Otro renacimiento psicodélico es posible Una conversación con Fidel Moreno
Bruno Galindo
Escritor, periodista y productor de audio. Sus últimos libros son Nadie nos llamará antepasados, Equilátera, Toma de tierra, Remake y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca. Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (donde fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March). Es fundador y coordinador de Lo Imposible.
Hombre de múltiples facetas —músico, historiador de la música, novelista, poeta y periodista—, Fidel Moreno (Huelva, 1976) es, además, una de nuestras voces más autorizadas en materia de drogas. Su papel de director de la revista Cáñamo desde hace una década, deja claro su inevitable rol de defensor de la ebriedad consciente. Su afección por el pensamiento libre, que es crítico con los relatos y convenciones asociados a sustancias de cualquier índole.
Empecemos por el renacimiento psicodélico.
Yo intento siempre deshacerme de teorías y de opiniones fijas. Y más en estos casos, porque desconfío de lecturas unívocas o dicotómicas. Podemos decir, como dicen muchos, que “con los psicodélicos hay una presión de las grandes farmacéuticas para hacerse con el negocio”. Pero esa es una verdad incompleta. Hay también una demanda popular. Hay una necesidad, digamos, de nuevas perspectivas, porque vivimos atrapados en una trama de historias infinitas, ahogados en un manto de información…
Acotémoslo entonces.
Digamos que en ese nuevo paradigma en el que estamos viviendo, en ese nuevo sistema en el que se desarrolla el día a día de la gente, necesitamos volver sobre fármacos que siempre han estado ahí, pero que ahora se redescubren fuera del ámbito underground: de ahí la idea del renacimiento psicodélico. Pero en realidad los psicodélicos nunca han desaparecido, caen en un olvido médico debido a la prohibición y ahora se retoman, entre otras cosas por esto que dice [José Carlos] Bouso acerca de la crisis actual en salud mental, en la que el planteamiento biomédico imperante ha llegado a un callejón sin salida porque llevan años sin descubrir nuevas moléculas y las viejas no acaban de funcionar. En este mundo tan fragmentario y con una experiencia vital tan densamente distraída, en la que se nos reclama una atención constante, necesitamos herramientas para formatear el cerebro, para de alguna forma hackearlo y encontrar una pausa, o una vuelta a empezar, o un pasar la página. Y esa es un poco la función que cumplen los psicodélicos. Siempre ha sido así, lo que pasa es que antes la vida estaba más ordenada y menos desbordada.
"El renacimiento psicodélico solo se fija en los psicodélicos y mantiene la condena sobre el resto de drogas, por ejemplo, los opiáceos"
¿Entonces?
Entonces aquí viene mi discusión. Y es que el tema del renacimiento psicodélico solo se fija en los psicodélicos y mantiene la condena sobre el resto de drogas, por ejemplo, los opiáceos. Para mí no se está leyendo bien la crisis de salud que hay en Estados Unidos. Por un lado está el tema de la salud mental, de la depresión y del estrés postraumático, donde los psicodélicos pueden ser de gran utilidad. Pero también hay un problema de exceso de ansiedad, de malestar y de dolor, y aquí aparece el tema de los opiáceos. Si hay tantos miles de personas que mueren por fentanilo es porque hay millones de personas que están consumiendo opioides. ¿Por qué? Porque necesitan desconectar, necesitan calmar la angustia, poner un paréntesis ante tanto ruido ambiente. Y para eso quizás un opiáceo es mejor que un psicodélico, que puede ser, según la persona y el contexto, muy desestabilizante. La idea, ya asentada por el renacimiento psicodélico, de que la MDMA, la LSD o la psilocibina van a liberarnos de los problemas de salud mental yo creo que no tiene en cuenta la compleja realidad que nos ha tocado. Vivimos en una sociedad muy estresante y, para adaptarse a esa vida de estrés, para calmar el dolor o para experimentar placer, serán necesarias unas drogas u otras, dependiendo de cómo sea la persona y la situación en la que se encuentra, unas drogas le serán más útiles que otras. Por eso no me atrevo a decir que los psicodélicos sí y los opiáceos no. Ese es mi planteamiento.
