Paseo Una visita americana al Retiro
Carlos Alberdi (Madrid 1956) ha vivido en Madrid, Cabeza del Buey, Nueva York y Buenos Aires. Ha sido profesor, gestor cultural y político. Desde hace unos años escribe sobre Madrid y ha publicado Ciento un autobuses de Madrid (Abada, 2021) y Ortega y Gasset, antes Lista (Abada, 2026).
El Retiro tiene mil paseos y algún día tendrá un mirador al sur para poder conectarse visualmente a la llanura manchega. Mientras tanto América forma parte de su personalidad.
La integración en el Retiro madrileño de referencias americanas tiene su inicio cuando el Ayuntamiento de la ciudad, movido por “las cariñosas demostraciones de fraternidad con motivo del Congreso hispanoamericano”, decidió dar el nombre de determinadas repúblicas americanas de habla española a los paseos del parque, por acuerdo del veintitrés de noviembre de mil novecientos.
El paseo de Venezuela sustituyó al de la Fuente de Mayo, el de Uruguay al del Ángel Caído, el de Argentina al de las Estatuas, el de Chile al del Embarcadero, el de Colombia al de los Lauros, el de Ecuador al de San Antonio y el de la República Dominicana sustituyó al de la Fuente de la Cueva. Al tiempo se crearon los paseos de Paraguay y el del Perú, la avenida de México sustituyó a la de la Independencia, y se crearon las plazas de Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, que sustituyó a la de la Fuente del Caballo, y Costa Rica, que sustituyó a la Fuente de los Patos.
Nuestra visita empieza por la puerta de América, de América española en la placa lateral, que está en la calle Menéndez Pelayo frente a su confluencia con la de Menorca. Nos dirigiremos a la plaza de Panamá para saludar a Justo Arosamena, inmortalizado en una lápida de bronce. Caminaremos por el paseo del Salvador hasta la plaza de Cuba, donde se encuentra el monumento dedicado a aquel país. Tomaremos por el paseo del Perú para llegar a la plaza de Guatemala, donde el general Martínez Campos recuerda, entre otros episodios, sus tres estancias en Cuba. Cruzaremos al Florida Park, frente al cual se recuerda, en el paseo de Panamá, a Pedro Vargas. Volveremos a pasar frente a Martínez Campos para tomar el paseo de Chile y, sin entrar en el monumento a Alfonso XII, visitar el dedicado a Hipólito Irigoyen, quien fuera el primer presidente argentino elegido por sufragio universal masculino. Desde allí, bordeando el estanque, llegaremos al paseo de Venezuela, donde nos espera el poeta y político venezolano, Andrés Eloy Blanco, autor del poema Angelitos negros, que tuvo tanto éxito como canción. Por el paseo de Venezuela llegaremos a la plaza de Honduras, donde, mirando a la Fuente de la alcachofa, está el monumento al general Francisco Morazán, que acabó fusilado en Costa Rica, después de haber sido presidente de una Confederación Centroamericana que no consiguió cuajar más allá de algunos años. Siguiendo por el paseo del Paraguay, en un espacio rodeado de césped, hay un bronce que recoge los últimos momentos del mariscal Francisco Solano, presidente paraguayo con cuya muerte concluyó la guerra de la Triple alianza, cuando Brasil, Argentina y Uruguay se unieron contra Paraguay y le infligieron una severa derrota. Desde allí, por el paseo del Transformador hasta su confluencia con el paseo del duque de Fernán Núñez, encontraremos el monumento más reciente y minimalista del parque, dedicado al fotógrafo español Juantxu Rodríguez, que murió en la invasión de Panamá por tropas estadounidenses, en diciembre de 1989.
Es un camino corto en el que paseamos por diversos episodios de la historia de América, al tiempo que podemos, mirándonos en esos espejos, conocer algo más de nuestra propia historia. Sin más objetivo que pasear y pensar que sabemos algo.
