¿Y si el emperador fuera el único que está vestido? La corte barroca de Donald Trump
Eva Cruz es doctora en Filología Inglesa y autora de la novela “Veinte años de Sol” (ADN). Ejerce como guionista en Hoy por Hoy, en la Cadena Ser, y dirige con Jaime García Cantero el podcast “Cibermillonarios”.
Vean las imágenes y asómbrense: el rey en majestad.
El presidente de Estados Unidos en una gran mesa de caoba ovalada, rodeado de sus ministros. Él les cuenta lo bien que va el país: hacemos más acero que Japón gracias a mis aranceles, cuéntaselo. Y el ministro del ramo, que es Howard Lutnik (muy amigo de Jeffrey Epstein), toma la palabra y lo ratifica: hacemos más acero que Japón, gracias por completo a sus aranceles, señor.
Todos aplauden.
Marco Rubio (exteriores), a su derecha, Pete Hegseth (guerra) a su izquierda asienten solemnemente y se escucha una voz de mujer que murmura con reverencia: amazing. Y entonces Trump achina los ojos y bromea: debe de haberlo dicho mucho mejor que yo, porque a mí no me habéis aplaudido. Esto suscita grandes carcajadas de cortesía. La cámara no se mueve de la cara de Trump, y él sigue hablando, menciona a Bobby, entendemos que Kennedy, y anuncia lo bajo que han caído los precios de las medicinas, lanzando unos porcentajes que suenan azarosos, pero qué sabremos nosotros: 75, 68, 900, depende de cómo lo quieras calcular. Y nadie más lo hubiera podido hacer, dice, y estoy siendo muy majo, dice también, no se sabe por qué.
"Lo que queremos ver, lo que nos hipnotiza, es el aplauso de los que rodean al fantoche que dirige el país más rico del mundo. Cómo se dirigen a él, cómo le dicen: sin usted nada de esto sería posible, antes de usted vivíamos en el caos y la humillación, con usted todo brilla".
En realidad no se sabe por qué nada, todo es absurdo: por qué se televisa esta reunión, para quién es, qué objetivos de gobierno persigue, qué aporta al funcionamiento de la maquinaria estatal. Como propaganda resulta repetitiva y aburrida, y como reunión de trabajo parece singularmente poco eficaz. Tal vez sea un buen producto de streaming, o de telerrealidad: largas emisiones en las que nada pasa, de las que podemos editar momentos a partir de los cuales construir narrativas. Avanzamos rápido por el vídeo, aguantando las publicidades, porque lo que queremos ver, lo que en realidad nos hipnotiza, es el aplauso de los que rodean al fantoche que dirige el país más rico del mundo. Cómo se dirigen a él, cómo le dicen: sin usted nada de esto sería posible, antes de usted vivíamos en el caos y la humillación, con usted todo brilla.
The Audience of One, las masques y otras ceremonias de adulación
No soy la primera en observar que los miembros del gobierno y todos los republicanos que hablan en público no hablan para los ciudadanos de su país ni de su estado, hablan para Donald Trump: the audience of one. Para esa audiencia de una sola persona los hombres se peinan el pelo para atrás con agua de colonia y llevan chaquetas tan apretadas. Para él las mujeres se rellenan con ácido hialurónico los labios y los pómulos, se dejan crecer largas melenas onduladas y llevan pestañas postizas negras y espesas como arañas. Porque a su audiencia le gustan las mujeres así, que den bien en la tele.
Hace veinticinco años, cuando el mundo y yo éramos más jóvenes y nadie usaba pestañas postizas, escribí una tesis doctoral que me valió buena nota, pero que yo pensaba que no explicaba nada del presente. Era, entre otras cosas, una elucubración larga y concienzuda sobre un texto fósil, una masque que Ben Jonson escribió en 1621.
Una masque es un entretenimiento cortesano suntuoso y efímero, que solo se representaba una vez, normalmente en el palacio real, en el que solo los actores profesionales tenían papeles hablados, pero en el que los cortesanos participaban como bailarines, con fastuosos disfraces. Todo terminaba en un gran baile. Su objetivo era representar la majestad y sus atributos: el poder, la justicia, la belleza y la verdad. Si lo comparamos con el teatro español, a lo que más se parece el género no es a una mascarada, sino más bien a un auto sacramental: una representación que parte de un texto escrito y que es simbólica, fastuosa y ocasional. Recordemos que en Inglaterra había triunfado el protestantismo y, con él, la prohibición del teatro y la imaginería religiosa. Estos espectáculos recuperaban esas claves para el espectáculo de la monarquía.
