El motor ¿inmóvil? romano (fragmento de una crónica papal inédita)
Ave Félix
Ave Félix es el nombre artístico de Félix Domínguez, alguien que hacía garabatos en clase de Matemáticas y ahora dibuja a tiempo completo. Su estilo, mezcla de técnicas analógicas y digitales, se basa en el cómic, la cultura popular y lo que le obsesione en cada momento, pero si hay algo que lo define es la ironía, el humor negro y una profunda incomodidad al escribir sobre sí mismo en tercera persona. Sus ilustraciones han aparecido en revistas, periódicos, camisetas y donde surja.
https://avefelix.com/
- Ilustración:
Ave Félix
Para ser una institución inmovilista, la Iglesia no ha parado de moverse: de Jerusalén a Roma, de Roma a Aviñón, de Aviñón a Roma. Y otra vez Aviñón, y otra vez Roma, ¿y ahora qué? ¿Y ahora al cielo? [1]
Desde su fundación primigenia, cuando Jesús puso a Pedro a la cabeza de los apóstoles, no es que la Iglesia haya sentado sus reales sobre arenas movedizas; es que lo ha hecho sobre aguas tan revueltas y traicioneras como aquellas encima de las cuales hubo de andar el Salvador. Entonces —Mt 14,26— los apóstoles creyeron y temieron que fuese un fantasma. Él les calmó: ¡Soy yo, no tengáis miedo! A modo de prueba de identidad encubierta, Pedro pidió permiso y fuerzas y valentía para andar, él también, sobre las aguas. Jesús se las dio. ¡Ven!, dijo. Pero Pedro tuvo miedo, se hundió, pidió ayuda y entonces —solo entonces— fue salvado.
—¡Qué poca fe tienes! —le reprendió Jesús—, ¿por qué dudaste…?
¿Por qué dudaste… en ti mismo? Nuestra época completa rapidísimo, sin pensárselo dos veces, del tirón esos puntos suspensivos. Para la mentalidad autoayudesca que hoy se desprende de los filtros de nuestra vida mediatizada, todos los pecados son perdonables; todos, salvo uno: el pecado de no creer en uno mismo. Nothing is impossible, Porque tú lo vales… Para desenmascarar esos eufemismos publicitarios basta con dejar de mirarnos en la cámara frontal del móvil y empezar a mirarnos en el sucio espejo del cuarto de baño. Porque sí, andar sobre las aguas sí es imposible. Y no, no vale la pena repetir el experimento capital de Jesús y Pedro en casa.
El pecado en el que ha caído repetidas veces la cabeza de la Iglesia no ha sido dudar de sí, no. Ha sido confiar demasiado en las propias fuerzas, valentías y permisos. Pedro juró y perjuró que nunca negaría a Jesús; y no una, sino tres veces lo negó. Pedro prometió que velaría y moriría con su Señor; y acurrucándose en las raíces de su olivo se durmió y sobrevivió. Y la oreja que Pedro cortó a quien venía a atrapar a su Maestro entre discípulos dormidos y aceitunas aplastadas, su Maestro se la pegó de nuevo a la cabeza —para que oiga quien tenga que oír, supongo.
"Algunos celebran y otros deploran que la Iglesia haya cambiado tanto, pero ¿ha cambiado de veras o solo se ha mudado de lugar? (...) lo que empezó siendo una religión en griego y en arameo, en los desiertos de Oriente Próximo, ahora es mayormente una religión africana y americana. Una religión —mayormente— hispanohablante".
Los vaivenes de Pedro, la piedra sobre la que la Iglesia sentó al fin cabeza, son vaivenes por exceso, no por defecto de confianza. La Iglesia se confía y se cambia, se muda de ropajes quizá demasiado. Pero no pequemos tampoco nosotros de soberbios al juzgar las inescrutables intenciones que reptan bajo tanta mudanza eclesiástica. La pregunta es si se ha mudado de principios y creencias, o solo de lugar y lengua. Mudanzas de sitio o de principio, de la sede o del magisterio, ¿quién puede decidirlo?
Más allá —Dios nos libre— de cualquier juicio de intención, el hecho es que hoy, más que nunca desde el último cisma, se debate si la Iglesia actual es la misma que fundó y asentó Jesús sobre Pedro. ¿Y cuándo se dio ese último cisma?, cabe preguntarse, ¿fue el de Oriente (1054-hoy) o el de Occidente (1378-1417)? [2] ¿O fue la Reforma (1517-hoy)? Algunos celebran y otros deploran que la Iglesia haya cambiado tanto, pero ¿ha cambiado de veras o solo se ha mudado de lugar?
Indudablemente, lo que empezó siendo una religión en griego y en arameo, en los desiertos de Oriente Próximo, lo que durante siglos fue la religión latina de los imperios del Atlántico Norte, ahora es mayormente una religión sureña. Una religión africana y americana. Una religión —mayormente— hispanohablante. Hasta tales extremos se ha mudado la Iglesia que a uno le entran dudas de si los católicos europeos —especialmente los hispanohablantes, arrinconados en nuestra peninsulita— no seremos ya como los últimos de Filipinas, luchando por un territorio que ya se ha perdido, encerrados en su parroquia, dejados de la mano de Dios, inasequibles a las noticias de nuestra derrota. No en vano, el Concilio Vaticano II —considerado por muchos el último y definitivo cisma (1965-hoy)— sostuvo que la Iglesia de Cristo no es idéntica a la Iglesia actual, sino que solo subsiste en la actual.
Dicho Concilio también definió a la Iglesia como un «pueblo que peregrina en busca de Dios». ¿Mudanza de principios o de sitios? Concilio y definición que algún que otro católico se ha tomado al pie de la letra y del embarque al otro lado del horizonte. No sabemos si los creyentes de a pie peregrinarán más ahora que hace medio siglo —el Papa, desde luego. En 1964, Pablo VI fue el primer Santo Padre en embarcarse —vuelo a Tierra Santa. ¿A dónde, si no? Dino Buzzati estuvo allí y describió aquel viaje como una octava cruzada, una nueva guerra santa, combatida esta vez sin armas, o con la sola arma de la lengua, de la palabra de un viejo vestido de blanco que vino a «liberar el sepulcro de Cristo» de los siete sellos de nuestra indiferencia, nuestro egoísmo, nuestra incredulidad, nuestra ironía, nuestra comodidad, nuestra desesperanza y nuestro positivismo. [3]
"Si no camina sobre las aguas, si no multiplica panes y peces, si no cura a enfermos de golpe y porrazo, si no exorciza demonios de cuerpos ajenos (...) ¿qué sentido tiene ir a ningún sitio para oírle repetir lo mismo que ya dice inútilmente, inconsecuentemente, inoperativamente, como si no dijera nada todos los domingos en el Vaticano?"
A Eugenio Montale, quien también fue a Jerusalén tras el Papa, le abrumó tanta balumba de medios como estaban cubriendo aquella noticia, en el fondo trivial y anodina («Un viejo viaja», en suma), que en su segunda y última crónica se preguntaba: «¿Las noticias publicadas en los periódicos serán todas verdad?», y a renglón seguido apostillaba que él solo había visto en la calle a los reporteros más «jóvenes y celosos». «Los más ancianos se quedaban en el alojamiento inventándose alguna cosa», escribe Montale sin aclarar cuál de ambas edades transmitía más o menos verdad (¿su verdad, la Verdad?) ni a cuál de ambas se adscribía él. Con 68 años, uno más que Pablo VI, Montale aún era joven para llegar a campeón de petanca —no tanto para serlo de ajedrez.
