George Orwell (1903-1950) y Aldous Huxley (1894-1963)

¿Un mundo feliz o 1984? El falso dilema entre Huxley y Orwell

Juan Carlos Usó

Juan Carlos Usó (Nules, Castellón, 1959). Bibliotecario jubilado y psiconauta en activo, es licenciado en Geografía e Historia (sección Historia Contemporánea), doctor en Sociología y ha escrito unos cuantos libros. Colabora habitualmente en las revistas Cáñamo y Ulises. 

Hace unos días, sentado en la sala de espera del Centro de Salud que tengo asignado, conté a las personas que tenía delante. En total éramos nueve. Ocho mirábamos el móvil con la misma cara ―párpados a media asta―, mientras deslizábamos el pulgar por la pantalla, subiendo y bajando como quien acaricia un amuleto sagrado. La novena persona, una señora de cierta edad, leía un libro convencional ―impreso en papel― y de vez en cuando levantaba la vista para observarnos con una mezcla de curiosidad y lástima, como si estuviera delante de un acuario.

No sé por qué, en aquel momento me vino a la cabeza Un mundo feliz e inmediatamente, como una especie de acto reflejo, me acordé también de 1984. Sin duda, la asociación de pensamientos se produjo porque estas dos novelas llevan décadas disputándose el título de “la que mejor adivinó cómo íbamos a acabar”. Y aquella sala de espera parecía un pequeño laboratorio humano improvisado donde ambas distopías se habían cansado de competir y sencillamente se habían sentado a esperar junto a nosotros.

Aldous Huxley publicó su novela en 1932 y George Orwell hizo lo propio con la suya diecisiete años después, o sea, en 1949. Ambos escribieron sobre lo mismo —una humanidad sin libertad— y llegaron a visiones casi opuestas sobre cómo se le puede arrebatar la libertad a alguien sin que ni siquiera se dé cuenta del despojo. Que hoy sigamos citando a los dos, comparándolos, discutiendo cuál acertó más, no es nada nuevo, ni original. Es, de hecho, uno de los debates más viejos y más repetidas de la cultura del siglo XX. Y no está de más recordar quién lo empezó, porque el propio Huxley tuvo mucho que ver.

 

Una carta incómoda entre profesor y alumno

En octubre de 1949, apenas unos meses después de que se publicara 1984, Aldous Huxley le escribió una carta a George Orwell. No era una felicitación entre desconocidos, pues Huxley, años atrás, había sido profesor de francés de Orwell en Eton College, así que la carta destilaba ese tono un poco paternal de quien corrige los deberes de un ex alumno aventajado. Huxley elogiaba la novela de su antiguo discípulo, mostraba su admiración por Orwell, pero acto seguido le explicaba, con la cortesía fría de quien no puede resistirse a llevar la contraria, por qué creía que se equivocaba en lo esencial.

Su argumento era, resumido y sin la elegancia del inglés victoriano de Huxley, más o menos este: una oligarquía que quisiera perpetuarse en el poder acabaría descubriendo que gobernar a pisotones de bota, valiéndose de la Policía del Pensamiento, era un método caro, lento y, sobre todo, innecesario. Resultaría mucho más barato y eficaz condicionar a la gente desde la cuna, dotarla de placeres constantes y drogas que facilitaran la sumisión, que mantener un aparato represivo funcionando a todas horas. Huxley no decía que Orwell estuviera equivocado en el diagnóstico del totalitarismo de su tiempo —el nazismo y el estalinismo eran, en 1949, heridas todavía muy abiertas—, sino que dudaba de que ese modelo, el de la bota aplastando cabezas, fuera sostenible a largo plazo. Apostaba, en cambio, por el condicionamiento, la biología y el placer administrado. Aquella carta era, en cierto sentido, el primer asalto de un combate que aún hoy no ha terminado de dirimirse.

