Misantropía Homo Houellebecq
Escritor, periodista y productor de audio. Sus libros son Nadie nos llamará antepasados (2025), Equilátera (2024), Toma de tierra (2021), Remake (2020) y Omega. Una historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca (2011). Ha publicado en El País, El Mundo, Culturas de La Vanguardia, El Confidencial, Rockdelux, Forbes y El Estado Mental (medio del que fue co-fundador). Es autor de varios proyectos como intérprete de spoken word y de los podcasts La Biblioteca de Julio, Simsalabim y Contemporánea (Fundación Juan March).
Michel Houellebecq ha sido y posiblemente sigue siendo —pese a un silencio novelístico que ya dura cinco años—, el novelista europeo más apasionante de las últimas tres décadas. José Carlos Rodrigo Breto, doctor en Literatura Comparada, novelista y ensayista, es ineludible referencia literaria en redes desde su cuenta de Instagram @literatura_instantanea y su podcast El Café de Mendel junto a Jan Arimany. El francés y el madrileño coinciden aquí a cuenta del ensayo "Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano", que Rodrigo Breto ha publicado recientemente. La obra —que cierra una trilogía que incluye otros títulos dedicados a Ismail Kadaré y Mircea Cartarescu— analiza con rigor y profundidad el mundo el mundo narrativo y filosófico del autor de Las partículas elementales, Plataforma y La posibilidad de una isla. Nadie conoce como él al homo houllebecquiano.
Tu libro presenta a Houellebecq como visionario, y su obra como distópica. ¿Cuál es la visión, cuál la distopía?
Realmente no es un visionario. Simplemente posee la capacidad de saber observar la realidad y la sociedad y las situaciones de una forma casi entomológica, es un gran observador. Eso lo podemos ver reflejado ya en su primera novela, Ampliación del campo de batalla, cuando el protagonista se sienta en un banco de la plaza del mercado de Rouen bajo la pregunta de ¿a ver, a qué se juega aquí?, para descubrir que, si se juega a algo, desde luego, ese juego no es el suyo, no va con él. No se identifica con la masa que pasea contenta por hacer compras y vivir sumergida en la vorágine del capitalismo tardío. Por lo tanto, la aparición de los chalecos amarillos en Serotonina, o los conflictos de Sumisón, o el turismo sexual y la clonación, asuntos que aparecen en sus novelas, solo son producto de un afinado sentido de la observación de lo cotidiano.
La distopía no es en Houellebecq un territorio utópico que ha nacido de forma bienintencionada y luego ha sucumbido al totalitarismo, como en Orwell, Huxley o Zamiatin; la distopía es el ser humano. Todo lo que podía ser, lo que pudo ser y no fue el ser humano, era una utopía que se perdió por el camino y quedo en distopía. Ese proceso, la corrosión de lo humano, es lo que desarrolla en su obra.
La Divina Comedia —argumentas en tu ensayo— nos saca de “la oscuridad medieval” y nos abre a la luz del Renacimiento (que aún tardará siglo y medio en llegar). “Lo sublime del arte puede encumbrar al alma humana”, escribes también. ¿Cuándo se tuerce todo?
No hay un momento determinante en el que podemos señalar el principio de la corrosión, es algo que va progresando con el paso de los siglos. Sin embargo, si puedo asegurar que lo poco que quedará de humanismo en el siglo XX recibe allí los dos golpes brutales que lo desmantelan: la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial, asociado todo a los dos sistemas políticos más criminales de la historia, el nazismo y el estalinismo. El arte se ha convertido en el arte de fabricar muerte, eso ya no encumbra el alma humana, la despedaza. Desde entonces el ser humano ya no se reconoce como tal por lo que ha sido capaz de cometer, empieza la crisis ontológica y entramos en el posthumanismo.
"La poshumanidad ha alcanzado un momento en el cual solo somos como productos en venta expuestos al mejor postor. las relaciones humanas son una mera transacción de compra-venta y nos encontramos como colocados en el lineal de un supermercado a la espera de que se nos compre laboralmente, sexualmente, socialmente…"
Buena parte de los personajes de Houellebecq son perfiles técnico-científicos (lo vemos en Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Plataforma, El mapa, Sumisión, Serotonina). Previene el autor entonces de una in o post-humanidad a través de este rango?
