Fascismo cosplay Una conversación con Luis Ignacio García

Escritor, periodista y productor de audio. Sus libros son Nadie nos llamará antepasados (2025), Equilátera (2024), Toma de tierra (2021), Remake (2020) y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca (2011). Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (medio del que fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March). 

Argentina está en un puño: da (casi) igual cuando leas esto. Pero desde hace un par de años las noticias, cada vez más estrafalarias, que implican a la parte más alta del poder —por ejemplo, la de un contrato millonario que habría beneficiado con cinco millones de dólares al morador de la Casa Rosada por participar activamente en la estafa de la criptomoneda Libra— contrastan dolorosamente con la resistencia económica y el derrumbe moral de una población cada vez más vulnerable. El país asiste al experimento social más salvaje desde su ya cincuentenaria dictadura, y tan complejo escenario está alimentando las páginas de unos medios nacionales e internacionales que han perdido la capacidad de generar sorpresa. Entre todo ello interesa pararse a leer Fascismo cosplay, reciente libro de Luis Ignacio García, Doctor en filosofía y profesor de la Universidad Nacional de Córdoba. O, mejor aún, a conversar con él. 

“Fascismo” y “cosplay”. ¿Puedes explicar cómo aplican estos dos términos, inéditamente juntos, a la Argentina —y no sé si a otros países— de estos días?

Primero como tragedia, después como farsa, dijo Marx en el siglo XIX. Hoy el fascismo ha vuelto, pero no idéntico a sí mismo, no como la tragedia del siglo XX, sino como la farsa del XXI. Y en nuestro tiempo, la farsa se ejerce como cosplay porque es farsa deliberada y autoconsciente. Una autoconsciencia que otorga a sus actores mucho más soltura y dominio sobre el campo de efectos de sus prácticas. El neofascismo sintoniza con las redes no sólo por la dinámica de la polarización y la desinhibición hater, sino también por la dinámica de consumo irónico que rige la lógica de ambos: sabemos lo relevante que fue la cultura memética y Pepe la Rana para la campaña de Trump. 

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El consumo irónico fue el caballo de Troya de las ultraderechas en redes, una estrategia de desplazamiento de límites de lo decible: ¡son sólo bromas que los “normies” no entienden! De paso, colaboró en la tarea de encerrar al progresismo en las redes de la “corrección política” y les otorgó una soltura semiótica que les dio la movilidad táctica con la que entran y salen de la democracia dinamitándola por dentro. Sí, el cosplay rige el vínculo que estos líderes mantienen con la democracia: se disfrazan de democráticos para mejor ingresar a la democracia y destruirla por dentro, sin poder ser criticados de “fascistas”. En el caso de Milei, siempre extremo, él mismo ejerció el cosplay antes de las elecciones: se disfrazó del “general AnCap” (AnarcoCapitalista), en un evento de animé y cosplay en 2019, en plena transición de panelista exitoso a candidato a diputado. Hay videos en youtube de su performance. 

La actual diputada Lilia Lemoine (vocera de Karina Milei, Secretaria General de la Presidencia y hermana del presidente), ejerció el cosplay profesionalmente y fue quien atendió a la imagen de Milei, incluida su incursión en el cosplay. Hoy el fascismo se volvió autoirónico, rompiendo con la identificación del fascismo con la verdad única, disponiéndolo para tiempos de posverdad, dejando desconcertado a un progresismo al que despojó del desparpajo y la ironía, otorgándole una forma transgresora y viral de comunicación política, que le permite desplazar los límites de lo decible sin que nadie los pueda criticar: ¡es sólo un chiste!

No existe un consenso a la hora de referir como “fascismo” a las nuevas ultraderechas. ¿Qué es, en rigor, el fascismo en el siglo XXI? 

El fascismo del siglo XX suponía la homogeneización violenta del pensamiento y la acción en la afirmación de una verdad única, traducido en el partido único. El antifascismo del siglo XX, entonces, fue un “antiesencialismo”, como se dijo y se repitió en las ciencias sociales, es decir, una crítica de la “verdad” como única y total. El fascismo en el siglo XXI aprendió de sus críticos (el fascismo es una forma extrema de capitalismo y el capitalismo es el gran maestro en aprender de sus críticos y acelerar en sus crisis). El fascismo en el siglo XXI no sólo no necesita verdad única, sino al revés, es el fascismo de la posverdad. De ahí el revuelo, comprensible, sobre si es o no pertinente hablar de fascismo para nombrarlos. Sin embargo, desde la lógica de ese neofascismo, la existencia misma de esa discusión es signo de que su estrategia cosplay está funcionando: el fascismo cosplay es el fascismo del nihilismo lingüístico en el que se despojó a las palabras de su fuerza nominativa. Cuando la periodista le pregunta a Mamdani, en pleno salón oval y frente a Trump, si considera que Trump es fascista, y el mismo Trump le dice, “dile que sí, está todo bien”, vemos cómo opera la neutralización cosplay de toda crítica posible. Todo puede ser dicho, también lo más brutal y fascista. Con esto alcanza para que el fascismo avance, y que, disfrazado de “opinión política”, tengamos posturas que atentan contra el orden mismo de la circulación de la palabra pública, como si opinar a favor del fin de las opiniones fuera, también, una opinión.