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Aldous Huxley

Huxley volvió sobre el tema casi diez años después, en 1958, cuando publicó un libro de ensayos titulado Nueva visita a Un mundo feliz. Allí, ya sin la cortesía epistolar de la carta a su antiguo alumno, revisó sus propias predicciones a la luz de otros fenómenos acontecidos en el mundo tras la Segunda Guerra Mundial, como la sofisticación de la propaganda comercial, la superpoblación, los primeros experimentos de control mental y la manipulación farmacológica de la conducta. Huxley constató, con una mezcla de orgullo y desasosiego detectable incluso en su prosa, que el mundo se estaba pareciendo más deprisa de lo que había previsto a su distopía de 1932. No estaba siendo modesto, estaba tomando nota o, mejor dicho, levantaba acta.

 

El argumento que fijó la discusión: Postman y el entretenimiento

Si la carta y el ensayo de Huxley representaron los dos primeros asaltos, el tercero llegó casi cuarenta años después de la mano del sociólogo y teórico de la comunicación Neil Postman, quien en 1985 publicó Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del «show business», un ensayo sobre cómo la televisión estaba reconfigurando el discurso público en Estados Unidos. El libro de Postman comenzaba precisamente con esa comparación, y lo hacía de una manera que se ha citado tantas veces que casi ha adquirido rango de proverbio. Orwell temía a quienes podían prohibirnos los libros; en cambio, Huxley sospechaba que no haría falta prohibirlos porque nadie iba a querer leerlos. Orwell recelaba de quienes podían privarnos de información; por su parte, a Huxley le preocupaba que nos ahogáramos en tanta información irrelevante y que dejáramos de saber distinguir qué importaba realmente. A Orwell le horrorizaba la cultura convertida en una cárcel; sin embargo, a Huxley le sobrecogía la idea de la cultura convertida en vodevil, en un espectáculo trivial y constante de pura distracción y entretenimiento.

La conclusión de Postman, escrita en plena época de la televisión por cable, sostenía que Occidente se estaba pareciendo bastante más a la profecía de Huxley que a la de Orwell. No hacía falta que se quemaran libros, bastaba con que la televisión hiciera que a nadie le apeteciera abrirlos. Postman, conviene recordarlo, escribió esto antes de que existiera internet tal y como lo conocemos, antes de los teléfonos inteligentes y de los algoritmos de recomendación. Y aun así acertó con su diagnóstico, que hoy suena más vigente que nunca, lo cual dice bastante sobre lo bien que había entendido el mecanismo de dominación.

 

Hitchens defiende a su maestro

No todo el mundo firmó ese veredicto favorable a Huxley con la misma convicción. El filósofo, escritor y polemista inglés Christopher Hitchens, que profesaba una devoción casi filial por Orwell —lo llamó en más de una ocasión su modelo de escritor honesto—, publicó en 2002 el ensayo Why Orwell Matters, en el que sostenía que dar a Orwell por superado era, cuando menos, prematuro. Para Hitchens, el totalitarismo del siglo XXI seguía necesitando censura, vigilancia estatal, culto a la personalidad y manipulación descarada del lenguaje y de la historia; solo hacía falta volver la vista a las dictaduras contemporáneas, y no había que irse muy lejos para encontrarlas, para comprobar que la maquinaria orwelliana continuaba funcionando a pleno rendimiento en buena parte del planeta. Hitchens no estaba negando que Occidente se hubiera vuelto más blando y más hedonista, más huxleyano, si se prefiere; simplemente estaba recordando que el modelo del miedo, la bota y la censura no había desaparecido, sino que convivía con el otro, en el marco del totalitarismo moderno.

