Fotograma de la película Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín (2025)

Vapor Conversación ultramundana en las termas

Bárbara Mingo

Bárbara Mingo Costales ha publicado De ansia de goznes mi alma está llena, Al acechoVilnis Lloro porque no tengo sentimientos, que recibió el premio Tigre Juan de 2024. Colaboradora de diferentes revistas en España, Estados Unidos, Francia e Italia, ha sido miembro de las revistas Cabeza borradora y El Estado Mental. Además de Los buenos augurios, escrito y diseñado a medias con Rubén Lardín para Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín, se ha encargado de confeccionar fanzines asociados a otras películas: para Majada, de Nilo Gallego y Chus Domínguez, y para Kosmogonía, de Deneb Martos.

Ruben Lardín

Rubén Lardín (Barcelona, 1972) es escritor, traductor y firma frecuente en prensa. Es autor de diversos libros de divulgación cinematográfica y ensayos culturales, y de obras más personales como el dietario Imbécil y desnudo, la memoria de iniciación sentimental Corazón conejo o el artefacto impúdico La hora atómica. Algunos de sus textos y columnas sobre cine se recogen en la antología El futuro de nuestros hijos. Ha comisariado un buen número de exposiciones de cómic y en los interludios graba un podcast especializado en física de partículas llamado La mano contra el sol. Su último libro, en la editorial Fulgencio Pimentel, lleva por título Las ocasiones.

Esta conversación dialoga con la película Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín, rodada en el otoño de 2024 en las termas de Bande, a orillas del río Limia, que los antiguos romanos identificaban con el Leteo, donde las almas purificadas en el tránsito del Purgatorio al Paraíso solían lavar sus malos recuerdos. 


— Estaba pensando ahora en lo fácil que puede ser, en un momento dado, ir a la guerra. Ir a la guerra o verse arrastrado a ella no tiene por qué ser difícil. Existe gente, incluso, que cree tener razones y motivos. Lo difícil ha de ser volver, porque de la guerra vuelve otro. Esto me lleva a todo aquello que no puede definirse de manera satisfactoria en sus propósitos y que lo hace mejor en la enumeración de los resultados. Ese tipo de cosas que no existen antes. Que no son. Un accidente, por ejemplo. Un accidente se explica en un pie descalzo, un zapato perdido manifiesta un accidente, pero el accidente en sí es de comprensión imposible en su inminencia. Hablo de todo aquello que no es válido, que se enuncia no en lo que es sino en sus consecuencias, ¿qué hacemos con eso?

— Al hacer tanto calor yo caigo en la metafísica. Porque la metafísica para mí es algo que tiene que ver con los treinta y cinco grados para arriba mucho más que con las regiones septentrionales. Esto que me dices, lo de las cosas que solo se pueden ver por sus resultados y no a priori, si es que he entendido bien, y creo que lo he entendido bien, y en cualquier caso todo lo entendemos bien siempre, lo he visto inmediatamente como una imagen de la vida. Yo, en lugar de salir a la guerra, he salido de casa y me he venido aquí a un parque próximo, debajo de un árbol, por ver un poco de verde y quitarme las gafas, aunque realmente las gafas no las llevo nunca puestas en casa, o sea que eso es otra imagen, otra figuración. Después de estar todo el día muy o un poco ofuscada, ya a última hora me he dicho: me vendrá bien estar debajo de los árboles, que viven a otro ritmo, te dan otros mensajes, quizá deba exponerme al verde, a sus hojas, sus ramas, su sombra durante un buen rato para entrar en un estado de tranquilidad. Perdón por hablar de mí misma, es la ofuscación. El caso es que ha pasado algo… Tenía que mandar un mensaje que me preocupaba un poco, y lo he enviado desde debajo del árbol y lo que he recibido ha sido una respuesta rápida y sencilla, efectivamente también debajo del árbol, y considero que aunque ha estado el móvil implicado, el estar debajo del árbol ha hecho que todo fuera mejor. También me ha pasado una cotorra por encima y antes he visto un mirlo. El mensaje decía: “Mañana iré a comprar un sofá. Hace demasiado calor para preocuparse”.

