El otro como aventura Un ensayo sobre la amistad
María Ángeles Quesada
Filósofa de corazón, empezó ligada a la filosofía de la ciencia y la tecnología en el CSIC. Especialista en pensamiento crítico y ético y diálogo socrático, cofundó Equánima, proyecto que sigue dirigiendo y que lleva la filosofía a grandes organizaciones y empresas. Profesora asociada en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, ha creado (o cocreado) espacios para el pensamiento ciudadano desde las Catas Socráticas, los diálogos de La Plaza o el podcast El Banquete. Ha publicado La virtud de pensar. Pensamiento crítico para tiempos revueltos y prepara un libro sobre ética en las organizaciones, la tecnología y la sociedad de hoy.
Puede ser por placer, por utilidad o —la más valorada por la autora— por virtud, pero la amistad siempre será algo complejo. ¿Cómo podemos ser amigos del otro, de ese Otro diferente y opuesto, contrario y enemigo, de aquel al que no soportas, de aquel al que incluso odias?
Puede que no soportes a tu amigo, que te caiga mal, pero ahí estás, es tu asidero», comentó mi amigo Jose la noche de mi cumpleaños en Madrid, a finales de agosto. Estábamos en mi casa y ya quedábamos pocos. Éramos seis, entre los cotidianos, los que hace tiempo que no ves y los prácticamente desconocidos, que están tentando un nuevo vínculo. Aprovechando las vivencias que relataba Jose, de unos cincuenta años, sobre sus amistades con gente más joven e incluso en momentos vitales diferentes, aproveché, por deformación personal, para colar un pequeño diálogo. ¿Cómo vivís la amistad conforme pasa la vida?, pregunté.
Los presentes, como personajes de un juego de rol que saben de la diversión que las reglas les pueden ofrecer, se recolocaron en sus asientos y, asumiendo el encargo, entraron en la partida (mientras unos se veían arrastrados por la facilidad de seguir hablando, otros caían en la cuenta, en ese preciso instante, de la exigencia de la dinámica propuesta). La conversación se volvió más pausada, ordenada y argumentada —eso hizo notar el mismo Jose pasado un rato—, mientras los turnos se sucedían sin interrupciones dejando que cada cual terminara la exposición, para sorpresa del resto de conversaciones que en ese mismo momento ocurrían en la ciudad fantasma.
Sobre la mesa de copas medio vacías y de migajas emplatadas, Cris, amiga de amigo, asentía, energizada por la verdad que profería Jose, que seguía repitiendo con una media sonrisa que «no soportamos a nuestros amigos», y añadía: «pero son nuestro asidero, nos agarramos a ellos como al asa sobre la ventanilla del coche, para sentirnos más seguros». Y es que, ¿me tiene mi amigo que caer bien? O más bien, ¿siempre me cae bien? Era una obviedad que no. Pero entonces, ¿cómo es posible que sea mi amigo?
Si la amistad comienza con una atracción, una conexión o cierta afinidad, diría Aristóteles en su Ética a Nicómaco que hay tres especies de philia y dos de ellas aman al otro como medio para lograr otro algo: un placer o un bien útil. A los de las risas y la escucha reconfortante —¡Qué risas me pegué aquella tarde de cañas!, ¡qué bien me hizo sentirme escuchado!— la amistad les produce algo placentero; estamos delante de una amistad por placer. Si produce un bien o algo que nos es útil estamos delante de una amistad por utilidad, como cuando me arrimo a alguien para que me presente a otro alguien, le incluyo para que me preste libros chulos o para que me invite a su tren de vida. Pero hay una tercera especie, la amistad primera, la amistad por virtud. En ella los amigos se aman por lo que ellos mismos son, por el bien que buscan y lo buenos que son. Quieren el bien para el otro, miran por él y lo acompañan en su camino. Esta última es la amistad duradera, la que es estable y profunda.
"No hay por qué estar de acuerdo, ni tener los mismos intereses, ni la misma vida. La necesidad del amigo es directamente proporcional a la libertad que le otorgamos, de ahí el milagro".
