Tres hombres blancos en una canoa 72 horas en Lagos

Hugo Romero

Hugo Romero (Madrid, 1972) es filósofo de formación: estudió en la Universidad de Navarra y en la Universidad Complutense. Desde finales de los años noventa traduce regularmente para editoriales como Akal, Gustavo Gili y Acuarela, y ha publicado poemas y reseñas literarias y musicales en diversas revistas. Tras varios años dedicado a la enseñanza, decidió hacer del cruce de fronteras, el cambio de idiomas y la itinerancia de datos un modo de ganarse la vida: lleva dos décadas trabajando en el turismo. Vive en Chinchón.

Cuando ya tengo comprado el billete de avión y reservado el hotel, escribo a un amigo periodista que conoce bien África: “Viajo pronto a Lagos, Nigeria. ¿Algún consejo?” Durante algunos segundos, los tres puntos del WhatsApp como tres dedos que tamborilean. “No vayas.” Más tarde matizará la broma y sus consejos me resultarán útiles durante el viaje, pero su primera respuesta queda como síntesis de todas las reacciones de quienes se enteran de mi viaje. El Ministerio de Asuntos Exteriores recomienda no viajar a Lagos bajo ninguna circunstancia. Decido hacerle más caso al Foreign Office británico, que en su web limita la recomendación de no viajar a amplias zonas de Nigeria y admite la estancia en Lagos por razones de peso y con cierta prudencia. Los trescientos euros del visado turístico dejan claro que el gobierno nigeriano tampoco está demasiado interesado en que se visite el país sin motivos sólidos.

Unas semanas antes, durante una cena en su casa, Carlos Arroyo, un amigo arquitecto, me había invitado a acompañarle a una escapada rápida a Lagos. Tenía previsto participar en una serie de conferencias organizadas por la Fundación Ibercaja sobre metrópolis globales y Lagos era la única de las ciudades del ciclo que no conocía. La conferencia se convierte así en una excusa para una pasión compartida: explorar la arquitectura y el urbanismo de cualquier ciudad. Finalmente Juanma, un tercer amigo, se une al viaje y así es como tres hombres blancos de más de cincuenta años terminamos aterrizando una noche de marzo en el aeropuerto internacional Murtala Muhammed y recorriendo en un Land Cruiser blindado, camino de nuestro hotel, las calles de una de las mayores ciudades de África y del mundo.

“'Lagos es una manifestación prodigiosa de la perversidad del hombre unida a la perversidad de la naturaleza'. La cita es de la exploradora victoriana Mary Kingsley. Nadie sabe a ciencia cierta su número real de habitantes, aunque es probable que roce los veinte millones". 

Lagos resulta apabullante desde la primera impresión. Lagos es una manifestación prodigiosa de la perversidad del hombre unida a la perversidad de la naturaleza.” La cita es de la exploradora victoriana Mary Kingsley y me vendrá a la cabeza a menudo durante los siguientes días. Nadie sabe a ciencia cierta su número real de habitantes, aunque es probable que roce los veinte millones. Construida originalmente sobre un conjunto de islas y penínsulas en una laguna que se abre al Océano Atlántico, la ciudad se ha extendido hoy también por tierra firme. Camino del centro, recorremos el Tercer Puente, que avanza durante casi doce kilómetros en paralelo a la tierra firme. Por un tiempo fue el puente más largo de África, un bypass que evita una ciudad con una densidad descomunal de habitantes y conflictos. Me hace pensar instintivamente en la autovía Palermo-Catania construida a tramos larguísimos sobre unos pilares totalmente innecesarios, quién sabe si para evitar conflictos o para inflar presupuestos. 

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