Gran Muralla le suceda lo mismo. Que yo sepa, solo la artista Marina Abramović y Ulay fueron capaces de terminar lo que los chinos y Franz Kafka dejaron a medias. Cuando se conocieron, en 1976, la mecha del amor prendió de una forma tan intensa que ambos decidieron recorrer la Gran Muralla, cada uno desde un extremo, y casarse en cuanto se encontraran, justo en el medio si sus planes se cumplían. Por desgracia, no pudieron llevar a cabo aquella performance porque la burocracia china pudo más, en este caso, que el amor. De modo que el amor y la Gran Muralla siguieron sus caminos, cada cual por su lado. También Marina Abramović y Ulay, que realizaron juntos algunas de las obras conceptuales más potentes de la historia del arte, hasta que en 1988 decidieron separarse. Aunque no habían llegado a casarse, la intensidad de su relación les pareció que merecía un adiós apoteósico. Fue entonces cuando decidieron retomar su proyecto de recorrer la Gran Muralla, esta vez en algo así como en «sentido contrario». Su insistencia esta vez obtuvo los permisos que necesitaban para llevar a cabo la performance, seguramente porque eran mucho más conocidos a nivel internacional que al encontrarse por primera vez. Cada uno, tanto Marina Abramović como Ulay, creían que quizás el esfuerzo que iban a realizar durante los tres meses antes de encontrarse los reconciliaría. Pero no fue así. A los críticos occidentales les pareció dramático que con aquella sensacional performance se acabase para siempre una de las relaciones más fructíferas de la historia del arte; a los críticos chinos, sin embargo, les pareció lógico que tras la vanidad humana quedase la naturaleza y con ella la Gran Muralla, que después de tanto tiempo en China ya no se ve como un producto humano sino como un producto propio de los dioses, de seres que tiempo atrás vivían entre nosotros y que ahora nos han dejado solos.

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Se sabe que Qin Shi Huang, entre sus muchas extravagancias, prohibió mencionar a sus súbditos la palabra muerte. Quizás pensó que silenciar algo es una manera de hacerlo desaparecer; quizás el objetivo de la Gran Muralla era, además de mantener a las tribus del norte lejos, impedir que la muerte entrase en el imperio. De aceptar esto último, también podría aceptarse que el objetivo último del gran cortafuegos chino actual, además de mantener alejadas a las grandes corporaciones occidentales, sea impedir la entrada del capitalismo tal como lo concebimos en Europa y Estados Unidos, porque para los chinos no es sino una de las muchas caras de la muerte hoy en día. 

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Sobre Qin Shi Huang no supe nada hasta hace relativamente poco, unos veinte años, al comenzar a leer libros sobre la historia de China. Su sombra, sin embargo, se proyectaba en varias monedas de la colección de mi padre, sin yo saberlo. Eran de bronce, de tamaño no demasiado grande, agujereadas en el medio; el agujero tenía forma de cuadrado. Un círculo con un cuadrado en medio no era un capricho cualquiera, simbolizaba la armonía entre el cielo (redondo) y la tierra (cuadrada). Aquellas monedas se conocían como ban liang, en referencia a su peso, de «medio tael», entre ocho y doce gramos dependiendo de la época.  Revolucionaron la historia china porque, gracias al agujero cuadrado, podían ensartarse cientos de monedas con un cordel y ser transportadas de forma sencilla. Además, el pequeño valor de cada una permitió la compra de cosas hasta entonces inconcebibles, como peines o palillos, que contribuyeron al aseo personal, a la higiene bucal y a que muchas mujeres, sin necesidad de acudir a la consulta del dentista, pudiesen curtir cuero ablandándolo con sus dentaduras durante décadas. Gracias al pequeño valor de las monedas por separado, el dinero por así decirlo se democratizó. Todo comenzó a tener un valor, incluso lo más diminuto, y eso contribuyó a que en adelante no hubiese nadie que no tuviera absolutamente nada. Contribuyó, asimismo, a que los más pobres pudiesen recibir limosnas. 

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Hoy en día el dinero en China ya casi no es visible. Las aplicaciones Alipay y WeChat Pay son el nuevo banco nacional. Si viajas allí, es necesario descargarlas y vincularlas a tus tarjetas de débito y crédito. Yo, sin embargo, no lo hice. En realidad, no hice una sola cosa de las muchas que aconsejan que hagas antes de viajar a China. No las hice por falta de tiempo, aunque también por desconfianza y obstinación. Desconfianza hacia los consejos de los viajeros occidentales, en especial cuando un numero elevado coincide en recordarte lo mismo y en hacerte las mismas sugerencias; y obstinación contra el nuevo orden mundial, basado en la eliminación física del dinero, para así proyectar la falsa idea de que vivimos en un mundo más justo y con menos desigualdades. A mí en China me resulta profundamente siniestro ver cómo la gente paga en los mercados con su móvil, aunque solo compre una sandía o un manojo de acelgas. Ya nadie puede vivir sin un dispositivo electrónico y tampoco sin conectividad inalámbrica, esté donde esté. Ni siquiera los mendigos se libran de este tipo de modernización a través de la tecnología. Ves cómo llevan un código QR atado a una cuerda, para que la gente les haga una transferencia inmediata. Los turistas de otros países suelen ser quienes más se apiadan de ellos, aunque solo sea porque el mero concepto de usar sus móviles para demostrar su piedad y su empatía les resulta chistoso. Sin la mediación del dinero, las cosas parecen más rápidas y más limpias, aunque en realidad solo hayan cambiado para seguir siendo iguales que de costumbre. 

