Fiesta andina del sol La canción de la tierra
Mesías Maiguashca
Nacido el 24 de diciembre de 1938 en Quito, Ecuador. Estudió en el Conservatorio de Quito, la Eastman School of Music (Rochester, N.Y.), el Instituto di Tella (Buenos Aires) y en la Musikhochschule Köln. Trabajó con Karlheinz Stockhausen entre 1968 y 1972. Producciones en el estudio de Música Electrónica de la WDR (Colonia), en el Centre Européen pour la Recherche Musicale (Metz), en el IRCAM (Paris), en el Acroe (Grenoble) y en el ZKM (Karlsruhe). Fue desde 1990 Profesor de Música Electrónica en la Musikhochschule Freiburg hasta su jubilación en 2004. Vive desde 1996 en Freiburg, Alemania.
https://maiguashca.de/
Foto: Gonzalo Vargas
La Canción de la Tierra es una obra site-specific creada para su representación en Quito, Ecuador. Aborda las dimensiones de la vida humana y no humana desde el pensamiento filosófico de los Andes. Mediante recursos compositivos complejos para instrumentos, objetos sonoros, coros y electrónica, fue escrita para ser interpretada por la Orquesta de Instrumentos Andinos, la Banda Sinfónica Metropolitana y el Coro Mixto Ciudad de Quito en el actual Centro Cultural Itchimbia, espacio ceremonial ubicado en la capital a 2900 metros de altura, a las 5am, como un gesto colectivo de ofrenda al Inti (Sol) el 21 de junio, día del Inti Raymi o solsticio de verano. Estrenada en 2013, vuelve a sonar este 2026, el mismo día y hora, gracias al apoyo de la Fundación Teatro Nacional Sucre. En el siguiente texto el compositor describe el entramado conceptual y poético de esta obra a gran escala.
El antecedente
La Canción de la Tierra de Gustav Mahler (1860-1911), compuesta entre 1907 y 1909, es para mí una de las obras más conmovedoras de la música europea. Una de sus características es el aire de melancolía y fatalismo que permea la obra. ¿Un presagio? En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial.
Una Canción de la Tierra creada en el "nuevo mundo", como se suele llamar a nuestro continente, debe necesariamente sonar de manera diferente. Me propuse componerla.
A mi edad, el problema religioso empieza a ser urgente. En la peregrinación que consiste la vida, he perdido contacto primero con el catolicismo y luego con religiones institucionalizadas. Tampoco he podido identificarme con otras creencias, orientales u occidentales. No he podido acercarme a nuestros saberes ancestrales de una manera sistemática. Pero hay varios principios de estos que, literalmente, me suenan bien. El cristianismo tradicional ha hecho del hombre el centro, el “dueño de la creación”. El mundo está a su servicio. Nuestros saberes ancestrales hacen del hombre más bien parte integrante de la creación. El hombre está al servicio de ella. Esa es una perspectiva que comprendo mejor.
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