Ahondemos en él.
Hay que volver atrás y ver la función que las drogas han desempeñado en nuestra existencia, antes incluso de conformarnos como especie. La ebriedad ha cumplido desde siempre una función fundamental para organizar la vida humana. Como necesitamos del sueño o de la comida, necesitamos de la embriaguez para ordenar nuestra experiencia. Hasta hace poco, el botiquín con el que hemos contado era muy limitado, pero, con la globalización, ese botiquín se surte de nuevas sustancias. Pasamos del café, el alcohol y el tabaco como drogas de referencia a tener a nuestra disposición un menú mucho más amplio, que incluye la ayahuasca o la MDMA, por poner dos ejemplos. La función de la ebriedad sigue siendo la misma, lo que tenemos ahora es la oportunidad de poder elegir con más tino y de tener así una vida mucho más satisfactoria. Hablamos de herramientas para el bienestar del cuerpo y el bienestar del alma. A lo mejor estoy resultando un poco confuso.
"Si entendemos las drogas desde el punto de vista adaptativo, diríamos que un madrileño de cada cuatro necesita los hipnosedantes para sobrevivir a sus malestares".
No, yo creo que tu planteamiento está claro. Y también la necesidad de repensar nuestra relación con la ebriedad.
El ser humano es una máquina imperfecta que a veces siente un dolor infinito y a veces busca aumentar su placer. Desde esa obviedad hay que ver qué papel tienen las drogas en nuestra vida, repensar nuestra relación con ellas, teniendo en cuenta el dolor que nos quitan y el placer que nos procuran. Si no lo hacemos, estamos a lo que el médico nos dé o a lo que la tendencia de moda nos lleve. En la última encuesta que hicieron en Madrid, si no recuerdo mal, un 26% de la gente toma hipnosedantes para poder vivir con menos ansiedad. Después del alcohol y el tabaco, la droga más consumida no es el cannabis: son las benzodiacepinas. Y es la única droga donde la prevalencia de consumo femenina es mayor que la masculina. Si entendemos las drogas desde el punto de vista adaptativo, diríamos que un madrileño de cada cuatro necesita los hipnosedantes para sobrevivir a sus malestares.
Con lo de adaptativo te refieres a en qué medida las drogas han ayudado siempre al ser humano a adaptarse al medio en el que vive.
Sí. Desde esa óptica podemos entender tanto al tipo angustiado, con una vida horrible, que se emborracha porque no puede con su dolor interior, como al que se va a un retiro de ayahuasca. Para soportar la vida, para adaptarnos al sistema en el que vivimos y al ecosistema en que nos movemos, para poder sobrevivir, hacemos uso de determinadas drogas, bien puede ser el café (porque sin café no aguantas la jornada laboral), bien puede ser el alcohol (para olvidar), bien puede ser el tabaco (como una especie de tónico cerebral que te permite salir del embotamiento mental), bien puede ser el cannabis… Ahora vivimos una época en que las experiencias vitales son muy diversas. Y habrá a quien le venga mejor tomar un psicodélico, y a quien le venga mejor meterse una rayita de caballo para conseguir una pausa y poder aprovechar las últimas horas del día después de una larga jornada laboral, o después de acostar a los críos. ¿Por qué fue polémico el último libro de Carl Hart?
¿Qué libro, perdón?
El de Carl Hart, un libro que publicó en el 2021 y que se tituló Drogas para adultos. En él comentaba que llevaba cinco años consumiendo heroína de manera responsable y no adictiva, que la heroína le ayudaba a compatibilizar su trabajo con la familia y a ser más feliz. Aunque hablaba también de la metanfetamina y del crack, el escándalo vino a cuenta de la heroína. Carl Hart es un neuropsicofarmacólogo afroamericano, profesor en Columbia, una de las figuras más destacadas del antiprohibicionismo. Él fue quien pide el informe toxicológico cuando la policía mata al tipo este, no me acuerdo ahora del nombre...
