El internet que merecemos (o por qué este sitio no tiene cookies)
Intento frustrado de periodista que acabó, por obra y magia de la crisis de 2008, dedicandose a hacer páginas web. Actualmente trabaja para la ONU.
Es miembro activo de la comunidad de Drupal y defensor del open source, los estándares abiertos y la defensa del internet original frente a su captura por intereses cada vez más oscuros.
Para lograr sentirse un poco periodista, tiene una peligrosa tendencia a embarcarse en la parte digital de proyectos editoriales. Así acabó haciendo las webs de revistas como El Estado Mental, Cáñamo, DisparaMag, Latitud 194 y, ahora, Lo Imposible. También ha dado soporte en temas web a medios como CTXT o CuartoPoder.
Bajista en sus tiempos libres en T-Lenoir, previamente en Spice Must Flow y La Ultranada.
Al entrar a Lo Imposible puede que hayas notado una cierta liviandad. No has tenido que quitar de en medio, como si fueran telarañas, una o varias capas de molestos mensajes y farragosas listas de opciones con las que aceptar o rechazar cookies. Esto no es casual: desde Lo Imposible intentamos avanzar hacia el internet que queremos. Déjanos contarte cómo y por qué este sitio no tiene banner de cookies - y, de paso, muchas otras cosas más.
El internet que tenemos
La pregunta en realidad es: ¿por qué casi todos los sitios tienen un molesto banner de cookies? ¿por qué se ha convertido un estándar ubicuo?.
La respuesta rápida es porque las leyes europeas - la directiva ePrivacy y el RGPD o Reglamento General de Protección de Datos - así lo exigen. También exige que los tapones permanezcan anclados a su recipiente, y todo esto ahonda en la mala fama de las leyes europeas.
Si tenemos banners de cookies por todas partes es porque desarrolladores, editores, empresas y periodistas hemos hecho fatal nuestro trabajo
Sin embargo, atacar al legislador - por mucho que sea torpe en ciertos aspectos - sólo cuenta una parte. La realidad es que si tenemos banners de cookies por todas partes es porque desarrolladores, editores, empresas y periodistas hemos hecho fatal nuestro trabajo y hemos vendido nuestras audiencias a oscuros intereses de terceros. Tanto, y de un modo tan lesivo, que la legislación europea tuvo que ponerle coto.
Por cierto: el por qué la Unión Europea nos hace a nosotros responsables de evitar que las grandes empresa espíen, en lugar de obligar directamente a las empresas a no espiar, es harina de otro costal.
En cualquier caso, centrarse en la legalidad y en la solución implementada es evitar el debate de fondo. En esta enfermedad, el banner de cookies es sólo el síntoma.
Economía de la vigilancia
Decía antes que los desarrolladores y empresas hemos fallado a nuestros lectores. Desde hace tiempo sabíamos que las herramientas que integramos en nuestras páginas espían y trafican con los datos de nuestros visitantes. Pero conseguíamos estas herramientas de modo gratuito y nos beneficiábamos también de esta economía de la vigilancia. Nos han hecho rehenes y víctimas, pero también victimarios.
Pongamos como ejemplo Google Analytics. Es el estándar de la analítica web: un producto gratuito que, con unas pocas líneas de código, nos ofrecería jugosísimos resultados acerca de vosotros. No sólo analíticas básicas - qué leéis, donde pasáis más tiempo, qué contenidos llaman la atención - sino también vuestro género, intereses, país de origen. ¿Cómo lo puede saber? Entre otros motivos, porque nuestro sitio se convertiría a su vez en un nodo más de espionaje. Dicho de otro modo, a la hora de componer vuestro perfil, Google se nutrirá de datos provenientes de diversas fuentes hasta juntar el puzzle de vuestra identidad e inferir quienes sois, y nosotros seremos una fuente más.
Es decir, si hubiéramos puesto Google Analytics tendríamos una herramienta fantástica que sería a la vez punto de entrada y de salida de datos. La gratuidad de la herramienta no es tal: el precio es vender vuestra privacidad.
Quien dice esto de Google lo dice de Facebook, de Twitter y prácticamente de cualquier servicio digital de las grandes tecnológicas. Es la base de su imperio, donde la moneda son los datos y la gratuidad se consigue traficando con ellos, voluntaria o involuntariamente.
