Tú que bailas con la muerte Anita Berber y los años salvajes de Weimar
Francisco Uzcanga Meinecke
Francisco Uzcanga Meinecke nació en San Sebastián y pasó allí la infancia y la primera juventud. Vivió luego unos años en Madrid y más adelante se fue a estudiar a Alemania. Se licenció en Filología Germánica y Románica en la Universidad de Tubinga y se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Constanza. Ha enseñado en diversas universidades europeas y en la actualidad trabaja en el Centro de Humanidades de la Universidad de Ulm. Ha publicado El café sobre el volcán, ¿Qué se debe a España? y Eso que llamabas paraíso (coescrito con Ricardo Casas Fischer), los tres publicados en Libros del KO.
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La Nochevieja fue apoteósica. Lo afirmaba el anónimo corresponsal del Berliner Tageblatt, diario poco dado al amarillismo: «La ciudad no ha vivido nunca un fin de año igual. Los berlineses se lanzaron como una jauría de lobos hambrientos a practicar el goce ansiado durante tanto tiempo. Un sinfín de piernas se movían como si estuvieran embrujadas, faldas volaban por los aires, bailarines jadeantes agitaban los brazos con entusiasmo frenético. El suelo de Berlín ardía, nunca se había bailado tanto ni de forma tan desbocada».
Era el último día de 1918, se acababa de perder la guerra y, tras semanas de disputas entre civiles y militares, las autoridades cedieron a la presión popular y abolieron la ley que prohibía los bailes públicos. Así que esa noche los berlineses pudieron practicar sin freno y por todas partes el «goce ansiado». Se bailó en el norte proletario, en el alborotado este, en el oeste elegante, en el sur a medio construir, en los barrios de la periferia. La capital de Alemania era presa de la furia danzadora de unos berlineses que, como explicaba el cada vez más eufórico corresponsal, «festejan este segundo que les da hoy lo que quizá no les pueda garantizar el mañana».
El mañana se presentaba sombrío. Escaseaban los alimentos, faltaba carbón para las estufas y el invierno apenas había comenzado. Además, la ley solo se derogaba para esa noche. Aparte del duelo por la derrota, las autoridades tenían preocupaciones más urgentes. «En Berlín ha estallado la paz», se decía en aquellos días, porque la firma del armisticio había traído a la retaguardia la guerra del frente. Las calles eran un campo de batalla entre grupos paramilitares de extrema derecha y brigadas comunistas. En esa Nochevieja delirante los petardos de medianoche y los corchos de cava competían con granadas de mano y salvas intimidatorias, los anuncios de festejos se entremezclaban con panfletos subversivos. Como terminaba el corresponsal del Berliner Tageblatt: «Entre el retumbo de las botas de cuero y el jolgorio en las calles, entre banderas rojas y confetis, las parejas se deslizan hacia el nuevo año».
Fue en uno de esos primeros días del año nuevo cuando el diplomático y escritor Harry Graf Kessler anotó en su dietario la célebre expresión «bailar sobre el volcán». Acabaría describiendo los quince años que duró la República de Weimar. Y, casi al pie de la letra, la vida entera de nuestra protagonista.
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Wilmersdorf es un barrio burgués en el oeste de Berlín. Por la parte alta, a pocas manzanas de la Kurfürstendamm, discurre la Zähringerstraße. Apacible, con poco tráfico y sin apenas comercios. Entre los bloques residenciales asoman la sede local de la CDU, con dos jubilados a la entrada que me siguen con mirada de «no es del barrio», un café alternativo para urbanitas verdes que traen su propia taza y una guardería cuyo nombre en colorines me llama la atención: El Caracol. Es bilingüe, alemán y español. Me lo tomo como una simpática bienvenida.
La arquitectura delata que la Zähringerstraße es una de esas calles recompuestas poco después de la Segunda Guerra Mundial. Se reconocen porque alternan edificios levantados sobre cráteres con escombros de los bombardeos y otros que quedaron más o menos indemnes y a los que solo hubo que remozar. El número 13, al lado de El Caracol, es de estos últimos: una finca señorial color crema encajonada entre dos fachadas de gris barato. La diferente categoría se percibe también en la entrada. La casa del medio tiene una puerta arqueada de traza señorial y madera color burdeos. A su derecha hay una placa de metal dorado en la que está grabada la cabeza de una mujer. No sé si a ella le habría gustado. Lleva un peinado de orejeras, los ojos están enmarcados en gruesos trazos negros, dos diminutos montículos forman una boquita y en vez de nariz hay unos hoyuelos negros. La mirada es orgullosa, desafiante y, pasados unos segundos, perturbadora.