George Floyd.
Sí. Carl Hart pide enseguida los resultados toxicológicos para desmontar el relato policial y demostrar que a la cantidad de metanfetamina que había consumido Floyd no se le podía atribuir su muerte [1]. Carl Hart es un personaje clave en Estados Unidos y con la promoción de ese libro se creó una polémica enorme. Resultaba intolerable que un hombre exitoso y brillante contara que la heroína le ayudaba a cumplir felizmente con sus obligaciones laborales y familiares. Que Carl Hart reconociera un consumo de heroína no problemático, que le permitía sobrellevar una vida muy ajetreada, chocaba frontalmente con la tragedia y los pánicos morales asociados al caballo. Como he dicho ya, necesitamos repensar nuestra relación con el dolor y el placer, dejando en suspenso todas las visiones moralizantes que han acompañado a la historia de las drogas. Y aquí el tema del renacimiento psicodélico tiene una función ambivalente, por un lado da carta blanca al consumo de psicodélicos, pero por otro condena o al menos busca distinguirse de otras sustancias, como los opiáceos o la metanfetamina.
¿Por qué busca distinguirse?
Bueno, en los discursos a menudo se habla en esos términos dicotómicos. Trump también ha dicho que los psicodélicos te pueden ayudar a superar adicciones, lo que es verdad, pero se dice dando por supuesto que los opioides son malos, que simplemente te atontan, te engañan y te destruyen la vida. Ha habido un renacimiento psicodélico, pero no un renacimiento heroico. No ha habido un renacimiento de los opiáceos.
"El renacimiento psicodélico tiene una función ambivalente, por un lado da carta blanca al consumo de psicodélicos, pero por otro condena o al menos busca distinguirse de otras sustancias, como los opiáceos o la metanfetamina"
Y yo creo que hay que replantear la relación con los opiáceos, no por nada, sino porque hay una crisis de salud de la hostia en Estados Unidos con el tema del fentanilo. Y porque si pensamos en nuestra relación histórica con las drogas, una de las primeras plantas de la que hacemos un uso farmacológico es la adormidera. Y eso que la Papaver somniferum no estaba en el jardín original: es una creación del ser humano. Por selección natural, van cruzando aquellas amapolas que tienen un efecto más narcótico, hasta que se crea esta variedad hace unos 8.000 años. Si dejamos de lado la cerveza, cuyos hallazgos arqueológicos más remotos datan de hace 13.000 años, las tres plantas psicoactivas que más han coevolucionado con nosotros —junto a los hongos psilocibios— han sido el cannabis (desde hace unos 10.000 años), la adormidera y la hoja de coca. O sea, que ya no es simplemente una evolución de la planta de la que nosotros hacemos un uso puntual, sino que las sociedades humanas y la misma especie han avanzado apoyándose en estas plantas. Se trata entonces de hacernos cargo de todo ese legado, de esa herencia de origen vegetal, que ha ido, como la misma civilización, refinándose y sintetizándose en nuevos fármacos.
Me estaba preguntando si de alguna manera esta no es una exposición de las drogas un poco como de supermercado: está a mi disposición, cojo de aquí, cojo de allá. Y no sé (esto puede sonar un poco paternalista) si la gente —no tú, que diriges una revista sobre drogas—, en general, nos sabemos drogar.