Economía de la atención
El pacto fáustico de las grandes tecnológicas no acaba aquí, por supuesto. Una vez eres usuario de sus servicios, el siguiente paso natural es convertir los datos en un retorno tangible. Dinero, a poder ser, pero también las ansiadas visitas o clicks o tiempos de lectura con las que nos obsesionamos los desarrolladores y periodistas.
La otra gran moneda del internet que sufrimos es la atención. En un entorno hiperfragmentado, potencialmente infinito - ¿cuantas pestañas tienes abiertas mientras lees este artículo? - y en el que las interacciones duran poco, la atención es una divisa.
Páginas que no se pueden navegar, que no te dejan leer, cuyo objetivo parece ser cualquier otra cosa que para lo que fueron creadas.
Lo has visto miles de veces: anuncios que no te dejan avanzar hasta que han sido visualizados completamente, interrumpiendo tu lectura. El infausto clickbait - No te puedes imaginar lo que dijo - La séptima imagen te sorprenderá - Le dijo esto al árbitro y su reacción dejó al mundo boquiabierto. Páginas que no se pueden navegar, que no te dejan leer, cuyo objetivo parece ser cualquier otra cosa que para lo que fueron creadas.
Aún así, todo esto falla estrepitosamente. La realidad es que la barbaridad de anuncios intrusivos y tácticas sucias (black hat, se les llama) no han conseguido hoy día que ningún medio logre financiarse por la vía publicitaria. A cambio de nada, miles de páginas han hecho de la lectura una incomodidad y de la privacidad, mercancía.
Entra aquí la intersección de la economía de la atención con la economía de la vigilancia: con datos de tus usuarios, puedes conseguir el ansiado contenido personalizado. Cualquiera que lleve unos años en internet recordará el momento en que el carrusel de actividad de Facebook (el feed) pasó de ser un listado cronológico de la actividad de tus amigos a una experiencia personalizada para tí. Según tu actividad pasada - y según los datos recopilados por Facebook en otros sitios web - se te ofrecía contenido contextualizado a tus preferencias.
Funcionaba, y parecía una buena idea, hasta que entró el contenido comercial y lo que era una avalancha de contenido personalizado se convirtió en una avalancha de publicidad y contenidos espurios personalizados, incluyendo manipulación electoral y campañas de odio dirigido que incluso han provocado muertes: recordemos Cambridge Analytica.
Todo ello, en gran parte gracias a la economía de la vigilancia y a las cookies.
Producía, eso sí, grandes externalidades positivas. Los que hacíamos webs poníamos esas líneas de código y, a cambio de espiar a nuestros usuarios podíamos incluso participar de esa economía y hacer nuestros pinitos personalizando también nuestro contenido.
Lo dicho, un pacto fáustico donde la parte vulnerada era siempre la misma: el usuario.
Puede que nos dejen ser aprendices de brujo, pero los custodios de la magia siempre serán ellos.
Por supuesto, nunca llegamos al nivel de las grandes tecnológicas. Ellos, que sí tienen todos los datos agregados de todo el espionaje, son los maestros de la economía de la atención y saben qué contenido indignante o escandaloso encadenar a continuación para emocionarte del modo correcto (¿indignación, miedo, alegría?) y mantener tu atención. Puede que nos dejen ser aprendices de brujo, pero los custodios de la magia siempre serán ellos.
Jardines vallados
El tercer concepto a tener al alcance de la mano es el de jardín vallado (walled garden). En sus inicios, hacía referencia a políticas restrictivas como las de Apple en sus sistemas operativos, en donde la entrada de software ajeno está controlada con mano de hierro. Hoy día representa un anhelo que todos los imperios tecnológicos tienen de un modo u otro.
Como dice Cory Doctorow en su reciente mierdificación, la mayoría de servicios digitale de éxito han pasado por tres fases.
- Una primera en la que era buenas para sus usuarios: el primer Amazon bajando precios por su eficiencia logística, el primer Twitter espoleando el periodismo ciudadano y la discusión pública, el primer Facebook conectando amigos y familiares.
- Una segunda fase en la que son buenas para los anunciantes: conseguida una masa crítica, y ante la necesidad de ser sostenibles económicamente (y de satisfacer a accionistas y capitales que han acudido con la esperanza de que seas el siguiente unicornio), la plataforma se centra en vender usuarios a los clientes comerciales. Es decir, comienza a abusar de los usuarios que son su razón de ser para producir valor para sí misma y para terceros.