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No hace mucho mantuve un diálogo con el filósofo chino Yuk Hui, con motivo de la publicación de su libro Post-Europa. Una de las observaciones que le hice es que el concepto de «lo universal» es europeo y puede decirse que aparece con Aristóteles cuando señala los rasgos comunes de todo lo distante y distinto. La tecnología, sobre todo en los últimos dos siglos, ha hecho evidente que el mundo puede uniformizarse, europeizarse si se quiere; el problema es que al hacerlo, los intereses comunes conducen al mundo entero a situaciones inéditas, como las derivadas del calentamiento global, la globalización o los movimientos migratorios incontrolables, situaciones que contribuyen a generar pesimismo, miedo y una desconfianza total hacia el futuro.  

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Él me contestó que el problema no es «lo universal» sino «lo que entendemos por universal». Me dijo que no creía que fuese posible pedirle a China que se deseuropeizase. Según él, China solo pueden volverse posteuropea, como le está sucediendo a Europa. Algunos pensadores europeos sostienen que si Europa cambiase radicalmente sus puntos de vista y su sistema conceptual, el mundo mejoraría. Pero algo así, para Yuk Hui, es una ilusión, porque Europa no puede volverse posteuropea sin conservar al mismo tiempo muchos de los rasgos europeos que han definido al continente hasta ahora. Eso no quiere decir que Europa y el resto del mundo no deban cambiar. Deben hacerlo, aunque no a través de una negación de sí mismos sino a través de una individuación de sí mismos. Muchos intelectuales europeos sugieren que el error de Europa fue la creación de la Unión Europea, porque el concepto de «uniformidad» es contrario a la característica que de verdad define a Europa, que es la «diversidad». La diversidad europea, no obstante, tiene también una alta dosis de opresión, especialmente en los países de Europa Central y Oriental, donde las perspectivas de no formar parte de la Europa comunitaria se traducen en no formar parte del mundo. Y las perspectivas de que China vaya a deseuropeizarse, que sería tanto como destecnologizarse, son remotas porque implicarían, de buenas a primeras, renunciar a ser parte del mundo.

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Durante las últimas décadas, China ha construido réplicas de grandes urbes como París o pequeñas localidades al norte de Wyoming, en Estados Unidos. La promesa para quienes pudieran comprar una casa allí era que no solo encontrarían calles y casa similares a las de las ciudades que imitaban, también encontrarían tiendas regentadas por franceses o estadounidenses, liceos, estadios de fútbol americano… Y cuanto a uno se le ocurra. Serían como gotas de agua. Quizás lo fueron, aunque si lo fueron, fueron gotas de agua en el desierto y allí permanecen. Esas ciudades fueron estrepitosos fracasos, adonde hoy en día van curiosos como yo, a meter sus narices en el vacío, porque en China el vacío siempre promete algún tipo de revelación. El vacío de ciertas ciudades o el de cientos de grandes rascacielos, como los que uno puede encontrarse en los distritos de Gaoling y Lintong, pertenecientes a la ciudad de Xi’an, donde se ven edificios fantasma en los que apenas viven 20 de las 1.200 personas posibles.

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La revolución maoísta dejó un gran vacío a sus espaldas porque quiso borrar la historia china. Era lo lógico, no obstante. ¿Qué marxista podría presumir de un pasado imperial a la manera china? Ninguno. El problema es que ese borrado de la historia no fue completo, porque eso habría significado que China se habría quedado sin ninguno de sus rasgos y en adelante se significaría solo a través de los rasgos de cuantos imitase. Sería cualquier cosa menos china. Se parecería a cualquier cosa menos a China. Pero ese tipo de locura no podía triunfar. Quizás por eso los chinos hoy en día viajan a su pasado con tanta frecuencia y de maneras tan extrañas. Me refiero a que regresan al pasado sin necesidad de hacerlo a través de objetos, como hago yo, porque en general a los chinos los objetos viejos les resultan inútiles. Regresan al pasado a través de ellos mismos, poniendo su cuerpo al servicio del pasado. El hanfu, por ejemplo, fue la vestimenta tradicional de la etnia han (la más numerosa en China) durante cientos de años, hasta que hacia finales del siglo XIX desapareció de repente, del mismo modo que ha vuelto a ponerse de moda ahora mismo, sobre todo entre las mujeres. 