Pero incluso si creemos contar con amigos de esta especie, a cabo del tiempo, mientras la vida transcurre y se han sucedido vinos, tragedias y cines, con sus palomitas y su sal —porque «no es posible conocerse uno a otro antes de consumir juntos la cantidad señalada de sal», recordaba el mismo Aristóteles—, ¿qué sostiene, enriquece y actualiza esa relación? Y no estamos aquí volviendo a una amistad por utilidad ni cuantificando e instrumentalizando lo que cada persona aporta, sino preguntándonos por el enriquecimiento y la actualización que forma parte de la propia dinámica de la vida.
Para la filósofa española Mónica Cavallé, vivir es un movimiento de despliegue de lo vivo que necesita continuamente actualizar su potencial. Como los huesos de las piernas se despliegan y crecen hasta extenderse a su máxima expresión y esas mismas piernas se comprimen y reajustan más adelante. Como la mente desarrolla conexiones, se ramifica y reaprende constantemente, incluso olvidando. Como una semilla vive en su propio desplegarse como planta. Nunca se trataría de actualizarse a «la mejor versión», según la moda contemporánea, sino de desplegarse hacia lo que tiene sentido, lo que cuida y respeta lo que se es. El amigo viaja con nosotros en el coche, ambos nos agarramos al asa de encima de la ventanilla; compartimos anhelos, charlas, contratiempos, aburrimientos, silencios.
¿Qué nos hace movernos juntos?
La necesidad que tenemos del otro es perentoria, está cincelada en las hélices de nuestro ADN. Como nos cuenta la biología, nacemos girados hacia el otro porque ese otro es imprescindible para nuestra vida. Pero desde ese bebé ansioso que huele con frenesí la piel que necesita y que en pocos días sellará un vínculo a través de su mirada, ¿qué nos hace habitar relaciones que puedan sostenernos y enriquecernos, acompañarnos en el movimiento? ¿Y cómo seguir amistando a lo largo de la complejidad de nuestras vidas individuales e individualistas? Simone Weil dice que la amistad es un milagro (desde luego que lo es), una tensión entre el hambre que tenemos del otro y el respeto a su libre disposición.
No hay por qué estar de acuerdo, ni tener los mismos intereses, ni la misma vida. La necesidad del amigo es directamente proporcional a la libertad que le otorgamos, de ahí el milagro. Pero sin afinidades, sin intereses comunes, sin compartir momentos vitales, sin compartir placeres o utilidades, ¿cómo podemos ser amigos del otro, de ese Otro (grande y con mayúsculas) que es diferente y opuesto, contrario y enemigo, de aquel al que no soportas e incluso de aquel al que odias? La Otredad es el abismo de lo que yo-no-soy, lo desconocido y lo misterioso. Pero el otro puede estar muy cerca, puede ser tu compañero de años al que hoy miras con extrañeza porque has notado que sus perfiles, que creías haber repasado a conciencia con la punta de tus dedos, se difuminan y se escapan en el aire. El otro amado es volátil, ante su muerte, pareciera que ya no te es conocido y su identidad se vuelve incierta y sus afectos irreales. El otro se presenta en la noche en forma de extraño que pide ayuda, cuyas palabras velas antes de dar permiso a tu oído para tomarlas en cuenta, mientras te alejas un paso, escudriñas su indumentaria, su perfil, su raza…, al tiempo que todavía no has decidido si es un igual o finalmente un otro. El otro también es el amigo al que le sueltas la chapa mientras andas metido en el torbellino de tus palabras, ignorándolo, girado hacia dentro, subido al púlpito de tu propio escenario. El otro eres tú mismo monologando un día, y otros días, eres tú, callado, buscando la mirada de cualquier otro que vea más allá del cargo, la vestimenta, la expresión o la etiqueta.
"Mientras en la pareja es una moda actual terminar haciendo ghosting, esas desapariciones siempre sucedían en la amistad, con mayor o menor intención. Aquellos amigos de la universidad con los que perdiste el contacto, la amiga a la que cada vez llamabas menos y un día ya no llamaste".