- Una tercera de mierdificación (enshittification) en la que la plataforma abusa también de sus clientes comerciales con el objetivo de monopolizar todo el valor para sí misma. La plataforma es ya un gigante deformado por sus propios abusos y prácticas, pero es también tan grande que puede pervivir pese a las masivas retiradas de anunciantes y usuarios. Es el twitter de Elon Musk, el Google con decenas de resultados pagados irrelevantes, el Facebook en el que no encuentras a tus amigos, el Instagram de influencers empujando productos que no te interesan, el Amazon que esconde los buenos resultados y que clona y vende más baratos los productos de éxito de terceros, el Youtube que sólo ofrece contenido indignante.
En la fase de mierdificación casi siempre aparece un intento megalomaníaco de sustituir internet: es el jardín vallado para que otros no puedan entrar... y tu no puedas salir.
El enlace, que es el centro mismo de Internet, es un peligro: puedes irte a otro sitio que quizá sea hasta mejor.
Es decir, conseguir que la actividad que el usuario realiza en internet - navegar entre diversas páginas, pulsar enlaces e ir de un sitio a otro - la haga exclusivamente dentro de la plataforma. Porque al final el enlace, que es el centro mismo de Internet (luego volveremos a eso), es un peligro: puedes irte a otro sitio que quizá sea hasta mejor.
Las técnicas son varias. Instagram limita muchísimo donde y cómo puedes enlazar. Twitter era el ojito derecho de los periodistas porque principalmente un sitio donde compartir noticias y enlaces: el twitter de Elon Musk deformó la vista previa de los enlaces de modo que no aparezca el titular, con el consiguiente desplome de visitas a medios de comunicación (luego recogió cable, pero el resultado final es igualmente poco legible). Google y Facebook intentaron - (AMP e Instant Articles) que los medios de comunicación trasladaran todo su contenido a sus plataformas. Intentaron quiere decir "chantajearon": quien se negara a usar sus formatos - y ceder su actividad a la plataforma - tendría peores resultados de búsqueda. La IA es la siguiente frontera: Google ya ha procesado y leído todos los artículos y ofrece un resumen en sus búsquedas, de modo que la información ya no se debe consumir en la fuente. Meta intenta que compres productos o preguntes recetas directamente a su IA en whatsapp. La lista podría continuar.
El objetivo último es claro: si no podemos evitar que escapes a través de la atención y el espionaje, lo haremos atrapándote en la propia aplicación, ofreciéndote una experiencia vicaria y limitada respecto a lo que encontrarías en Internet, pero quizá suficientemente conveniente (y personalizada) como para evitar que salgas.
La realidad, como argumenta Doctorow, es que en este punto la plataforma está ya tan enmierdificada que su razón de ser, lo que hacía tan bien, ya no existe. Hay suficiente evidencia de que Amazon ya no es el sitio más barato, Google no es el mejor buscador, Facebook no te conecta con nadie, Youtube y Twitter no son una meritocracia sino algoritmos intervenidos políticamente (youtube por economía de la atención, Twitter por ideología).
Y para mantener la maquinaria de la basura todos estos imperios se basan, en cierta medida, en que los desarrolladores sigamos poniendo el banner de cookies.
El internet que queremos / merecemos
Ha quedado claro por qué en Lo Imposible queremos distanciarnos de todo esto.
No estamos solos: cada vez más gente se aleja de un modelo que ya ni siquiera produce grandes ventajas. Cada vez más sitios web y medios asumen que las grandes tecnológicas no quieren hacerte una oferta que no podrás rechazar: quieren devorarte y reducirte a la nada. Hay motivos para la preocupación pero también para la esperanza: cuanto más se enmierdifican los servicios, mayor demanda hay de alternativas.
En Lo Imposible queremos una web que no te vigile, que no juegue con tu atención manipulando tus emociones y que no te intente atrapar, más bien que sea un nodo de una red más amplia llamada Internet. El Internet que tuvimos, y el internet que queremos y merecemos.
Es por eso que no tenemos banner de cookies: porque no integramos ningún servicio que os vigile. Hay alternativas. Si eres un perfil técnico y quieres conocerlas, las contamos al final de este artículo (y así de paso evitamos aburrir a los usuarios no técnicos).
¡Giro dramático! Lo Imposible sí que tiene cookies
Es bueno recordar que las cookies, antes de su perversión por las grandes tecnológicas, no eran más que una útil y necesaria tecnología.