Yo aquí citaría a Edgar Morin [2] cuando dice que si a problemas complejos le aplicamos soluciones simples se generan realidades complicadas. La realidad de las drogas es muy complicada, y lo es porque están prohibidas. La prohibición ha añadido más problemas de los que tendrían las sustancias en sí. Es decir, la comida, el alcohol, el tabaco, el café, generan problemas, pero generarían muchos más problemas si estuvieran prohibidos. Uno de los lemas que los partidarios de la regulación repetimos es que las drogas no están prohibidas porque sean peligrosas, sino que son peligrosas porque están prohibidas. Tú me dices eso del supermercado, del daño que podría suponer un acceso indiscriminado. Cuando se habla de regular las drogas de lo que se está hablando es de que el acceso a ellas se produzca con garantías sanitarias, que sea el Estado y no el Chapo Guzmán el que las controla. Se trata de evitar los envenenamientos o las sobredosis accidentales que se producen cuando la sustancia no está estandarizada y desconoces su potencia. Se trata también de evitar las mafias que llegan a corromper a países enteros. Y también de evitar que menores y personas vulnerables consuman sustancias que les hagan daño. Las drogas no son para todo el mundo, son sustancias delicadas, y por eso hay que regularlas, permitiendo el acceso a toda persona adulta que así lo desee, con garantías sanitarias y con información real de sus efectos. Cuando se prohíbe una droga, la droga no desaparece, simplemente cambia la manera de acceder a ella. La prohibición ha sido un fracaso desde todos los puntos de vista, menos para los narcotraficantes: “Droga prohibida, mafia agradecida”.
"El relato, las ideas y prejuicios preestablecidos, las leyendas y canciones asociadas, determina el consumo que se hace de las drogas. Mi lucha o mi empeño es cambiar ese relato".
¿Crees que con la regulación desaparecería el estigma asociado al consumo de drogas?
En un contexto de regulación el estigma sería mucho menor que ahora y podría producirse una transmisión cabal de la experiencia. El consumo de una sustancia va siempre acompañado de un relato. Por ejemplo, con la heroína hay un malentendido enorme, de todas la sustancia es la que atesora una mayor mitificación (tanto en lo bueno como en lo malo), y la gente, cuando la consume, no lo hace desde una virginidad ni desde una inocencia: consume a partir de un relato, usa la sustancia mediatizado por lo que se cuenta de ella. De esta forma, la heroína se convierte en un polo de atracción para gente que quiera acabar con su vida o encontrar una excusa para ordenar su existencia en torno una cuestión exterior, como sería proveerse del gramo diario. El relato, las ideas y prejuicios preestablecidos, las leyendas y canciones asociadas, determina el consumo que se hace de las drogas. Mi lucha o mi empeño es cambiar ese relato, porque esas narrativas culturales son muy poderosas y no son útiles para el buen vivir. ¿Qué quiere, por ejemplo, una parte importante del renacimiento psicodélico? Parangonar su uso a una experiencia mística. Y yo soy contrario a ver el uso de psicodélicos desde una perspectiva mística.
El enfoque de la salud mental —quitando la parte indígena—, ¿no estaría en las antípodas de esa experiencia mística?
No te creas. Por ejemplo, en el hospital Hopkins [3] —que son además los punteros en el asunto—, llevan años privilegiando estudios que tienen en cuenta este tema místico. O sea, que el tema Dios aparece en algún momento. Y, de hecho, todo el milagro del renacimiento psicodélico en Estados Unidos, en Norteamérica, no se explica sin el concurso de Dios. Muchos millonarios ponen dinero porque de alguna manera los psicodélicos permiten volver a explicar nuestra relación con el todo y con Dios. A partir, digamos, de esas experiencias cumbres que producen los psicodélicos se acaba dando por supuesta la existencia de Dios.
"Como la noticia del consumo de microdosis nos ha llegado acompañada del relato de que en Silicon Valley las utilizan para ser más productivos, más imaginativos y más creativos… pues ahí tienes a una legión de obedientes tratando de usarlas en el trabajo. ¿Y no será eso una nueva leyenda urbana?"
Entonces, ¿cómo reordenar una nueva narrativa en torno a las drogas?