Si nacemos girados hacia el tú, ¿por qué somos incapaces de actualizar esa mirada que selló nuestro reconocimiento mutuo en el origen de los tiempos? Diría Carol Gilligan, la gran eticista del cuidado, que nacemos con esa capacidad (de amar), pero que la olvidamos. Para ella, la culpa la tienen las estructuras sociales, políticas y económicas que la desplazan. El mundo presenta dinámicas de separación y el sistema parece decirnos: «Elige la tuya para no mirar al Otro». Las etiquetas que nos diferencian, las formas de acortar los mensajes que recibimos, de bloquear y cancelar las ideas ajenas, las casas y ciudades sin espacios comunes, los dispositivos hechos a imagen y semejanza del individuo, los trabajos y faenas que corren veloces sin fricciones y dudas, los catálogos de lo inadmisible o el narcisismo como autoayuda, entre otras muchas dinámicas, acortan nuestra libre interdependencia.
El ghosting y otros desvanecimientos
Seguimos en la sobrecena de mi cumpleaños, el diálogo ha transcurrido con orden y profundidad. ¿Qué pasa cuando un amigo ya no se mueve contigo? Cris expone que no existe un lenguaje para hablar de las rupturas de la amistad y que eso produce aún más dolor. Estoy de acuerdo: no hablamos tanto de las rupturas de amistad, no existe un protocolo para romper entre amigos, no hay un lenguaje que nombre esas desavenencias.
Mientras en la pareja es una moda actual terminar haciendo ghosting, esas desapariciones siempre sucedían en la amistad, con mayor o menor intención. Aquellos amigos de la universidad con los que perdiste el contacto, la amiga a la que cada vez llamabas menos y un día ya no llamaste. El amigo decide bajar del coche en marcha, sin avisar, abre la puerta y salta. Entonces, vuelve a ser el otro extraño, ante quien dar un paso atrás. Puede ser el tóxico, el antisistema, el excluido, el loco, el raro, el delincuente, el enfermo contagioso, el extranjero, el rojo, el facha, el que amenaza tu orden mental. Las dinámicas de separación son buenas interponiendo cosas entre el tú y el yo, todas esas cosas que el filósofo del diálogo Martin Buber nos aconsejaba eliminar para hacer posible el diálogo entre dos personas. El diálogo muestra que la palabra compartida hace que el corazón recuerde su capacidad de amar. Y en esta última noche de verano lo estamos haciendo, nos estamos amando intensamente.
"«Si tienes un accidente, cogerte al asa del coche no te va a salvar, pero no sé por qué… nos da sensación de ir más seguros. Eso mismo pasa con los amigos», fueron las palabras de Jose".
La construcción de una verdad compartida, aunque esta sea momentánea, incluso si no es discursiva y es corporal o irracional, cala en nuestros huecos distantes, donde el otro puede ser yo y yo soy el otro. La amistad necesita construir esas verdades provisionales, que funcionan al menos por un tiempo, para generar la memoria amable del encuentro. Es tarde y el diálogo empieza a costar, los monólogos toman la mesa y la verdad compartida empieza a hacer ghosting; queda la memoria de haberla rozado por un momento en su forma discursiva y de sus destellos en su forma sensible, en las palabras de cariño, en la manera de girar el cuerpo, en los abrazos profundos y en las miradas de reconocimiento. Esa memoria de la verdad común, aunque fugaz, quizá genere el deseo suficiente para repetir el encuentro, para seguir acompañándonos en el viaje.
Puede que, en el entretanto, no nos soportemos; tampoco lo haremos siempre. Quizá nos cogeremos al asa de encima de la ventanilla del coche por necesidad, ¿por qué no? ¿Ha de ser la amistad pura para ser verdadera? Nos despedimos, pero estamos en movimiento, en el traqueteo incesante de la vida. «Si tienes un accidente, cogerte al asa del coche no te va a salvar, pero no sé por qué… nos da sensación de ir más seguros. Eso mismo pasa con los amigos», fueron las palabras de Jose. Los demás mirábamos con intensidad al centro de la mesa, imaginando al pasajero con el brazo colgado al asa. Se están acabando las conversaciones de verano; los amigos y nosotros somos más insoportables el resto del año, aunque el recogimiento del otoño augure otras sobremesas. Me quiero asir a ellos con fuerza. El Otro es la verdadera aventura. El Otro eres tú.
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