Los párrafos siguientes, en los que corrige una cifra mal dada en su primera crónica y divaga sobre las ramas de los árboles de Israel y disuade a los creyentes de viajar a Tierra Santa porque el poder del mito y la fantasía trasciende por mucho a los hechos brutos de la constatación empírica, dejan bastante clara su postura, a favor de la fantasía siempre. Postura que es también la nuestra, y la de un palestino entrevistado por Montale: «¿sabe caminar sobre las aguas el Papa?», le preguntó el palestino —habituado a presenciar cosas fuertes, decepcionado por la negativa.
Tiene todo el sentido del mundo. Si no camina sobre las aguas, si no multiplica panes y peces, si no cura a enfermos de golpe y porrazo, si no exorciza demonios de cuerpos ajenos, si no lo persiguen ni maldicen ni traicionan ni condenan a muerte sino que lo reciben con todos los honores, por todo lo alto, en sociedades en guerra civil continua que apenas hacen las paces para tomarse la foto de la hipocresía con el Papa, ¿qué sentido tiene ir a ningún sitio para oírle repetir lo mismo que ya dice inútilmente, inconsecuentemente, inoperativamente, como si no dijera nada todos los domingos en el Vaticano?
Y sin embargo fue Montale.
Y sin embargo fue Buzzati. [4]
Jerusalén fue solo el principio —también para Pablo VI. Después vinieron ocho viajes; el último, una gran gira asiática en medio de la cual —Irán, Pakistán, Filipinas, Samoa, Australia, Indonesia, Hong Kong, Sri Lanka…— el Papa fue apuñalado. Un poeta y pintor disfrazado de misionero: el boliviano Benjamín Mendoza y Amor Flores —últimos dos apellidos añadidos por él mismo para aumentar por la vía de lo cursi sus oportunidades de ser laureado en un certamen de poesía juvenil— apuñaló a Su Santidad nada más se bajó del avión en Manila. ¿Y qué hacía en Filipinas aquel artista de la muerte? ¿Quién le costeó el viaje a este dandi sangriento, que en su vida publicó un libro ni vendió un cuadro? Su biógrafo —un italiano fascinado por el papacidio de &-Amor-Flores— descubrió que estaba a sueldo de una agencia de espionaje y agitprop proEstados Unidos. Una de esas que durante la Guerra Fría malgastaban sus fondos en promover las bondades del arte experimental y del Mundo Libre frente al hierático realismo soviético. Pero el biógrafo sospecha que &-Amor-Flores redondeaba sus ingresos traficando cocaína desde su Bolivia natal y, antes de entregarnos a la madriguera donde se incuban las teorías de la conspiración más desbocadas, nos asegura que en Filipinas actuó en solitario y por iniciativa propia. Hemos de creerle o volvernos locos a base de conspiranoia.
De hecho, el punto fuerte de &-Amor-Flores como creador/destructor no estaba ni en la poesía ni en el asesinato como una de las bellas artes. Estaba en unos cuadros y dibujos abstractos, vaporosos, de vagas filiaciones dalinianas. Ojos que brotan de ramas secas, perros enredados en alambradas, átomos junto a muros chorreantes, tacones femeninos sobre sillas de esparto… Así ilustró &-Amor-Flores el último libro de un escritor millonario, maldito, misógino y kamikaze. Lo cuenta magistralmente su hijo, Jorge Barón Biza, en esa cumbre de la autoficción descarnada que es El desierto y su semilla. Jorge, al igual que su padre, se suicidó tras concluir su obra maestra. Raúl, el BB Sr., lo hizo tras arrojarle ácido sulfúrico al rostro de la mujer de la que entonces se estaba divorciando. ¿Obra maestra? Si El desierto y su semilla es tan descarnado es porque empieza con esa escena crucial: tu padre le arroja ácido al rostro de tu madre, ¿y tú qué haces?
"En los años treinta, Barón Biza se autopublicó un libro sadiano, con una calavera y una guadaña sobre la cubierta laminada en plata de ley, y un prólogo/epístola dirigida al Vaticano en el que trataba de tú a tú al Papa y le reclamaba poco menos que la excomunión".
No era la primera vez que Raúl dejaba huellas indelebles, con la colaboración o no de futuros papicidas. El BB Sr., se rumorea que planeó la muerte de su primera esposa solo para darse el gustazo de erigirle un mausoleo de ochenta metros de altura y estilización fálica. En los años treinta, Barón Biza se autopublicó un libro sadiano, con una calavera y una guadaña sobre la cubierta laminada en plata de ley, y un prólogo/epístola dirigida al Vaticano en el que trataba de tú a tú al Papa y le reclamaba poco menos que la excomunión. «Me acerco hasta tu trono con toda la serenidad de un sacerdote de sí mismo…», empezaba aquel intrépido prólogo/epístola.
Con no menos serenidad se acercó &-Amor-Flores a Su Santidad en el aeropuerto de Manila. ¿A quién podía sorprender que luego reivindicase su atentado papicida como una performance para liberar al mundo de la credulidad? Su disfraz era, sin duda, creíble. Se acercó a Su Santidad con un kris, clásico puñal ondulante en aquellas islas, escondido cual crucifijo entre los pliegues de su sotana. En la hoja sinuosa y mareante, &-Amor-Flores había inscrito una serie de rimas a golpe de rayón. «Religión, opresión, superstición, mierdra», se leía a lo Rey Ubu. Con aquella hoja rayada y blasfema le acertó dos veces a Pablo VI: una en la garganta y otra en el pecho. El cuerpo terrenal del Papa estuvo a punto de dejar de serlo.
"A diferencia del papicidio que padecerá Juan Pablo II luego, mucho mejor coreografiado por ambas partes, aquí no hubo largas epístolas y discursos y encuentros cara a cara en la cárcel para el mutuo perdón entre víctima y victimario. Pablo VI se limitó a bendecir el puñal con forma de cruz que a punto estuvo de sesgar su vida y se marchó a Italia para no volver a salir jamás de allí. ".
Por suerte o por milagro, las capas de ropa que el papa porta, cual cebolla religiosa que induce a piadosos llantos, amortiguaron aquellas puñaladas mortales. El alzacuellos en particular, por poquísimos milímetros, le salvó la vida. Pablo VI siguió tan pancho, se subió al estrado previsto, pronunció el discurso preparado y luego se marchó a la catedral, a oficiar la misa que le tocaba. Todo según la agenda. Solo cuando iba a lavarse las manos para repartir el cuerpo de Cristo se percató de que las tenía salpicadas en sangre. Aquellas costras rojizas y resecas, supuso que provendrían de alguno de aquellos entusiastas que tan violentamente se acercaban a abrazarlo, como queriendo llevarse un cachito de él a modo de souvenir. Solo al llegar a la nunciatura y abrirse las vestiduras ensangrentadas por dentro y encontrar un tajo borboteante cerca del corazón, solo entonces descubrió que habían atentado contra su existencia y por poco lo habían logrado. No le dio la menor importancia, Su Santidad. Ni siquiera desplegó la clásica humildad orgullosa de quien se preocupa mucho por aparecer en público diciendo: «No os preocupéis, no ha sido nada».
