Montoneros A propósito del Lata Fest
María O'Donnell
Periodista, escritora y politóloga, referente del periodismo político y de investigación. Licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires, trabajó en prensa, radio y televisión, y hoy conduce cada día "De acá en más", en Urbana Play. Reconstruye la historia política argentina en libros como Born, Uramburu, Born y Quieto y Montoneros, una historia visual (2026). Recibió los premios Martín Fierro y Konex.
Fernando Rapa Carballo
Director de arte, docente de Tipografía en la cátedra Fontana de la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires. Desde 1998 vive en Barcelona, pero trabaja diseñando o rediseñando varios periódicos en todo el mundo: Clarín, Corriere della Sera, Gazzeta dello Sport, Milenio, El Diario de New York, La Opinión de Los Ángeles, Público... También es cofundador y codirector de Revista Mongolia. Actualmente es consultor de diversos medios y empresas como Bibliotecas de Barcelona, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, Movistar, Economía Digital, Revista Ciclosfera, Universidad del Norte de Colombia y demás empresas.
Lata Fest 2026, el festival de la librería Lata Peinada, vuelve a Barcelona en su séptima edición para pensar la memoria latinoamericana desde la literatura, la música, la gastronomía y el cine. Entre el 24 al 26 de septiembre pasarán por la Lata María O’Donnell, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Paulina Flores, Juan Cristóbal Peña, Laura Fernández, Juan Pablo Villalobos, Santiago Roncagliolo, Guernika37 y Claudia Paredes Guinand entre otros. El lema es “Memoria en presente: escribir después de la Historia”. El tema, las huellas de las dictaduras, la violencia, el exilio y las migraciones. Todos estos argumentos están presentes en Montoneros, una historia visual, el nuevo libro de María O'Donnell con gráficas del diseñador —y también organizador del Lata Fest— Fernando Rapa Carballo. A modo de scoop, O'Donnell escribe para Lo Imposible este texto acerca su obra, que llega a España en estos días.
La avenida del General Perón perdura en la traza urbana de Madrid, como la huella de una historia que se proyecta hasta el presente. Durante su primer período en el poder (1946-1955), Juan Domingo Perón colaboró a paliar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial con la producción de trigo argentino: de ahí que una calle lleve su nombre. Cuando un golpe militar interrumpió su mandato y lo expulsó del país, Perón eligió a España como destino para su largo exilio político.
El dictador Francisco Franco —en otra señal de agradecimiento— permitió que se alojara en Puerta de Hierro, en las afueras de Madrid. Permaneció marginado y su partido proscrito por más de dos décadas, aunque se las ingenió para seguir presente en la memoria de las clases populares —a las que les había dado derechos laborales y presentación política— y para gravitar a la distancia con la fuerza de los sindicatos que había creado. Hasta que un hecho precipitó su regreso. En mayo de 1970 surgió Montoneros, una guerrilla cuyo acto fundacional consistió en asesinar —en un acto de venganza que para muchos resultó una vindicación— a Pedro Eugenio Aramburu, el general que había encabezado la dictadura que derrocó a Perón.
Con ese suceso, designado Aramburazo, para describir el impacto que produjo, el escenario cambió de repente. En un país agitado, como el resto del continente, por el impacto de la revolución cubana, el movimiento hippie, las protestas contra la guerra de Vietnam y las guerrillas activas, que tenían puntos de contacto con una nueva corriente de la Iglesia inclinada hacia los pobres, Perón dejó de ser el mayor peligro para el orden que pretendían imponer las Fuerzas Armadas argentinas.
Como prenda de paz, el general Alejandro Lanusse envió a Puerta de Hierro el cadáver de Eva Perón, una actriz de radio-teatro que había sido la figura más irreverente de su primera presidencia: Evita movilizó multitudes, promovió la acción social con fondos del Estado y una impronta personalista, confrontó con los sectores acaudalados y falleció de cáncer en el pico de su popularidad, con apenas 33 años. Con ese gesto, Lanusse develó un prolongado misterio: en un intento por borrar su legado, los militares habían robado el cuerpo, momificado por orden de su viudo, y lo habían escondido bajo un nombre falso en un cementerio en Italia.
Perón regresó a la Argentina en 1972 y al año siguiente fue electo presidente por tercera vez, con setenta y ocho años y más de sesenta por ciento de los votos. Los jóvenes revolucionarios que habían empujado su regreso, que habían asomado al poder, se frustraron de inmediato: ese hombre, de la edad de sus abuelos, no era el líder que esperaban, no renegaba del capitalismo, no admiraba a Cuba ni quería nacionalizar los medios de producción. Descubrieron que le bastaba con que los sindicatos jugaran un rol relevante en la negociación salarial.
Para combatir a la izquierda de su movimiento, cual infiltrados, surgió durante el tercer gobierno peronista una fuerza para-policial, la llamada Triple A (las siglas de la Alianza Anticomunista Argentina). Inspirada, quizás, en el Somatén, la milicia armada ultraderecha que actuaba en España —al margen de la ley pero con amparo del poder— contra obreros, socialistas y anarquistas.