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George Orwell

 

Atwood y la idea de la complementariedad

La escritora canadiense Margaret Atwood, autora de otra distopía de referencia, El cuento de la criada (1985), ha vuelto varias veces sobre el asunto, y en su ensayo Orwell and Me, publicado en 2003 con motivo del centenario del nacimiento del autor, propuso algo más interesante que elegir bando. La flamante ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2008) lanzó la idea de que ambas novelas ―Un mundo feliz y 1984―no compiten, sino que son complementarias. Si Huxley había descrito una sociedad controlada mediante la saturación del deseo (dale a la gente todo lo que quiere, en cantidades industriales, y dejará de pedir nada más), Orwell había retratado una sociedad que vigilada y anulada mediante la supresión del deseo (quítale a la gente lo que quiere, aterrorízala, y aprenderá a no desear nada). Y es que, en el fondo, nos encontramos ante las dos caras de la misma moneda: una funciona por exceso, la otra por privación. Atwood, que ha vivido lo suficiente para ver cómo su propia distopía se ha convertido en un espejo incómodo de ciertas políticas reales, insiste en que preguntarse cuál de las dos “ganó” es, quizá, una pregunta equivocada. Puede que ambas estuvieran describiendo mecanismos que, lejos de excluirse, se necesitan mutuamente para funcionar del todo.

 

Harari y el argumento que más debería inquietarnos

Una de las aportaciones más reciente a este debate nos ha llegado de la mano del historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, quien en su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2018) dedica varios capítulos a comparar la eficacia de ambos modelos de control social en la era digital. Harari va un paso más allá de Postman: no se limita a decir que Huxley acertó más con el entretenimiento, sino que sostiene que su distopía resulta, en la era del Big Data y la biotecnología, todavía más inquietante que la de Orwell. El argumento de Harari es incómodo precisamente porque no habla de televisión ni de redes sociales, sino de algo más profundo: si los algoritmos llegan a conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos —nuestros deseos, nuestros miedos, nuestros puntos débiles—, la libertad no se suprime por la fuerza, como en el modelo orwelliano, sino que se disuelve por dentro, porque ya no hay un “yo” auténtico al que proteger de la manipulación. Harari, que además tiene formación en biología evolutiva y ha escrito extensamente sobre esto, apunta a algo que ni Huxley ni Orwell pudieron prever del todo: la posibilidad de que la tecnología no solo condicione nuestra conducta, sino que rediseñe literalmente nuestra biología. Frente a eso, dice Harari, el soma de Huxley era un simple juguete.

 

Ergo, ¿quién anticipó con más tino?

Con todo este bagaje a cuestas, conviene no hacer trampas y simplificar la respuesta como si se tratara de un titular de periódico digital. Decir sin más que “Huxley ganó a Orwell por K.O. técnico o por goleada” puede tener mucho gancho y quedar muy bien a la hora de compartir la información, pero es una trampa fácil, con más ganas de epatar que de pronunciarse con precisión. La realidad, si se me permite la opinión después de todo este repaso, es mucho más incómoda: cada uno acertó en su predicción y ninguno de los dos vio venir cómo iban a mezclarse ambas en un solo dispositivo móvil que la mayoría llevamos encima.

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Orwell no se equivocó tanto como algunos piensan. Los sistemas de vigilancia masiva existen y funcionan a pleno rendimiento. Hay cámaras de reconocimiento facial cubriendo calles enteras, instituciones y gobiernos —democráticos y no tan democráticos— rastreando a la población sin demasiado disimulo, etcétera. Además, la neolengua que él bautizó sigue viva cada vez que una palabra cambia de significado según convenga políticamente, o cuando una mentira se repite tantas veces que acaba sonando razonable. Ahí, Orwell sigue en plena vigencia, y por eso Hitchens tenía parte de razón al defenderlo: el miedo, la censura y la manipulación estatal del lenguaje no han pasado de moda en absoluto.

Lo que Orwell no supo anticipar es quién iba a comprar las cámaras y quién iba a instalar los micrófonos. Él imaginó un Estado imponiendo telepantallas en cada salón. No se le ocurrió que íbamos a hacer cola para comprarlas nosotros mismos, colocarlas voluntariamente en la mesilla de noche y ponerles nombre de asistente de voz. Redactamos a diario, gratis y con entusiasmo, un informe minucioso de nuestra vida —con foto del almuerzo incluido— para que lo analicen algoritmos comerciales. El Gran Hermano de Orwell necesitaba un aparato represivo enorme y muy caro; el nuestro se financia solo, porque somos los propios usuarios quienes abonamos la suscripción.