Es un aviso de que la antorcha del progreso ilumina el camino pero alrededor todo se sume en tinieblas, es una imagen tomada de El corazón de las tinieblas de Conrad, que me parece que cuadra perfectamente con la idea de Houellebecq de presentarnos esos perfiles de hombres blancos de gran poder adquisitivo en puestos científicos técnicos que en absoluto se sienten realizados o integrados en el progreso porque, primero, el progreso de la civilización tardo capitalista es una mentira o una distopía y, segundo, ese progreso solo es alienante con el individuo a quien explota y agota en sus capacidades. Mediante estos perfiles lo que busca es mostrarnos la maldad del sistema en toda su realidad y crudeza, un sistema que nos ha vuelto tan inhumanos como insensibles.
El mundo como supermercado: otro título de Houellebecq, en este caso no de una novela sino de un ensayo. ¿Qué significa esta idea del supermercado, tan Netflix, por otro lado?
Podemos decir que esta es una de las grandes ideas del autor que se imbrica con toda su literatura y se desarrolla en sus novelas. La poshumanidad ha alcanzado un momento en el cual solo somos como productos en venta expuestos al mejor postor. Las relaciones humanas son una mera transacción de compra-venta y nos encontramos como colocados en el lineal de un supermercado a la espera de que se nos compre laboralmente, sexualmente, socialmente… Es decir, que debemos ofrecer nuestro mejor aspecto y que aceptamos jugar ese juego o seremos retirados y arrojados a la basura como productos caducados. Los personajes de Houellebecq descubren, tarde o temprano, que se encuentran en esa lonja y deciden que no quieren jugar a eso; de inmediato son elementos estropeados, dañados: el friki, el raro, el outsider, es un humano que se niega a entrar en las subastas de nuestro mundo actual, donde rigen las reglas de un expositor. Por otro lado la oferta es tan ingente que es un poco como el efecto Netflix: se nos ofrece tal cantidad de opciones de elegir que al final no eliges nada. Es la angustia de la elección ante la libertad de opciones, que bloquea y aterra; es un poco ese miedo a la libertad del que habla Kierkegaard. Ante una oferta tan enorme la sociedad actual nos obliga a destacarnos, a vendernos rápido, a intentar destacar, lo que implica el despliegue de todo nuestro ego, nuestro ego y nuestro egoísmo para descollar entre los demás.
El supermercado es también —o ante todo— sexual. Eso nos lleva a Plataforma —el libro que, este mes de marzo, han leído tus alumnos—, donde también está la figura (muy “supermercado”) del turista. Figura que el propio Houellebecq explora en cierto modo cuando se viene a vivir a Almería hace un par de décadas. Incluso —si salimos de la órbita de los libros y nos fijamos en su producción musical—, está en Playa blanca, una de las canciones de su disco Presence humaine…
Ignoro el impacto que su estancia en Almería pudo tener sobre él, pero lo cierto es que las reflexiones sobre el intercambio sexual como mero asunto mercantil parecen asociadas, en mayor o menor medida, a su estancia en Andalucía. Quizás esto se deba a un influjo del Mediterráneo que, como se afirma en la novela de Olga Tokarczuk Tierra de empusas, es el Mediterráneo de donde le ha llegado a Europa todo lo bueno y lo malo. Lo bueno es la idea de la cuenca mediterránea como cuna de la civilización europea, lo malo es el liberalismo, la promiscuidad, una idea del sexo que colisiona con la rigidez del centro y norte de Europa. Por ello, quizás bajo ese influjo, la idea de que dado que el sexo se ha convertido en un mero intercambio capitalista que cada vez da más pereza, que nadie está dispuesto a ofrecer nada a cambio de nada, como se argumenta en Plataforma, nace la idea de la creación de resorts de turismo sexual para europeos, en concreto británicos, belgas, alemanes, que desean vivir esa sexualidad mediterránea (y cuando digo mediterránea contrapongo el mundo occidental productivo y capitalista al mundo “oriental” degenerado tal y como lo aborda Thomas Mann en La montaña mágica). Por lo tanto esa idea sexual mediterránea tiene su extensión en el sexo asiático, donde las mujeres están dispuestas (en la novela) a ofrecer una experiencia ya imposible en el mundo moderno y evolucionado de esa Europa occidental y central que es como un supermercado. Simplemente, los usuarios de los resorts o están fuera del mercado o el esfuerzo para conseguir una relación sexual es tan enorme que no les merece la pena en sus respectivos países.