La puerta de América se abrió en 1932 a petición de los vecinos del barrio, que tenían que alargarse hasta la puerta del paseo de Coches para entrar en el parque. El barrio de Narváez era todavía poca cosa, con respecto a lo que es hoy, pero lo suficiente para que el Ayuntamiento construyera esta nueva entrada y que los vecinos dejarán un recuerdo de agradecimiento escrito en una placa. Sobre el nombre, por qué lo eligieron, no hay demasiada luz. Los nombres americanos de los paseos fueron una iniciativa de 1900, después de un congreso hispanoamericano lleno de retórica y de afirmaciones de hermanamiento. De la segunda mitad de los años veinte son varias estatuas del Retiro, en concreto dos de los monumentos que visitaremos: el dedicado a Cuba, que no se inauguraría hasta 1952, y el monumento a Hipólito Irigoyen, de 1928. Que el Ayuntamiento republicano abriera en 1932 la nueva puerta y se apuntara a la conexión con la América española entra dentro de lo normal, aunque no sepamos hoy quién movió los hilos de aquel bautizo. La primera parada, Justo Arosemena hace alusión a Panamá, un país que no existía en 1900 cuando se nombraron los viales con los nombres de las repúblicas hispanoamericanas, pero que después de su independencia en 1903 recuperó terreno perdido y hoy tiene paseo y plaza con su nombre. A Justo Arosemena se le considera el padre de la nacionalidad panameña, aunque murió en 1896 unos años antes de la independencia. Durante toda su vida batalló por la autonomía de Panamá, en el contexto de Colombia. Llegó a ser presidente del Estado federal de Panamá en 1855, año en el que escribió el opúsculo en el que explicaba las razones por las cuales Panamá necesitaba dotarse de un gobierno autónomo. Conviene recordar que la fiebre del oro en California, en el 48, dio un impulso moderno al istmo panameño, propiciando un importante flujo de estadounidenses que viajaban al oeste por esta vía, evitando los peligros de la interminable pradera. Con ese impulso se construyó un ferrocarril que cruzaba el istmo y Panamá tuvo un desarrollo autónomo importante, en el que la relación con los yankis era parte fundamental de la ecuación. Arosemena, como hombre pragmático, propugnó siempre soluciones pacíficas y trabajó como diplomático para Colombia, sin ningún sectarismo identitario. Sus escritos, trufados de una idea de lo latino frente a lo anglo, han envejecido en los detalles, pero mantienen cierta fuerza en sus planteamientos generales. El bronce, inaugurado en 1978 por el embajador en Madrid Moisés Torrijos, hermano mayor del presidente, fue obra del escultor Emilio Laiz Campos, nacido en Vicálvaro, que alcanzó fama en Madrid con trabajos como el Simón Bolívar del parque del Oeste en 1970, el doctor Fleming de la plaza de toros en 1964, o el monumento al doctor Antonio Andrés, en su placita de Vicálvaro, en 1975. También trabajó mucho en América, donde dejó un monumental Blas de Lezo, en Cartagena de Indias en 1957.
A continuación nos dirigimos al monumento a Cuba, qué se proyectó en los amenes de la dictadura de Primo de Rivera y que luego no se inauguró hasta el 27 de octubre de 1952, eso sí, con presencia del alcalde, el ministro de Asuntos Exteriores y los embajadores de Cuba en España y de España en Cuba. Es curioso este monumento porque en él trabajaron cuatro escultores de renombre y por qué Cuba es siempre mucha Cuba en cualquier lugar de España. En 1900, cuando se nombran los paseos, no solo quedó fuera Panamá por no existir, también quedó fuera la isla porque la herida de la reciente guerra seguía abierta. De modo que este monumento, como el señalamiento de un paseo de Cuba en 1925, formaba parte del reencuentro con un país con el que los lazos eran muy especiales. Al monumento lo corona una mujer de cuerpo rotundo con gorro frigio, que representa a la República de Cuba. Obra de Miguel Blay, escultor catalán de Olot, que triunfó en Madrid donde tiene el monumento a Federico Rubio del parque del Oeste, el busto de Mesonero Romanos en Tribunal y, en este parque del Retiro, el busto del doctor Pulido y un relieve sobre la paz en el monumento de Alfonso XII. Sin olvidar el extraordinario monumento a Víctor Chávarri en Portugalete, a tiro de piedra del puente