A diferencia del papicidio que padecerá Juan Pablo II luego, mucho mejor coreografiado por ambas partes, aquí no hubo largas epístolas y discursos y encuentros cara a cara en la cárcel para el mutuo perdón entre víctima y victimario. Pablo VI se limitó a bendecir el puñal con forma de cruz que a punto estuvo de sesgar su vida y se marchó a Italia para no volver a salir jamás de allí. Los filipinos se quedaron para juzgar al papicida por su cuenta, leyes y moral. Por lo pronto, le ofrecieron declararse culpable y loco. Él insistió en su artística inocencia. No quería «matar en realidad al papa», solo «eliminarlo surrealistamente». Cuando le preguntaron qué quería decir con esas palabras, él citó a Rimbaud: «Quiero decir lo que he dicho, literalmente y en todos los demás sentidos».
—Si solo quería poner en circulación un mensaje de protesta, ¿por qué no escribió y exhibió una pancarta? —preguntó ingenuamente el juez.
—A nadie le importan las pancartas. Para que te hagan caso, hay que matar al papa —respondió &-Amor-Flores.
El juicio-performance se alargó durante cinco meses. Cuando se aburría, &-Amor-Flores hacía muecas; cuando se aburría, se quedaba dormido. En una sesión apareció disfrazado con un uniforme militar cubierto de consignas contra la guerra de Vietnam. Entre los brazos llevaba un ataúd para bebés con una ofrenda floral compuesta a base de pasta cruda. Esotérica referencia a Italia y al aborto. Luego quemó una de las Biblias que se repartían como folletos entre los reclusos a la puerta de los juzgados. El día de su cumpleaños, invitó a ponche a las jóvenes taquígrafas del tribunal, a las que regaló unas medias de nailon preciosas. Por momentos se defendía aduciendo que no había apuñalado al papa con el kris rayado y blasfemo, sino con un puñal de plástico, una broma, un juguete que misteriosamente despareció del lugar del papicidio.
Como todo performance que se precie —incluida la Santa Misa, descrita por un influyente teólogo como «el performance de Dios»—, aquel juicio no fue ficción, sino verdad. ¡Verdad con mayúscula! Los performances no son obras de teatro en las que podamos separar al actor del acto, a la persona del personaje. Cristo está realmente en el pan y el vino, igual que &-Amor-Flores estuvo en su surrealista papicidio y condena: de cuerpo presente. Los filipinos aceptaron a regañadientes el salvoconducto del puñal de plástico perdido y le condenaron solo a «un proceso de rehabilitación y reducación religiosa». ¿Duración de la pena? «Indeterminada». En la práctica, lo metieron cuatro años en la cárcel, al término de los cuales lo deportaron a Bolivia. Tras vagar por los Andes sin el abrigo conveniente, volvió a mostrar su genio provocador al asentarse en Roma y no volver a asomar el plumero por Filipinas —Pablo VI, igual.
"Varado en el Vaticano, alzando el hacha contra las escobas posconciliares que había animado cual aprendiz de brujo para que le barriesen solas el polvo y la caspa antimodernista, Pablo VI se volvió definitivamente un papa de ficción".
Aunque quisiera quitarle importancia, Su Santidad estaba tocada y hundida. Su última encíclica, sobre la santidad de la vida humana, había prohibido el recurso a cualquier medida anticonceptiva, incluido el simple ponerse un condón. Dada a la luz el imprudente año de 1968, no fue muy bien recibida, que digamos, la encíclica. Durante la década de pontificado que aún le quedaba por delante, Pablo VI no volvió a escribir una encíclica ni a viajar al extranjero después de Filipinas. Los años setenta —los «años de plomo» en Italia, con sucesivos atentados terroristas de falsa bandera (la extrema derecha haciéndose pasar por extrema izquierda, y viceversa, en una orgía de muertes que se cobró la vida del candidato de la Democracia Cristiana, buen amigo del Papa)—, Pablo VI se los pasó lamentando los últimos coletazos del concilio que él había remachado y parcheado lo mejor que había podido. Pues los efectos inmediatos del Vaticano II fueron demoledores: caída en picado de las vocaciones religiosas, sotanas arrojadas al armario, sacerdotes vestidos de soldados y obreros, monjas salidas a tropel de los conventos, seminarios vacíos, curas colgando hábitos para casarse, divorcio y condones a espuertas, comulgatorios y confesionarios ausentes, altares destripados, santos enviados al trastero, latín y gregoriano barridos para siempre, misas transformadas en asambleas hippies con guitarras, panderetas, pancartas y alguna que otra extravagancia psicodélica… Veredicto de Pablo VI: «por alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios». Varado en el Vaticano, alzando el hacha contra las escobas posconciliares que había animado cual aprendiz de brujo para que le barriesen solas el polvo y la caspa antimodernista, Pablo VI se volvió definitivamente un papa de ficción.
Medio siglo y pico después de aquella primera ronda de «viajes apostólicos internacionales», lo inconcebible y fantasioso y ficticio es que el enésimo vicario de Cristo quiera quedarse quietecito en el Vaticano. De Nanni Moretti a Paolo Sorrentino, pasando por Marco Ferreri y Rafael Azcona, hay tantos papas ficticios recientes que apenas se dejan ver, que apenas mueven el culo, que apenas se alzan y apartan de la silla de Pedro, no vayan a perderla, no vayan a robársela, en especial en el cine. Tiene todo el sentido del mundo que haya sido el arte de la imagen en movimiento el que más a fondo haya fantaseado con Su Santidad congelada e inaccesible en San Pedro. Que yo haya leído, solo en relatos apocalípticos —como en el último relato de Graham Greene, sobre un Papa encarcelado por un gobierno ateo mundial— salen Santos Padres ocultos, motores inmóviles pontificios, y no siempre por su propia voluntad. La literatura, reducida en los últimos tiempos a una impotencia e invisibilidad pordiosera, sigue soñando con catolicismos sin cortar ni reformar (The Alteration, por Kingsley Amis) o con (anti)Papas exhibicionistas homosexuales (Earthly Powers, por Anthony Burgess). La literatura, ¿sigue soñando con la realidad? Quizá, pero no deja de resultar sorprendente la idea de un vicario de Cristo que no sea, automáticamente, un all star globetrotter.
"Ahora que los caminos del Señor conducen menos a Roma que a la Apple Store, ahora que hemos de hacer cola hasta para que nos eutanasien o clonen por subrogación, ahora que millones de desplazados por la guerra o el clima peregrinan de campo en campo de refugiados, ahora que el Estado nos encierra en los zulos que no podemos pagar porque ¡sorpresa, pandemia!, (...) que no cunda el pánico, que el Rey Pescador viene de reparto a domicilio para tirarnos la red de arrastre y seguridad espiritual que nuestras almas requieren".
