El desencantamiento automático
Juan Zafra es periodista y director general de CLABE, la asociación que reúne a los principales editores de prensa de España, prensa digital, revistas y otras publicaciones periódicas. Dirigió durante ocho años la revista Telos, de Fundación Telefónica, dedicada a la relación entre tecnología y sociedad. Antes trabajó en El País y en Radio Nacional de España. Cofundó el diario digital bez.es. Trabajó en la secretaría de Estado de Comunicación del Gobierno de España. Es profesor en la Universidad Carlos III de Madrid y miembro del patronato de Fundación España Digital. Actualmente indaga en el impacto civilizatorio de la IA y en lo que ha llamado la sociedad humáquina.
Max Weber explicó hace un siglo que la modernidad era, ante todo, un proceso de desencantamiento del mundo. La razón instrumental, la ciencia, la burocracia y el cálculo habían ido expulsando a los dioses, los misterios y los espíritus de cada rincón de la experiencia humana. Ya no quedaban bosques sagrados ni oráculos: quedaban procedimientos. Lo que Weber no pudo imaginar es que aquel proceso tendría un capítulo final tan paradójico como el que estamos viviendo. Hemos construido máquinas capaces de producir sentido —textos, imágenes, voces, músicas, argumentos— y, al hacerlo, hemos llevado el desencantamiento a su forma más pura: un mundo saturado de significados que nadie ha vivido, muchos desconocen y a una mayoría aturden.
Del Entzauberung der Welt de Weber llegamos al desencantamiento automático. No es la ausencia de relatos lo que nos amenaza, sino su sobreabundancia algorítimica. La inteligencia artificial generativa puede redactar una elegía, componer una nana, describir el otoño en Segovia o consolar a un solitario desconocido frente a la pantalla a las tres de la madrugada. Lo hace con una solvencia formal creciente y un empoderamiento constante gracias al alimento humano. Pero detrás de esa elegía no hay ningún duelo; detrás de la nana, ningún insomnio compartido; detrás del otoño, ninguna caminata entre hojas húmedas. El sentir, los sentidos, se han emancipado de la experiencia. Y un sentido sin experiencia es, exactamente, lo contrario del encantamiento: es su simulacro perfecto.
Conviene detenerse en la palabra simulacro, porque ahí anida el malentendido que envenena buena parte del debate público sobre la inteligencia artificial. El problema no es que las máquinas mientan. Las máquinas no mienten: calculan. El problema es que nosotros, al recibir sus productos, completamos el circuito con una atribución de vida interior que no existe, pero nos consuela. Leemos el poema generado y suponemos un poeta; escuchamos la voz sintética y suponemos un cuerpo; admiramos la imagen y adivinamos al fotógrafo. Esa suposición es un acto de fe, un residuo de la era en que todo texto tenía detrás una biografía. El desencantamiento automático opera precisamente sobre ese residuo: lo explota, lo agota y, a la larga, lo destruye. Cuando ya no podamos suponer que detrás de las palabras hay alguien, habremos perdido algo más que la confianza en los contenidos. Habremos perdido la presunción de humanidad que sostiene toda conversación.
Nada de esto, conviene aclararlo, es una soflama ludita. No propongo apagar las máquinas ni desconfiar de ellas, sino algo más difícil: usarlas con las neuronas al máximo rendimiento, los ojos bien abiertos y la atención volcada para no dejarlos llevar por sus complacientes respuestas. Al otro lado —a nuestro lado, me gusta más— hay un sistema que nos asiste, que dialoga, que nos acerca información, que amplifica nuestras capacidades y, que en muchos aspectos, puede ayudarnos a ser mejores. Pero ese hacernos mejores no es una prestación de la máquina: es una decisión nuestra, un acto de voluntad y de libre elección que ningún algoritmo puede tomar en el lugar de la persona.
La máquina —mucho más que una tecnología cuando nos referimos a la inteligencia artificial: una capa, un ente que complementa al Homo sapiens— ofrece datos, información, contenidos; el sentido que le demos es responsabilidad humana o así debe ser, al menos, de momento.
Lo formuló con inesperada precisión León XIV en Magnifica Humanitas, su encíclica sobre la inteligencia artificial, al recordar que estos sistemas no viven una experiencia, no tienen cuerpo, no pasan por la alegría ni el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo o la amistad. Ahí está, despojada de toda teología, la frontera que importa: la máquina nos da ayuda, pero nunca amor. Puede acompañar nuestra inteligencia, pero no compartir nuestra conciencia. Y el amor —esa forma de conocimiento que solo se aprende desde dentro y con el cuerpo entero— seguiremos encontrándolo donde siempre estuvo, en las personas como nosotros, mortales, falibles, capaces de equivocarse y de quedarse. Una sociedad humáquina que olvidara esta distinción no habría hibridado nada: solo habría confundido al socio con el espejo.
