Carballeiras Adorar a las piedras
Carlos Risco (Ourense, 1977) vive y escribe desde una aldea deshabitada de la Galicia interior, junto a una vieja ermita y un bosque de robles. Ha publicado Objetos a los que acompaño (Círculo de Tiza, 2024), un libro que no habla de objetos, sino de la vida. Viaja en bicicleta, frecuenta las piedras sagradas y pasea con sus gatos por las carballeiras vecinas. Escribe cada domingo en La Región, el periódico histórico de su ciudad histórica.
Foto: Iria Cortizo
Vivo en un valle sincrético. Cada roca, cada árbol, cada fuente, están impregnados de una vieja leyenda que resuena en los charcos y en la hierba, de tan pronunciada y adorada. Todo está ligado a ella, como si este fuera un lugar sagrado ancestral que sigue latiendo desde muy abajo y sobre el que se hubiera superpuesto una capa de fe profunda e irracional, que no cuestiona los mitos, sino que adora desde las entrañas. En este lugar te sientes bien. Y en cada uno de sus nodos, la ermita, la piedra sagrada, la cripta de la santa, te sientes extrañamente bien. Aunque traigas el corazón agitado de los mil asuntos agitantes de la vida de superficie, esta vida subterránea sale al reencuentro como un consuelo silencioso. Es como si todos los adoradores previos y las antiguas ninfas estuvieran agazapados para confortarte. Fui descubriendo toda esta cosa legendaria en paseos sucesivos por estas carballeiras. Pasear por el bosque se siente parte de una conversación. Es un bosque que cada vez es más bosque, toda vez que las viejas huertas se han ido abandonado como se abandonaban las aldeas y los árboles han seguido su procesión implacable, recobrando el espacio que antes domesticaba el hombre. Si uno lo decide, aquí se consigue escuchar el sonido del mundo de antes del mundo.
La santa habita en la tierra sagrada de su pequeña cripta. Al parecer, su cuerpo martirizado fermentó milagrosamente transformándose en una tierra olorosa que advirtió a los vivos de su presencia. Una tierra que los hombres recogen en saquitos para proteger a los niños del tangaraño y confiase a los mozos cuando las guerras. La santa también está en el agua las fuentes nacidas de su martirio, cuando su cabeza decapitada rebotó por el suelo haciendo brotar manantiales sucesivos. De ellos se recoge el agua cantarina. Es un agua mágica, cuyo contacto abre un umbral. Todavía hoy, cuando alguien muere, se salpica la alcoba, la casa y el féretro para limpiar las presencias maléficas en medio del tránsito. Pero la santa está sobre todo en la gran piedra de arriba, en el monte. Es la piedra santa de antes de la santa porque, todo el mundo lo sabe, las aguas y las piedras son las verdaderas criaturas sagradas en este planeta de corazón caliente, pero los hombres han ido desdibujando su mirada, perdiendo capacidad y visión, dando forma humana y simple a lo que ya era de por sí absoluto, como la piedra. Esta piedra sagrada, la piedra de la santa, es una roca descomunal en cuyo interior hay un hueco donde siempre hay agua. Este hueco tiene forma de oreja y se cree que el agua que contiene cura los males de oído, además de ser un vehículo sagrado para abrir los sentidos. Encima de la piedra hay una inscripción que habla de la cristianización del lugar, cuando pusieron su imagen pisando al dragón que se la tragó durante su martirio y del que salió haciendo la señal de la cruz. La figura está deslavada de su pintura original, pero conserva un aspecto sagrado, como un santón indio, siempre cubierta de exvotos, porque el culto a la piedra mágica pervive y el entorno siempre está lleno de flores, cirios, monedas y candelas depositados como ofrendas. Yo también he dejado algún deseo escrito en papel enterrado cerca de la gran roca, porque aquí uno también viene a creer.
