Agua La fuente de las ninfas
Carlos Risco (Ourense, 1977) vive y escribe desde una aldea deshabitada de la Galicia interior, junto a una vieja ermita y un bosque de robles. Ha publicado Objetos a los que acompaño (Círculo de Tiza, 2024), un libro que no habla de objetos, sino de la vida. Viaja en bicicleta, frecuenta las piedras sagradas y pasea con sus gatos por las carballeiras vecinas. Escribe cada domingo en La Región, el periódico histórico de su ciudad histórica.
Foto: Iria Cortizo
Antes de ser río, fuente o lluvia, el agua ya viajaba por la oscuridad del universo. Quizá se formó en las cocciones sucesivas del planeta cuando era todavía una piedra ardiente. Tal vez, el agua, la sustancia de la vida, vino desde mucho más lejos, desde lo incomprensible, como pasajera en el corazón de meteoritos y cometas. Hay quien dice que parte del agua que guardan los mares y los ríos es más antigua que las montañas e incluso que el Sol. Quién sabe. El agua sigue conservando algo indescifrable, una memoria remota que ni la ciencia ni la poesía han conseguido agotar.
Todo encuentro con el agua es, a la vez, un misterio y un acto de memoria. Porque al ir al agua, hacia el agua, venimos a recordar no sólo su pasado galáctico, sino el misterio que nos hace vivos. Entonces, ver pasar un río es comprender el tiempo. Bañarse en una terma es regresar a las entrañas de la madre. Sentarse junto a una fuente y sentir su arrullo es asistir al nacimiento de uno mismo.
Nada más primordial que el agua, esa que nombramos con fórmulas y símbolos, pero apenas rozamos la superficie de su secreto. El agua llega desde regiones que nunca vemos. Durante un tiempo sin nombre, atraviesa grietas y oscuridades, pule las entrañas de las rocas y abre caminos bajo la montaña antes de regresar a la luz. Cuando brota en una fuente, emerge también una parte de ese viaje invisible. En ella, todos nosotros. Quizá, por eso conviene hacer el ejercicio telúrico de mapear los nacientes cercanos igual que mapeamos las rocas sagradas y los caminos viejos: para comprender lo importante. Así iremos al encuentro de las ninfas y podremos hacer como hacían los antiguos, reconocer lo sagrado allí donde nace el agua. Ellos comprendían que ciertos lugares poseen una intensidad difícil de explicar. Quizá es ahí donde habita lo más definitivo. Porque una fuente no es sólo un manantial: es una aparición. Un recordatorio de que bajo nuestros pies existe otro mundo, ese que queremos encontrar en esta superficie.
Las ninfas fueron imaginadas como presencias jóvenes y fugitivas. No eran diosas lejanas, sino manifestaciones súbitas de una fuerza capaz de alterar la percepción de quien la encontraba. Como ocurre a veces en las horas inmóviles del mediodía, cuando la luz parece detener el tiempo y el paisaje adquiere una extraña profundidad. Es a esta hora media, en estos días largos, cuando debemos acercarnos a los manantiales como quien va a visitar a un viejo amigo. Todo nos prepara para estar atentos y sensibles. Lo que haya de manifestarse, lo hará a estas horas del día, con la luz justa y el silencio necesario, porque todo encuentro merece su rito y todo rito sella lo que han hecho otros. Venimos, por tanto, a repetir, a volver a hacer. A recordar.
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