La realidad es que Lo Imposible sí que usa cookies, pero estas son sólo esenciales / técnicas y no recopilan datos personales. Sirven para cosas tan banales como que puedas crearte una cuenta en un sitio web - si quieres saber los datos que recogemos y cómo los tratamos, léete nuestra página dedicada. Spoiler: solo queremos tu email y sólo necesitamos una cookie de sesión que sirve, bueno, para que puedas entrar con tu cuenta.
Otra realidad más triste, no obstante, es que Lo Imposible sí que puede (en algunos casos) usar cookies que participan de la economía de la vigilancia.
Esto es así porque muchos de los contenidos de nuestros colaboradores, o contenidos que se quieren referenciar desde nuestros contenidos a título ilustrativo, están en las grandes plataformas: Youtube, Spotify, Instagram...
Las grandes plataformas se han nutrido de esta posición de fuerza durante mucho tiempo. Es posible que una persona pueda dejar de usar Google Analytics, pero ¿insertar un video de youtube, que quizá sea central para el contenido? Es lo que también analiza Doctorow en su libro como los efectos de red y costes de cambio: cuando todo el mundo está en un sitio, es más dificil abandonarlo, y cuando has llevado toda tu actividad (imágenes, fotos, videos, reflexiones, textos) a un sitio, es complicado moverse. Este efecto nos afecta a todos y explica en gran parte por qué no logramos irnos de las plataformas altamente enmierdificadas.
¿Cómo sorteamos este problema?
Por un lado, trabajamos en ir moviéndonos hacia alternativas que respeten a nuestros usuarios. Pero no podemos exigir esto mismo a todo el mundo: si un autor ha subido su música a Spotify, debemos respetarlo.
Por otro lado, bloqueamos estos contenidos para que no te espíen hasta que tú no hayas aceptado (esto es así de triste: cargar una página que contenga un video de youtube ya implica que te estén espiando, incluso si nunca llegas a darle al botón de reproducir). Tienes dos opciones: aceptar siempre o aceptar las cookies solo esa vez. De este modo reducimos la exposición de tus datos al mínimo posible.
Por cierto: siempre puedes volver a configurar tus opciones de cookies.
Eppur si muove...
Es posible que, en este momento y ante la complejidad de algo tan sencillo como un banner de cookies, te estés preguntando: ¿qué se puede hacer ante el poder omnímodo de estas tecnológicas?
Tenemos que ser conscientes de que el cambio hacia un internet mejor, si se da, será lento. Al mismo tiempo, hay cada vez más gente trabajando en esta dirección ante el agotamiento del modelo anterior. Aquí van algunas ideas:
Al principio (y al final) fue el link
Es bueno recordar que el centro de Internet es el enlace. Sin enlaces, Internet no sería más que un gigantesco archivo digitalizado, la mayor biblioteca online. El hipervínculo o enlace es el que nos permite saltar de un recurso a otro y es la base de la libertad infinita de caminos que abrió Internet. También es el enemigo número uno de los jardines vallados.
Te proponemos, como primer paso, una pequeña tarea de higiene internáutica personal: si publicamos algo que te guste, compártelo.
Desde Lo Imposible te proponemos honrar el link como base de todo lo que nos gusta de Internet. Recordemos y recuperemos aquel momento en que compartíamos todo lo que nos gustaba: enlaces a blogs, a artículos, a recetas, a reseñas. El internet mierdificado lucha denodadamente porque no abandones la plataforma y porque sólo compartas aquello que te produzca emociones negativas (indignación, miedo, ira).
Te proponemos, como primer paso, una pequeña tarea de higiene internáutica personal: si publicamos algo que te guste, compártelo. Enlázalo en un email, pégalo en un chat, escribe una respuesta pública en tu blog. Pégalo si hace falta en facebook.
Recuperemos el noble gesto de enlazar y compartir aquello que nos gusta.
Europa al ¿rescate?
La Unión Europea mantiene un cierto pulso - salpicado de derrotas y victorias - contra las grandes tecnológicas, tanto desde el punto de vista de la protección del consumidor como - sobre todo - de la soberanía tecnológica.
Ceder todos los datos de tus ciudadanos a un país tercero que puede legalmente requerirlos a sus empresas o espiarlos sin permiso no fue una gran idea.
Se han necesitado casos de espionaje masivos como los de la NSA y la llegada de un rey loco a la Casa Blanca para ello, pero cada vez pesa más la idea de que ceder todos los datos de tus ciudadanos a un país tercero que puede legalmente requerirlos a sus empresas o espiarlos sin permiso no fue una gran idea.
