Notas Sobre la realidad
Lucas Martí Domken (Madrid,1984) es licenciado en economía, escritor y traductor de alemán, inglés y francés. Entre sus traducciones destacan Noche de fuego (Acantilado) de Colin Thubron, Sobre el poder del amor (Pretextos) de G. C. Lichtenberg y Diccionario lúdico de las culturas africanas (Oriente y Mediterráneo). Ha participado en libros colectivos como Pedir la luna, una reflexión colectiva sobre el arte de traducir (Enclave) o Erótica del C-19 (Huerga y Fierro). Colabora en revistas culturales como Vasos comunicantes, El Ciervo o FronteraD. Ha publicado la antología de Quevedo Presentes sucesiones de difunto (Árdora) y el ensayo poético con fotos de Mireia Sentís Novum (Huerga y Fierro).
¿De qué escribir cuando se acelera la visión positivista de la realidad? ¿Cómo asimilar una mente perfeccionada para el procesamiento y análisis de las diferencias sin renunciar al lado mítico del mundo? Por un lado, somos máquinas de traducir la realidad según determinados estados de interés y emoción (que incluyen deseos, miedos, prejuicios, etc.). Por el otro, disponemos de un excedente computacional o una lujosa capacidad cognoscente para analizar, deformar y recrear la realidad de acuerdo con nuestra imaginación. Lo real existe como una materia dada y a la vez como una virtualidad latente. En función de cómo invirtamos nuestra atención y, por ende, nuestra conciencia, el mundo adquirirá una forma u otra, pues este pasa por nosotros, tanto en su forma terminada —el pasado que se repite en el presente— como en su forma potencial —el presente que se sueña futuro—. Conclusión: somos responsables directos de la realidad.
Células que en su hacerse rata se hicieron humanas se hicieron mujer se hicieron varón se hicieron principio, mar, inteligencia originaria.
Tal vez no pueda evitar distraerme con juguetitos informáticos porque me infunden una sensación de poder, la capacidad de intermediar en procesos computacionales que la vida me esconde sin remisión. Pero aquí estoy, como siempre, escribiendo en busca de esa nota extraña, no pensada antes con palabras, que empuje a quien me lea a oscuras zonas del saber, donde las cosas flotan a la espera de una mente que las anime y rescate de su prisión utilitaria. Caigo, resbalo continuamente en frivolidades y me olvido de una ley fundamental: el tiempo se dilata con el pensamiento; luego cabe afilarse en tangentes de inmortalidad. Sí, puedo aceptar mis contradicciones, pero ¿qué gano haciéndolo? Una simple vida humana tal como la conocemos, con claroscuros y emociones más o menos domadas. ¿No podemos aspirar a más? ¿No podemos extender la lengua hasta los confines del universo? Si en mí se concentra una deriva genética (esto es: que parte desde un punto cero), ¿no puedo estirarme hacia atrás, al origen de la aceleración cósmica?
Soy la vida que se mira a sí misma y alucina.
¿Será cierto que cuanto hacemos en este mundo se repetirá por los tiempos de los tiempos? Como si viviendo moldeáramos la realidad a imagen de nuestras obsesiones y, por tanto, estuviera en nuestras manos condenarnos o salvarnos para siempre. Pero no desde una doctrina cristiana, sino directamente eco-lógica: el mundo en cuanto hijo de nuestros aciertos y errores.
Como el agua de una jarra en un vaso, verter la limonada de mi mente en el mundo.
La pregunta fundamental: ¿cómo desactivar esa anticonciencia de hormiga que se adelanta a sí misma en proyectos que alinean su propio potencial? Dicho de otro modo: ¿de qué manera salirse de sí mismo para verse en cuanto cuerpo sintiente que rueda en espiral por el ojo del universo? Cuanto más uno ejercita esa «otra» conciencia —la que se mira desde fuera y no en función de ideales contingentes—, más tolera o asimila la anárquica regeneración del mundo.
¿Quién soy? Me pregunto y me responde el hueco de un árbol.