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— Entiendo bien lo que dices. Lo del color, sobre todo, el verde como agente de cambio, y lo de la temperatura. Es algo que vivo también porque estamos en la misma ciudad. Ahora de noche el calor se ha atenuado un poco, aunque yo sigo instalado en esa especie de pensamiento acuático de estos días de canícula. Un pensamiento, por otra parte, que tampoco sé en qué consiste y que por tanto no respaldo con los hechos, porque no sé muy bien… O sea, como de costumbre no sé muy bien de qué estamos hablando, pero bueno, el mundo no hay que comprenderlo nunca entero, ¿verdad? Al menos nunca por completo, porque cuando lo comprendes, vas y lo aceptas, lo admites como es, y eso creo que es lo último que tenemos que hacer, que nos parezca bien el mundo. En cualquier caso, yo creo que tú y yo estamos más o menos amortizados. Y si hoy no somos enteros, si no somos en toda nuestra cantidad, tampoco creo que sea algo a lamentar.

— Nosotros estamos amortizados, desde luego. Me lo tomo como una disposición propicia para vivir bien y para recibir las cosas con asombro y como sobreabundancia. No sé tú, pero yo me he sentido así desde muy joven, desde adolescente. En cuanto a lo acuático, me acordaba ahora de que el verano pasado estuve en La Manga del Mar Menor. Un día, unas horas, una noche. Sabes que La Manga es como un largo, larguísimo y muy fino dedo de tierra entre el mar Mediterráneo y el Mar Menor, al que surte el mar Mediterráneo por un canal muy estrechito que hay. El caso es que nos bañamos en el Mediterráneo y cuando cayó un poco el sol nos desplazamos al Mar Menor, y ahí el agua estaba tan caliente, era tan plácido (aunque ese mar debe de estar bastante destrozado), que esa tarde la gente estaba en el agua hablando, pasando las horas, jugando al ajedrez, haciendo lo que haría en una tabernilla o en el porche de su casa. Se habían llevado sillas y mesas. Yo no sé si la memoria me engaña, porque te diría incluso que ponían el tablero de ajedrez o de parchís a flotar en el agua, pero entonces estaríamos hablando del Mar Muerto, claro. Como fuera, allí estaba la gente bliblí, blablá, hablando de sus amigos, de lo que había hecho no sé quién, y etcétera, durante horas, era alucinante. Mientras, el sol iba cayendo y tiñéndolo todo de unos tonos ocres, naranjas, y al fondo los montes que cerraban la estampa. Fue una visión inolvidable que recuerdo hoy, once meses más tarde.

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— Te voy a cambiar ese recuerdo por otro igual de beatífico, y que además no es un recuerdo de la memoria sino inmediato, del día de hoy, o sea que tal vez no es tanto un recuerdo como una impresión. O una noticia, mejor, sí, así es como me la ha enviado una amiga de Barcelona. Resulta que en la esquina de lo que fue mi casa durante veinte años, en el contenedor al que yo bajaba la basura todos los días, han encontrado ayer un cráneo humano. La sensación, claro, al no estar allí, es que me lo he perdido, ¡que he perdido el cráneo! Por desgracia, el asunto no parece guardar una historia demasiado escabrosa porque es un cráneo anotado, lleno de anotaciones a lápiz, lo cual hace sospechar que pueda haber sido algún estudiante de medicina que se ha desembarazado del mal fario. Esto me lleva, de manera acuática una vez más, un poco inopinada, a los pingüinos, que como sabes son aves que no nadan sino que vuelan bajo el agua, y al dominó, que entiendo como un juego de huesos, unas tabas del suelo a la mesa. A lo mejor te parece algo rebuscado, pero siempre he pensado que los pingüinos inventaron el dominó. No sé si pudieron elaborar las reglas completas del juego, que desconozco, porque sé que el dominó es un juego con una lejanía, con su más allá, propenso a una estrategia a la que yo no puedo acceder por mi mismo temperamento, porque no atiendo, pero en un primer vistazo sería un juego muy cándido y muy somero, muy acorde a la naturaleza de los pingüinos e incluso a sus andares. Luego la realidad es muy otra, claro, la hermana de una amiga trabaja con pingüinos y los pingüinos huelen a pingüino, pero tengo la seguridad, sé que es así y desde que lo pensé no puedo despensarlo, que la morfología del juego es cosa suya. Si cierro los ojos puedo verlos en grupo, absorto cada individuo en su tarea de fabricación, tallando las piezas a su imagen y semejanza a partir de los huesos de un cetáceo.

