Archivo Jacobo Siruela: el jardín como arte de vanguardia
Bruno Galindo
Escritor, periodista y productor de audio. Sus últimos libros son Nadie nos llamará antepasados, Equilátera, Toma de tierra, Remake y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca. Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (donde fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March). Es fundador y coordinador de Lo Imposible.
Corrían los últimos días de 2016 y me citaba con Jacobo en la redacción de El Estado Mental para hablar del décimo aniversario de su proyecto editorial. Respecto al nuestro, a EEM, no recuerdo si estábamos en una huida hacia adelante o aún nos quedaban fuerzas para continuar. El caso es que muy poco después de aquel encuentro colgamos el cartel de "Tenemos que parar" porque no había cómo seguir. Han pasado diez años de aquello. Ahora su editorial, Atalanta, cumple veinte. Son buenos motivos para recuperar esta entrevista, que nunca llegó a publicarse. Y para dejarla como salió; tal es su vigencia. La conversación discurrió como sigue.
Estamos pensando que, de todas las crisis que atravesamos, pocas tan claras como la crisis de la imaginación. ¿Estarías de acuerdo con algo así?
Si hablamos de modelo cultural, sí. La imaginación se toma como fantasía, como escapismo, como algo de segunda categoría. Y la imaginación es una cosa muy importante. Lo que pensamos en Atalanta es que la imaginación también es una forma de conocimiento. Eso no quiere decir que yo desdeñe la fantasía; me parece deliciosa. Pero hay niveles de imaginación, igual que hay niveles de razón. La imaginación interesante, la profunda y potente está, por ejemplo, en los mitos. Los mitos antiguos. Aunque ahora si miras en el diccionario, “mito” ahora es fábula, ficción.
Me pregunto si quedan nuevos mitos por aparecer o si la familia de los arquetipos está completa.
El ser humano siempre vive bajo el mito, lo pasa es que hay diferentes clases de mito. Por ejemplo, los antiguos que brotan de lo más profundo del alma humana, como los sueños. Esas imaginaciones tratan de responder imaginativamente a las cuestiones más hondas del ser humano. Sea como sea, el ser humano siempre está bajo la esfera del mito. Es ilusorio pensar que ahora no los tenemos. El siglo XIX imaginó mitos: el de la nación, el del nacionalismo —que ahora sigue vigente—, el del comunismo, con su promesa redentora… Ahora tenemos el mito de la tecnociencia, que nos va a redimir. Los mitos son los modelos que estructuran nuestras creencias. Y nuestro mundo es el resultado de nuestras creencias. No somos lo que somos: somos lo que creemos que somos.
Antes has hecho una distinción entre imaginación y fantasía que, fuera del contexto literario, no sé si existe.
Se ha hecho muchas veces. Por ejemplo, todos los textos de imaginación que publicamos en Atalanta —de René Daumal o George McDonald, por ejemplo— son, digamos, imaginación verdadera. Imaginación verdadera es cuando se crea un cuerpo simbólico, cuando se nos revelan cuestiones del mundo interno. En "Dr. Jekyll y Mr. Hyde", nos están hablando de una realidad psicológica. En "El vampiro", de cómo son nuestros miedos y nuestros deseos. En Harry Potter no hay nada: es fantasía pura. Es decir, hay diferentes niveles de imaginación. Como decía hace años [James] Hilman, la mitología griega es la psicología de la antigüedad y el psicoanálisis la mitología de la actualidad. Si uno estudia a los dioses griegos desde ese punto de vista, ahí están todas las pulsiones del alma humana, todas, presentadas de una manera arquetípica. Y se puede hacer esa lectura, lo que pasa es que uno tiene que estudiar símbolos, psicología y algunos asuntos de la antigüedad para estar familiarizado con la simbología.
Mi pregunta anterior sobre si la imaginación está en crisis la has enfocado sobre todo hacia el mundo de los libros, pero ¿y si habláramos de la sociedad común, del ser humano occidental? ¿Estamos ante una falta de imaginación colectiva, y —si es así— ante una falta de sentido de la aventura, de personalidad?
Pues sí. Eso nos lleva a la estupidización colectiva. Este modelo mecanicista del mundo evidentemente es la muerte de la imaginación. Y esta, en fin, digamos, toda la tecnología —y yo soy partidario, por supuesto, de internet; gracias a Internet hemos podido hacer una editorial desde el campo— está bien. Lo que pasa es que en lugar de lo que debiera de ser, que es la tecnología como instrumento, pues realmente el ser humano es un instrumento de la tecnología. Este verano yo me acuerdo en Munich —pero bueno, es igual aquí— estaba todo lleno de gente mirando el móvil con este juego, el Pokémon. Evidentemente eso es la muerte de la imaginación. Cuando la gente se aburría, había pocas cosas que hacer y la gente imaginaba. Ahora está todo lleno de cosas. No tenemos tiempo para nada y además hay millones de entretenimientos en todo momento. Todo eso suprime las fuerzas imaginarias. Lo que pasa es que, bueno, la gente sigue soñando. Digamos que si la gente atendiera más a sus sueños podría atender a las estructuras antropológicas imaginarias que llevamos. O sea, la imaginación siempre está, aunque aparentemente parezca muerta siempre está, porque la imaginación es como la intuición: podrá estar más o menos dormida. Como el sentimiento o el pensamiento. Todo esto puede estar más o menos dormido, pero siempre está. Pienso yo, al menos.
Esta época de materialismo, ¿está empezando o acabando?
Yo creo que las cosas nunca acaban. Pero realmente lo que está acabando —pero repito, nunca acaban— es un modelo. El modelo materialista-mecanicista ya acabó en el siglo XX. Los físicos cuánticos ya acabaron con ese modelo. Muchos pensadores ya dijeron todo lo que se debía de decir. Lo que pasa es que aún no hemos asimilado el siglo XX. Es más: nos vuelven los fantasmas del siglo XIX con apariencia novedosa. Por ejemplo, como he dicho antes, el nacionalismo, que es un fenómeno decimonónico, el mito de la nación y tal. Ahí se ve cómo las estructuras imaginarias conducen las cosas más que las ideologías. O bien ahora la nueva izquierda, que yo la veo totalmente nostálgica del marxismo, o sea, no es una izquierda de lo que debiera de ser el siglo XXI. Es decir, siguen creyendo que el estado debe ser la mamá, que debe de dar todo a la gente y tal, cuando todo eso ya fracasó en el siglo XX. Entonces el materialismo sigue porque se ha machacado de tal manera con esa idea reduccionista que la gente piensa que las cosas son así.
Por un lado la gente piensa que las cosas son así y por otro lado la gente piensa que si tú hablas de espíritu pues estás hablando de sotanas y tal. En realidad pienso —al menos es la línea de pensamiento que tiene Atalanta en torno a ese materialismo tosco en el que nos han metido— que hay varias salidas.
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