Siguiendo con el sexo, Houellebecq anticipa múltiples síntomas y comportamientos, uno de ellos el celibato, de especial actualidad cuando tanta gente —¿joven sobre todo?— está decidiendo deshacerse de ese “problema”. Él se carga de un plumazo dos problemas, placer y reproducción, creo que en La posibilidad de una isla. ¿Qué opinas al respecto?
El celibato, en Las partículas elementales, aparece como una consecuencia del sufrimiento humano. Los clones que se fabrican, y que aparecen después en La posibilidad de una isla están desprovistos de la función reproductiva que tanto daño hace al hermano de uno de los protagonistas de Las partículas elementales; es decir, los crea pasada la pubertad, edad en la que el asunto sexual es un quebradero de cabeza, y se retiran antes de llegar a la vejez. Tiene una vida óptima que elimina dos problemas que amargan la existencia según su creador: el despertar sexual y la decadencia. Al eliminar de ellos la necesidad reproductiva se anulan los impulsos sexuales y busca descargar a estos poshumanos de los problemas inherentes de las relaciones interpersonales, cada vez más problemáticas debido al imperio de egoísmo, de ego y de la abulia absoluta en donde el individuo se ha sumido en la tiranía del yo. La principal consecuencia del poscapitalismo es la aniquilación de las relaciones con el otro, no porque el otro dé miedo, sino porque el otro ha dejado de interesar.
"Una cáscara de humanos que solo se mueven por el automatismo de la costumbre. Ese es el homo houllebecquiano. Un páramo, una isla. Un desastre humano".
A estas alturas ya está muy bien delineado el homo houllebecquiano: es un hombre, blanco, europeo, de poder adquisitivo, está o se siente fracasado y está desarraigado a todos los niveles.
Y es un hombre fracasado en las relaciones de pareja que todas las noches cena una bandeja de comida para microondas mientras ve la televisión. Se encuentra terriblemente solo, es autodestructivo y se sabe apartado de la corriente social; él no juega al juego de los demás. Su aislamiento es definitorio. Y voluntario. El desarraigo se produce mediante el sistema de cancelaciones que Houellebecq desarrolla y aplica a sus personajes: les arrebata la familia, la posibilidad de creer en algo sea religión o lo que sea, les arrebata un trabajo que los realice, les quita el amor, las relaciones de pareja y el sexo, y les cancela los amigos. Sin todo esto, y usando una frase de Roberto Artl en Los siete locos, los convierte en una cáscara de humanos que solo se mueven por el automatismo de la costumbre. Ese es el homo houllebecquiano. Un páramo, una isla. Un desastre humano.
Son hombres que están fuera deliberadamente: no han sido marginalizados sino que se han hecho a un lado.
Thomas Bernhard sostiene que las personas marginadas lo son porque han decidido apartarse, hacerse a un lado, a causa de que poseen una percepción especial de la realidad. Esa percepción luminosa lleva al dolor, a la angustia, según Bernhard, que a su vez se inspiró en Novalis, que ya abundaba en esta terrible dualidad. El cuerpo se componía de sentido y fuerza por un lado y de nervios y músculos por otro, lo que le lleva a categorizar a las personas en asténicos y esténicos. Los primeros eran lúcidos y sufrientes, los segundos activos, representantes de una fuerza brutal. Pero, además —y esto es clave para la obra de Bernhard—, esos asténicos luminosos tienen desarrollada una percepción de lo que les rodea que les resulta insoportable, y eso les hace enloquecer. Se trata de un círculo terrible porque a mayor locura, a mayor enfermedad, mayor progreso en el proceso de comprensión de lo que les rodea, con una conclusión inevitable: enloquecimiento y muerte, generalmente mediante el suicidio. Esta idea la toma Houellebecq para confeccionar sus personajes, lúcidos contempladores de una realidad de la que reniegan y eso los convierte en marginados.
…y que siempre buscan la vida en otra parte, sea un camping new age o el Islam. El título La posibilidad de una isla apela a esa búsqueda de una alternativa de vida. Y al aislamiento como dicha vía de escape.