A veces se habla de “experimento” para describir el actual gobierno de Argentina. ¿Te parece acertado el sustantivo? En tal caso, ¿qué laboratorio lo dirige?  

La idea de “laboratorio argentino” remite y busca hacer resonar el “laboratorio chileno” con el que ingresamos al ciclo neoliberal con los Chicago Boys planificando lo que Pinochet realizó bajo su sangrienta dictadura. Es decir, remite a la memoria afirmativa de las dictaduras del cono sur que la ultraderecha argentina busca reactivar. Así, si el “laboratorio chileno” era un experimento extremo para ingresar al neoliberalismo, el “laboratorio argentino” es un experimento extremo para salir de una crisis que el neoliberalismo arrastra desde el 2008. Y el planteo es claro: se sale de la crisis neoliberal con más neoliberalismo económico y menos democracia política. Se reactiva así una memoria que en América Latina siempre se mantuvo latente: si la dictadura fue la partera del neoliberalismo, la posdemocracia garantiza su reproducción zombi, su sobrevida artificial.

El sadismo —“fiesta de la crueldad” en tu libro— parece ser una marca de este experimento. Daría la impresión de que las medidas drásticas no se toman ‘porque no hay más remedio’ sino con un goce —“gozosa austeridad”, otra fórmula de tu libro— sociópata. ¿Hay razones más allá de lo patológico capaces de explicar ese sadismo, según tu modo de ver?

Creo que todas las razones están fueras de lo patológico, y que la propia crueldad forma parte de una economía de las pasiones bien racional y bien calculada. El libro entero se escribe contra las posturas que reducen las políticas de Milei, y sobre todo los votantes de Milei, a una clave psicopatologizante de interpretación. Muy por el contrario, creo que hay una nueva racionalidad que combina economía de los afectos con lógica del algoritmo para crear una nueva gobernanza posdemocrática que debemos entender en su lógica específica, no como desvarío sino como nueva norma. Por supuesto, esa nueva norma incluye la normalización de lo anómico, y esta nueva realidad incluye la performatividad del delirio. Pero todo ello resulta en una nueva racionalidad política que obliga a reescribir los manuales de la política, de la militancia y de la teoría fraguados en el siglo XX.

El uso de la violencia no ha respetado a los jubilados y pensionados. ¿Cómo se explica la falta de pudor de reprimir a un colectivo tan vulnerable, más allá de que puedan ser —como se lee en su libro— “ontológicamente antiliberales”? “Luche como una abuela”, proclamas… 

Para empezar, esa falta de pudor es el reverso de una imagen de determinación y voluntad política que es lo que verdaderamente se festeja. Lo mismo sucede con la desinhibición de la lengua neofascista: “por fin alguien que dice las cosas como son”, y su brutalismo barbárico cuenta como honestidad intelectual. Pero además, esa falta de pudor es aleccionadora respecto a qué se valora en esta sociedad. Y lo cierto es que Milei sanciona valores que ya circulaban y hacían sentido, y que se fueron construyendo en décadas de neoliberalismo. Así, el goce cruel por la represión a colectivos vulnerables es el reverso de la repugnancia por el conjunto de las comunidades de la carencia: mujeres, discapacitadxs, migrantes, pobres, enfermxs, jubiladxs, comunidades a las que siempre les falta algo. La utopía neoliberal del goce irrestricto, el mandato de goce, es la otra cara del deseo de aniquilación de esas comunidades de la falta, que nos recuerdan que somos seres dependientes y que sólo hay sobrevivencia en la interdependencia. Son los valores del individualismo rapaz y extremo, del exitismo en sociedades hiperdesiguales, del ideal del cripto-fit-bro, acerado y autosuficiente, todos ellos previos a Milei, los que se ven realizados en esta “fiesta de la crueldad” contra quienes nos recuerdan la finitud, la carencia, el límite, la muerte. El capital, la no-muerte a costa de la muerte de todo, odia a quienes le recuerdan la finitud. ¡Occupy Mars!: en una sociedad en la que el delirio tecnofascista de negación de la muerte e incluso de la finitud terrestre ya ha prendido, no debería sorprender el regocijo que pueda producir el escarnio sobre esas comunidades de la falta. 