— Lo de la calavera me deja impresionada sin haber vivido yo en esa casa. Es un poco truculento, pero no sé cuál es la sensación que uno puede tener al enterarse de eso, si es el haber llegado tarde a algo… Yo el contacto que puedo haber tenido con una calavera estos días es que estaba leyendo en un libro un procedimiento antiguo para curarse el dolor de muelas. Atiende: primero tienes que tener la suerte de encontrar el cráneo de un animal en el suelo, en el campo, cogerlo con los dientes, dar nueve pasos hacia atrás y luego volver a depositarlo en el suelo. No te podía ver nadie. Y así se te quitaba el dolor. Pero lo que de verdad me ha dejado atónita primero y regocijada después es que me hables del dominó, porque yo hacía muchísimo que no jugaba y llevo dos noches jugando como loca, como una monstrua del dominó. Me ha parecido una casualidad guay. Tu asociación con los pingüinos la encuentro ejemplar. Totalmente de acuerdo, es un juego que han inventado los pingüinos, tiene muchísimo que ver con ellos, dejan las fichas como si fueran pingüinos. Yo hice una asociación con un animal mientras jugaba y la he recordado mientras me lo contabas: los murciélagos. Me puse a jugar con una crema negra en la cara y mi contrincante me dijo que parecía un murciélago, y me pareció un animal también bastante adecuado. Pero fíjate una cosa, parece asombrosa esta casualidad del dominó, pero hay algo que se va cumpliendo, y es que hay momentos en la vida y en la historia, o épocas, en que se dan muchas casualidades, muchas sincronicidades, por usar terminología de Jung y el famoso escarabajo de oro, y esta es una de ellas. Hay muchísimas sincronicidades que no se sabe bien qué sentido tienen, no tienen por qué tener un sentido como un mensaje que te traen, el mensaje es como un saludo. Creo que ahora estamos en una época de esas, que está pasando algo cósmico, están cambiando las estrellas o algo así, y nosotros lo vemos en estas coincidencias, en los pingüinos.

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Claudia Robert

— Seguramente tengas razón. Yo no sé si hay que creer o no creer o contemplar o no las sincronicidades y atribuirlas a razones mayores, galácticas o estelares, pero sí, el caso es que deberíamos estar hablando de cocodrilos que ramonean en la charca y estamos hablando de pingüinos, hemos amansado a las fieras. Los pingüinos se imponen en cuanto los mencionas, morfológicamente, como la ficha de dominó, ese blanco y negro es imponente. Y en ambos está esa línea de tiempo, esa idea de hilera, de desfile o de procesión, que es algo que se dice que va por dentro aunque hoy no es el caso porque se ha dormido estupendamente. Es verdad que una de las cosas que me dificultan el sueño son las personas como colectivo, nunca los pingüinos como individuos; a la que trato con más de cuatro personas en un día, luego me cuesta dormir. Me roban el sueño, sus gestos me llenan el pensamiento de impulsos inusuales, incompletos, me someten un poco a una búsqueda retrospectiva… Me cuesta dormir. Tal vez sea también cosa de esos astros en los que no sé si creo. Yo creo que no creo en nada, yo creo que llegados a este punto apenas creo en la rebelión íntima y particular que precisamente agita algunas noches de insomnio.