Pero al final el único escape se encuentra en el aislamiento. El camping, el islam, la clonación, que hace a los clones tan tristes y solitarios como sus modelos humanos, no son más que sucedáneos. No encuentran lo que buscan en esos sucedáneos porque no hay nada que encontrar. Cuando se dan cuenta de que no hay nada que encontrar se produce el aislamiento, única salida a un mundo poscapitalista terrible. No hay una alternativa a la vida que no sea terminar con esa vida. El primer paso es aislarse, el segundo destruirse. En cierto modo es una inmersión en el yo, una intoxicación de sí mismos, muy acorde con los parámetros de ese mundo egoísta y como supermercado. El sistema solo ofrece dos salidas: o te integras y deshumanizas o te aíslas y te envenenas de ti mismo. La segunda opción es, desde luego, mucho más llevadera.
La posibilidad de una isla y Frankenstein: dos proyectos en los que reinventar al ser humano. El autor busca en el transhumanismo.
La literatura nos demuestra, desde hace siglos, que reinventar al ser humano siempre termina en fracaso. En principio se trataba de jugar a ser dioses, de apoderarnos del hálito divino y poder prescindir de los dioses. Con la clonación andamos por el mismo camino, el transhumanismo es o será un fracaso. Es la idea de Goethe en Fausto: el conocimiento humano es limitado, querer ir más allá de ello se paga con la condenación y el desastre. Es la metáfora de la polilla de Cartarescu en Solenoide: vuela alrededor de una bombilla que le atrae, es el conocimiento luminoso, y cuando toca esa bombilla se incinera. De eso trata la idea de reinventar al ser humano, podemos abrasarnos. De hecho, ya estamos ardiendo. Houellebecq la pone en práctica con el desastre, con la tristeza de los clones, que empiezan en Las partículas elementales y certifican su absoluta derrota en La posibilidad de una isla. La derrota es la tristeza y la soledad, el conocimiento no nos ha logrado salvar de eso, es más, nos ha hundido todavía más en el aislamiento y la desesperación.
El mapa y el territorio: el arte de Koons (arte hacia el que, que sepamos, Houellebecq se ha sentido atraído y ha trabajado en performance). Matarse a sí mismo en una novela, ¿de qué tiene más: de autorreferencialidad megalómana, de autoodio o de autocompasión? ¿De tentar al destino? ¿De nada de ello?
Yo creo que de nada de eso. Simplemente es un trabajo necesario para un Houellebecq abrumado por las circunstancias que necesita una metamorfosis, regeneración o cambio. Y usa la literatura para eso. Se mata en la novela como una forma de librarse de la imagen de un Houellebecq público. De hecho, en El mapa y el territorio su aparición responde al tópico y a la idea que de él se tiene de un hombre desagradable, aislado y sin amigos que sigue una dieta de vino y embutidos. En cualquier caso, se adapte mucho o no a la verdad o a la realidad, su asesinato es una especie de crimen cultural que le permite dejar atrás el estereotipo. Gracia a ello, desde esta novela se produce un cambio en el autor y en su literatura, que ya no necesita de los antiguos códigos y se alimenta de unos nuevos que llevan a novelas como Sumisión o Serotonina e, incluso, el gran golpe de timón: Aniquilación. Sin ese asesinato literario, esos libros, sostengo, no habrían sido posibles. Sobre todo Aniquilación.
"Ser humano significaba pertenecer a la humanidad. Ahora pertenecemos a nosotros mismos mientras los avances científicos, nuestro conocimiento, termina de rematarnos".
A estas alturas cabe preguntarse —tú lo haces en tu ensayo— qué significa ser un ser humano.