colgante. Esta Cuba no es su mejor obra, pero ahí están flanqueando a la república, un poco por debajo, Isabel primera de Castilla y Cristóbal Colón. Este último es obra del escultor gallego Francisco Asorey, “o escultor da raza”, del que solo conocemos este trabajo en Madrid, que da su punto de reciedumbre al conjunto y nos invita a visitar sus numerosos e interesantes trabajos en Galicia. Isabel es obra de Juan Cristóbal González Quesada, que firmaba con su nombre de pila y que fue célebre antes y después de la guerra, además del ser el padre de Elvira González, decana del galerismo madrileño. Juan Cristóbal vivió en Ortega y Gasset, antes Lista, y tuvo estudio en la calle Londres, en el Madrid moderno. Es famoso su Cid Campeador de Burgos, tuvo mucho éxito su mano gigante en la decoración ultra moderna de la óptica Cottet, hoy desaparecida, y se encargó de la mascarilla mortuoria de Ortega. Por último, los bronces del barco, las iguanas y los galápagos fueron obra de Mariano Benlliure, quizá el escultor clásico más popular de la España de su tiempo y que también es responsable del general Martínez Campos y del Rey Alfonso XII en los cercanos monumentos. En este caso hay que decir que sus animales son extraordinarios y que su fallecimiento en 1947 le impidió asistir a la inauguración del monumento, cosa que también le sucedió a Blay, fallecido en enero del 36, con lo que los únicos que pudieron estar fueron Asorey y Juan Cristóbal, que aguantaron los dos hasta 1961.
Por el paseo del Perú llegamos al general Martínez Campos. Un monumento notable por varios aspectos. En primer lugar los artísticos, porque es una cima dentro de la escultura clásica historicista. Tiene atmósfera. Benlliure ha inventado un soldado que reúne tristeza y resistencia de un modo singular. La base heroica del general a caballo, un tema clásico desde Roma, se envuelve gracias al capote, al ros y al gesto de caballo y caballero, en un hálito de tristeza que puede venir de la pérdida de Cuba, donde el general estuvo en tres momentos distintos a lo largo de su carrera o en el problema político que dio lugar a su creación o en alguna otra razón o casualidad. El monumento se mantiene, rodeado de palomas, de espaldas a Alfonso XII, que corona el monumento del estanque. Algún día habrá que encargar a Fernando Sánchez Castillo que conecte ambos monumentos con unas cuerdas o algún otro artilugio para subrayar la historia que los une. Martínez Campos se levanta como crítica al monumento de Alfonso XII, que se pensó en 1902 aunque no se terminara hasta 1922.
Si los alemanes le habían hecho un monumento al káiser Guillermo en la confluencia del Rin y el Mosela, en la ciudad de Coblenza, los españoles, frente al estanque del Retiro, se lo harían a Alfonso XII. Si en Coblenza figuraban junto al káiser las figuras de Bismarck y de Moltke, ¿por qué no sucedía lo mismo en España con Martínez Campos? Las respuestas podrían ser varias, pero los más radicales de la derecha madrileña, encabezados por el marqués de Cabriñana, abrieron una suscripción popular para que Martínez Campos tuviera su sitio cerca del monumento. Lo colocaron de espaldas. En 1907, su inauguración la presidió Alfonso XIII y en la misma tomó la palabra Antonio Maura, a la sazón presidente del Consejo de ministros, que instó a la unidad de las fuerzas conservadoras. La carga política de la estatua está ahí solo al alcance de los expertos, pero algo queda en el aire que convierte a este monumento en el más verdadero de los de su estilo en el parque y en la ciudad. Las estancias de Martínez Campos en Cuba fueron tres. La primera, desde 1869 a 1872, cuando acababa de empezar la guerra de los diez años y de donde vuelve con el rango de brigadier. La segunda, en 1876, como Capitán general de la isla, después de haber derrotado a los carlistas en Cataluña. En esta estancia firmó la paz de Zanjón, en 1978, y se entrevistó con varios de los líderes independentistas. Por último, volvió en 1895, al estallar de nuevo la guerra abierta, con el nombramiento de Gobernador, pero duró poco sustituido en 1896 por Weyler. Arsenio Martínez Campos murió en Zarautz en 1900 y Madrid le dedicó una de las avenidas principales de Chamberí, el paseo del Obelisco, en 1914.