Otra pregunta formulada como abogado del diablo. Hay quien dice, apelando a lo macroeconómico, que sí se están dando mejorías en Argentina. ¿Maneja una información distinta cada bando?

No, es la misma información, pero interpretada de distintos modos. Tras la debacle del gobierno peronista anterior, que termina con una inflación galopante, la motosierra de Milei se vive como mejora, porque efectivamente apaciguó la violencia de una inflación que se había tornado enloquecedora. Pero el tema es a costa de qué logró esa relativa estabilización de la economía. Y entonces el costo del ajuste resulta y sobre todo resultará, en la opinión de un sector cada vez más amplio, mucho más oneroso que la situación de la que ese ajuste venía a sacarnos. Lo resumo: un ajuste pagado con la caída de los salarios, con la licuación de las jubilaciones, con la motosierra en el estado, con la pérdida de derechos, con la toma irrestricta de deuda, con un dólar barato que, combinado con apertura de importaciones, implica la destrucción sistemática de la industria nacional, con la consecuente pérdida acelerada de puestos de trabajo, etc., ese ajuste sí implicó una “mejoría” que no sólo ya está implicando un costo altísimo sino que además está preparando sacrificios futuros que, según enseña la historia, serán inevitables con estas recetas macroeconómicas. Un programa similar, que venía de un proceso hiperinflacionario similar, es el que implementó el neoliberalismo clásico en la Argentina, el menemismo de los años ’90. Y terminó en la brutal crisis del 2001. Las “mejorías” que logró Milei son producto de la subasta del futuro en el altar del cortoplacismo más estrecho, y de la estabilización de una histórica transferencia de recursos y poder a los actores más ricos y poderosos. 

Nuestra existencia digital nos está destruyendo, escribes. ¿Qué tienen que ver hoy los gobiernos —al menos el que estudia tu libro— y el algoritmo?

Las ultraderechas llegan en el mismo momento en que asistimos a una plataformización general de nuestra experiencia, y no es una coincidencia azarosa, sino una sinergia virtuosa. Son las plataformas las que construyeron la paradójica horizontalidad autoritaria de la que viven estos neopopulismos 2.0: la pérdida de jerarquías que las redes sociales habilitaron dieron lugar a este clima nihilista de descomposición de la palabra en la que cualquier cosa puede ser dicha y en la que ninguna opinión nada vale más que otra. Es el clima epocal de proliferación del terraplanismo, de las fakes, de la posverdad, de las explicaciones paranoides, etc. Esa destrucción de todo lo que el siglo XX, aún con todas las dificultades, podía entender como “esfera pública”, esa nihilización de la palabra gracias a su aceleración estadística, esa desinhibición represiva de lo más bajo de la humanidad habilitado por la subjetividad trol y su estratégico anonimato, esa fantasía de nombrar como “inteligencia artificial” a la regurgitación estadística de lo dado, en fin, no cabe dudas de que, por el momento, el cataclismo que el algoritmo viene implicando para nuestra experiencia como seres hablantes ha favorecido unilateralmente a la ultraderecha. 

Tu libro propone, en la figura de Conan, el perro muerto del presidente, un doble elemento esotérico y dictatorial (como dijo un vocero del gobierno, “si el presidente dice que hay cinco perros, hay cinco perros y se terminó”). ¿Qué representa el fantasma de ese perro? 

En el libro se exploran distintas dimensiones de este detalle en apariencia anecdótico. Nombro al menos tres: 1. El tránsito del pacto democrático al pacto oscurantista: Conan aparece como un régimen de la creencia desatado de todo control racional; 2. La fantasía Singularista: la clonación de Conan estuvo en el centro del entusiasmo de Milei con las fantasías tecnocapitalistas, las tecgnosis transhumanistas, que nos prometen corregir las deficiencias de nuestra existencia sensible, hasta poder finalmente corregir la muerte, esa debilidad de nuestra especia; 3. La negación oficial de la muerte: si la estructura negacionista puede postularse como una de las formas elementales de la consciencia neofascista, la negación de la muerte y del duelo podría postularse como la madre de todos los negacionismos.

Todo esto nos fascina como le fascina a un venado la luz del automóvil que viene a 200 km/h a atropellarlo. Tú llamas a esto “el síntoma Lovecraft”. ¿Puedes explicarlo? 