La mayoría de las personas piensa que la Segunda Guerra Mundial queda muy lejos, pero lo que ignoran es que somos hijos de aquello, producto de la barbarie, que la crisis ontológica y el desastre corroído que somos como humanos tiene allí su origen. Ser un humano es no ser una isla para otros humanos, para los demás. Eso lo argumenta muy bien John Donne en su poema Ningún hombre es una isla, una célebre reflexión sobre lo inherente de la compasión en el ser humano. En teoría, según Donne, la compasión es inherente a nuestra naturaleza, somos una parte de un todo que es la humanidad, por eso, dice, que nunca preguntes por quién doblan las campanas, que doblan por ti, porque cualquier toque a muerto es un toque por nuestra propia muerte, porque cada persona que desaparece hace que algo se extinga dentro de nosotros: eso es ser humano, no ser islas, estar unidos por la corriente fraternal. Algo tan hermoso no tiene ya validez alguna. Desde que nos asentamos en la crisis ontológica y no nos reconocemos como humanos cada vez que doblan las campanas sabemos que doblan por nosotros, pero no porque estemos insertados en la corriente humanista de compasión y empatía con el otro, sino porque nuestro egoísmo nos lleva a creer que todo lo que ocurre se centra en nosotros, y eso es lo que hace que pasemos de ser la posibilidad de una isla, a ser una isla solitaria y abandonada. Ser humano significaba pertenecer a la humanidad. Ahora pertenecemos a nosotros mismos mientras los avances científicos, nuestro conocimiento, termina de rematarnos. Pronto, o quizás ya los somos, seremos islas, todas iguales, todas aisladas. Fin de lo humano. Como se dice de un personaje en una película de Berlanga que representa a una nobleza rancia y extinta, mientras lo contemplan unos turistas extranjeros: End of a saga.
Michel Houellebecq como loco, como una especie de bufón a quien se permite todo: su fascinación está más allá de cómo se le vea ideológicamente: es repulsivo y atractivo a la vez. ¿Por qué gusta tanto, incluso a sus detractores?
Esa imagen es la imagen que de él han construido los medios. Sin duda él mismo ha contribuido a ella, pero más allá de esto, su interés, su magnetismo, que guste, se basa en que, primero, forma parte del panteón de la literatura más ilustre francesa: Houellebecq está al nivel de los mejores escritores de la tradición gala, forma parte del canon, es indiscutible. En segundo lugar hay cierto componente de masoquismo en el público que lo lee porque a nadie le gusta que le digan que somos un fracaso y una basura, peor aún así se leen sus novelas que nos señalan directamente como derrotados. Y en tercer lugar hay mucho ofendido deseando encontrar combustible para alimentar su odio y Houellebecq, tanto el personaje como el autor, y sus novelas, son un material excelente para indignarse, despotricar y atacar. Provoca un fenómeno muy propio del poshumanismo: los ataques que recibe provienen de personas que moralmente creen encontrase en un estado de superioridad, pero lo único que desarrollan son discursos prejuiciosos e inmorales.
¿Cuanto crees que hay de falsa imagen provocadora en la persona de MH? Da tanta impresión de fracaso como de pasárselo bien con el personaje que crea.
No puedo negar que en él hay mucho de lo que denomino el efecto Petrarca, que es el intento de un escritor de crear un imaginario externo. Un escritor pone en pie un imaginario interno en sus obras mediante el cronotopo particular de su obra: Rulfo, Faulkner, García Márquez. Pero, además, hay escritores —uno de los primeros fue Petrarca— que hace de su vida la prolongación de sus obras, de sus novelas, que se convierte en uno de sus personajes: Oscar Wilde, Umbral… y claro Michel Houellebecq. El ha alimentado mucho su imaginario externo, pero intenta acabar con esa carga que le impide seguir adelante con El mapa y el territorio. Después ha seguido con escándalos, película porno incluida, que no son sino intrusiones de ese personaje en la vida de Houellebecq, algo que cada vez intenta controlar más. Al final ningún escritor escapa al efecto Petrarca, en mayor o medida, y solo se trata del momento en que eso deja de ser divertido y se vuelve perjudicial o peligroso. A él le ha divertido, pero ha terminado siendo un problema que ha intentado e intenta atajar en la medida que puede.
Aniquilación: consideras que aquí están las mejores páginas (150, dices) del francés. ¿Qué hay ahí?