Antes —en la Edad Media, pongamos— los Papas solo salían del Vaticano para asistir a concilios ecuménicos o huir de 1) las revueltas romanas o de 2) los ejércitos del emperador. Antes solo salían para trasladar la Santa Sede de ida y vuelta a Aviñón o para huir de las pandemias veraniegas que provocaban 1) y derrotaban a 2). [5] Ahora que apenas se coronan (anti)Papas y que Roma y sus revueltas están bajo control, ahora que los únicos concilios que parecen en vigor son los Vaticanos (I y II), cualquiera juraría que los vicarios de Cristo emulan a Mahoma, viendo que la montaña movida por la fe no va tampoco hacia ellos. Ahora que los caminos del Señor conducen menos a Roma que a la Apple Store, ahora que hemos de hacer cola hasta para que nos eutanasien o clonen por subrogación, ahora que millones de desplazados por la guerra o el clima peregrinan de campo en campo de refugiados, ahora que el Estado nos encierra en los zulos que no podemos pagar porque ¡sorpresa, pandemia!, ¿cómo en la Edad Media, pero con redes sociales en vez de hogueras?, ahora que no cunda el pánico, que el Rey Pescador viene de reparto a domicilio para tirarnos la red de arrastre y seguridad espiritual que nuestras almas requieren.
Y así, de papamóvil en papamóvil, y tiro porque me toca, el cuerpo místico de Cristo carga ya con casi 200 vuelos sobre sus mundanas espaldas. El grueso ha corrido y volado a cargo de la longeva y lacerada carne de Karol Wojtyła, cuya boca ha probado más puñados de polvo que muchos boxeadores. Ese hábito, que sí hace al Papa globetrotter, de bajarse del avión y plantar los labios en el asfalto —muy poco saludable, todo lo salvífico que uno quiera— fue un hábito inaugurado por Pablo VI en Jerusalén —comprensible e impecable, en tal sitio y caso. No tanto cuando la pista de aterrizaje lamida por el Santo Padre ha sido asfaltada por las buenas intenciones de un Estado genocida que desvía ayudas humanitarias para costear aeropuertos privados. ¿Y qué Estado no es, a la postre, un poquito así?
No sorprende que Benedicto XVI, el Papa germánico y académico, se abstuviese de aplicar su «hermenéutica de la continuidad» a esa tradición reciente de tomar y besar cualquier tierra por santa. Los labios de Juan Pablo II sabían menos de alemán y más a alquitrán, en cambio. En esto de llegar y besar el santo suelo, JP II compensó con creces a su predecesor en nombre y rango. Sin apenas tiempo para viajar, a JP I, el prototipo de Papa posconciliar que salió rana, digamos piadosamente que Algo o Alguien, una fuerza superior sin duda, le sacó un billete sin retorno al Paraíso —o más ortodoxamente dicho: con la vuelta abierta a la prometida y anhelada parusía, admitido ya a «contemplar la luz de Tu rostro, Señor».
A la espera de ese Check-out Final, tampoco debería sorprender que el país más frecuentado por Sus Santidades sea el «Cristo de las naciones», el «Gólgota de Europa», el «antemural de la Cristiandad»: Polonia. Aún hoy, tres décadas y media después del desplome de la Unión Soviética, el Papa polaco puso el listón muy alto, en la práctica insalvable, al volver nueve veces en veintitantos años a su tierra natal. Mitad antes, mitad después del desplome, tal cual como suena: en el disolvente verano de 1991, JP II encadenó dos viajes seguidos a su «siempre fiel mártir del Este»; en junio, el Pacto de Varsovia aún se mantenía en pie; en agosto, ya andaba de rodillas por el basurero de la historia. El Papa ya había pasado de página y, en vez de hablar contra el comunismo en retirada, habló contra el consumismo en expansión, advirtiendo sobre los excesos de una libertad sin cortapisas. Viendo el poco caso que le hicieron durante la privatización de los servicios públicos polacos, resulta hiperbólico e idealista atribuir ningún cambio drástico de régimen a la influencia marginal de un único pontífice («¿Cuántas divisiones acorazadas tiene la Santa Sede?», cuentan que se burló Stalin), lo que debe cegarnos acerca de la intencionalidad ideológica, no solo religiosa, que mueve las manecillas de esta institución inmovilista.
En el ámbito de habla hispana, el equivalente al «campo de juego de Dios» que encarna Polonia sería, humildemente, Cuba. Y no porque haya sido cuna de ningún papa, ni más frecuentada que otros países hispanos —solo tres veces, menos que España y México— sino por la trascendencia histórica de alguna que otra visita, en el marco del diálogo secular entre comunistas y cristianos (¿dos caras opuestas de la misma moneda distributiva?). De una visita en concreto, la de 1998, hay que acordarse, aunque solo sea por la calidad de los escritores que asistieron al encuentro entre JP II y Fidel Castro. Entre los foráneos, dos premios Nobel, Gabriel García Márquez y José Saramago, estuvieron allí presentes, aunque luego no escribiesen ni una coma. A Manuel Vázquez Montalbán, en cambio, aquel viaje de cinco días le dio para un libraco de 700 páginas —lo cual me insufla ánimos para este librito, que de pronto deja de ser una locura divagatoria y filibustera para volverse un ejercicio de contención ascética.
"La visita de JP II cambió pocas cosas en Cuba: se amnistió a un puñado de presos políticos, se restableció la Navidad y ciertas procesiones marianas como fiestas no vergonzantes ni clandestinas, el clero local se abrió a miembros extranjeros… y poco más".
Normal que MVM se extendiese tanto: aquel era el primer viaje del Papa al último país cristiano y comunista sobre la faz de la tierra. En 1992, coincidiendo con el V Centenario del Descubrimiento de América, el Estado cubano dejó de autodefinirse como militantemente ateo, integrando desde un año antes a creyentes públicos y confesos de Cristo en las filas del partido único. Y ahí no terminan los cambios y las coincidencias. En 1998 se cumplieron 100 años de otra fecha machacada por la escuela en la memoria de todo bachiller hispanohablante: la pérdida de las últimas posesiones ultramarinas de España, tras ser humillantemente aplastada por Estados Unidos, con el consiguiente recambio de una potencia imperial declinante por otra pujante en América, si cabe más explotadora y sibilina que sus predecesoras. A fecha de 1998 —y de 2026, mientras escribo esto— EEUU retiene el control colonial sobre Puerto Rico que obtuvo entonces y el embargo comercial luego impuesto sobre la Cuba de Castro. Dos formas de power —hard y soft, por presencia y ausencia a la vez— que en el fondo justifican las delirantes propuestas de rebautizar el Caribe como el lago yanqui. [6]
La visita de JP II cambió pocas cosas en Cuba: se amnistió a un puñado de presos políticos, se restableció la Navidad y ciertas procesiones marianas como fiestas no vergonzantes ni clandestinas, el clero local se abrió a miembros extranjeros… y poco más. El «periodo especial» de depresión económica, dolarización del trabajo informal, prostitución y corrupción y estancamiento tecnológico prosiguió como si nada, invulnerable a las prédicas del Santo Padre y sus plumillas. Alma Guillermoprieto, quien también estuvo allí en 1998, reportó que la escasez de papel higiénico era tal en la isla que «me pregunto si se les estará dando buen uso a las pilas de literatura marxista que, según se dice, hoy salen por cuatro perras». Leídas desde ese ángulo, las 700 páginas de MVM cobran un valor y gasto inesperado.