Bueno, pues hay gente que plantea una explicación mística, otros plantean una explicación puramente farmacológica, otros, en línea con el new age, apuestan por lo saludable, lo healthy. Y, claro, ahí el underground se queda fuera de juego. Yo creo que el underground ya pasó, que el debate sobre drogas se ha convertido en una cuestión de masas y hay que plantear nuevas formas de tratarlas. Por ejemplo, ¿qué pasa con las microdosis? Yo soy un defensor de las microdosis, he usado muchas microdosis de LSD, me parece un estimulante fantástico. Pero no para trabajar. A mí, particularmente, para trabajar me pone muy nervioso. Pero como la noticia del consumo de microdosis nos ha llegado acompañada del relato de que en Silicon Valley las utilizan para ser más productivos, más imaginativos y más creativos… pues ahí tienes a una legión de obedientes tratando de usarlas en el trabajo. ¿Y no será eso una nueva leyenda urbana? Y si es verdad, ¿en qué medida es verdad? ¿Para qué tipo de trabajo sirve? Yo he hecho un uso de ocio, porque me parece que las microdosis de LSD son un estimulante maravilloso que no te deja resaca al día siguiente, que te da una claridad y una lucidez mental sorprendentes. Para mí y para muchos amigos la cosa está clara, pero ¿qué me dicen los farmacólogos? Que es imposible que esas dosis subperceptuales te generen algún tipo de efecto. Y luego están los puristas que te dicen que lo propio del LSD es tomarte una dosis potente y tener el Gran Viaje. Pero, claro, en ese caso marginas a un montón de gente a la que le da miedo el gran viaje.
Y además esos viajes te exigen unas condiciones de salud juveniles, y a mí ya no me apetece meterme doce horas tripeando. Prefiero, más que el gran viaje, una pequeña excursión turística, un pequeño impulso. ¿Por qué no? Y sobre todo —y aquí es donde llegamos a mi elaboración del asunto—, las microdosis te permiten conocer una sustancia desde abajo. No desde arriba como antes. Conocer una sustancia desde abajo te permite ir viendo poco a poco los efectos. O sea, es una forma de refinamiento. Y lo que hay que defender en la vida es el refinamiento. El verdadero progreso es una historia de refinamiento. Donde simplemente había una comida para alimentarse se acaba generando una cultura gastronómica; donde simplemente había unos escarceos para reproducirse, se crea una cultura erótica. Yo defiendo el refinamiento aplicado también al consumo de drogas. El ideal de Epicuro, que defendía un estado de sobriedad cotidiano con grandes y puntuales homenajes. Ese es para mí el estado de salud perfecto. Que yo no siempre cumplo. Porque por temporadas a lo mejor abuso de alguna sustancia.
"¿La gente está preparada para que todas las drogas estén reguladas y pueda ir a la farmacia a comprar heroína? Probablemente no. Pero es que no está preparado ni para eso ni para lo que hay ahora, que genera muchos más problemas".
Hace poco me hablaste del Ozempic, ¿qué tiene que ver con todo esto?
Sí, lo del Ozempic es muy interesante. Un fármaco que está pensado para la diabetes pero que te permite adelgazar de una manera milagrosa y que parece que afecta al mecanismo de la violencia, que intercede entre el impulso y la acción. El Ozempic puede ser una herramienta muy útil, y hay un montón de fármacos por descubrir que nos van a permitir abordar nuestra relación con las adicciones, es decir, con ese patrón de conducta mental que se basa en la obsesión. Estamos ahora mismo en un momento de muchas posibilidades, un momento de refinamiento que convive, como siempre, con la otra cara, que es el embrutecimiento. Tú me dices, ¿crees que la gente está preparada para que todas las drogas estén reguladas y pueda ir a la farmacia a comprar heroína? Probablemente no. Pero es que no está preparado ni para eso ni para lo que hay ahora, porque lo que hay ahora genera muchos más problemas. En lugar del oscurantismo que hay hoy, la regulación, en unas condiciones ideales, permitiría una transmisión de la experiencia en la que aquellos, como Carl Hart, que hacen un uso no problemático de drogas como la heroína pudieran contarlo sin generar tanto rechazo. Así no sería difícil cambiar el relato y el abuso de determinadas sustancias. Y la ciencia podría aplicarse a encontrar fármacos que con los mismos efectos positivos tuvieran menos efectos negativos.
Claro.
