Cuando solo queda Berlín
Elmo Solís
Elmo Solís (Madrid, 2005). Paso el tiempo de aquí para allá, like a Rolling Stone. Trabajo de lo que me ofrecen en lugares que capten mi atención, por lo general algo recónditos. Allí reorganizo ideas que se hayan visto enmarañadas por la vida en casa y llevo un estudio exhaustivo de lo cotidiano, narrativo y fotográfico.
La ciudad en boca de todos. Un reducto de esperanza para la contracultura europea. «The place to be», como les gusta decir a los americanos recién llegados. Es Berlín donde chavales desenfrenados de todo el mundo ponen el punto de mira. Nada nuevo: Bowie, Cave e Iggy ya lo hacían hace cincuenta años. Luego cayó el Muro y, con él, décadas de impulsos reprimidos y pulsiones acalladas; la combinación perfecta para dar lugar a una explosión de libertinaje y ritmo de cuya onda expansiva se siguen viendo vestigios a día de hoy.
Las palabras de todo el que vivió el Berlín de antaño, el de alquileres en Neukölln a 600 marcos, rezuman nostalgia y resentimiento. Supongo que es difícil hacerse a la leche pasteurizada si estás acostumbrado a mamar directamente de la ubre. Pero afrontémoslo: todo se ha ido a pique. Berlín, al menos, conserva algo de la visceralidad que otras tantas ciudades han hecho todo lo posible por erradicar. Poco sentido tiene llorar un pasado que no he vivido; prefiero limitarme a analizar un presente amenazado por la fuerza imparable del pragmatismo institucional y, de paso, narrar alguna vivencia personal que pueda resultar divertida al lector.
Visité Berlín por primera vez el año pasado. Neil Young tocaba en el Waldbühne y volé a la ciudad expresamente para la ocasión. Por aquel entonces no era aficionado a la música electrónica y sabía poco del misticismo que envuelve a la noche del lugar; para mí, era una capital europea más, con sus avenidas, arcos y cafeterías selectas. Después del concierto me emborraché, tomé un pellizco de cristal y me encaminé hacia un club sin darle demasiada importancia al asunto. Cuando salí diez horas después, todo había cambiado. Este vuelco radical en la perspectiva vital es una experiencia compartida por cualquiera que haya ido a una discoteca en Berlín sin tener la menor idea de lo que iba a encontrarse dentro.
Al par de meses estaba de vuelta en la ciudad; pasé allí diez días, y este año ha sido todo el verano. Como tantos otros, empecé centrando mis energías en la vida nocturna: solo trabajaba dos días a la semana y me lo podía permitir. En realidad, calificarlo de «vida nocturna» es un fallo de proporcionalidad; he estado más de fiesta por el día que por la noche, a pesar de lo mal que llevo salir de cualquier garito para recibir un haz de luz cegadora en toda la pupila. No tardé en darme cuenta de que aquello era insostenible.
A las pocas semanas decidí reservar los excesos para la noche del sábado y la del domingo. Me vi así con tiempo para dedicar a explorar un plano de la ciudad que había desatendido: el de los museos, los cementerios, las exposiciones y los mercados. Se me hace tedioso leer guías turísticas y más aún escribirlas; el que quiera saber dónde se encuentra el mejor shawarma o cómo hay que ir vestido para entrar en Berghain, que se arriesgue al rechazo del portero o a una indigestión. Recomiendo entablar amistad con grafiteros: pocos conocen los entresijos de la ciudad como ellos. No existen todavía los TikToks que cuenten cómo colarse a esta o aquella azotea, o que expliquen cuáles son los puntos débiles de las vallas que rodean las cocheras del metro.
Si estás planeando una visita a Berlín, date prisa; aunque para muchos la era dorada está muerta y enterrada, por lo que yo he podido comprobar sigue siendo una de las ciudades más interesantes del mundo. La deriva y eventual hundimiento es cosa segura. ¿Qué sentido tiene mantener en funcionamiento espacios autogestionados cuando puede venderse el terreno a inversores privados que estén familiarizados con conceptos como rentabilidad o margen de beneficio? ¿Por qué mantener razonables los precios de entrada a los clubs si la gente va a seguir yendo? Estas cuestiones se llevan planteando años entre los círculos más parasitarios del capitalismo berlinés y, como un cáncer terminal, es solo cuestión de tiempo antes de que transformen la ciudad en un cascarón inerte. Solo nos queda disfrutar, y contestar con amargura cuando nuestros hijos nos pregunten sobre el Berlín de antaño.
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