— Asocio toda esta teoría de los pingüinos con la guerra, con la que empezamos la conversación, y que está de fondo de la película de Gabriel, y puedo ver a los pingüinos como un ejército. Van de uniforme, pero realmente todos los animales van de uniforme. También eso de la procesión, la marcha, es algo militar. Pero luego pensaba en ellos, cómo son, y creo que es un ejército de desertores, que han ido a acabar en el culo del mundo. Los cocodrilos que han asomado el morro los veo animales similares. No tienen nada que ver, pero sí creo que ambos están en el imaginario de los niños. Desde muy pequeño sabes muy bien qué es un cocodrilo y qué es un pingüino. Yo no sé… Existe esa expresión que es ir vestido de pingüino, cuando te pones un chaqué porque vas a una boda, pero no va nadie nunca vestido de cocodrilo, ¿a dónde irías, vestido de cocodrilo? Hoy he salido pronto de casa y he visto a un alto número de personas durmiendo en bancos, en parques. Otra cosa: eso del trato con nuestros semejantes, con los demás, que te altera el sueño... Lo entiendo muy bien. Es curioso que te hayas fijado. Bueno, tampoco eres un inconsciente, te das cuenta de qué cosas te afectan. Pero sí, lo sé, eso pasa. Sin embargo hay que hablar, hay que relacionarse. Es algo así como que nuestro destino no está en las estrellas, nuestro destino está en los demás.

— Yo creo que cuando te vistes de cocodrilo es para no salir más, ya no vas a ir a ningún sitio. Ahí sí que ya no quieres hacer vida en sociedad ni quieres tratar con nadie, porque en realidad has llegado a un punto en que las palabras no sirven. Y te quedas en casa llenando de lágrimas tu estanque o tu pozal y ya se irá viendo. En las artes adivinatorias relacionadas con el agua hay una que consiste en hablar en un recipiente y observar la reacción del agua a las palabras. La reverberación, el efecto de las ondas, que es también lo que se llama efecto dominó. Le hablas al agua, la perturbas, y escuchas la voz del agua, a ver qué tiene ella que decirte.

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— ¡Fluyan mis lágrimas, dijo el cocodrilo! Hay otro método de adivinación en el ámbito teutón, germánico centroeuropeo, que consiste en derretir una pieza de metal y arrojarla líquida a un recipiente con agua, donde se volverá a solidificar y dará lugar a una forma nueva que es la forma que hay que interpretar para indagar el año que vas a pasar. Yo lo practiqué una vez en una fiesta de nochevieja y me salió un revoltijo muy raro, no sé si lo supe interpretar; quizá el año fue igual.

— Sentido tiene, porque es como hacer un molde sin molde, un molde de la nada, del mundo, encomendándose a esa aleatoriedad materializada. Se podría hacer también escachando una sandía en mitad de la calle. Finalmente tengo que confesar que sí que creo. En todo, de hecho, me atrevo a decir en este momento. Creo en todo. Creo en los sortilegios porque creo que lo que hagamos ahora puede determinar un después. En fin, he salido de casa porque he quedado... ¡contigo! Y mientras camino me veo como el fractal de un pingüino, como un pingüino sosteniendo la foto de un pingüino que sostiene la foto de un pingüino. Eso soy yo ahora mismo caminando a tu encuentro.

— Efectivamente, nos encontraremos ahora en estas líneas. Ah, me preguntaba qué nos hace salir de casa, ¿el pingüino que llevamos dentro? De camino iba oyendo música y era precioso el mundo, y he visto dos imágenes, no sé, como de ciudad destrozada o de apocalipsis. Un dóberman estaba haciendo pis agachado y le caía su propio pis en la pezuñas de atrás, una cosa impresionante; luego una mujer delante de mí se ha dado un último abanicazo y ha tirado el abanico a una papelera, con asco.

 

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