Al final de su vida, Ben Jonson, después de su carrera en el teatro comercial, donde se alzó como defensor la dramaturgia clásica, con tragedias políticas y comedias satíricas que respetaban las unidades de acción, a diferencia de la más caótica (y moderna) libertad shakesperiana, se dedicó casi por completo a estas masques. Eran lucrativas. Le daban acceso al poder. Además, las consideraba (podemos descreerle, pero es así) una forma de influir en la conciencia de los gobernantes. No solo la sátira educa, también educa el panegírico, la loa desmesurada. El mecanismo moral funciona obligando a la humildad a quien recibe desmesurados elogios: ningún humano es digno de los atributos de la majestad. Pero al aceptar que este sea el ideal al que aspiran, incorporan en su ser el amor a las virtudes que la masque representa: la magnanimidad, la virtud, el bien.
¿Funciona ese mecanismo moral? No. Los humanos nos hemos engañado respecto al arte moralizante toda la vida. El ego de los poderosos, lo estamos viendo, es un pozo sin fondo, en el que podemos echar fortunas millonarias en monedas de céntimo y nunca llegaremos a tapar el agua.
El más adulador, el favorito del rey
Tampoco le funcionó a Ben Jonson en 1621. Ese verano no le encargó una masque el rey Jacobo I, como solía pasar, sino el favorito real, George Villiers, que pasó a la historia como Duque de Buckingham. ¿Qué era un favorito real, un valido, en el siglo XVII? ¿Una especie de primer ministro o secretario? Ojalá.
En las cortes barrocas europeas, en los siglos XVI y XVII, se consolidaba el absolutismo. Decaía el poder de los aristócratas, grandes terratenientes sin cuyo apoyo financiero y militar no hubieran sobrevivido los reyes medievales. En el barroco explota la monarquía total como centro del poder, del pensamiento, del arte y de la moda. Para gestionar la maquinaria del estado, el rey necesitaba a alguien que funcionara como pararrayos, absorbiendo las iras del pueblo, como agente en quien descargar trabajo, como filtro ante las peticiones de sus súbditos, como mente pensante y como depositario de la intimidad y el descanso. Los hubo en todas las monarquías: algunos eran eficaces, trabajadores y fieles, como el conde duque de Olivares, otros fueron grandes corruptos, como el duque de Lerma, y unos cuantos fueron casi más poderosos que el propio rey, como el cardenal Richelieu. Y luego estaba el duque de Buckingham.
Buckingham era apuesto, divertido, disfrutón y ambicioso. El rey Jacobo, que era escocés, viejo, feo, y sucedía, en tierra extraña, a una reina longeva y carismática, Isabel I, se dejó seducir por completo por Villiers, que se definía como su amante. No fue el primero de los jovencitos a quienes Jacobo amigó, pero sí sería el último y sin duda el más poderoso. Posiblemente porque no solo sedujo al padre, sino también al hijo, Carlos, a quien se llevó a España de aventuras, a intentar conquistar a una infanta (no lo logró, y, a la vuelta, mandaron saquear Cádiz, pero esa es otra historia que aquí no viene al caso). Había conocido al rey en una cacería en 1614, cuando tenía 21 años. Antes de cumplir los 30, el rey lo había hecho duque y lo había convertido en el hombre más poderoso de Inglaterra. No en el más querido: a los 36 sería asesinado.
Pero en agosto de 1621, Buckingham, entonces marqués, estaba en pleno ascenso del recorrido de su fama, fortuna y carisma. Y le encargó a Ben Jonson, el poeta y dramaturgo más notable del momento, una masque, un entretenimiento que el rey contemplaría en su propia casa. Gustó tanto la función que se representaría tres veces, hecho sin precedentes, la última de ellas en septiembre en Whitehall, el palacio del rey. Una de las canciones que incluía se hizo tan popular que se convirtió en la más reproducida de cuantas escribió Jonson. La gente, incluso la gente sin contacto con la nobleza, se la sabía: todo un hit, quizá una canción del verano.
Y fue insólita no solo por su popularidad sino porque es la única de esas piezas cortesanas en la que los nobles, incluido el propio Buckingham, no solo bailan y se lucen con magníficos disfraces y maquillajes, sino que interpretan, indecorosamente, papeles hablados, como si fueran actores profesionales. La masque se titulaba “La metamorfosis de los gitanos.” El papel de Buckingham, medias apretadas, maquillaje, sugerentes bailes, era el de jefe de los gitanos. Y la metamorfosis que se representa, el paso de pícaro negro y ladrón a cortesano blanco y honrado, gracias a la munificencia del rey.
¿El tono?
Irónico, por supuesto. Casi diríamos cachondo. Una gran broma.
"Eran absolutistas, pero no estúpidos. Ahora: ¿se lo creía el rey, la audience of one de cualquier masque? Eso no podemos saberlo. Pero recordemos la frase que hundió al presidente Richard Nixon: 'si el presidente lo hace, ya no es ilegal'”.
