Infancia de pueblo La delgada línea verde

Marta del Riego Anta

Marta del Riego Anta nació en un pueblo leonés, La Bañeza, vivió en Londres y Berlín, y ahora transita entre Madrid, su tierra y una aldea asturiana de la Cordillera Cantábrica. Lo suyo es el periodismo —fue durante una década redactora jefe de Vanity Fair, entre otros afanes—, pero sobre todo, la escritura. Ha publicado una decena de libros, entre ellos, las novelas Sendero de frío y amor (Suma), Mi nombre es Sena (Harper Collins), Pájaro del Noroeste (AdN) y Cordillera (AdN), esta última, finalista en 2026 de los premios Dashiell Hammett y Cubelles Noir, ambos de novela negra.

Foto: Vincenzo Panteriani 


 

Crecer en un pueblo te da eso: infancia de pueblo. Infancia y adolescencia de pueblo de los años 80, calles vacías y niebla, el olor jugoso del río, bicicletas sin faros, besos de tornillo detrás de la iglesia. Imposible escapar de ahí. 

Por mucho que te vayas a estudiar fuera (Salamanca, Madrid, oh), que te vayas a aprender a algún idioma y trabajar de lo que puedas a otro país (Londres, oh), que te vayas a aprender otro idioma y trabajar de lo que puedas a otro país (Berlín, oh), y vuelvas y hagas el gran máster del universo en un gran periódico de tu propio país (El País, oh), y trabajes en esas redacciones que son el centro del mundo en la capital del mundo (Madrid, oh) siempre acabas volviendo, regresando a ti misma: al pueblo.

Me he pasado la vida regresando al pueblo y a la casa del pueblo. 

Cuando no encontraba trabajo, cuando rompía con una pareja, cuando me dieron el permiso de maternidad. 

A esa casa no-normal. Puertas que no van a ninguna parte, escaleras cegadas, un patio, otro patio y otro patio, una cochera, otra cochera, el frutero, la bodega, la leñera, la carbonera. Una casa que creció desordenadamente como un tumor, un piso por aquí, otra planta por allá, y aquí viven los güelos, aquí los tíos, aquí la bisabuelastra con sus gatos y sus gallinas (y las ratas en el patio), y al lado, la loca encerrada en el balcón que se tragó una bolsa de matarratas, más allá, el alfarero que enciende el horno por las noches y al final de la calle, el enterrador con el ojo torcido.

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Durante años, la cocina de esa casa sirvió de escenario de sitcom. Tenía dos puertas, la de entrada, de roble color miel, y la de la despensa, blanca. La mesa estaba, y está, frente a la puerta de la despensa; la despensa es en realidad un corredor que conduce a casa de mi abuela; y sobre la casa de mi abuela se encuentra el piso de mis tíos. 

¿Eso qué significaba? 

Que podías estar sentada en la cocina cenando (siempre sucedía a la hora de la cena) y de repente la puerta de la despensa se abría y aparecía a alguien, se quedaba allí bajo el dintel, frente a la mesa, soltaba lo que hubiera venido a decir y desaparecía en la oscuridad de la despensa. Nosotros nunca echábamos la llave y a nadie se le ocurría llamar antes de entrar. 

La casa de tócame Roque, así la llamaba mi padre.

Por supuesto, mi abuela tita Carmen era la que más atravesaba esa puerta, pero no hacía entradas triunfales, cuando llegaba (a la hora de la cena), se le escuchaba acercarse, qué caray, qué caray, hablando con su sonotone, y entraba y se quedaba un rato, averiguaba las noticias del día, qué estábamos cenando, traía un cesto con tomates o un repollo o platín con leche frita. Mi padre ponía cara de circunstancias e intentaba no prestarle mucha atención (era su suegra). Ella apoyaba las caderas en la meseta, hundía las manos en los bolsillos de la bata de terciopelo y nos observaba comer. Lo que más le gustaba a mi abuela era ver comer a sus nietos. Cuánto más, mejor. Y si dejábamos algo en el plato se lo tomaba como una ofensa personal.

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Mi abuelo Miguel jamás usaba esa puerta. Como si estuviera maldita, como si hubiera un hechizo que le impidiera cruzarla. Además, con sus más de cien kilos a cuestas era difícil que atravesara la angosta despensa, atiborrada de tripas de chorizo, sartenes, sacos de patatas y ristras de ajos, sin causar algún destrozo. Las pocas veces que venía, lo hacía porque no encontraba a su mujer. Si atardecía y mi abuela no aparecía, se ponía de muy malhumor. Y era cuando osaba acercarse a la puerta blanca. Se escuchaba un estrépito de tarteras, botellas rotas, cebollas aplastadas, y ya sabíamos que se acercaba el tsunami. 

— ¡¿Dónde está tita?!

Un día tío Toño (que jamás venía) abrió la puerta blanca, nos pidió un vaso y una botella de vino y se dejó caer con un suspiro en la silla a la cabecera de la mesa. Mi abuelo acababa de fallecer.

— Porque vosotros no sabéis lo que le pasó a tito Miguel. En la guerra fue chófer, cartero, ayudante de un capitán, pero antes, en la cárcel, lo torturaron y cosas mucho peores —hizo una pausa, se acabó el vaso y volvió a rellenarlo—. Porque era del otro bando. Cosas mucho peores. No lo sabéis.

Le caían gruesos lagrimones por sus oscuras mejillas. Se sirvió otro vaso de vino. Mis hermanos y yo nos quedamos inmóviles, electrizados, esperando que terminara de contar la historia. Pero mi tío apuró el vaso, se levantó con dificultad y desapareció en la despensa. 

No mucho tiempo después, otra noche, llegó su mujer. Abrió la puerta blanca de golpe.