Tu pregunta me recuerda que Nick Land, el teórico de la neorreacción, dice que la “catedral”, el progresismo, no entendió que pasamos del dilema del prisionero al juego de la gallina, dos modelos de la teoría de juegos con los que él piensa el presente: Muy sintéticamente: en el dilema del prisionero cada jugador tiene el incentivo a traicionar, aunque si ambos cooperaran el resultado sería mejor para los dos. El conflicto central es que la racionalidad individual destruye el resultado colectivo óptimo. Por el contrario, en el juego de la gallina dos jugadores avanzan hacia el choque, como en la típica escena de las películas. El mejor resultado individual es que el otro se desvíe y yo no. El peor es que ninguno se desvíe, la catástrofe total. El conflicto central no es la cooperación, sino quién cede primero. La derecha empezó a jugar ese juego después de la crisis del 2008, y la izquierda aún piensa en términos del dilema del prisionero. A Lovecraft lo dejo para la próxima, ja.

Este año Argentina celebra —no sé si celebrar es la palabra— el 50 aniversario del golpe militar de 1976. ¿Cómo se celebrará el antitotalitarista “Nunca más” en pleno —te cito— “aceleracionismo neofascista”. 

El gobierno busca clausurar la memoria democrática de la dictadura, pero está muy interesado en activar una memoria dictatorial de la dictadura, lo que ellos llaman “memoria completa”. Les interesa muy especialmente volver a esa violencia fundadora del orden neoliberal cuya versión extrema y agónica ellos representan. Por eso, sin dudas hay “negacionismo”, como se ha dicho, pero mezclado con un auténtico revanchismo de las clases dominantes que los lleva a afirmar el valor heroico del genocidio. El negacionismo afirma de manera oblicua y vergonzante los que el revanchismo celebra abiertamente. El revanchismo es un negacionismo “sin complejos”, como se dice ahora. Es la celebración de la memoria militar y de la doctrina de seguridad nacional para dar brillo épico y actualidad a los dos pilares de la dictadura: la afirmación económica del despojo, y la normalización del descarte de personas que no se avengan a él. Ahora bien, quienes nos oponemos a esa épica de guerra neoliberal debemos procurar evitar la cómoda posición de situar esas memorias en un afuera de la discusión, como excentricidad patológica. No tenemos por qué temerles, porque los debates sobre, por ejemplo, las responsabilidades de la izquierda armada, que ellos pretenden presentar como silenciados, se vienen dando desde el minuto uno de la democracia. Y condenar esas posturas por mero irracionalismo cruel nos deja fuera de una discusión que, aunque implique un enorme retroceso histórico, ya circula socialmente en redes, en los medios, en las escuelas, y en todas las clases sociales.

Visto en perspectiva, ¿qué hizo ganar a Milei en Argentina? 

Por supuesto, estuvo el antecedente de las frustraciones políticas previas, que hicieron que el electorado optara por un camino disruptivo, que cortara con esta historia de fracasos y reveses, por más que pudiera implicar riesgos. Se habló de “salto al vacío”, y creo que efectivamente se prefirió lo desconocido, por malo que fuera, al mal mil veces repetido. Pero además de ese antecedente, es decir, de Milei como castigo, hay otra dimensión más profunda, que es Milei como figura muy representativa de nuestra época. Creo que su triunfo, y más aún la continua adhesión a pesar de sus medidas antipopulares, se debió también a que Milei vino a sancionar y dar forma institucional a una realidad que lo preexistía. Milei vino y dijo: vivimos en la jungla, entonces sancionemos la ley de la selva. Milei conecta con la realidad de una historia de crecientes desigualdades y de tránsito hacia formas posdemocráticas de gobernanza. El progresismo debería dejar de ser el heraldo del deber ser, y preguntarse de qué modo relanza sus banderas en un contexto de transformaciones radicales.

Una opinión sincera: ¿cómo puede acabar todo esto? 

Creo que el rasgo más destacado de la época no es la ultraderecha, sino la volatilidad, es decir, la falta de consistencia de los programas, discursos y proyectos. Recuerdo el libro de Martin Gurri, La rebelión del público, que muestra los rasgos nihilistas de los públicos contemporáneos surgiendo primeramente en la experiencia de las revueltas árabes de principios de siglo, y del modo en que el Twitter de aquella época fue clave para esos alzamientos. El nihilismo atraviesa toda la época, y da fragilidad a todo discurso y programa. La ultraderecha participa de esa volatilidad, y la imagen de Trump en el último tiempo lo demuestra. No creo que superemos este vértigo hasta que no decante un nuevo orden global, donde China tendrá un lugar determinante. Y China significa, para Occidente, dos preguntas determinantes: qué será de la democracia y qué será de la técnica. La fantasía de un gobierno cibernético y pospolítico, que los tecnomagnates anhelan bajo la forma de países convertidos en empresas y presidentes-CEOs, debería empezar a ser discutida, con toda seriedad, por la izquierda: ¿de qué maneras vamos a poder articular cibernética y democracia, en un horizonte que evite tanto el partido único al modo chino, como la CEOcracia de los ultrarricos? No creo que esté decidida esa historia. 

 

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Fascismo cosplay está editado en Caja Negra

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