Vengo a la piedra santa para renovar una acción primordial. Para hacer lo que ya se hizo. Para tocar el agua de la barriga de la piedra, para dar las tres vueltas rituales en la dirección contraria al sol siguiendo los pasos de los que han caminado antes, para escuchar la palabra en la brisa. Otros adoradores desconocidos dejan las candelas en la cara oculta de la peña, cuyo fuego palpita cuando el sol cae y uno se encuentra de cara con la magia vibrante de lo ancestral en el aquí mismo, en el bosque de atrás de casa, doméstica, fenomenalmente. Es emocionante. También hay siempre colgados del crucifijo rosarios y chupetes de los niños ofrecidos para curar sus dolencias y aplacar su llanto. Quién sabe si es la santa o la roca la que aplaca los males inquietantes de los niños que no hablan, pero hay una cosa cierta: en este lugar te sientes bien. El gesto automático de cualquiera tras admirar la roca es sentarse en el tronco de una acacia que ha crecido torcida por la ladera y que se ofrece como asiento. Aquí sentado, calmado, confortado, después de haber dejado atrás la empinada subida, se percibe los muchos hombres que han estado aquí con fe en la vieja roca y esa espiritualidad latente te envuelve. No hay nada más humano que repetir los gestos que han inaugurado los que ya estuvieron. Ser parte del rito y hacer que permanezca a través de ti es una suerte y también una responsabilidad. La piedra sigue siendo santa porque los vivos seguimos viniendo a la roca cristianizada a hacer lo que antes hicieron los que ahora están muertos. Y fueron muchos si contamos los siglos que hace desde que el hombre adoraba a los dioses-piedras, que son concentraciones especiales de lo divino, del alma de la tierra manifestada en estos machones del paisaje, donde habitaban seres fantásticos y presencias importantes. Esta piedra sagrada ya era adorada cuando los antiguos druidas mandaron construir la cámara sudatoria que da la leyenda a este monte. En este lugar se entiende rápido que ha venido mucha gente antes. Aquí se han cantado las canciones de antes del lenguaje. Lo sabes porque te sientes realmente tranquilo en este pequeño claro en el bosque con forma de matriz, que además ya no tiene robles, sino una estrecha línea de acacias, además del eucalipto al que clavaron una cruz, y estos árboles tan amigos del fuego no ardieron en el gran incendio que arrasó el valle hace cuarenta años. Me lo contó un vecino de la zona en mis primeras excursiones, cuando subimos al gran mirador que está unos pasos más arriba y desde donde se divisan las dos grandes sierras que dan forma a la provincia. Aquel hombre creía devotamente en la santa y se había ofrecido varias veces. Ese día había venido con sus nietos y tuvo que reprender a los chavales cuando empezaron a toquetear los exvotos de la piedra. Desde arriba, con los ojos de chino por la claridad y dominando tantos kilómetros, le señalé mi casa. Ahora subo siempre que voy a la piedra y también traigo aquí a las visitas. Es un promontorio rocoso donde han colgado una estúpida bandera como en tantos otros sitios pero tiene la capacidad y la maravilla de desdoblarte en lo alto y dejar que percibas tu lugar en el mundo, como aquel día que escudriñé mi tejado entre los árboles. Siempre busco la casa con sus tres chimeneas entre los árboles, en esa pequeña península verde a orillas del gran bosque que corta la vía hasta hacerse túnel y engullir al tren. Visitar a la santa y señalar mi casa sirve como rito privado, como exploración de uno mismo, para intentar coger distancia sobre los asuntos pequeños y también los grandes. Como cuando papá nos llevaba al monte del seminario los sábados por la mañana y, desde allí, distinguir el río, los puentes, el parque y nuestra casa. Era un ejercicio para situarnos a nosotros mismos en el espacio y en el tiempo. Para intentar ver en el horizonte (esto lo entendimos después) las dudas al final de uno mismo. Y, como pasaba con papá, aunque cueste subir y no apetezca demasiado, uno baja agradecido, siempre distinto y también igual. A veces es un camino de ida y vuelta, si lo que busco es visitarla o confrontarle algún problema, las más es sencillamente subir, estar, reconocerse e insistir en las cosas pequeñas, que son las que dan sentido a esta cosa grande (y también pequeña) de estar vivo.
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