— ¡Tío Toño está curado, está muy bien! —gritó con su voz de soprano un poco histérica y desapareció.

Al poco mi tío murió.

Ahora me doy cuenta de que esa puerta blanca era el pasaje a realidades inquietantes, a los secretos de una familia, a sus misterios y a sus miserias. Conocí la vida a través de la puerta blanca.

 

***

 

Cuando llegó mi hijo y me dieron la baja de maternidad, regresé a la casa del pueblo y a la puerta blanca. Solo que ya no había nadie al otro lado.

 

Fue un invierno helador. Salía con el carrito y el nenu iba envuelto como un regalo llegado de Finlandia, había diez grados bajo cero y le ponía bodies y jerséis y manoplas y gorros y mantas. Atravesábamos la calle de mi casa, el aire se escapaba en nubes caprichosas de mi boca. Recordaba todas las mañanas nubladas de infancia que me dirigía por esa misma currupia a las clases de piano en el colegio y, al cruzar por delante de las ventanas del aula de música, donde pasaba horas practicando con abrigo y bufanda, las uñas azules, los pies helados, pensaba que mi primer recuerdo era el frío.

Mi primer recuerdo es el frío, qué buen arranque para un relato, me decía. 

También salía con mi padre. Dábamos largos paseos por el campo cubierto de escarcha, cerca de la majada donde habíamos tenido las ovejas. Estaba vacía la majada, mi padre había vendido el rebaño hacía tiempo. Pero quedaba la casina encalada y quedaba la huerta y quedaban los perros. Los perros nos acompañaban siempre. El mastín leonés, Romero, y el pastor australiano, Tomillo. Perros tan grandes que mi hijo no era capaz de verlos, manchas enormes que se movían a su alrededor. 

En el Páramo leonés, el cielo es la mitad del paisaje. 

Chopos, álamos, fresnos, sauces, paleras. Árboles en fila junto al río Órbigo. Caminábamos por los caminos de concentración con el carrito, salpicando barro a nuestro paso. Nos acercábamos a alguna majada, el balido de los corderos, los mastines vigilantes, torres de pacas, comederos. Papá investigaba el estado de los animales manchándose de cagarrutas su elegante trenca de paño. Hablaba con los merineros de la montaña, gentes altas y rubias, que hacen la trashumancia. Pasan los inviernos en el sur de León y en primavera regresan a los puertos del norte, a Luna, Babia. Hablaban del tiempo, de si la lluvia, de si el precio de los corderos. 

A menudo había niebla. Caminábamos a tientas entre la niebla. 

Bee, bee, guau, guau. Los sonidos en la niebla. Los sonidos que escuchaba mi hijo.

Los paisajes de tierras labradas y riberas del Páramo Leonés. Los tengo grabados en mi ADN. Pensaba entonces que mi hijo no tenía ningún paisaje grabado en su ADN y yo estaba dándole ese alimento para el futuro, estaba alimentando sus recuerdos futuros. 

Árboles, ríos, ovejas, mastines.

Árboles, ríus, ouveyas, mastines.

Y un abuelo, un abuelo que observaba a su nieto con sorpresa y maravilla.

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***

 

Esos meses allí me reencontré con la niña y adolescente que fui. Y empecé a anhelar volver. O sino volver, al menos, acercarme más a mi tierra, a la tierra. 

La oportunidad llegó con la pandemia. 

En marzo de 2020 hui de Madrid con mi hijo y regresé, una vez más, a la casa familiar en La Bañeza. Y a los misterios de la puerta blanca.

Me quedé seis meses. Solo que en 2020 seguía sin haber nadie tras la puerta blanca y tampoco estaba mi padre. 

Me costaba aceptarlo. No quería olvidar su tono de voz al entrar en casa —“Jelouu, quién está aquí”—. No quería olvidar su olor a loción de afeitar y a maleza. No quería olvidar la forma que tenía de frotar una mano contra otra cuando hacía frío. 

Pero no estaba, no. Aunque sí, sus cosas, los sombreros, el morral, sus tomos de Azorín en la mesilla de noche, y su espíritu. Y estaba la casa. Y el río y los campos. Y nada volvió a ser lo mismo. 

Hubo una especie de corrimiento de tierras, lo importante ascendió a la superficie y lo accesorio se hundió. Después de seis meses en el pueblo, no podía volver a la vida que tenía antes en La Ciudad, a las jornadas maratonianas, a las carreras de un lado a otro. 

Pensaba: esa no es la vida que quiero. 

Pero, ¿dónde está la vida que quiero?

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Por razones laborales no podía quedarme a vivir en el pueblo. Empecé a hacer cálculos, el equilibrio entre la vida y el trabajo, entre la supervivencia monetaria y el desahogo. Buscaba una línea, la delgada línea verde. Y la encontré: ya que debía volver a La Ciudad, podía ganar tiempo en vez de dinero. Con el sueldo a la mitad, y los días a la mitad, y el miedo al doble. (No es una ecuación brillante, lo sé, siempre se me dieron fatal las matemáticas).

Diréis, pues vaya desilusión, pensábamos que iba a ser algo más trascendental.

Pero ¿qué existe ahora mismo más trascendental que ganar tiempo?

Mi decisión de reducir jornada y sueldo es una renuncia voluntaria al modelo normal de productividad, como forma de resistencia y amor. Renuncio a ganar más para vivir mejor. Es un acto político íntimo. Para poder acompañar a mi hijo, para poder escribir y para poder pasar tiempo cerca de la tierra.

Porque crecer en un pueblo te da eso, infancia y adolescencia de pueblo. Casas puzle, puertas blancas y una delgada línea verde que culebrea y asciende y asciende desde las raíces hasta el cielo.

 

Literatura rural | pueblo | La Bañeza

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