Escribir es escuchar Buscando a Rodolfo Walsh
Facundo Pastor
Facundo Pastor (Buenos Aires, 1979) es periodista y escritor. Conduce Argentina el noticiero de la señal A24 y un envío radial cada tarde en Radio La Red (AM 910). En 2015 publicó Nisman, ¿crimen o suicidio? ¿héroe o espía?, una investigación periodística sobre una de las muertes políticas más significativas de la Argentina. En 2018, El gran arrepentido, relato cinematográfico sobre FIFAGate, el escándalo de corrupción más grande de la historia del fútbol. En pandemia, Emboscada, novela de no ficción finalista de la Semana Negra de Gijón (2023). Otras obras: Isabel (Aguilar, 2024) y El cuerpo de Perón (Aguilar, 2026). Produce proyectos documentales para plataformas como Menem Junior: la muerte del hijo del presidente (HBO MAX, 2024).
Persiguiendo los rastros de la memoria. Así nació Emboscada, mi novela de no ficción que reconstruye el secuestro y la desaparición del periodista y escritor Rodolfo Walsh en manos de la dictadura cívico-militar argentina.
Esa tarea de reconstrucción fue (es) también una búsqueda que no termina: explorar, todavía hoy, el destino de los cuentos inéditos que los marinos le robaron después de capturarlo.
Literatura perdida, censurada, pero, sobre todo, amputada de las manos de su autor y de sus lectores. Porque el rastro de la obra inédita de Walsh no se pierde dentro del campo de concentración adonde fue a parar su cuerpo. La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) no fue el último destino donde alguien pudo leer los papeles robados en su casa de San Vicente, en las afueras de la Capital Federal.
Seguir su derrotero fue una tarea compleja. Tuve que convertirme en una suerte de detective literario para encabezar una reconstrucción sinuosa e incompleta. Los sobrevivientes acreditaron haber visto esos papeles en distintos sectores del centro clandestino, identificados por los propios carceleros: El Dorado, La Pecera y un ropero de la oficina del Sótano. En cada uno de esos lugares, alguien leyó fragmentos de sus textos.
Todo eso sucedió entre 1977 y 1978. Durante esos meses, los marinos lograron ordenar, clasificar y archivar los papeles de Walsh. Lo habían secuestrado el 25 de marzo de 1977, al día siguiente del primer aniversario del golpe de Estado.
No hay indicios de que los militares hayan decidido quemar esos papeles. La intención de preservarlos era evidente. Incluso, hasta el día de hoy. Por estoy convencido de que alguien los tiene, alguien los colecciona.
Cada grupo de tareas tenía su propio archivo, que se iba generando con la documentación robada durante los operativos. Era la manera de recopilar información para reconstruir el organigrama de las distintas estructuras de la organización guerrillera Montoneros. Una suerte de rompecabezas de cada ámbito de militancia. Con ese mapa, la cacería humana se hacía más efectiva.
La documentación que circulaba por la ESMA era microfilmada. Una parte de ese trabajo se hacía dentro del centro represivo. La otra, en las instalaciones de una productora audiovisual llamada Chroma S.A., que la Marina había montado cerca del estadio de River Plate. En ese lugar, los documentos se microfilmaban solamente durante la madrugada, cuando la productora no estaba en funcionamiento. La orden había sido clara: de cada documento debían hacerse tres copias. Una iba a parar al archivo del Servicio de Inteligencia Naval.
Alguien los tiene. Alguien los colecciona.
El destino final de esos documentos sigue siendo un misterio.
En los primeros meses de 1979, ya con el almirante Emilio Eduardo Massera fuera de la comandancia de la Junta Militar, se decidió sacar del centro clandestino toda la documentación sensible que buscaban preservar. Hacía pocos meses que Massera había sido reemplazado por el comandante Armando Lambruschini. El cambio de manos dio lugar a recelos internos.