¿Se creía la corte, el propio Buckingham, o el viejo poeta Jonson, que el marqués de Buckingham pasaba de ladrón y caradura sin nobleza, a príncipe de la virtud gracias a la vara beatífica del rey? Claro que no. Eran absolutistas, pero no eran estúpidos. Ahora: ¿se lo creía el rey, la audience of one de cualquier masque? Eso no podemos saberlo. Pero recordemos la frase que hundió al presidente Richard Nixon: “si el presidente lo hace, ya no es ilegal”. Jacobo bien pudo pensar, si yo lo sanciono, ya no es corrupción.
¿El emperador está desnudo, o es el único vestido de la corte?
De la misma manera nos podemos preguntar si Donald Trump se cree, por ejemplo, su propio discurso del estado de la unión. No sabemos responder, nos quedamos perplejos: ¿será puro cinismo? ¿O serán afirmaciones como las que proponen los textos de autoayuda? (“¡Soy rico, soy feliz, me quiero!”) No sería raro, sino propio de este tiempo, que el presidente estuviera “manifestando”, enunciando en voz alta lo que quiere que sea la realidad: este es el mejor país del mundo, yo soy el mejor presidente de la historia, y vosotros que no os levantáis a aplaudirme deberíais avergonzaros de vosotros mismos.
Donald Trump siente un profundo desinterés por la verdad. Con esa vara él no mide nada. Le interesa el mensaje, la apariencia de verdad, la pestaña postiza, la televisión, las audiencias. Y lo que busca transmitir no es la imagen de un gobernante honrado y trabajador al servicio de los ciudadanos. Busca transmitir fuerza y poder: el rey en majestad, con sus atributos del trueno y el estruendo (ojo a los nombres de sus operaciones militares: ¡Epic Fury! ¡Absolute Resolve! ¡Midnight Hammer!)
También busca transmitir suntuosidad y riqueza. Acepta complacido carísimos regalos: un avión de una monarquía saudí, un kilo de oro y un Rólex de mesa de una delegación suiza. Algunos son aún más extraordinarios: unos criptobrós quisieron lanzar una moneda virtual con su cara, a partir de una colosal estatua de cuatro metros y medio bañada en oro que lo muestra a él con su larga corbata y el puño en alto (“¡fight, fight, fight!”). La estatua existe, pero yace en horizontal en Ohio, a fecha de febrero de 2026, en el estudio de su creador, que aún espera que los criptobrós le paguen los 97.000 dólares que le deben en concepto de derechos de autor. Donald quiere ver su rostro en Mount Rushmore, junto a los fundadores de la patria. Ha introducido su nombre en el Kennedy Center. Nada es bastante, nada le colma.
"¿Por qué participan de la farsa y se humillan de esta manera ante un viejo megalómano, hortera y mentiroso? La corte barroca puede ayudarnos a entenderlo".
De todos los regalos que ha recibido este año ninguno más misterioso y barroco que el que le ha hecho Jeff Bezos, dueño de Amazon y de Amazon Studios, uno de los hombres más ricos del mundo. Bezos le ha regalado un documental sobre su mujer, Melania, escandalosamente aburrido y tan opaco que solo se revela como operación de enriquecimiento (28 millones ha cobrado la primera dama por protagonizarlo) y lisonja.
¿Por qué le alaban de esa manera? ¿Por qué le regalan oro, dinero, elogios, obediencia, mentiras, sonrisas, pleitesía? ¿Es más poderoso Trump que los cibermillonarios que acudieron a su inauguración, que se sentaron a su mesa a decirle: enhorabuena, señor, gracias a sus políticas somos mejores y más fuertes? ¿Por qué participan de la farsa y se humillan de esta manera ante un viejo megalómano, hortera y mentiroso?
Los aduladores del barroco
La corte barroca puede ayudarnos a entenderlo. La masque consolidaba el régimen, fortalecía la autoridad real. Pensar que todo el poder emanaba de un mismo sitio daba orden, se ajustaba a una visión religiosa del mundo, otorgaba certeza. Esto pudo apuntalar la decisión de Ben Jonson, que era un escritor moralista. Duele pensar que casi veinte años antes, en tiempos de Isabel I, Jonson escribió, para el teatro público, Sejanus, His Fall, una tragedia satírica en la que advertía contra los favoritos reales. Sejano era el valido del tiránico emperador Tiberio, contra quien los estoicos empleaban heroica fortaleza y silencio como herramientas de resistencia política. El favorito se describía como un cuerpo monstruoso, cubierto de ojos que todo lo veían: entonces, como ahora, aterraba la vigilancia. Solo la intimidad de los justos estaba a salvo si uno se esforzaba por esconderla. Años después de Sejanus, alcoholizado y desencantado por el gusto vulgar del público de los teatros de Londres, Ben Jonson, como decimos, se dedica casi exclusivamente a estos frívolos entretenimientos cortesanos. Le pagan el doble que en el teatro público. Se codea con lo más granado de la nobleza. Buckingham es mucho más guapo que Sejano, y más divertido. Y por esta obra el favorito le paga 100 libras, el doble de su tarifa habitual. Le promete 200, y también nombrarle “Master of the Revels”, director de todos los entretenimientos de la monarquía: por fin un puesto a la altura de su talento. El viejo Jonson, a diferencia de los estoicos, no es de piedra. (Nunca le nombrarán Master of the Revels. Es fácil decir ahora que nunca debió fiarse de esa gente.)