Tras haber sido oscuros obispos durante siete míticos siglos y pretenciosos reyezuelos a lo largo de mil y pico prosaicos años, los últimos vicarios de Cristo se han vuelto superdivas itinerantes, con un calendario de giras mundiales que ya quisiera cualquier rockstar o influéncer. Después de un interregno en que, unificada Italia a sus reales y laicas expensas, el Santo Padre se autosecuestró en Roma y amenazó con excomulgar a quien participase en las elecciones democráticas italianas, ahora el Papado se somete a plebiscitos populares en las aristas más imprevistas del globo. Irán, Tailandia, Mali, Malawi, Islas Salomón… Francisco no fue el primer loco de Dios en ir y venir al fin del mundo —y más allá, si cabe. Sí que fue pionero en no ir al país de donde era y venía. El primer —y por ahora único— Papa argentino no viajó jamás a la Argentina. Sí que viajó a México, Cuba, Panamá, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Paraguay… pero a la Argentina no, y a España tampoco. El primer Papa hispano en medio milenio —los Borgia, con sus orgías de poder, no sentaron buen precedente— no frecuentó este «martillo de Trento», esta «evangelizadora de medio orbe», esta «luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio». El primer —y por ahora único— Papa jesuita no viajó jamás a España.
El sucesor vigente e inmediato de Francisco le sigue a pies juntillas hasta en este menester misionero de ser profeta en todos lados salvo en su propia tierra. A un año de su nombramiento pontificio, al cura-anteriormente-conocido-como-Robert-Prevost no le corre prisa en prodigarse de vuelta por su ciudad natal. Antes que al Chicago donde nació, volverá al Chiclayo donde fue feliz, amén de obispo. Ya se anunció un viaje a Perú y ninguno a los Estados Unidos. Mientras tomo estas notas, el actual Papa ya ha recorrido ocho países; un buen número, de mayoría islámica —ninguno de ellos, EEUU. Para conmemorar el diecisiete centenario del Concilio de Nicea y, ya de paso, denunciar una de tantas guerras in situ, la primera tournée de León XIV pasó por Turquía y el Líbano. Luego fue el primer Santo Padre en pisar Argelia: peaje forzoso para un exprior de la Orden de San Agustín (de Hipona, actual Annaba); y el primero, por sorprendente que suene, en la moderna Mónaco. Uno ingenuamente sospecharía un tráfico mejor engrasado, una transa más fluida, un trato mejor lubricado entre esos dos Estados patrimoniales, pequeños paraísos fiscales en la práctica. Pero algo más que unas letritas al cambio perdió, por lo visto, Monte Carlo frente al Monte Carmelo. [7]
"León XIV habla igual de tranqui allí donde lo lleven. Qué más da si en un estadio o en un palacio, tanto da en la cárcel como en las cortes: al vicario de Cristo le alargan unos folios, es igual si inspirados por el Espíritu Santo o la IE y él los lee en la lengua que sea, sin transcripciones fonéticas que valgan".
Esta brevísima relación de los lugares visitados por León XIV delinea un retrato robot bastante fiel a los inicios de su pontificado. Es, por lo pronto, un Papa conciliador. Uno que sí traza puentes. Puentes para conciliar el rito con el mito, Nicea e Hipona con el combate a los males del siglo: la polarización política, el choque de civilizaciones, la guerra en Oriente Próximo, complaciendo y consolando tanto a pobres como a pudientes entre medias. Sin necesidad de alterar su moderadísimo discurso, que siempre se separa sin embargo una pulgada de lo ya dicho, dejando caer perlas de originalidad aquí y allá, León XIV habla igual de tranqui allí donde lo lleven. Qué más da si en un estadio o en un palacio, tanto da en la cárcel como en las cortes: al vicario de Cristo le alargan unos folios, es igual si inspirados por el Espíritu Santo o la IE [8] y él los lee en la lengua que sea, sin transcripciones fonéticas que valgan.
Tras dos pontificados que dieron trabajo a la prensa a espuertas, Benedicto XVI por lo complejo de sus conceptos, y Francisco por lo improvisado de sus prédicas, León XIV se cine al guion prefijado, no se salta ni una línea del libreto, cumple su papel sin aspavientos. Es el pontífice perfecto para esta época de apocalípticos conflictos en cámaras de eco. Es prácticamente imposible discrepar con este Papa, y no porque mute como Proteo, sino porque apenas se aparta del sentido común, de la fe del barquero y del carbonero, en apariencia compartida tanto por el refugiado como por el millonario. Tanto entre los migrantes del Líbano como entre los magnates de Mónaco, todos estamos aparentemente de acuerdo en que matar y robar y mentir está mal, en que está bien honrar a papá y a mamá y santificar las fiestas y el resto del decálogo, salvo alguna que otra fórmula misógina, especista y anticuada, claro, porque a saber cómo se tradujeron también los mandatos del arameo (¿o estaban en hebreo?), pero la pregunta es: ¿cómo ponemos en práctica los acuerdos a los que ya hemos llegado? ¿Y qué pinta el Papa en todo esto? Por lo pronto, llamar al entendimiento y a la moderación. Tras milenios llamando a las cruzadas y al anatema, el Vaticano posconciliar parece haber hecho suyo el lema de que «hablando se entiende la gente». ¿Para eso viajará, pues, el Papa? ¿Para hablar cara a cara a la gente?
"Justo después del enésimo escándalo del gobierno y de una infernal ola de incendios y flujos migratorios patrocinados por Su Majestad el cambio Climático (...), León XIV no se metió donde no le llamaban. Le llevaron al Congreso y al Bernabéu para no hablar de corrupción, y no habló de corrupción. Le llevaron a las islas Canarias para sí hablar de migración, pero no de su causa remota ordinaria: la crisis ecosocial que en un periquete podría dejar dichas afortunadas islas bajo las aguas".
El viaje de León XIV en junio de 2026 a España, el primero de un Papa a este país en quince años, ha seguido ese dialogante moderantismo al pie de la letra. Asistimos a la Curia del Consenso. Justo después del enésimo escándalo del gobierno y justo antes de una infernal ola de incendios y flujos migratorios patrocinados por Su Majestad el cambio Climático, justo después de unas elecciones a presidente del Real Madrid y antes de un Mundial de Fútbol en que ganaron «los nuestros» (esto es: unos millonarios por nosotros), León XIV no se metió donde no le llamaban. Le llevaron al Congreso y al Bernabéu para no hablar de corrupción, y no habló de corrupción. Le llevaron a las islas Canarias para sí hablar de migración, pero no de su causa remota ordinaria: la crisis ecosocial que en un periquete podría dejar dichas afortunadas islas bajo las aguas. Y sí —pero no— habló.