Varias cajas repletas de papeles fueron a parar a distintos domicilios. Uno de ellos fue una casa ubicada en la esquina de Zapiola y Jaramillo, en el tranquilo barrio porteño de Saavedra.
El lugar fue acondicionado para funcionar como una oficina donde un grupo de detenidos era sacado de la ESMA para realizar tareas de monitoreo de medios de comunicación. Los militares estaban obsesionados con lo que se pudiera denunciar en los medios locales e internacionales.
Dentro de la casa, los detenidos desplegaban su tarea en una habitación del primer piso que tenía una mesa gigante donde apoyaban los diarios para leerlos, marcarlos y resumirlos. Podían usar el baño, la cocina y el patio. Incluso, algunos se quedaban a pasar la noche. Pero tenían prohibido acercarse a uno de los cuartos de la planta baja, que siempre permanecía cerrado con llave. Esa habitación estaba acondicionada con estantes metálicos donde se apilaban cajas marrones, mezcladas con ropa, cuadros y papeles desparramados. Los estantes ocupaban la totalidad de las paredes, a lo largo y a lo ancho. Una suerte de archivo improvisado, con apariencia de baulera desordenada.
Fue en ese lugar donde dos prisioneros vieron por última vez los papeles de Walsh.
Visité la casa de Jaramillo y Zapiola en octubre de 2021, sobre el final de la investigación para este libro que ahora, por primera vez, se publica en España, editado por Paripé Books.
Era una tarde soleada y calurosa.
No guardaba la esperanza de encontrar nada. Sólo tenía la necesidad de saber cómo era el lugar sobre el que estaba escribiendo: el lugar adonde se perdió el rastro de los papeles de Walsh.
Remendar la memoria. De eso se trataba. De unir esos retazos que el tiempo persiste en escabullir entre el bullicio de estos días turbulentos. Quizás sea esa la mejor manera de mantener viva la memoria de Rodolfo Walsh.
A lo largo de esta investigación también aprendí que existe un mecanismo entre los sobrevivientes del terrorismo de Estado: un ejercicio de retroalimentación de los recuerdos. Esa memoria, asediada por los fantasmas del pasado, suele fundirse con los temores del presente.
Para ellos, recordar no sólo es volver a contar. También es volver a revivir el horror, volver a recorrer los pensamientos más oscuros, las horas más sórdidas.
Por eso, muchas veces preferí —elegí— no insistir en la búsqueda de información, no obsesionarme con la precisión de un dato, no intentar superar límites que no me corresponden.
Cuando un sobreviviente recuerda, algo dentro suyo se desadormece. Algo de su cuerpo se descongela. En la mayoría de los casos, cuerpos marcados para siempre por la memoria del horror.
En muchas entrevistas escuché frases que iban en ese sentido. Eran pedidos de clemencia en el ejercicio de la memoria. Al ser consultados, muchos me dijeron: “dejame pensar más”, “volveme a llamar más tarde” o “necesito otro dato para poder recordar”.
Ese pasado se construye en partes: un dato te lleva a otro dato, un nombre se asocia con otro nombre, un recuerdo se conecta con otro recuerdo.
Y así, lentamente, en capas, se va construyendo la memoria.
Emboscada se interna en una zona poco explorada de la vida y la obra del autor de Operación Masacre: los momentos finales, el cerco que lo acorraló para siempre y el destino incierto de esos papeles personales que los militares le robaron.
Las pistas se dispersan entre estrategias narrativas y se reordenan a lo largo del relato hasta desembocar en una revelación inédita.
Walsh hizo famosa la frase: “Hay un fusilado que vive”. Esa frase cambió la historia del periodismo y el devenir del país.
Es que siempre hay un fusilado que vive y que está dispuesto a revelar algo.
Será cuestión de saber escuchar. Porque, como también decía Walsh: “escribir es escuchar”.
Emboscada está editado en Paripé Books.
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