"parece que a nadie le quedan fuerzas más allá de la supervivencia, ni aspiraciones más allá de cultivar el propio cuerpo (...). casi nadie confía ya en cambiar el mundo ni en generar un contrapoder que se enfrente al gran dinero, a los titanes de la tecnología, de la vivienda, de la alimentación".
Es curioso en cualquier caso que, en nuestro tiempo, el estoicismo aparezca de nuevo como una filosofía filosofía de resistencia y autocontrol. Ojalá como una filosofía de contraataque, pero parece que a nadie le quedan fuerzas más allá de la supervivencia, ni aspiraciones más allá de cultivar el propio cuerpo, acaso tal vez y con suerte el propio jardín (¿quizá alguien espere que le nombren Master of the Revels y lucir palmito en las fiestas?) Pero casi nadie confía ya en cambiar el mundo ni en generar un contrapoder que se enfrente al gran dinero, a los titanes de la tecnología, de la vivienda, de la alimentación.
Nobert Bilbeny, el filósofo catalán, publicó el año pasado en Anagrama Moral barroca, argumentando que, si bien la historia no se repite, su estudio nos ofrece ecos, paralelismos, simetrías, y que, desde ese punto de vista podemos decir que ahora vivimos en una nueva edad barroca: “Tiempo, hoy, de precariedad e incertidumbre; pero sin un pasado que añorar ni un futuro que desear. Tiempo de fragmentación social, pero sin confianza en el futuro ni estima de uno mismo. Tiempo también, de ortodoxias y ensimismamiento. Y otra vez soledad: hiperconectados pero solitarios”.
No solo Bilbeny ha idenfiticado este estado de ánimo. Blackie Books ha publicado el libro de las podcasters e investigadoras Ana Garriga y Carmen Urbita, Instrucción de novicias, en el que ponen sobre el papel lo que llevan años contando a sus oyentes: que todo lo que nos pasa le pasó ya a una monja del Barroco. Hay quien explica la popularidad de las llamadas “Hijas de Felipe” por el auge de la religiosidad católica entre los jóvenes, por el interés por la vida contemplativa y enclaustrada que se manifiesta en la película Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa o en el disco Lux, de Rosalía. Pero bien podría explicarse también, no solo porque hablan de monjas, sino porque hablan del Barroco.
El Barroco es también un mundo en el que se ha descubierto la razón, pero se ha decidido someterla al sentimiento. Hoy la gente defiende “su verdad”, exige que se respete cómo tal cosa o tal comportamiento “le hace sentir”. Propone, en fin, “hechos alternativos”, que en realidad no son más que sensaciones: hubo más gente que nunca en mi inauguración, mi presidencia es la mejor de la historia. Y es un mundo también de representaciones, espejos, trampantojos y pan de oro, como el interior de la casa donde vive Melania Trump.
Cuando Trump televisa las reuniones de su gabinete, cuando los ultrarricos se fotografían con él y le agasajan, están consolidando la estética del poder y de la fuerza. Participan en una masque que muestra al rey en majestad. Buscan consolidar esa certeza: el poder emana de un solo sitio. Y es un sitio en el que nosotros (me refiero a usted, querido lector, y a mí) no estamos. El drama es ir por ahí tarareando mal las melodías que cantan en palacio.
A Carlos II, hijo de Jacobo, amigo de Buckingham, le cortaron la cabeza en 1649. La desconexión entre la corte y el pueblo fue creciendo hasta hacerse insoportable. ¿Qué poderes tenían entonces los rebeldes para derribar al régimen? La imprenta, la religión, el Parlamento. ¿Nosotros? Tenemos poco dinero, cada vez menos medios afines, unas ideas cada vez más blandas y solipsistas. La fuerza, por ahora, está del otro lado, de quienes quieren que el poder emane de un solo lugar, y que sea fuerte y determinante, sin contrapesos.
Que el poder emane de un solo lugar, sin embargo, no es un objetivo realista a medio plazo. Nos terminaremos encontrando. No aceptéis promesas. Nadie os va a nombrar Master of the Revels.
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