Frente al General, al otro lado del Paseo de coches, está el Florida Park y frente a su puerta está el busto de Pedro Vargas. Cantante y actor de cine, Pedro Vargas fue una encarnación de México, hoy olvidada. Su representación es convencional y correcta sin que se trasluzca el alma pícara de su autor, el escultor Sanguino.
Por el paseo de Chile nos dirigimos hacia el monumento a Alfonso XII reflexionando sobre la conexión entre las dos obras. Podemos llegar a pensar que todo el entramado, alrededor del rey que volvió del exilio, se sostiene porque las cuerdas de las que tira el caballo de Martínez Campos impiden que naufrague en el estanque. No llegamos a entrar en él. Antes nos encontramos con el bronce dedicado a Hipólito Irigoyen, inaugurado en 1928 y financiado por la colectividad española de Argentina. El motivo es la institución del día de la Raza, el 12 de octubre, como fiesta nacional por decreto de 4 de octubre de 1917. En aquellos tiempos el racismo era una epidemia. El bronce está fundido en Argentina, obra de Rogelio González Roberts, y reproduce el decreto mencionado, entre un retrato del presidente Irigoyen, el de un indígena de espaldas y, por arriba, el sol naciente que pone al conjunto un toque decó. Hipólito Irigoyen, líder del partido radical, fue el primer presidente argentino elegido por sufragio universal masculino. Un hito democratizador, aunque hubo que esperar a la emergencia de Eva Perón, treinta años después, para que las mujeres alcanzaran el sufragio. El viaje del bronce, desde Buenos Aires a Madrid en aquellos años, nos hace pensar en la bonanza argentina y, también, en la satisfacción de la colectividad española por el hecho de que aquella República aceptará la fiesta del 12 de octubre, de origen español, como fiesta nacional.
Desde allí nos dirigimos al paseo de Venezuela, donde nos encontramos con el busto de Andrés Eloy Blanco, poeta y político venezolano nacido en 1896 y fallecido en 1955. Un regalo del Ayuntamiento de Caracas al de Madrid en 1975. Andrés Eloy Blanco fue un político demócrata, ministro de Asuntos Exteriores del mítico gobierno de Rómulo Gallegos que apenas duró un año en 1948. Después de una mayoría aplastante en las urnas, el golpe militar a los nueve meses de mandato, encontró a Blanco en París en misión diplomática y supuso el comienzo de un largo exilio. Su figura es poco conocida en España, a pesar de que vivió aquí en 1923, por un premio literario que recibió en Santander, y de que su generación leyó con fruición a los autores españoles de la época. Además, la canción Angelitos negros, con la que Antonio Machín cimentó su fama, está basada en un poema suyo. Los paseantes del Retiro circulan por delante con indiferencia. El busto es obra de Martín Eduardo Funes, pintor y escultor venezolano, nacido en 1921, que vivió en México, representó a Venezuela en la Bienal de Sao Paulo de 1953 y, en 1975, asumió la dirección de la Escuela de Artes plásticas Cristóbal Rojas. Recordar a Andrés Eloy Blanco es, también, recordar a Rómulo Gallegos, el autor de Doña Bárbara, presidente de Venezuela del 17 de febrero al 24 de noviembre de 1948 y excelente escritor. Vivió en Madrid, en la Casa de las Flores, justo antes de que llegara a ella Pablo Neruda.
De seguido nos dirigimos a la plaza de Honduras, donde está la Fuente de la Alcachofa. Frente a ella se alza el monumento al general Francisco Morazán, nacido en Tegucigalpa en 1792 y fusilado en San José de Costa Rica en 1842. Perseguidor de la independencia centroamericana, peleó como ninguno por la unidad de las mini repúblicas de la región. Llegó a presidir, entre 1830 y 1839, la República federal centroamericana, pero todo el tiempo con la enemiga de las fuerzas conservadoras y de la iglesia. Inaugurado en abril de 1973, el monumento fue un regalo de la embajada de Honduras en España, ejecutado por Mario Castillo, nacido en San Pedro Sula en 1932 y fallecido en 2013 en Tegucigalpa. Llama la atención que en el tardofranquismo se inaugurará en el Retiro esta serie de homenajes a figuras hispanoamericanas de pensamiento liberal, no demasiado acorde con el oficialismo madrileño del momento.
