Editorial
El destino natural de todo proyecto cultural es no llegar a hacerse. Si pensamos desde esa máxima, tiene poco mérito llamar Lo Imposible a casi cualquier cosa. No digamos a una revista, que pide a gritos no ser hecha; casi lo exige. Pero a veces desoír la evidencia es una tentadora necesidad. Lo es en momentos de incertidumbre —elemento primordial del que está hecha la vida—; de emergencia de sentido, bajo nubes de guerra. ¿Nada encaja? Quizá algo empieza. Y si se está gestando algo nuevo, tengamos por seguro que es desde lo que (hoy) se considera anomalía. Prestémosle atención. Volvamos a planteárnoslo todo. A buscar voces, ideas y discursos que reencanten el mundo.
Aquí hay poemas escritos en rodajes. Alertas contra un arte dogmáticamente correcto. El recuerdo de cambios que estuvieron a punto de ocurrir. Contemplaciones estelares. Cartas al propio porvenir. Ideas de jardines. Culto a las piedras. Demostraciones de que todo es político. Ideas que niegan que todo sea político. Charadas cinéfilas intercambiadas por Whatsapp. Prodigiosos mohos. Intentos de besar el propio codo. Canciones imposibles. Autores reflexionando sobre las críticas negativas que un día recibieron. Elucubraciones sobre qué es un ser humano. La misantropía por respuesta. Sustancias que vuelven para enseñarnos cosas. Tecnologías asombrosas para devolver capacidades a través del arte. Reflexiones desde un bunker. Y desde el fregadero de un hotel de lujo en los Alpes. Ensayos filmados en el Amazonas. Propuestas para amazonizarse. Micrófonos en el campo. Destellos escuchados por azar en un vagón de metro. Un pregón estacional. Una lucha entre Sócrates y ChatGPT. Preguntas sobre una cosa y su contraria.
Lo posible ya fue apostado y fue perdido. No hay que cambiar el mundo: hay que cambiar la vida. Ahora toca jugárselo todo a lo imposible.
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