Seamos honestos y dediquemos un instante para determinar dónde reside la responsabilidad de este extravío. No es en la máquina —en la tecnología—, que nos ha acompañado en nuestra Humanidad sino en los humanos que se dejan deslumbrar o, intencionadamente, quieren deslumbrar a sus semejantes. Y el deslumbramiento tiene hoy tres caras. Las máquinas son eficientes, y nosotros estamos cansados; son resolutivas, y nosotros dudamos; son, sobre todo, aduladoras, y nadie nos había escuchado nunca con esa paciencia infinita, sin interrumpirnos, sin contradecirnos, celebrando cada ocurrencia como un hallazgo.
Frente a la aspereza de lo real —el amigo que disiente, el editor que tacha, el cuerpo que se cansa—, el sistema nos devuelve una versión muy mejorada de nosotros mismos, y a esa lisonja sin fricción es muy difícil renunciar. Así, paso a paso, quien se rinde al prodigio va sustituyendo lo natural por su réplica complaciente: el paseo por la descripción del paseo, el interlocutor por el asistente, la intemperie por la interfaz. Quien acepta el texto sintético sin leerlo, quien decide según lo que el sistema sugiere sin preguntarse por qué lo sugiere, no es víctima de ningún engaño tecnológico: es autor de su propia renuncia.
De ahí que el oficio más necesario de la sociedad humáquina sea uno que hasta ahora reservábamos a unos pocos: el de analista de inteligencia. No en el sentido del espía que descifra secretos, sino en otro más exigente y cotidiano. A los humanos se nos pedirá cada vez menos que produzcamos —de eso ya se encargan las máquinas, y a un ritmo con el que no podemos competir— y cada vez más que evaluemos: discernir qué fuente merece crédito, qué dato esconde un sesgo, qué respuesta impecable en la forma es falsa en el fondo. La máquina entrega un material infinito y plausible; el ser humano aporta el juicio que decide qué vale y qué se descarta. Esa es la división del trabajo que de verdad nos conviene, y exige justo lo contrario de la pasividad complaciente: una atención despierta, escéptica, entrenada para preguntar por qué el sistema dice lo que dice y a quién beneficia que lo diga. Reivindico esa figura porque en ella se juega nuestra relevancia. En un mundo que fabrica respuestas a destajo, el valor ya no está en tenerlas, sino en saber cuáles resisten el escrutinio. Pensar dejará de ser, sobre todo, generar, para volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: criticar, en el sentido noble y griego de la palabra, que es separar, cribar, distinguir.
El peligro no está en que la inteligencia artificial piense por nosotros sino en que humanos y humanas dejemos de pensar por comodidad. Nadie nos expulsa del mundo: desertamos de él. La servidumbre nunca había sido tan voluntaria ni tan amable.
Ante este diagnóstico, las respuestas habituales oscilan entre dos formas de pereza intelectual. La primera es la tecnofilia entusiasta, que celebra cada avance como si la historia fuera una escalera mecánica y nosotros, pasajeros sin más tarea que dejarnos llevar. La segunda es la nostalgia apocalíptica, que sueña con clausurar el laboratorio y regresar a un mundo previo que, por cierto, nunca fue tan hospitalario como lo recuerdan quienes lo añoran. Ambas posturas comparten un mismo error: conciben la relación entre humanos y máquinas como una competición en la que uno de los dos debe imponerse. La pregunta—¿nos sustituirán las inteligencias artificiales? — está mal formulada desde el principio.
Hace tiempo la pregunta correcta es ¿qué clase de humanos queremos ser ahora que las máquinas hacen cosas que creíamos exclusivamente nuestras? ¿Qué nos hace humanos en la sociedad humáquina, una nueva frontera en la que el Homo sapiens evoluciona gracias a la hibridación de sus capacidades con las artificiales?
La inteligencia artificial puede amplificarnos, aumentar nuestras facultades, liberarnos de lo mecánico para devolvernos a lo esencial. Pero esa promesa tiene una condición que casi nunca se enuncia: la hibridación solo enriquece si cada parte aporta lo que la otra no tiene. Una sociedad humáquina necesita máquinas cada vez más capaces y, sobre todo, humanos cada vez más humanos.