Incluso en su moderado itinerario de una semana —una sombra de los quince días que, con dos balas en el cuerpo, imponía el infatigable Wojtyła—, León XIV se limitó a seguir y bajarle unos tonitos a la radicalidad de su predecesor. No en vano, poco antes de morir, Francisco había expresado sus deseos de visitar Canarias como parte inseparable de su amado tercer mundo africano. Tampoco en vano, el argentino fue el primer vicario de Cristo en inaugurar un año santo en ese continente olvidado de todas las manos, salvo por lo visto de la mano de Dios. Menos aún en vano, es la región del mundo donde más terreno tienen por delante para competir las religiones monoteístas, proselitistas y ecuménicas. Y allí que fue Francisco en 2015, a abrir la Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia en Bangui… [9] Y allí que fue y se internó, contra la recomendación expresa de su escolta, en un barrio musulmán con nombre de subfusil de asalto soviético descatalogado: el PK5, y salió vivito y coleando.
¿Milagro?
¡Industria!
La industria mediática, ávida de trascendencia, corrió a comparar la audacia de Francisco con la de Bonifacio VIII: primer Papa en convocar un Jubileo, para el año 1300, el primer Papa con la aplastante y arrolladora cifra de 200.000 peregrinos que acudieron a la promesa de que sus pecados se redimiesen y perdonasen con solo acercarse a la Ciudad Santa. Se abrieron brechas en las murallas para dejar el paso franco a las masas penitentes y se fijaron calles y puentes de dirección única para desatrancar la circulación —lo cuenta Dante, quien data el arranque de su Comedia para ese año— y eran tan copiosas las coletas en algunas iglesias que las recogían, no con cepillo, sino con rastrillo. Nada de eso en Bangui. La República Centroafricana volvió a las sangrientas tinieblas de las que había momentánea y jubilarmente sacado la cabeza. La violencia religiosa se relajó en la capital; musulmanes, animistas y cristianos tuvieron por momentos la valentía de saludarse por la calle y salir de sus barrios de amenazadoras siglas confesionales; pero la guerra civil se irradió en metástasis al campo y el gobierno, renunciando a medio siglo de independencia, pidió y pagó ayuda a Rusia. Desde entonces, aquello es una colonia de mercenarios rusos.
"Abrir y cerrar el grifo de la oleada migratoria parece ser el juego de la aguadilla demográfica al que juega Marruecos con España desde hace décadas. Alrededor de las vallas electrificadas de Ceuta y Melilla, ambos países se sientan a subir la apuesta, a subir y electrificar más y vigilar más de cerca las vallas".
Nada más lejos de Tenerife y Gran Canaria, pues. Las Islas Canarias, todo el mundo sabe que no son una colonia rusa, sino británica, y solo en verano. Los irredentistas marroquíes dirán que es una colonia española. En eso estarán de acuerdo con los independentistas folclóricos guanches, aunque no tanto en los medios apropiados para descolonizar el Noroeste de África. Abrir y cerrar el grifo de la oleada migratoria parece ser el juego de la aguadilla demográfica al que juega Marruecos con España desde hace décadas. Alrededor de las vallas electrificadas de Ceuta y Melilla, ambos países se sientan a subir la apuesta, a subir y electrificar más y vigilar más de cerca las vallas. Es una carrera de vallas muy cafre. Para empezar, Ceuta y Melilla dan al mar, con lo que saber nadar te asegura bordear cualquier valla, ¿y qué van a hacer unos polis de la Unión Europea, tan respetuosa ella con los derechos humanos? Qué van a hacer, ¿dispararte? Ya lo han hecho, y sale mal.
En cuanto la policía de un país se arremanga para deportar apellidos enteros sin miramientos, en cuanto la propaganda del otro país instila en sus menores el bulo de que basta con saltar una valla para obtener la ciudadanía europea, este póker geopolítico ESP-MAR descubre las cartas de su crueldad inhumana. España sabe que Ceuta y Melilla no se pueden defender, Marruecos sabe que no se pueden anexar. Ambos países siguen abriendo y cerrando el grifo migratorio, siguen subiendo las apuestas, a la espera de que un fontanero o crupier humanitario les devuelva las fichas.
"España sabe que Ceuta y Melilla no se pueden defender, Marruecos sabe que no se pueden anexar. Ambos países siguen abriendo y cerrando el grifo migratorio, siguen subiendo las apuestas, a la espera de que un fontanero o crupier humanitario les devuelva las fichas"
Ese fontanero, ese crupier, no iba a ser León XIV. Dos meses después de su viaje a España, 72.000 nadadores bordearon las vallas de la apuesta, doblando en cuestión de horas la población de Ceuta. Entonces se desató el infierno. Cadáveres en las playas, violaciones en las calles, fuerzas especiales acordonando iglesias y súperes, miles de familias durmiendo al raso o siendo pastoreadas de vuelta a las vallas con altavoces, focos y perros. Grupos neofalangistas volaron desde la península para instigar al pogromo contra los moros, encontrándose con la sorpresa de que los españoles que viven en Ceuta son, en su mayoría, étnicamente moros. Les hubiera bastado con pasarse por Gibraltar, colonia británica no precisamente poblada por pelirrojos en tweed, para descubrir el absurdo de su maurofobia. Les hubiera bastado con mirarse en el espejo para constatar la huella que imprimió ocho siglos de Al-Ándalus en toda su cara. Pero el destinatario objetivo de esas instigaciones neofalangistas no se hallaba entre los ceutís, sino entre quienes encuentran entrañables los discursos del Papa sobre los brazos y las fronteras abiertas, y sin embargo votan a partidos de Prioridad Nacional. Si León solo hubiese visitado las Islas Canarias para dirigirse a unos migrantes mayormente no católicos, como sin duda era la provocadora intención de Francisco, las contradicciones ideológicas de este país excristiano se habrían expuesto más a las claras.
"Grupos neofalangistas volaron desde la península para instigar al pogromo contra los moros, encontrándose con la sorpresa de que los españoles que viven en Ceuta son, en su mayoría, étnicamente moros. Les hubiera bastado con pasarse por Gibraltar, colonia británica no precisamente poblada por pelirrojos en tweed, para descubrir el absurdo de su maurofobia".
Pero ¿cómo va a pasar el Santo Padre por España y no pisar ni Madrid ni Barcelona, ni Santiago ni Sevilla, ni Valencia ni Zaragoza…? Las diócesis españolas vienen por pares, como los bebés in vitro. La Curia del Consenso había de cortar por lo sano y abortar algunas paradas obligadas. León XIV no podía ser solo el primer Papa en ir a Canarias, ni tampoco volver por aquellos pueblecitos que JP II había tachado de la lista de visitas papales pendientes. Por muchos santuarios, monasterios y aeroclubes que haya en Moncada o La Rábida, Guadalupe (Extremadura) o Llanera, Alzira, Azpeitia o Alba de Tormes, hay un motivo por el que la España vaciada está solo llena de santos. La Curia del Consenso había de pactar con las élites hispánicas, con el ringorrango godo, con esa jerarquía ibérica que ya no sitúa sus santas sedes ni en Toledo ni Córdoba, ni en León ni en Santiago, sino en el dúo dinámico globalista de MAD y BCN. Desde la pérdida de las últimas posesiones ultramarinas, si no antes, ambas ciudades han duopolizado el casito mediático y la inversión económica nacional, con puntuales cameos —no siempre para bien— de Ceuta y Melilla, de Andalucía, Asturias o Aragón, del País Valenciano o del Vasco.