Apaga la conciencia, espera dos segundos y vuelve a encenderla. Despertarás en otro tiempo, como si la realidad hubiera aprovechado tu ausencia mental para remodelarse. El desconcertante sistema neuronal que traduce lo real a un mundo personalmente adaptado. Todo cuanto vemos, sentimos, olemos… se cocina antes en nuestros cerebros. Y nuestro carácter —que incluye toda clase de automatismos— no es sino un conjunto de programas computacionales más o menos refinados. Por alguna razón, en mí se han desarrollado sobre todo los procesos de retroreflexión y aprendizaje lingüístico. En lo demás, soy bastante torpe y corriente. Un ser humano que continuamente corrige el espejo que se hace de la realidad en función de sus necesidades. Soy disperso y me intereso hoy por una cosa, mañana por otra. Pero desde esta perspectiva neuronal, decidir en verdad significa profundizar y ampliar un mapa temático de la realidad.
Sigo un rastro de estrellas que solo brillan en mi cabeza. O quizás una cruz de San Andrés en el cielo, blanco lejía. O dos perros al fondo de un pasillo, en la penumbra, guardianes de Osiris.
Hace días que una luz del baño ha dejado de funcionar. Sin embargo, cada vez que entro, apreto el interruptor que la encendería. Es decir, hay un circuito en mi mente que no ha actualizado el hecho de que la bombilla se ha fundido, de modo que sigo actuando como si funcionara. Una parte de mí repite una acción desfasada con la realidad (¿y si lo hace para recordarme que debo ir a la ferretería? Entonces otra parte de mí estaría dominada por la pereza). Se trata de un caso baladí, pero que demuestra que el exterior nos llega traducido (y a veces mal traducido). Si esto ocurre con algo tan elemental como un interruptor, ¿qué distorsiones no arrastramos con nosotros pensando que son totalmente actuales?
¡Enderezaré mi espalda hasta que cuelguen de ella los ojos del hambre!
Al adquirir conciencia del proceso de traducción al que sometemos la realidad, también nos damos cuenta de que casi todos nuestros movimientos cotidianos son torpes aproximaciones a un ideal que pretendemos «realizar». Se parece a la abeja que vuela tentativamente alrededor de una flor sobre la que quiere posarse, pero sin encontrar el punto exacto. Nosotros también solemos intervenir en la realidad de un modo relativamente tosco y, a menos que nos especialicemos entrenando de forma sistemática una serie de movimientos —como el tenista que aprende a dominar el golpe de raqueta—, casi todo cuanto emprendemos se desarrolla como una carrera de obstáculos hasta alcanzar nuestro objetivo de una manera medianamente satisfactoria.
Caía oblicuo el polen. Yo temblaba en un espejo deforme. Una niña conquistaba la atalaya del juego. En la pantalla, incontables muescas del tiempo.
Me identifico con la actitud de Kafka hacia la literatura: herramienta para desollar la realidad.
Rascar capas y capas de publicidad, ilusiones burguesas y delirios cristianos hasta quedar cara a cara con la cruda realidad, esto es: sin cocinar.
Mis miedos, grabados en alguna parte de mi mente como antenas de una hidra que se encoge ante un peligro, acortan inocentemente el alcance de mi horizonte vital. Y, aun así, paradoja de las paradojas, el miedo es el reverso de mi deseo. No soy lo suficientemente celoso de mi tiempo en el mundo. No soy lo suficientemente radical y me limito a escribir lógicas poéticas que suenan más o menos bien. Pero luego, en la práctica, vivo la mayor parte del día delante de un ordenador, aburrido. Tengo el órgano de la imaginación escacharrado. ¿Por qué soy incapaz de escribir un simple cuento? ¿O perderme en un bosque y no mirar atrás? Siempre vuelvo a ese intenso (y demencial) anhelo de fundirme con lo real. De ser lo real sin la distancia crítica de quien ha sido formado (¿programado?) a lo occidental. Ojalá tuviera la disciplina de un verdadero artista.
Planché el suelo a conciencia, pero me miró arrugado.
Te recomendamos...
Ya lo habrás visto, leído y escuchado: hemos preparado un número en el que han participado más de 60 personas.
También habrás visto que no te hemos pedido que te suscribas. Ni te han aparecido banners. Que no había logos de marcas ni instituciones.
¿Tendremos algo nuevo que ofrecerte dentro de tres meses, en el solsticio de verano? Si nos ayudas, seguro que sí.
¡Ayúdanos a volver a hacer Lo Imposible!
Dona en Patreon Suscríbete