Tribuna El régimen de la insatisfacción
Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) es investigador independiente, activista, editor y 'filósofo pirata'. Ha codirigido la editorial Acuarela Libros, la revista Archipiélago y participado activamente en diferentes movimientos sociales (estudiantil, antiglobalización, copyleft, "no a la guerra", V de Vivienda, 15M). Ha colaborado en medios como Público, eldiario y, actualmente, CTXT. Ahora coordina talleres de pensamiento, participa en escuelas y escribe. Ha publicado Habitar y gobernar (2020), La fuerza de los débiles (2021), El eclipse de la atención (2023) Y Capitalismo libidinal (2024). Su última publicación es La batalla del pensamiento (abril, 2026).
Foto: Mina Malo
- Ilustración:
Ave Félix
Nuestra época está atravesada por lo que podríamos llamar el “mal de lo insuficiente”. Estamos siempre en déficit con respecto a algo, inquietos y ansiosos porque la vida nunca parece bastarse a sí misma, en permanente falta. Solo hay que prestar oído a nuestras quejas cotidianas: “no llego”, “no alcanzo”, “no doy abasto”. Es la herida de nuestro malestar.
Vivimos, retomando un término que empleaba Roland Barthes para describir sus estados amorosos, en el régimen de lo demasiado y lo no bastante. Se trata de un péndulo: como nada nunca es bastante ―lo que tengo, lo que soy, lo que hago―, corro y corro a por más, a por “todo”. Pero entonces sufro de agobio: me estreso, me saturo, me agoto. Es demasiado. Lo que no parece experimentarse jamás en ese péndulo, salvo fugaces destellos de “felicidad”, es lo suficiente: la satisfacción de lo suficiente, la plenitud de lo bastante, la serenidad en el tiempo. Barthes habla de un “régimen”. Una especie de política autoritaria, de organización opresiva de la vida en común. Un régimen existencial en este caso, a la vez político y libidinal. ¿Cómo concebir y describir ese régimen de lo demasiado y lo nunca bastante?
Marx y Freud: los dos infinitos
Lo podemos pensar como una pinza infernal entre dos infinitos. Estamos atrapados en la juntura entre dos mandatos infinitos y ahí habita nuestro malestar. Está, por un lado, el infinito de la producción. Sin duda aquí hay que echar mano del viejo Karl Marx. El capitalismo es verdaderamente una creación excepcional en la historia de la humanidad. Por vez primera, una sociedad se dedica enteramente a la producción… ¡por la producción misma! Productividad por la productividad, para satisfacer una lógica de beneficio insaciable por definición, para la que es lo mismo fabricar cañones o mantequilla, porque todo vale si puede traducirse en valor de cambio.
Si la productividad es el valor supremo, la vida debe experimentarse necesariamente como trabajo. Se tenga o no se tenga, se esté en activo o en el paro, todos somos esencialmente fuerza de trabajo. Pero no se trata de un trabajo cualquiera, intercambio con la naturaleza, producción de bienes necesarios para la vida o libre despliegue de las facultades humanas, sino de trabajo alienado. Un trabajo que no encuentra su principio o su fin en sí mismo, en la autodeterminación de sus ritmos y condiciones, sino que está puesto enteramente al servicio de una lógica abstracta ―cañones o mantequilla― de beneficio.
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