Como buen graduado en Matemáticas y doctor en Derecho Canónico [10] Prevost no se rompió la cabeza. Se curó de espanto con una sencilla cuenta atrás. Pasaría 3 días en Madrid, 2 en Barcelona y 1 en cada isla canaria. Esta cómoda serie descendiente satisfizo las expectativas del canon vocacional sudeuropeo, que aborrece de los agobios y deadlines protestantes. La agenda de la visita papal seguía un laxo-pero-fijo patrón diario: un acto de profesión —de fe, ¿o de qué?— antes del mediodía, y planes más lúdicos o descocados o juerguistas después, con margen de maniobra hasta para una siesta de orinal y pijama —el «yoga ibérico», según Cela— tras el almuerzo. Si por la mañana Su Santidad se ganaba el jornal yendo a ver qué tal la estaban pasando unos vagabundos o unas presidiarias —¿todo bien, todo correcto?—, por la tarde-noche tocaba descomprimir el schedule y el esqueleto en oración y lo que surja —y yo que me alegro.
"Y así se montó esta nueva tournée de Dios, tan entusiasmante para la última hornada de jóvenes conversos —entre los que se cuenta quien esto escribe— como indiferente o tedioso para el grueso del censo español, que oscila entre una catolicidad sociológica y desengañada y un anticlericalismo aprendido por el cine".
León XIV llegaría a España el primer sábado de junio y se marcharía al viernes siguiente. Una época climáticamente idónea para grandes concentraciones al aire libre. Ni llovió ni hizo mucho calor. Los días con mayor carga teológica serían los más relajados. El finde se pasaría en la capital, vaya: el sábado a primerísima hora, recepción en el Palacio Real y acto en Cáritas a las afueras, y ya de noche, «vigilia con jóvenes» [sic] a las puertas del Bernabéu, del estadio de fútbol del Real Madrid (templo laico en el que se entraría el lunes por la tarde, después de pasar antes por la catedral y el parlamento); y el domingo, misa en Cibeles primero y «encuentro con la sociedad civil» [sic bis] después. En Barcelona, con cuatro actos por día, se complicaron las cosas; en especial, para quienes estábamos allí «por trabajo» —como si políticos y prelados no estuviesen también allí «trabajando». Se complicaron en especial para la prensa, presionada a elegir a qué sitios cubrir: o a una cárcel o a una abadía (la de Montserrat), o San Agustín o la Sagrada Familia, ¡elige! Pues era metafísicamente incompatible estar con tres horas de antelación en todos los actos papales, y aunque Papa solo hay uno y sus actos son sucesivos, no simultáneos en el espaciotiempo, para nosotros —«los periodistas», tratados aquí como terroristas en potencia, ¿o cómo terroristas ya en acto?— todo se actualizaba a la vez por todos lados.
Fue algo dinámico y energético.
Fue una entelequia esquizofrénica.
Y así se montó esta nueva tournée de Dios, tan entusiasmante para la última hornada de jóvenes conversos —entre los que se cuenta quien esto escribe— como indiferente o tedioso para el grueso del censo español, que oscila entre una catolicidad sociológica y desengañada y un anticlericalismo aprendido por el cine. En su mayoría agnóstica y socialdemócrata, España solo sabía que Francisco había muerto y que su sucesor no era un nazi, y con eso se quedaba satisfecha. Hasta mis amigos conservadores, que celebraron cierto retorno al orden en el nombramiento de León XIV, ya desde el propio nombre —aunque dicho orden fuese la revolución de Francisco metida en conserva—; hasta ellos entornaban los ojos cuando les preguntaba a cuántos actos papales asistirían. A uno o a ninguno, sin maldita gana de dejar la propia localidad, fue la respuesta más frecuente. «La Curia es como un repartidor a domicilio de AliExpress», me comentó una amiga místico-monástico-feminista: «Francisco es lo que pides, y León lo que te llega».
[1] [Primero de una larga serie de inútiles excursos en los que el autor intenta ponerse pedagógico y fracasa en el intento, ofrece demasiado contexto, desbarra en explicaciones más confusas y prolijas que cualquier duda que pudiera haber despertado el texto; en su intento de no dejar a nadie atrás en esta cabalgada intelectual hacia el abismo a pelo, deja y tira para atrás a mucha gente. Disculpen las molestias, agárrense fuerte y quédense conmigo].
Perdón por la síntesis y redundancia Roma-Aviñón, Aviñón-Roma, pero el hecho es que la estancia de Su Santidad en el sur de Francia —«el cautiverio babilonio del Papado», según los historiadores más dramáticos— no fue precisamente un paseo de ida y vuelta por el campo. Por recapitular la cronología: a lo largo del siglo XIV hubo un número indeterminado de (anti)Papas que no residieron en la Ciudad de Ciudades… De indeterminado nada: hubo siete Papas y dos anti- que no vivieron en Roma sino en aquel pueblucho de la Costa Azul que, por no tener, al principio ni tenía un Coliseo como Dios manda. El rey de Francia se cobró su fianza, su contrato de arras, su alquiler en las propiedades (saqueadas), en los cuerpos (calcinados) y en la memoria (mitificada) de los templarios. A base de «sobrinos» del Papa, la Curia se afrancesó a un ritmo nepotista uniformemente acelerado. Por lo demás, todo siguió tan santo como siempre. Algún que otro emperador se coronó y nombró a su (anti)Papa de rigor y por su cuenta y riesgo. Los frailes prosiguieron abriendo el gran melón filosófico de si la «pobreza de devoción» de la Orden Franciscana debía entenderse como algo real o meramente nominal, si ser rico o pobre dependía de lo que pusiera en un papel. Mientras, la gente vivía y moría en un analfabetismo galopante. Entonces estalló una guerra entre Francia e Inglaterra que, a juzgar por el nombre, duró como 100 años. Luego llegó la Peste Negra y se llevó a ¾ de los allí presentes. Aviñón fue un oasis de lujo, lujuria y consuelo durante aquellas atribuladas décadas. En Roma, un caudillo del pueblo decepcionó a Petrarca al rebelarse primero contra la autoridad papal y luego plegarse senatorialmente a restaurarla. Las masas le lincharon. Siguieron el mismo procedimiento que antes habían aplicado, con asombrosos resultados, a los culpables de la peste según sus antisemitas delirios. El Papa protestó, sin efectos. Enteras comunidades judías se esfumaron en un pestañeo ante el pogromo. Para 1367, Santa Brigida de Suecia persuadió a Urbano V —el nombre tampoco ocultaba sus intenciones— de volver por fin a Roma. Pero Roma era inhabitable, así que Urbano —solo tres años después, pace su nombre— rehizo las maletas y deshizo el camino a Aviñón. Se requirió otro Papa (Gregorio XI) y otra santa de pasivo-agresiva pesadez (Catalina de Siena) para que la Santa Sede regresase en 1377 —y para siempre, ¡esperemos!— donde le toca.
Pero entonces… [Proseguirá en la próxima nota].