Hay que apostar por la racionalidad. Lo que sucede es que el ser humano está muy carente de racionalidad colectiva. Somos capaces de aplicar una racionalidad muy válida para nuestras vidas individuales, pero nos cuesta mucho trabajo articular en común ideas que permitan una vida mejor. Lo interesante ahora, en relación a las drogas, es que hay una reclamación clara en favor de la regulación. Ha empezado por la marihuana —primero medicinal y luego recreativa—, ahora vienen los psicodélicos y yo espero que en algún momento también se toque el tema de los opiáceos. Esto no quiere decir que el progreso esté garantizado, puede haber un retroceso, como vemos ahora con el aborto o la eutanasia. Hay un revival moralista que puede afectar también a las drogas.
"Hay que huir de lo que Jonathan Ott llamaba el chovinismo farmacológico, que es salvar las drogas que nos gustan y condenar las que no nos gustan. Y escuchar, entender, respetar"
¿A qué te refieres?
A mí me parece muy bien que haya quien que no quiera abortar, lo que me parece mal son los que exigen a los demás que no aborten. Y en las drogas lo mismo: me parece muy bien que haya gente que no se quiera drogar, pero que no nos prohíba a los demás drogarnos. Estamos ahí, en todas esas batallas morales. Es cansado, porque hay que repetir una y otra vez lo mismo, pero no hay otra que apostar por el refinamiento, por la libertad, por el conocimiento, y huir de políticas paternalistas basadas en el miedo, porque a lo único que lleva el miedo es una experiencia atemorizada de la vida que no trae nada bueno. La prohibición ha fracasado, hay que regular todas las drogas. A ver si así, por fin, podemos hablar de lo importante. Porque a mí, más que la cuestión legal, lo que me interesa es el desafío cultural e intelectual que supone. Es decir, ¿qué hacemos con este botiquín tan bien surtido? ¿Cómo lo vamos a usar? Por supuesto, yo en mi botiquín quiero que haya de todo: un eutanásico para poder despedirme de esta vida sin sufrimiento y con dignidad; analgésicos potentes para momentos de dolor o para poder olvidarme de los problemas; estimulantes suaves para poder trabajar en el libro que quiero hacer; psicodélicos para, en momentos puntuales, poder formatear mi mente… Y cannabis, que es la sustancia que me lleva acompañando desde hace más de tres décadas. Entiendo que la gente añada café, tabaco, cocaína y alcoholes varios, aunque en mi botiquín no tendrían cabida pues me sientan fatal. A unos le sientan bien unas drogas y a otros otras. Y hay que huir de lo que Jonathan Ott llamaba el chovinismo farmacológico, que es salvar las drogas que nos gustan y condenar las que no nos gustan. Y escuchar, entender, respetar. Caminar hacia una sociedad de los cuidados donde se cultive la atención, en lugar de hacia el ruido, la imposición, la histeria y la polarización. Mientras tanto, en las drogas y en todo los demás, nos toca mantener el fuego de la civilización encendido.
[1]. En el caso de George Floyd, Carl Hart utiliza precisamente el análisis toxicológico para cuestionar la interpretación automática de que las drogas explicaban su comportamiento o su muerte. El informe encontró 19 ng/mL de metanfetamina y 11 ng/mL de fentanilo en su sangre, pero esos datos no demostraban que estuviera violentamente intoxicado ni que hubiera muerto por una sobredosis; de hecho, durante el juicio se describió el nivel de metanfetamina como muy bajo. Hart convirtió el caso en un ejemplo de su argumento más amplio: la mera presencia de una droga en el organismo no permitía atribuirle automáticamente la conducta de una persona ni, en este caso, convertir el consumo de drogas en una explicación de la muerte de Floyd. Su tesis era que esa asociación simplista puede contribuir a justificar respuestas policiales y sociales desproporcionadas
[2]. Filósofo y sociólogo francés, padre del llamado pensamiento complejo.
[3]. El Centro de Investigación Psicodélica y de la Conciencia de la Universidad John Hopkins (Baltimore, Maryland). Fue creado el 2019 con el objetivo de estudiar el efecto de los psicodélicos en la salud. Es el primer centro de este tipo en Estados Unidos y el segundo en el mundo, tras el Imperial College de Londres.
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