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Anita Berber cruzó esta puerta por primera vez un día de finales de verano de 1914. Era una adolescente de catorce años que había pasado los últimos tres en un internado para señoritas de Weimar. La pequeña ciudad al suroeste de Berlín aún no daba nombre a la primera república alemana y hacía mucho que había dejado de ser la enseña del clasicismo. El hogar durante tantos años de Goethe y Schiller llevaba décadas convertido en una soñolienta villa de provincias conocida sobre todo por sus Escuelas de Educación Superior para Señoritas. A salvo de las tentaciones de la gran ciudad, las jóvenes de buena cuna eran educadas aquí según el principio de las tres kas: Küche, Kinder, Kirche. Cocina, niños, iglesia.
La familia de Anita, de la aristocracia cerealista prusiana, se había instalado en Berlín a la muerte del patriarca. Su madre, Lucie Thiem, era una actriz y cantante que de joven recorrió el país actuando en espectáculos de vodevil. Hasta que logró una plaza relativamente estable en un cabaret berlinés, el Chat Noir, lo que le permitió dejar atrás la errancia por la provincia e instalarse en la capital. Pero sus ingresos no eran muy altos, así que tuvo que cobijarse en el holgado piso de la Zähringerstraße que habitaban su madre, Luise, y sus dos hermanas Else y Margarete.
La convivencia no era fácil. Y la llegada de Anita no la iba a mejorar. La matriarca, mujer tolerante que había aceptado de buen grado a su hija descarriada, se alegraba ahora de la llegada de una nieta a la que ya había acogido en su casa de Leipzig antes de ingresar en el internado. No así Else y Margarete, solteras y Junkers de la vieja escuela, que nunca se habían entendido bien con su hermana artista y temían que la sobrina adolescente rompiera el frágil equilibrio de la comunidad. Ahora eran minoría.
Así que Anita pasaría los siguientes años en compañía de un cuarteto de mujeres mejor o peor avenidas, en un continuo roce de mentalidades. Y en una ciudad que no le iba a ofrecer la ansiada liberación tras su paso por el internado. Porque ese mismo verano había empezado lo que luego se llamó la «catástrofe seminal del siglo xx». Y duraría cuatro años. En el caso de una adolescente, los que pulen el carácter.
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Anita vive entre el submundo y el glamur. El hecho de que la contrate un establecimiento tan exclusivo como el Hotel Esplanade tiene mucho que ver con el ambiente del año 1923. Más en concreto, con la degradación moral de cierta burguesía tan preocupada habitualmente por mantener las formas. Un episodio elocuente nos lo narra el escritor Iliá Ehrenburg, que, como otros cien mil rusos de todas las ideologías, pasó ese año en Berlín. Recuerda Ehrenburg en su autobiografía la visita a un domicilio de clase media, en el que, después de departir sobre Dostoyevski, los anfitriones llaman a sus hijas menores de edad para que hagan un striptease: «Por unos dólares, me susurró la madre al oído, podría obtener esa noche todo lo que quisiera». En El mundo de ayer, escrito desde el exilio brasileño, Stefan Zweig califica esos meses de «apocalípticos» y describe así la situación en Alemania a comienzos de 1923: «Creo conocer bastante bien la historia, pero, que yo sepa, nunca se ha vivido una época tan demencial como esa, a tan gran escala. Se alteraron todos los valores, y no solo los materiales; la gente se burlaba de las leyes del Estado, no respetaba ninguna ética, ninguna moral, Berlín se convirtió en la Babel del mundo». Y en Historia de un alemán, escrita en el exilio inglés, Sebastian Haffner apunta:
Ningún pueblo del mundo ha vivido algo parecido a lo que vivió Alemania en 1923. Todos han vivido la guerra mundial, la mayoría también revoluciones, crisis sociales, huelgas, redistribuciones de la riqueza, devaluaciones monetarias. Pero ninguno ha vivido la fantástica y grotesca exacerbación de todo ello a la vez, como sucedió en Alemania en 1923. Ninguno ha vivido esa gigantesca y carnavalesca danza de la muerte, esas saturnales sangrientas y grotescas que no tenían fin y en las que no solo se devaluó el dinero, sino todos los valores.
La Alemania apocalíptica, demencial, fantástica y grotesca celebra el exhibicionismo de quien se atreve a todo. El país del derroche y el exceso, en el que el dinero pierde valor de forma vertiginosa y el futuro sigue sin otearse, se identifica con lo que Anita exhibe sobre las tablas. Después de los altercados en Viena, Berlín la recibe con los brazos abiertos. Las salas en las que actúa rebosan de un público que la aclama, su caché está por las nubes y los empresarios le pagan cada noche y al contado, por lo que Anita puede vivir a lo grande. Se aloja en el Hotel Adlon y se pasea por Unter den Linden con guantes de seda violeta, pulseras en los tobillos y un monito acurrucado en el escote. Como si fuera su nuevo partenaire. No necesita hombres.