En los últimos tiempos han surgido muchas iniciativas europeas como Eurosky (una infraestructura para futuras aplicaciones basada en ATProto, el protocolo "a prueba de billonarios" según la campaña Free Our Feeds, es decir, abierto e interoperable), Office EU u Opendesk (alternativas a Office, una creada por un consorcio de empresas europeas y al otra por el gobierno alemán) y planes de legislaciones sobre la "preferencia europea", preferencia por el código abierto (por su naturaleza, menos proclive a la captura por parte de intereses espurios) e iniciativas como European Alternatives, un listado público de alternativas europeas a herramientas y servicios comunes.
Muchos de ellos tienen en común formar parte de los conocidos como Fediverso o Atmosphere, esto es, la red de aplicaciones y servicios que usan tecnologías abiertas para compartir datos entre ellas de forma descentralizada y abierta - de nuevo, "a prueba de billonarios".
Todo ello quiere formar parte del conocido como EuroStack, el plan para reducir la dependencia de las tecnologías estadounidenses.
Queda por ver si todos estos esfuerzos cristalizarán en alternativas reales tan potentes como las que aspiran a reemplazar o serán el origen de un simple eurochovinismo que simplemente asegurará la generación de tecnoimperios locales bajo la premisa de que "son unos hijos de puta, pero son nuestros hijo de puta". Puede que a más de un gobierno europeo le baste, pero a nosotros no debería de bastarnos.
Por el momento, no están de más mantener estas iniciativas a la vista (muchas aún operan bajo invitación) aunque solo sea por el hecho de que una empresa con sede europea está, por lo menos, sujeta a las leyes y a la intervención europea y, por tanto, más limitada a la hora de espiar a sus usuarios.
Con todas las precauciones, la buena noticia es la siguiente: el río suena porque agua lleva.
Addenda / La receta Imposible: nuestras elecciones tecnológicas
Sobrevuela a este artículo una idea fuerza: conseguir el internet que merecemos pasa más por preguntarnos qué dejar de hacer que qué hacer. También qué ideas recuperar del pasado.
El open source, con todos sus fallos, favorece por su naturaleza abierta una mayor resistencia a la captación por intereses oscuros. Sigue habiendo alternativas excelentes, y la barrera técnica de entrada tiende a reducirse. Esta web está hecha con herramientas de código libre que nos garantizan independencia.
Los feeds RSS siguen vivos, y siguen siendo un modo excelente de crear fuentes de noticias personalizadas por uno mismo y no por el algoritmo. Puedes suscribirte a nuestro feed.
La gran propuesta de valor de las grandes redes sociales, con la que nos atraparon en su día, fue poder centralizar todo en un sitio y reducir la tendencia al caos de internet. Estándares surgidos de la comunidad como indieweb o protocolos como atproto intentan reproducir esto de un modo descentralizado y abierto. Estamos atentos a su desarrollo y pronto los implementaremos también aquí.
Para la analítica usamos un servicio de Posthog, una empresa con modo sin cookies y alojamiento europeo. Es cierto que nos perdemos datos reveladores acerca de vosotros. No los necesitamos. Un sitio como Lo Imposible solo necesita saber qué leeis, de donde venís y por donde os vais. Ninguno de esos datos es personal ni os identifica. El pacto fáustico de Google Analytics es, además de injusto, inútil: la mayoría de sitios que integran Analytics no usan en realidad mas que una porción de todos los datos extraídos, en su mayor caso datos anonimizables para los que nunca fue necesario espiar a nadie.
No los necesitamos porque además tampoco íbamos a adaptar contenidos a vuestras preferencias, o intentar desarrollar una rueda de contenidos que os atrapara. La portada sigue un criterio editorial y es la misma para todos. El orden de lectura lo decides tu. La excepción son son los contenidos relacionados que verás al final de cada artículo, que los elige un algoritmo basándose en el texto de cada contenido y son iguales para todos.
Para los botones de compartir en redes sociales no usamos los infaustos widgets de las redes sociales, una de las más clásicas puertas de entrada de la vigilancia. Las redes sociales tienen unas URL especiales llamadas intent que sirven para compartir. Las tienen bien escondidas, pero hay repositorios que las compilan.
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Ya lo habrás visto, leído y escuchado: hemos preparado ya dos números en los que han participado más de 65 personas.
También habrás visto que no te han aparecido banners. Que no había logos de marcas ni instituciones. Que respetamos tu privacidad y tus tiempos de lectura
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