 

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Vistas todas las fotografías que he sacado en China en este segundo viaje, compruebo que ninguna imagen tiene primacía sobre las demás, porque el sentido de unas y otras ya no está en sí mismas sino en su interacción, en su amalgama, en su fusión, en su capacidad para generar nuevas imágenes a partir de los residuos o ectoplasmas de todas ellas al colisionar unas con otras, estableciendo en ocasiones rimas, efectos poéticos, ritornellos, como si cada paso adelante en mi viaje o cada desvío arrastrase constantemente todo lo que lo había precedido o, por ponerlo en términos presocráticos, como si mi alma siempre arrastrase mi propio cadáver.

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Viendo una función de la Ópera de Pekín, recordé el caso de Bernard Boursicot. Al parecer, aquel diplomático francés conoció en 1964 a una cantante china de la que se enamoró desesperadamente. Ella se llamaba Shi Pei Pu. Tuvo con ella una relación durante veinte años, en los que se hicieron mil confidencias, algunas muy comprometedoras para él, tal como pudo comprobar cuando su gobierno lo apartó de su cargo y lo llevó a juicio al regresar a Francia, donde para su sorpresa (y la nuestra) descubrió que no había mantenido una relación con una cantante de la Ópera de Pekín sino con un espía al servicio del gobierno chino. Cómo fue posible que Boursicot mantuviese una relación con una mujer que en realidad era un hombre es algo que yo no aspiro a responder, ni siquiera me importa que juntos tuviesen un hijo. Tampoco quiso dar una respuesta el cineasta canadiense David Cronenberg cuando dirigió M. Butterfly, que es una versión cinematográfica basada en una obra teatral que escribió David Henry Hwang sobre el caso. Soy consciente de que «todo lo profundo necesita una máscara», tal como dijo Friedrich Nietzsche, y de que los chinos durante siglos aceptaron que los papeles femeninos de las obras que se representaban en la Ópera de Pekín los interpretasen hombres. 

 

Ya lo dije antes: los chinos llegan a la realidad a través del artificio. Y yo acepto sus artificios e incluso los aplaudo.

 

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Un puzle despliega sus piezas para comprobar tu pericia mientras intentas unirlas, pero también te obliga a ver de una manera progresiva, como si una imagen fuese «algo en construcción» más que «algo construido». Además, los puzles deben empezarse por las periferias porque a partir de ellas resulta más fácil llegar al centro. U, el antropólogo empresarial que protagoniza la novela Satin Island de Tom McCarthy, lo sabe. Al principio, hace una observación sobre la necesidad de encontrar una imagen con la que uno pueda construir el andamiaje de su identidad, más allá de los relatos o imágenes de fantasmas que nos rodean. Por supuesto, la imagen no existe, pero existe el camino para llegar hasta ella. Y ese camino que parece haberse detenido en la novela es ya cualquier punto en el espacio, porque en todos convergen signos que nos convierten en lectores/descifradores y porque finalmente todo se ha convertido —como predijo Stéphane Mallármé— en un gran libro pendiente de cobrar forma.

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Michael Snow en su película La región central colocaba la cámara sobre un dispositivo que la hacía rotar de izquierda a derecha y oscilar de arriba abajo, mientras un giro de 360º captaba la totalidad de un paisaje helado, sin conseguir acceder a su centro, donde el punto de vista seguía escapándose a nuestra mirada, como si se tratase de un lugar inalcanzable. También yo busqué esa región central en China en mi segundo viaje, consciente de que la región central siempre es una zona adonde no se puede llegar. A mí, obstante, algo así no me importa. De hecho, me parece que algo así convierte un viaje en un asunto casi experimental, como si en lugar de un viajero yo entonces, al viajar, me convirtiese en un astronauta. Eso explicaría que en aquel sueño del que hablaba al principio, al ver las fotografías que había hecho en mi primer viaje a China, la gente hubiese desaparecido y el país pareciese entonces un planeta vacío o un plató cinematográfico durante un descanso de rodaje. Quizás por eso el mismo día en que regresaba a España, fui a ver los estudios más grandes que hay en China, en las afueras de Shanghai, por si allí me esperaba algún tipo de revelación. 

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Wu wei es una expresión china difícil de traducir al castellano. Se refiere a un tipo de pasividad sabia, como fue la de Ghandi para conseguir la independencia de la India. Eso sí, no quiere decir «no hacer nada»; es todo lo contrario, significa «hacer no haciendo». Pascal planteo una metáfora que quizás sirva para entenderlo: dijo que un río actúa como una carretera que nos conduce adonde queremos ir aunque no sepamos dónde es eso. Para poder usar wu wei, eso sí, es preciso que solo nos refiramos a las cosas que hacemos sin esfuerzo, de manera natural.

 

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