También Perón se frustró con los jóvenes guerrilleros que invocaban su nombre: no aceptaban su requerimiento de que abandonaran la lucha armada, pues el objetivo de su regreso estaba cumplido.
Perón murió ocho meses después de haber asumido su tercera presidencia. Los Montoneros volvieron a la clandestinidad para combatir al gobierno de Isabel Martínez, la vicepresidenta, su nueva viuda, que heredó el poder, a quien creían indigna sucesora de la figura sagrada de Evita.
Entonces dieron otro golpe estelar: secuestraron a Jorge y Juan Born, herederos del mayor conglomerado económico de la Argentina, el grupo Bunge y Born, un entramado de empresas vinculada al mismo tiempo a la exportación de granos —mayormente trigo— y la producción de alimentos, pinturas y textiles para el mercado interno. A cambio de la liberación de los hermanos obtuvieron el mayor rescate del que se tenga registro en la historia. Sesenta millones de dólares.
Los meses siguientes fueron el preludio de la dictadura militar que en marzo de 1976 instauró el terrorismo de Estado en la Argentina. Un esquema de represión ilegal que, con excusa de combatir a las guerrillas, terminó con miles de desaparecidos: hombres y mujeres secuestrados en procedimientos irregulares, recluidos en centros clandestinos de detención y tortura montados por las Fuerzas Armadas, arrojados a morir dopados al río, enterrados en fosas sin identificar, cuerpos violados, sus hijos y bienes robados, apropiados.
Muchos hijos de desaparecidos —“no están muertos ni vivos” según la definición precisa y perturbadora del dictador Jorge Rafael Videla— residen hoy en España. Conviven aún con las secuelas de ese pasado trágico, que tuvo un último capítulo después del Mundial de Fútbol de 1978, en el que la selección argentina se consagró —como local— por primera vez campeona mundial.
Pese a las bajas, la conducción de Montoneros, bajo la dirección de Mario Firmenich, seguía combatiendo con atentados a la dictadura. Desde su asiento en Cuba ordenó reclutar a ex combatientes, exiliados en México y España, para reingresar a la Argentina e intentar una contraofensiva, que supuestamente iniciaría una rebelión imparable.
Uno de los jefes montoneros en el exilio, Roberto Perdía, convocó a un encuentro en las afueras de Madrid y en un escena que hoy parece robada de la Casa de Papel, hizo un llamado a no perder “el tren de la victoria”. Que resultó una emboscada: los militares los habían infiltrados y esperaban por ellos.
La fallida contraofensiva fue el capítulo final de Montoneros.
A fines de 1983 terminó la dictadura. El presidente Raúl Alfonsín ordenó juzgar a los militares responsables del terrorismo de Estado, y también jefes guerrilleros. Años más tarde, un indulto dejó en libertad a Firmenich, quien sin reflejos ni visión autocrítica para reinsertarse en democracia, se sintió injustamente incomprendido y partió a Cataluña. Se radicó —como Perón antes— en España. Fue profesor de economía en una Universidad en Tarragona, hasta que fue obligado por su edad a jubilarse y encontró su último refugio en Nicaragua. Firmenich es actualmente asesor de la dictadura de Daniel Ortega, el ex líder de la guerrilla sandinista, que Montoneros respaldó en la insurgencia contra otro dictador, Anastasio Somoza.
En la Argentina la historia de Montoneros aún genera posiciones encontradas sobre la ambivalencia inicial de Perón con esos jóvenes que luchaban en nombre del socialismo nacional, las fricciones que los llevaron a romper con él cuando regresó de España, el rol de la violencia armada en los sucesos que —tras su muerte en 1974— precipitaron el golpe militar de 1976, el impacto devastador para la organización de los métodos ilegales de tortura que practicaron de manera coordinada las Fuerza Armadas y la incapacidad de la conducción que sobrevivió en el exilio de entender la dimensión de la tragedia de aquellos años. Un debate que el presidente Javier Milei ha exacerbado —como otros aspectos de la conversación pública, con la intención de justificar los crímenes de dictadura—, con eco en gran comunidad de hijos y nietos de desaparecidos y de exiliados argentinos residentes en España.
Montoneros, una historia visual, relata el vértigo de un desencuentro dramático. Se presentará en Lata Peinada (Carrer de la Verge 10, Raval, Barcelona) el próximo 26 de septiembre a las 13:00.
Te recomendamos...
Ya lo habrás visto, leído y escuchado: hemos preparado ya dos números en los que han participado más de 65 personas.
También habrás visto que no te han aparecido banners. Que no había logos de marcas ni instituciones. Que respetamos tu privacidad y tus tiempos de lectura
¿Tendremos algo nuevo que ofrecerte dentro de tres meses, en el solsticio de invierno? Si nos ayudas, seguro que sí.
¡Ayúdanos a volver a hacer Lo Imposible!
Dona en Patreon Suscríbete