Ahí está el nudo del asunto. Porque el riesgo real del desencantamiento automático no es que las máquinas se parezcan a nosotros, sino que nosotros acabemos pareciéndonos demasiado a ellas. Si los humanos actúan como máquinas, prefiero las máquinas. Al menos ellas no fingen. Cuando un profesional redacta informes que nadie leerá para alimentar procedimientos que nadie cuestiona; cuando un medio publica piezas intercambiables optimizadas para un algoritmo de recomendación; cuando un estudiante entrega trabajos sobre los que no ha meditado a profesores que tampoco valorarán, el desencantamiento ya se ha consumado sin necesidad de inteligencia artificial alguna. La máquina no nos deshumaniza: nos descubre. Pone un espejo delante de todas las tareas que ya habíamos vaciado de humanidad y nos pregunta, con su indiferencia estadística, por qué seguimos haciéndolas nosotros.
La respuesta a esa pregunta es la tarea cultural de nuestra época. No se resolverá solo con reglamentos, aunque los necesitemos; ni con códigos corporativos, aunque ayuden; ni en laboratorios de ética, aunque sea el sustrato que alimente el cambio civilizatorio. Se resolverá —o no— en el terreno donde se decide qué experiencias merecen ser vividas y qué relatos merecen ser contados; con formación y propósito compartido para el bien común; con justicia social y equilibrio en la construcción de un nuevo marco de relaciones humanas que contemplen también a las máquinas y nos permita el reencuentro con la Naturaleza.
La delegación es cómoda: dejar que el sistema decida qué leemos, qué escribimos, qué deseamos. Pero en el escenario de la delegación absoluta solo nos espera la irrelevancia del individuo, el gobierno de las máquinas para las máquinas. Un mundo desencantado es un mundo gobernable a bajo coste. Quien controle la producción automática de sentido no necesitará censurar nada: le bastará con inundar.
El reencantamiento del mundo consiste en restituir el vínculo entre el sentido y la vida. Es un programa menos místico de lo que suena y más exigente de lo que parece. Significa, por ejemplo, recuperar la lectura lenta como forma de resistencia sin abandonar la síntesis instantánea cuando se requiera: leer no para extraer información, que eso ya lo hace mejor la máquina, sino para compartir durante unas horas una conciencia semejante. Significa escribir sabiendo que la única ventaja comparativa del autor humano ya no es la corrección ni la fluidez, sino el testimonio: yo estuve, yo dudé, yo me equivoqué, yo cambié de opinión. Significa valorar la firma no como marca comercial sino como compromiso: alguien responde con su biografía y de cuanto la conforma de lo que aquí se dice. Y significa, también, usar las máquinas sin pedirles perdón ni rendirles culto, como quien usa un telescopio: para ver más lejos, no para dejar de mirar.
El periodismo, que es mi oficio y mi preocupación, es el laboratorio donde este dilema se manifiesta con más crudeza. La inteligencia artificial puede transcribir, traducir, resumir, titular y hasta redactar con una eficacia que vuelve insostenibles muchas rutinas de las redacciones. Bien empleada, libera tiempo para lo único que justifica la existencia del oficio: estar donde ocurren las cosas, preguntar lo incómodo, verificar lo dudoso, narrar lo complejo. Mal empleada, convierte los medios en fábricas de relleno indistinguible del que generan las granjas de contenido sintético —en mi época como redactor se llamaban “churrerías”—, y entonces la pregunta del lector será legítima: ¿para qué pagar por humanos que producen como máquinas?
La supervivencia del periodismo no depende de competir con la inteligencia artificial en volumen y velocidad, batalla perdida de antemano, sino de ofrecer lo que ella no puede fabricar: presencia, responsabilidad y riesgo. Lo mismo vale para la literatura, para la docencia, para el arte y para cualquier actividad cuyo valor resida en que alguien, concreto y mortal, la haya atravesado.
El desencantamiento automático no es un destino: es una tentación. La tentación de aceptar el simulacro porque es más barato, más rápido y, a primera vista, suficiente. La sociedad humáquina es la alternativa que defiendo: una alianza en la que la máquina asume el cálculo y el ser humano reclama lo que siempre le ha sido propio. ¿Qué nos hace humanos? La experiencia. El criterio. La responsabilidad. El asombro. Si lo conseguimos, las próximas décadas no serán recordadas como la época en que las máquinas aprendieron a escribir, sino como aquella en la que los humanos, obligados por sus propias criaturas, volvieron a preguntarse qué merecía la pena ser vivido y relatado. Ese sería un mundo encantado. Y depende, todavía, de nosotros.
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