Collage 451 (Fugitiva victoria)
Sean Mackaoui divide su tiempo en construir ilustraciones para medios nacionales e internacionales, después se pierde en su propio mundo de collages y objetos que a veces pululan por salas de exposiciones. Es miembro del colectivo gráfico urbano El Cártel, periódico mural desde 1998. Lleva diez años diseñando escenografías y vestuario para teatros municipales y nacionales por los países nórdicos y es Director Honorario del Museo de Collage de San Francisco, EEUU.
Foto: José Luis Santalla
“Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo.” Ray Bradbury, en Fahrenheit 451.
“En nuestra cultura hay objetos cargados de simbolismo cuya sola presencia en un relato dispara las alarmas en la mente del lector, poniendo en marcha su imaginación. Un espejo, una pistola, un retrato; una carta, un cuchillo, una cruz, una ventana; una piedra, un puente, un árbol; una botella, una calavera, una flor. Inevitablemente nuestro instinto lector se despierta cuando cosas así irrumpen en la escena de una historia… Pero quizá, de entre todos ellos, el más misterioso sea el libro.” Así comienza Javier Azpeitia la introducción del libro Libro de libros, antología coordinada por él para la editorial 451 Editores. Y es verdad que cuando un libro aparece en una escena -ya sea literaria, cinematográfica, teatral o plástica- algo suele cambiar, en el sentido que ese objeto despierta -suele despertar- una serie de reacciones: curiosidad, sensación de que el libro va a revelar un aspecto significativo acerca del personaje que lo tiene, de la obra que estamos viendo o leyendo, o acerca del autor de la obra; también suele provocar una disposición crítica o analítica, y si lo hemos leído intentamos recordar de qué iba y en qué momento lo leímos. Así, el collage 451, de Sean Mackaoui, me trasladó instantáneamente al salón de mis abuelos, a los sofás, el tocadiscos, la alfombra, y a la biblioteca con puertas de cristal en la que había una colección de libros forrados en piel de color caramelo y letras doradas, como los que aparecen en el collage; libros que, con el correr de los años, me aventuré a hurgar y que, más tarde, empecé a leer, picoteando al principio frases sueltas y después párrafos enteros, hasta que por fin me atreví a empezarlos por el principio y a acabarlos por el final, estableciendo una relación de confianza, de complicidad y de cierta obsesión con esos objetos.
Esa imagen plácida y agradable que conservo de aquel salón, ensalzada, seguramente, por la distancia que me separa de aquel momento, quedó, sin embargo, conturbada por la otra mitad del objeto que aparece en el collage: una pistola. Una pistola cromada y con mango de madera, como la de un gángster o un fetichista. El maridaje era extraño, y al principio sentí cierto rechazo por ese acoplamiento. ¿El arma no debería, si acaso, estar apuntando hacia los libros, en lugar de compartir su misma anatomía? Como es comprensible, tengo a esos dos objetos como paladines de signos completamente opuestos, antagónicos. Este desvío me perturbaba: ¿Qué tenía que ver un arma con el plácido salón de mis abuelos? ¿Con la mullidez de sus almohadones y el amparo, cargado de misterio, de los lomos forrados de piel?
Quise desplazar los libros unos centímetros hacia arriba en el collage, separándolos del cañón, convirtiéndolos en víctimas y salvándolos, de esa forma, ¡de la injuria! De ninguna manera unos libros bien encuadernados podían cumplir el rol de un verdugo. Sin embargo, esa afirmación quedó revoloteando durante unos segundos a unos centímetros de mi frontis, en forma de pregunta múltiple, caleidoscópica, y empezó a arrojar respuestas como si fueran platos de tiro.
“¡Los libros son, y han sido siempre, los verdaderos culpables, los verdaderos coaccionadores del sistema!”, me dije o dijo una voz poseída por una suerte de revelación. “Las armas son solo sus lacayas, sus fuerzas de choque, las que aprietan el gatillo cuando los Autores lo ordenan. Era consciente de que había algo exagerado en esa inusitada problematización del objeto -arma/libro-, algo irreal y retorcido, pero me estimulaba que la disposición de los signos rompieran con un orden semántico establecido, conflictuando el relato, abriéndolo hacia otras derivaciones más sinuosas y, por lo tanto, más interesantes. Agradecí, entonces, que el collage se sacudiera de encima mis primeras impresiones y prolongara un poco más el juego, sacrificando, incluso, la sensación de amparo, misterio y placidez que ofrecía la traslación al salón de mis abuelos, y echando por tierra, también la reconfortante deleznable amenaza del pasodoble capitalista sobre la fragilidad ilustrada.
¡Qué bien que ambos objetos estuvieran unidos! ¡Larga gloria a los ensamblajes!, pensé y me sumergí en una serie de elucubraciones de corte detectivesco que masajearon mi frontis perineal: ¿En qué medida los Libros son, y fueron, cómplices de las armas? ¿De que Libros estoy hablando? ¿Cuáles fueron y cuáles no? ¿Cuáles Libros permanecen siendo cómplices estos días? ¿Por qué existen esos Libros? ¿A quiénes representan? Y lo más importante: ¿Cuántos de esos Libros permitieron que tenga, hoy, el estilo de vida que tengo -en este planeta-? Y, ¿en qué forma y medida participo -activa o pasivamente- en la preservación de esos Libros? Y una última, un pelín más peliaguda: ¿en qué circunstancias mi Libro le ordenaría al gatillo: “¡disparen!” Llegado a este punto, mi frontis se relajó por completo y dejé de hacerme preguntas. A esta disposición, me dije, le debe el arte su Felicidad. Porque, ¿qué es la obra artística sino la manera más obstinada de preguntar? Prueba de esto, me dije porque últimamente me digo hasta cuando me desdigo- es que cuando rajamos el lienzo siempre surge siempre una luz ancestral, en medio de la cual están Víctima y Verdugo bailando una danza crepuscular.
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