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Sobre Anita Berber empiezan a difundirse historias y anécdotas a las que no se sabe si dar crédito. El actor Hubert von Meyerinck cuenta que la vio bajar al restaurante del Hotel Adlon: «El cabello resplandeciente de rojo infernal sobre el rostro maquillado de verde, zapatos dorados y un abrigo de visón abotonado hasta el cuello. Se sienta a la mesa central, pide tres botellas de Veuve Clicquot, deja caer el vestido y sorbe el champán totalmente desnuda». El escultor Rom Landau refiere un episodio similar en una fiesta privada. Anita se presenta con el mismo abrigo de visón que se abre a cada ademán y deja ver su cuerpo desnudo: «Lo hacía con un gesto de digna naturalidad, como si su atuendo fuera la moda aceptada. Y sí, los invitados lo aceptaban, a los berlineses no les chocaba nada». Y el periodista Leo Lania fecha en el verano de 1923 una escena que tiene lugar en la Kurfürstendamm: «Cuando Anita bajó del coche —abrigo de piel de marta, monóculo, rostro pintado de blanco resplandeciente, melena pelirroja—, los peatones se detuvieron y se acercó un grupo de rameras que formaron un pasadizo para que Anita entrara en el local». De la estrella de ese verano se comenta también que desayuna pétalos de rosa empapados en cloroformo. Y se le atribuyen frases como esta: «Si todos tuvieran un cuerpo como el mío, todos irían desnudos».
Anita está en su apogeo. Es la mujer más deseada, la que provoca más chismes y rumores, la que más brilla en medio de la luz ya de por sí chillona, tórrida y artificial de la noche berlinesa. Como escribe Leo Lania: «En la orgía de la fiebre y la locura de la inflación se revela al desnudo la grotesca facha del tiempo. Y Anita es la suma sacerdotisa de esta época».
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Anita es también la suma sacerdotisa de una ciudad en la que se adora el sexo. O dicho de forma profana: en la que el sexo es el negocio más boyante. Berlín se ha convertido en el destino preferido del turismo sexual. Y Anita es uno de sus principales reclamos. En el cabaret Die Rampe, surgido en la estela del ya desaparecido Schall und Rauch —sí, fue efímero—, el animador Hermann Vallenti canta la siguiente copla:
¿Qué le interesa al público?
¿Reparaciones, sanciones, inflaciones?
¿El hambre, la necesidad y la miseria de millones?
¿Es esto lo que le interesa al público?
¡Qué va! ¡El trasero desnudo de Anita Berber, eso
es lo que le interesa al público!
Parte de ese público busca luego calmar la excitación que le produce el espectáculo. La oferta es enorme y, por el cambio de divisas, sobre todo para los extranjeros muy barata. Aunque son cifras difíciles de determinar —dependen también de la definición—, se calcula que en ese año había en Berlín unas 120 000 prostitutas (además de unos 35 000 prostitutos). De todas las clases y para todas las perversiones. El historiador Mel Gordon ofrece una lista de hasta diecisiete «tipos de prostitutas berlinesas», y las divide en las del «exterior» y las del «interior» (términos más asépticos que los «salvaje» y «acuartelada» que utilizaba el Kinematograph).
Entre las primeras están las «saltamontes», que sacian a los clientes en las esquinas o entre los arbustos del Tiergarten; las «chicas de semiseda», prostitutas ocasionales que ejercen después del trabajo, sobre todo los viernes por la noche; las «Münzis», mujeres embarazadas que esperan bajo las farolas de la Münzgasse; las «Nutten», chicas muy jóvenes, de buena familia muchas veces, que se escapan por las noches de casa, suelen ir en pareja; las «marmotas», prostitutas con defectos físicos apostadas en la Oranienstraße…
Entre las «interiores» están las «damas de mesa», que trabajan en clubes privados, hablan idiomas y solo toman champán; las «chicas medicina», niñas de doce a diecisiete años que trabajan en «farmacias», locales escondidos del oeste de Berlín, y son «recetadas» por «farmacéuticos», sus proxenetas; las «dominantes», embutidas en cuero y especializadas en sadomasoquismo, activas en clubes nocturnos; las «chontes» (algo así como «¡salud!» en yidis), judías polacas que se alojan en pensiones de los alrededores de la Alexanderplatz; las «chicas del auricular», adolescentes que se contratan por teléfono, son conducidas en limusina al domicilio del cliente y llevan apodos de estrellas de cine o del mundo del espectáculo, como Marlene Dietrich o Anita Berber.
Fragmentos del libro Tú que bailas con la muerte. Anita Berber y los años salvajes de Weimar, editado en Libros del KO
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