Javier Ortega

Instrucciones Para una poética de ojos lentos

Licenciado en Filosofía. Cursó estudios de doctorado investigando en estética y teoría del arte. Interesado en los libros ilustrados, ha trabajado realizando informes de lectura, artículos, reseñas y críticas en revistas literarias. Ha sido librero, editor, importador de libros de arte y catálogos internacionales (Grupo Vips) y responsable de derechos internacionales (Lunwerg). Actualmente es editor en Lunwerg (Grupo Planeta) y profesor de la asignatura de Ficción Ilustrada en el Máster de creación literaria de la VIU (Universidad Internacional de Valencia). 

¿Quiénes somos mientras miramos?

Estrella de Diego

Cuando a mi hijo le preguntan en el colegio a qué se dedica su padre, él responde: 
Es editor, hace libros ilustrados. 
Y en ese momento terminan las preguntas. Cualquiera sabe lo que es un libro, pero las imágenes a menudo son difíciles de interpretar, provocan cierto respeto en el momento de su creación —de lo figurativo a la abstracción—, en todos sus soportes, en todos los contenedores, también en los libros. Sabemos que algunas tribus sienten un rechazo casi visceral por la fotografía (la imagen roba el alma); es conocido el odio de Flaubert por las ilustraciones como elemento indeseable que pervertía la experiencia lectora, la pureza del texto, pero paradójicamente el tiempo que habitamos es el de la velocidad desaforada, el de la imagen en movimiento, el de los estímulos constantes que nos someten con una producción visual desbordante y de tal magnitud, que a veces cuesta asimilar lo que contemplamos como propio, lo percibido como necesario y lo observado —y repetido hasta la saciedad— como perdurable.

En una cita rescatada del Cuaderno de apuntes de Zobel, el pintor James Mc Neill Whistler, en su etapa de plena madurez, señala sin ambages: “La música es la poesía del sonido y la pintura es la poesía de la vista. Lo descriptivo y lo didáctico no tienen nada que ver (…) el arte tiene que dejarse de tonterías. Debe mantenerse solo, dedicarse a la vista y al oído sin complicarse con emociones ajenas: compasión, amor, patriotismo y todo eso” [1]

¿A qué obedece este temor o recelo de las imágenes? En la estela platónica de esa pureza de la mirada, la ausencia de pensamiento no obedece tanto al intelecto (ya sea afán de erudición o disfrute visual libre y sin sesgos) como a la dispersión. Vemos demasiado y asimilamos demasiado poco, y en ese contexto, difuminado y carente de rigor, de crítica o de cualquier interpretación posible, cada vez resulta más difícil fijar un criterio, establecer una jerarquía de la mirada, incluso hacer una valoración libre y no sujeta a criterios marcados o algoritmos.

Imagen

El artista, diseñador y comisario neerlandés Erik Kessels, parte de cuya obra se sustenta en una narrativa creada a partir de fotografías anónimas procedentes de álbumes familiares encontrados en mercadillos, crea proyectos en unas coordenadas que reconoce saturadas por exceso: “Hoy disparamos y disparamos hasta que lo hacemos bien (…) Esta cultura de imagen producida en masa cuestiona el valor de una imagen en la sociedad contemporánea. Nuestra sociedad parece estar impulsada por el consumo excesivo” [2]

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Ensayo mirar | lentitud | algoritmo | imagen

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