Talento y pacto Relevancia cultural de Antón Álvarez Alfaro (C. Tangana)
Jaime Calcerrada (1998) quiere pensar con la piel y tocar con la palabra. Más allá de lo académico en filosofía, sus búsquedas se mueven en es esa particular intersección entre vida y teoría, sensibilidad y lenguaje, lo personal y la cultura.
Era solo un adolescente cuando me topé por internet con un video de un rapero con pintas de pijo que sostenía un caimán atado a una correa. Recuerdo que aquello me dejó desconcertado. Más allá de ese inusual refinamiento estético, transmitía todos los códigos del hip-hop en el que me estaba educando musicalmente, pero no había más mensaje que él mismo. Por entonces estaba empezando a politizarme y solían sonar en mis cascos grupos clásicos del rap protesta. Busqué más sobre ese tal C. Tangana y encontré una entrevista en la que contaba que, según un amigo suyo, la Historia del Arte no es otra cosa que la historia de aquellos que han conseguido hacer lo que han querido y han sido mantenidos por ello. La contraparte es tener que ser visto.
Todo ello me interpeló de algún modo en aquel momento vinculándome a ese joven artista con amagos de filósofo que no tenía ninguna pretensión de educar a nadie, solo hacer lo suyo. Fue relativamente fácil seguirle la pista. Al poco tiempo llegó su famoso beef con Nega, de Los Chikos del Maíz, y diez años después resulta más claro que aquello no fue una mera lucha de egos entre masculinidades heridas, sino que aquel intercambio oficializó un tránsito cultural en marcha.
Las costuras del hip-hop hacía tiempo que se estaban resquebrajando, transformándose sus patrones rítmicos, líricos y sociológicos. En Estados Unidos ya era una música de masas que resonaba en lo más profundo de su cultura (neo)liberal, donde el juego y la experimentación con el propio género lo habían transformado y catapultado dentro del Pop. Pienso en Kanye West. En España, todavía estaba encorsetado dentro de una identidad anti-sistema y de crítica social. Tal y como el propio Antón cuenta en su entrevista con Ernesto Castro, el rap nacional estaba representado por un ortodoxo gremio de supuesta clase media que no miraba hacia arriba, sino hacia abajo. El ego-trip del MC no se usaba para el empoderamiento propio sino para la denuncia social, siendo Los Chikos del Maíz el exponente más claro de ello. Sin embargo, el progresivo crecimiento de las influencias más yankees en la escena nacional fue transformándola, y decir que el beef lo ganó C. Tangana es afirmar que ganó una nueva tendencia en la música como cultura discursiva, en la que la moral política iba a quedar mucho más disociada de la esfera artística. La vieja escuela acababa de morir y una particular grieta creativa se abrió. A aquel C. Tangana de Los Chikos de Madriz no le interesaban los punch-lines, el conflicto discursivo con el Nega. Quería hacer de él mismo un símbolo.
"Muchos jóvenes que escuchábamos a los Chikos del Maíz nos fuimos desconectando de lo que representaban, llegando a ver en ellos hoy en día unas figuras artísticas de segundo orden, sin la libertad y el talento creativo que C.Tangana y la nueva ola de artistas proyectaban".
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