Tránsito Primeras horas en Indonesia

Elmo Solís (Madrid, 2005). Paso el tiempo de aquí para allá, like a Rolling Stone. Trabajo de lo que me ofrecen en lugares que capten mi atención, por lo general algo recónditos. Allí reorganizo ideas que se hayan visto enmarañadas por la vida en casa y llevo un estudio exhaustivo de lo cotidiano, narrativo y fotográfico.  

Fiel a la estacionalidad de Lo Imposible, el autor —¿le recuerdas? En el número pasado andaba lavando platos en un hotel de lujo de los Alpes— prosigue su viaje por nuevos territorios. Del frío al calor. Que haya aterrizado en Indonesia es parte de una aventura incompleta, como lo es la crónica que aquí arranca. Solo se puede esperar al equinoccio para conocer su desenlace. Mientras, el viaje continúa.   

 

En el aeropuerto de Kei Kecil se escuchan acordeones entonando melodías que recuerdan a las calles parisinas. Imagino al gerente contratando músicos con intención de darle al pequeño edificio un aire internacional. No funciona. Salta a la vista que la descuidada pista de aterrizaje no conoce el peso de los aviones transoceánicos. De camino a la cabaña que hemos alquilado atravesamos junglas densas como la melaza. El taxista señala un cementerio consumido por la maleza y comenta que sus padres están enterrados ahí. Pego el morro a la ventanilla y contemplo lo enrevesado de la creación.

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Al llegar, nos recibe un hombre de ojos hinchados y amplia frente; lleva una camiseta con su cara impresa en la que se lee Etus Captain. Nuestra cabaña está a escasos pasos de la playa, algo adentrada en la jungla. La marea está alta y no debe haber más de dos metros entre el mar y las palmeras. Muelles de bambú bordean la costa y niños de la zona los recorren sin descanso, dando brincos al agua en una sinfonía uniforme de chapoteos. La construcción de la casa es sencilla, toda de madera, no hay más mobiliario que una cama matrimonial y una silla endeble. A través de la separación en los tablones del suelo se distingue un suelo húmedo y en constante movimiento; una cucaracha no tarda en asomar la cabeza.

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En la cabaña de al lado se hospeda un americano de mediana edad que vive en Lombok; su nombre es Mark y viene a la isla varias veces al año para escapar de “su jodida mujer”. Al parecer ella es indonesia y no entiende nada de inglés, lo que pone de los nervios a Mark, que a su vez no entiende nada de indonesio. La propiedad de más allá pertenece a un holandés, Roi. Se ha mudado a Kei con intención de convertir el lugar en la próxima gran atracción turística del sudeste asiático. Me tomo una cerveza con ambos mientras mi chica da un paseo por la aldea. Roi va puesto de anfetas. Gesticula y se toca el pelo sin parar. Sus carcajadas parecen pillarme siempre por sorpresa. Me pregunto si habrá conseguido la droga aquí. Mark, que no ha dejado de hablar en diez minutos, dice que mañana va a ir de pesca y piensa desprenderse de las cenizas de su padre entonces. Habla un rato más y luego parece quedarse sin cosas que decir. Roi cuenta que vive con un chico de 18 años. 

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