[2] Pero entonces, en cuestión de meses, el mismo colegio cardenalicio nombró a dos Papas: uno en Aviñón y otro en Roma. Bienvenidos al cisma de Occidente, ¡hagan sus apuestas! Los reyes y santos de Europa jugaron durante un tercio de siglo a reconocer la autoridad del Santo Padre que más les convenía en cada caso. Hasta que todos se hartaron de tanta duplicidad diplomático-salvífica y convocaron un concilio en Pisa, en 1409, donde y cuando —éramos pocos y…— se coronó a un tercer Papa. Se requirió otro concilio (en Constanza, en 1417) para deponer a los tres Papas y nombrar un cuarto, que por fin fue el definitivo —the chosen one, diríamos hoy. ¿Moraleja? La de Lorenzo el Magnífico, a toro pasado: «Si fuese posible, sin escándalo, tener tres o cuatro Papas, sería mejor que tener uno solo». Pero eso sí que es un gran si…
[Fin de este primer inútil excurso].
[3] La metáfora y la lista de los sellos no es de Buzzati sino —ya lo lamento— mía. No ha sido fácil, podrían haber sido más o menos, podría haber recurrido a números simbólicos más memorables como el 3 o más apabullantes como el 12, pero creo haber contado bien hasta 7.
[4] Con 58 años, ¿viejo o joven?
[5] Durante el grueso de su asombrosa supervivencia milenaria, la estrategia militar de los Estados Pontificios consistió en dejarse conquistar y esperar a que la febbre romana hiciera el resto. Son incontables las historias de ejércitos cristianos que, con el noble propósito de coronar a un emperador o deponer a un (anti)Papa, conquistan y saquean durante tres días y tres noches la Ciudad Santa, pero son incapaces de mantenerla bajo control a raíz de los brotes recurrentes, providenciales, de malaria. Igual que el Moscú de los inviernos de la Edad Contemporánea, Roma se demostró inconquistable durante los veranos de la Edad Media y Moderna. Igual que Napoleón o Hitler a la vuelta de sus campañas rusas, los soldados de Otón III, Federico Barbarroja, Enrique VII y Carlos V hubieron de abandonar Italia con sus saqueos entre las piernas. Lo más curioso de esa estrategia de defensa estacional es que las ciénagas que guarecían y asolaban Roma con sus mosquitos portadores de malaria no eran «fruto de la naturaleza», sino el resultado de siglos de saqueo y abandono de acueductos que ya no conducían en el agua de las montañas a las ternas, fuentes y cisternas. Esa imagen de acueductos ruinosos y mohosos, dejando caer y filtrar agua podrida sobre nidos de parásitos, es una bonita postal para pensar nuestra propia decadencia civilizatoria. Por un vaso de agua potable, díganos: ¿qué territorios volverá inconquistables el colapso ecosocial en marcha? Un, dos, tres… ¡responda otra vez!
[6] ¿O acaso no se bautizó al Pacífico como el lago español? Fue por poco rato, tras el hallazgo del tornaviaje desde Filipinas, pero fue. Aunque solo fuese en la mente de algunos propagandistas, aquel tornaviaje fue la única vía segura de ida y vuelta por aquel enorme lago durante siglos. De Filipinas, a todo esto, los yanquis se marcharon después de la Segunda Guerra Mundial, pero dejaron una lengua: el inglés que, como toda lengua, es a la vez un órgano, un instrumento duro y suave, pero sin duda powerful. Los marxistas nunca se pusieron de acuerdo en si las lenguas integraban la base de un sistema social cualquiera. Stalin decía que sí, casi todos los demás que no. Que las lenguas son pura superestructura, decían. Con lo que se decidió —alguien decidió— que Stalin tenía la razón. Ya sea base, ya sea súper-, ha sido el destino inflexible de todo pueblo colonizado que su primera medida de gobierno independiente sea adoptar como lengua oficial aquella con la que los colonos les daban órdenes.
[7] Perdió la fe en la ✝︎ y en la ☾, para ganar la credulidad en el $.
[8] (la Inteligencia Espontánea, encarnada en un cuerpo de becarios y prelados con tiempo libre para escribir sermoncitos)
[9] Pequeña pausa pedagógico-dramática para intentar situar mentalmente en el mapa a Bangui… ¡Eso es! Capital de la República Centroafricana a orillas del río Ubangui, en la frontera con el Congo —con la República Democrática, no con el Congo a secas: Estados todos ellos fallidos, arbitrariamente divididos por la colonización de Francia y Bélgica (división a su vez arbitraria, que también se cobró sus buenos muertos en Europa); Estados todos ellos fallidos, en guerra civil intermitente desde su ilusa independencia.
[10] Confiada en que la masa anumérica guarda un pavor reverencial hacia las matrices, derivadas e integrales por las que hubieron de suspender alguna que otra vez en el instituto, la propaganda católica cacarea y sostiene el prestigio de Prevost como un «tipo listo» sobre su bachelor in Mathematics. Pero ese bachelor no es tan dorado, ni tan amable ni brillante ni deseable como se imaginan las huestes fanatizadas por el deísmo cientificista, que antes creen en Dios por el ajuste fino, por la complejidad irreductible o por el principio antrópico que por el Catecismo y por el Evangelio, lo cual es tanto como empezar el Credo por Poncio Pilato —por Poncio Pilato preguntando por la verdad de la teoría del todo. Claro que León XIV está a años luz de tales diseños inteligentes. Su inteligencia estereotípica, nada fuera de lo normal, sale menos a la luz en las ciencias y las cifras de su bach. in Math. que en las letras humanas… demasiado humanas… canónicamente humanas de su PhD. No en balde, la tesis doctoral de Prevost versó sobre un tema tan humanístico y apasionante como La oficina y autoridad del prior local en la Orden de San Agustín.
Uf, ¿no?
Sí y no.
Dividida en tres partes, conforme a los tres funciones, oficios o ministerios del prior, pues de tantos modos se traduce del latín munera, polifónica voz con la que Prevost aborda la misión docente, santificante y regente en su Orden, la suya sí es una tesis de aliño, sí que es tediosa, previsible y repetitiva, pero no cabe ignorarla, no podemos pasarla por alto, ya que en ella se dibujan las líneas de fuga de su posterior magisterio, ordenancista a más no poder. ¿Contribuciones interesantes de dicho documento? Su insistencia en que la autoridad de un cargo eclesiástico no descansa sobre las virtudes personales de quien lo ocupe, sino en la pura y dura ley positiva, rectamente ordenada hacia el bien común.
«El superior no ha de ser un santo», escribió con treinta y tantos tacos Prevost, sin que nadie alzase ya ninguna ceja ni citase las Reglas de San Agustín: «mostrad a vuestros superiores la deferencia debida a los santos». ¿Incompatible o complementario? Sin llegar a ser tampoco el Hans Kelsen del derecho canónico, el futuro León XIV atendió a las minucias procedimentales de la Orden Agustina; descuidó la gran panorámica conceptual en beneficio de la letra gris, menuda y aburrida; se postuló como el hombre perfecto para esta época ilógica, que no cree en la burocracia pero se somete cada vez más a su logística tentacular.
Conque La oficina y autoridad del prior local… Es un pontífice de oficio, León XIV. Son tiempos apasionadamente extraños. De los creadores de un Papa jesuita que se rebautizó Francisco llega ahora un Papa agustino con el carisma contrario al «ama y haz lo que quieras». Apasionadamente extraños, los tiempos.
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