Desde la plaza de Honduras caminamos por el paseo del Paraguay y llegamos al monumento al mariscal Francisco Solano López. Vallado y alejado del camino hay que mirarlo de lejos, perdiéndose buena parte de los detalles del relieve de bronce en el que se representa su última batalla: Cerro Corá. En ella el mariscal muere y se termina la guerra de la Triple alianza, en la que Brasil Argentina y Uruguay derrotaron a Paraguay. Muchos creen que esta última República todavía no se ha recuperado de aquella extraña guerra que hoy vemos como la de un país pequeño contra una alianza de países mucho más potentes y nos cuesta entender cómo pudo llegar a producirse. La obra fue regalo de Paraguay en 1976. El autor fue Francisco Javier Páez Rolón, escultor y pintor nacido en 1932 y fallecido en 2007, muy conocido en Paraguay, al que le gustaba recordar que se formó en Estados Unidos con Alex Raymond, el autor de Flash Gordon, y, al mismo tiempo, que llegó a hacer treinta y siete bustos del dictador Stroessner. La figura política de Solano López ha quedado marcada por su temeraria actuación frente a enemigos tan poderosos. Al tiempo, su escena final, muriendo en combate rodeado de sus más fieles, le ayudó a resistir en el imaginario como un bravo soldado. En aquella batalla, cerca de la frontera con Brasil, en el departamento de Amambay, al sur del río Aquidaban, al sudoeste de la ciudad de Pedro Juan Caballero, murió también su jefe de estado mayor y sobrino, Panchito López Lynch, de quince años y le sobrevivió su mujer, Elisa Alicia Lynch, a la que conoció en Francia y con la que nunca se pudo casar, por estar atada a un matrimonio anterior en tiempos sin divorcio. Cuentan de sus reflejos frente a los soldados victoriosos, a la voz de “no me toquen, soy inglesa”.
Esta guerra, que se desarrolló entre 1864 y 1870, fue visitada por Richard Francis Burton, que escribió Cartas de los campos de batalla del Paraguay, y en ellas perdió un brazo el pintor argentino Cándido López, que luego recreó diversos episodios del conflicto en unos especialísimos cuadros apaisados, en los que las escenas de guerra se enfrían con una distancia ingenua respecto a lo descrito, y que son considerados en Argentina como lo mejor de su pintura decimonónica.
Agobiados por la escena de muerte y destrucción que transmite el bronce de Báez Rolón, nos dirigimos por el paseo del Transformador hacia el último monumento de la serie, en la confluencia con el paseo del duque de Fernán Núñez. En el camino dejamos a un lado el polideportivo, que enterraron Ábalos y Herreros junto a La Chopera, y también los campos de deporte al aire libre que están a continuación.
El monolito recuerda al fotógrafo español, Juantxu Rodríguez, fallecido en Panamá durante la invasión estadounidense de 1989. Se instaló por iniciativa de la Asociación Nacional de Informadores Gráficos de Prensa y Televisión. El homenaje puede ser visualmente mínimo sin disminuir su importancia. Juantxu, que cubría la invasión para El País en compañía de Maruja Torres, murió de un balazo que nunca debió dispararse por parte de las fuerzas invasoras.
Estamos en el paseo del duque de Fernán Núñez, en su tramo que es continuación de la Cuesta Moyano. Los eucaliptos gigantes lucen espléndidos y, enfrente, el edificio que fue Escuela de ingenieros de caminos y la cerca de los invernaderos del Ayuntamiento marcan el límite del parque. Los almendros y los gimnastas, que se ejercitan en la parte alta de la cuesta, mirando ya al Ángel Caído, son parte del paisaje. El Retiro tiene mil paseos y algún día tendrá un mirador al sur para poder conectarse visualmente a la llanura manchega. Mientras tanto América forma parte de su personalidad.
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