Bardot y Picasso La fábrica de mitos
Daniel García Andújar
Daniel García Andújar (Almoradí, Alicante, 1966) es artista visual, teórico y activista con casi cuatro décadas de trayectoria. Vive y trabaja en Barcelona. Funda Technologies To The People® y es miembro histórico del colectivo internacional irational.org, referente del net.art. Explora las relaciones entre tecnología, poder y poscapitalismo mediante intervenciones en el espacio público y medios digitales. Ha expuesto en Documenta14, la 53ª Bienal de Venecia o Manifesta 4. En 2015, el Museo Reina Sofía le dedicó una destacada retrospectiva comisariada por Manuel Borja-Villel. Desarrolla una intensa labor en la defensa de los derechos de los artistas y en la elaboración de políticas culturales.
La muerte de Brigitte Bardot, a los 91 años, devuelve al presente una imagen que nunca ha dejado de circular del todo: la de la joven actriz francesa convertida en emblema de una época, de una forma de deseo y de una nueva economía de la celebridad. Tras saltar a la fama con Y Dios creó a la mujer, Bardot protagonizó títulos ya inscritos en la historia del cine como El desprecio, de Godard, o Una vida privada, de Louis Malle, antes de abominar de sí misma y de esa imagen entregada durante años al voyeurismo más lacerante. Pero antes del retiro, antes del desencanto, antes incluso de que su figura quedara fijada como mito contradictorio del siglo XX, hubo una primavera en la Costa Azul en la que todo parecía todavía disponible: la juventud, la fama, el estilo, la promesa.
En la primavera de 1956, Brigitte Bardot visitó el taller de Pablo Picasso en Vallauris. Ella tenía 21 años y ya era un fenómeno mediático; él, 74, y era desde hacía tiempo una leyenda viva. El encuentro, cuidadosamente registrado por la prensa internacional, reunía dos formas distintas de irradiación: la de la actriz que estaba a punto de convertirse en símbolo sexual planetario y la del artista que parecía capaz de transformar cualquier materia en signo duradero. LIFE Magazine envió a su fotógrafo Jerome Brierre para documentar aquella visita. No era una escena menor: era la clase de imagen que una época produce para reconocerse a sí misma.
Ese mismo año, Bardot estaba a punto de rodar en Saint-Tropez la película que la convertiría en una sensación de la noche a la mañana, Et Dieu… créa la femme, bajo la dirección de Roger Vadim, entonces su esposo. También ese año pidió a Rose Repetto una versión para la vida diaria de la zapatilla de ballet: cómoda, escotada, elegante y flexible para caminar y bailar. Así nacieron las célebres Cendrillon, las bailarinas que pronto se convertirían en uno de los signos más reconocibles de su estilo. Rojas, ligeras, casi insolentes, parecían condensar en un solo objeto una cierta idea de libertad: la del cuerpo moderno convertido en forma, moda y movimiento.
Fue con esas bailarinas con las que Bardot entró en el estudio de Picasso.
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