En el final de Aniquilación se encuentra la prosa, y esto puede resultar paradójico, más humanista de Houellebecq, al contarnos como el protagonista del libro se ve asediado por un cáncer que lo conecta con la idea de Donne, porque de pronto, y mediante la enfermedad, deja de ser un islote y se integra en la corriente de cierta (digamos solo cierta, mínima) empatía. Esto convierte a esas páginas no solo en las mejores sino en las más raras de MH. Pero claro, dentro del proceso, el sentido de lo egoísta e individual lucha por aflorar, y entre el bosquejo de lo humano pronto actúa la corrosión: casi reconciliado con su esposa (otra novedad en el imaginario houellebecquiano) es consciente de que si se opera del cáncer, que es brutal, tiene muchas opciones de que le abandonen, por lo que en un acto de egoísmo absoluto decide no operarse porque la contrapartida es que la mujer cuidará de él durante los meses que le queden de vida. Mejor morirse en compañía que vivir el resto de la vida solo: esto hace de esas páginas un luminoso corolario a toda la obra del autor.
"Houellebecq es un proyecto —aunque a los bienpensantes les escandalice— humanista. Él no es el último humanista, pero sí uno de sus defensores postreros. Mal que le pese a alguien. Y su giro a lo balzaquiano entronca con esa idea humana. Una Nueva Comedia Humana: eso lo dice todo".
El Estado como figura aniquiladora: un Houellebecq cada vez más político (y más descreído). ¿Es la decepción lo que le lleva a adoptar la postura ultraconservadora?
No creo que sea ultraconservador, sino realista. La decepción en el Estado, en el sistema… ¿quién no lo está? Aunque muchos no quieran verlo —quizás porque forman parte de esta— hace años que vivimos en una distopía, y eso es lo que lleva significando el escritor en sus obras. En un mundo que ofrece cada vez manos salidas, menos oportunidades, en un mundo poscapitalista que es apocalíptico con las libertades individuales, donde cada vez se censura más, se restringe, se obliga, se impone, se cancela, se aniquila la opinión discordante, la prosa de Houellebecq es un ejercicio de pesimista resistencia ante una realidad que muchos, supongo que por que les beneficia, intentan negar: y a eso lo llaman posición ultra cuando los ultras con su intransigencia y su falsedad moral son ellos. Son tiempos de talibanes culturales. Hoy, mas que nunca, es necesario que el escritor escriba en los márgenes. Eso hace él.
Todo escritor tiene un proyecto. ¿Como defines el proyecto literario de Michel Houellebecq?
Su proyecto es el de una obra totalizadora que lleva y se desarrolla de un libro al siguiente. Cada texto es un peldaño que ilustra la decadencia occidental y el final de la humanidad, cada vez más llena de lo poshumano y transhumano. En ese sentido el de Houellebecq es un proyecto —aunque a los bienpensantes les escandalice— humanista. Él no es el último humanista, pero sí uno de sus defensores postreros. Mal que le pese a alguien. Y su giro a lo balzaquiano entronca con esa idea humana. Una Nueva Comedia Humana: eso lo dice todo.
¿Por qué eclosiona en Balzac? ¿Por la mirada sociológica?
Por lo que te acabo de responder: eclosiona en Balzac porque ahora toca estudiar cómo somos actualmente; como sobrevivimos tras el desastre, como nos desenvolvemos en las postrimerías de la humanidad. En su tiempo Balzac acometió este análisis, que como dices tiene mucho de sociológico, así que el Houellebecq anterior, observador entomológico del desastre, se reencarna en un observador sociológico que se ocupa de las familias en Aniquilación y de su interacción con el medio que es el Estado. Un estado que busca aniquilar a las familias como paso previo para aniquilar al individuo. Por eso en Aniquilación tenemos la primera novela de Houellebecq donde una familia es protagonista, y no su atomización.
¿Qué escribirá ahora, cuando podríamos entender que el ser humano no puede caer más bajo en su deshumanización?
Según su nota al final de Aniquilación ha descubierto que es momento de parar, así que parece que no escribirá nada… espero que no sea así. ¿Y qué espero? Pues la segunda entrega de su Nueva Comedia Humana iniciada en Aniquilación, pero para eso hacen falta unas fuerzas que ya no sé si tiene. Porque hay que ser muy fuerte para seguir escribiendo en el mundo que nos ha mostrado. Y por cierto, siempre podemos caer más bajo en la deshumanización, es eso precisamente lo que nos hace humanos. Todavía estamos lejos de tocar fondo. Siempre puede ser peor. Y lo será. No me cabe duda.
Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano está publicado en Ediciones del Subsuelo (2025).
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