Fascismo cosplay Una conversación con Luis Ignacio García

Escritor, periodista y productor de audio. Sus últimos libros son Nadie nos llamará antepasados, Equilátera, Toma de tierra, Remake y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca. Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (donde fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March). Es fundador y coordinador de Lo Imposible. 

Argentina está en un puño: da (casi) igual cuando leas esto. Pero desde hace un par de años las noticias, cada vez más estrafalarias, que implican a la parte más alta del poder —por ejemplo, la de un contrato millonario que habría beneficiado con cinco millones de dólares al morador de la Casa Rosada por participar activamente en la estafa de la criptomoneda Libra— contrastan dolorosamente con la resistencia económica y el derrumbe moral de una población cada vez más vulnerable. El país asiste al experimento social más salvaje desde su ya cincuentenaria dictadura, y tan complejo escenario está alimentando las páginas de unos medios nacionales e internacionales que han perdido la capacidad de generar sorpresa. Entre todo ello interesa pararse a leer Fascismo cosplay, reciente libro de Luis Ignacio García, Doctor en filosofía y profesor de la Universidad Nacional de Córdoba. O, mejor aún, conversar con él. 

“Fascismo” y “cosplay”. ¿Puedes explicar cómo aplican estos dos términos, inéditamente juntos, a la Argentina —y no sé si a otros países— de estos días?

Primero como tragedia, después como farsa, dijo Marx en el siglo XIX. Hoy el fascismo ha vuelto, pero no idéntico a sí mismo, no como la tragedia del siglo XX, sino como la farsa del XXI. Y en nuestro tiempo, la farsa se ejerce como cosplay porque es farsa deliberada y autoconsciente. Una autoconsciencia que otorga a sus actores mucho más soltura y dominio sobre el campo de efectos de sus prácticas. El neofascismo sintoniza con las redes no sólo por la dinámica de la polarización y la desinhibición hater, sino también por la dinámica de consumo irónico que rige la lógica de ambos: sabemos lo relevante que fue la cultura memética y Pepe la Rana para la campaña de Trump. 

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El consumo irónico fue el caballo de Troya de las ultraderechas en redes, una estrategia de desplazamiento de límites de lo decible: ¡son sólo bromas que los “normies” no entienden! De paso, colaboró en la tarea de encerrar al progresismo en las redes de la “corrección política” y les otorgó una soltura semiótica que les dio la movilidad táctica con la que entran y salen de la democracia dinamitándola por dentro. Sí, el cosplay rige el vínculo que estos líderes mantienen con la democracia: se disfrazan de democráticos para mejor ingresar a la democracia y destruirla por dentro, sin poder ser criticados de “fascistas”. En el caso de Milei, siempre extremo, él mismo ejerció el cosplay antes de las elecciones: se disfrazó del “general AnCap” (AnarcoCapitalista), en un evento de anime y cosplay en 2019, en plena transición de panelista exitoso a candidato a diputado. Hay videos en youtube de su performance. 

La actual diputada Lilia Lemoine (vocera de Karina Milei, Secretaria General de la Presidencia y hermana del presidente), ejerció el cosplay profesionalmente y fue quien atendió a la imagen de Milei, incluida su incursión en el cosplay. Hoy el fascismo se volvió autoirónico, rompiendo con la identificación del fascismo con la verdad única, disponiéndolo para tiempos de posverdad, dejando desconcertado a un progresismo al que despojó del desparpajo y la ironía, otorgándole una forma transgresora y viral de comunicación política, que le permite desplazar los límites de lo decible sin que nadie los pueda criticar: ¡es sólo un chiste!

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