Huxley, por su parte, acertó de pleno en el mecanismo, aunque quizá no imaginó la velocidad a la que iba a desplegarse. No hacía falta un solo policía en su distopía: bastaba con una barra libre de soma, sexo sin ataduras y entretenimiento constante. Nadie prohibiría los libros porque, sencillamente, ya no le interesarían a nadie. Hoy resulta difícil discutirle esto. El gesto de deslizar el pulgar para actualizar el feed funciona exactamente igual que el dispensador de soma de la novela: aburrimiento detectado, dosis de dopamina servida en menos de tres segundos. Ya no hace falta un Ministerio de la Verdad que nos obligue a aceptar que dos más dos suman cinco; basta un trending topic absurdo y unos cuantos likes para que deje de importarnos si las cuentas cuadran. Y acertó también con algo más incómodo todavía: la jerarquía. Sus Alfas, Betas, Gammas y Epsilones, condicionados desde la incubadora para amar su propio lugar en la escala social, tienen un parecido inquietante con la distinción actual entre “creador verificado” y “usuario anónimo que da like”. Nadie nos obliga a aceptar nuestro escalafón digital; lo defendemos con entusiasmo, casi como si fuera un mérito propio.

 

La vuelta de tuerca que ninguno de los dos vio venir

En este punto es donde, a mi juicio, está la clave de todo este debate de décadas. Huxley entendió a la perfección cómo se compra la sumisión con placer en lugar de con dolor. Pero fue Orwell quien anticipó mejor algo que hoy resulta tan asfixiante como el soma: la relación rota entre poder y verdad, esa fatiga de ya no saber qué es cierto, la sensación de que la realidad se negocia según quién grite más fuerte en cada momento. Eso no es soma, es propaganda de toda la vida, y convive perfectamente con el scroll infinito, sin que una cosa estorbe a la otra.

Dicho de otra forma: Orwell temía lo que odiábamos; por el contrario, Huxley temía lo que amábamos. Ninguno de los dos imaginó que el mismo dispositivo, la misma pantalla rectangular que llevamos siempre encima, iba a ser capaz de hacer las dos cosas a la vez, sin que tuviéramos que elegir bando y sin que nos sintiéramos especialmente incómodos por ello. No elegimos entre vigilancia y placer: tenemos ambas cosas al mismo tiempo, y encima pagamos religiosamente por ello una cuota mensual.

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Lo que de verdad merece la pena retener de este debate

No hace falta nombrar a un vencedor absoluto para sacar algo útil de setenta años de discusión. Si algo comparten Un mundo feliz y 1984 es la advertencia de que la libertad no suele perderse de golpe, con estruendo, sino poco a poco y casi en silencio, y de que el primer síntoma no acostumbra a ser el miedo, sino la comodidad. Orwell nos avisó de que hay que vigilar a quién nos vigila. Huxley nos advirtió de que hay que desconfiar precisamente de aquello que nos hace sentir demasiado bien, sin esfuerzo y sin preguntas.

Puede que la próxima vez que nos sorprendamos moviendo el pulgar por inercia, sin buscar nada en concreto, en la sala de espera de un ambulatorio, o donde sea, valga la pena que nos preguntemos cuál de los dos autores estaría asintiendo con más satisfacción al vernos. Y puede también que la respuesta, un poco incómoda para todos, sea, sencillamente, los dos. Llevamos décadas discutiendo cuál de las dos distopías nos iba a tocar vivir, sin darnos cuenta de que la trampa consistía precisamente en eso, en hacernos creer que había que elegir.

 

Pensamiento George Orwell | Aldous Huxley | Margaret Atwood | Christopher Hitchens | distopía | Yuval Noah Harari

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